Breve nota acerca del psicoanálisis de Freud

Recientemente estuve leyendo acerca de la teoría de psicoanálisis de Freud, y me pareció adecuado hacer un breve resumen y nota al respecto, ya que muchos de sus conceptos han llegado a infiltrarse en la forma en que los cristianos afrontan sus problemas.

Primero, para Freud, el problema principal del hombre es la socialización. Según su teoría, el paciente no es más que una víctima de las relaciones sociales de su pasado. De modo que alguien debe haber afectado al pobre inadecuado tan profundamente que lo dañó. Esta posición pone toda la responsabilidad de los problemas del hombre en el exterior, en las personas o circunstancias que lo rodean, y le elimina por completo la responsabilidad. Cualquier cristiano podría y debería darse cuenta del terrible error que esto significa. Sabemos que delante de Dios, cada uno de nosotros es responsable de su propia maldad y de su propio pecado, sin importar las circunstancias o las relaciones sociales que lo hayan sacado a la luz. El hombre tiene una naturaleza caída de la cual brotan todas las contiendas y disensiones. El Pastor Paul Tripp lo pone de este modo (y parafraseo): si una botella contiene agua sucia y es sacudida por algún ente externo, es de esperarse que derrame agua sucia. El problema no está en que sea sacudida, sino en que su contenido ya viene dañado. Ese es el hombre. Nuestra naturaleza pecaminosa simplemente se manifiesta cuando las circunstancias a nuestro alrededor nos sacuden de alguna manera. ¿Cuántos cristianos hoy día pierden su tiempo tratando de entender en su pasado y en su historia por qué son lo que son? En la lucha contra el pecado, uno de los primeros pasos es asumir nuestra responsabilidad, y entender que si he pecado es porque soy pecador, punto.

En segundo lugar, Freud aseguro que son los procesos sociales los que crean en el hombre un Superego que se opone a su identidad conformada por sus deseos naturales de sexo y violencia. Este superego (consciencia) es demasiado estricto, así que debe ser debilitado y acallado. ¿Ven el problema? La Biblia afirma que todos los hombres tienen la ley de Dios escrita en sus corazones. No es el resultado de la socialización. Ese Superego no es sino la consciencia puesta por Dios en los hombres para que conozcan lo que es correcto y lo que no es correcto. Y por supuesto, cuando hacemos lo malo, la consciencia nos acusa. Freud pretendía apaciguar la consciencia, o mejor dicho, cauterizarla, para que el hombre pueda seguir pecando sin ser acusado desde adentro. Cuando esta idea es traída a la iglesia, se tiende a minimizar el pecado (y así, la santidad de Dios), y la persona recibe las palabras alentadoras del pastor: “Tú no eres tan malo, no te agobies tanto por tu pecado”. La ley de Dios (escrita en tinta o en nuestros corazones) tiene un propósito y uno solamente: que sepamos cuán pecadores somos delante de un Dios Santo, Santo, Santo; y al ser conscientes de esa posición, cuando nuestro ego ha sido doblado y cae postrado, aterrado por su propia maldad, entonces estamos en un muy buen lugar desde donde podemos ver a Cristo y acudir a Él, pues solo Él nos puede salvar de nuestra maldad y sus efectos. Si el pecado no es tan grave, entonces Dios no es tan Santo y Justo como dice ser, y si Dios no es tan Santo y Justo, entonces Cristo y su cruz no es tan necesario. ¡Adiós evangelio!

En tercer lugar, según Freud, solo un experto puede venir desde afuera a ayudar a la pobre víctima indefensa. Este experto que tiene años de experiencia en el psicoanálisis, ha desarrollado una serie de habilidades únicas y es capaz de analizar los sueños, interpretar la asociación libre y unir todos los cabos para producir la “resocialización” requerida. Ahora, cuando oímos todas estas palabras y técnicas, algunos cristianos tienden a quitarse el sombrero y rendir pleitesía a los expertos, al punto de recomendar en algunos casos: “Usted lo que necesita es la ayuda de un experto; necesita ayuda profesional”. Hermanos, debemos recordar que en nuestras manos se encuentra un recurso que podemos accesar cada día y a cada momento para enfrentar el pecado y sus consecuencias en este mundo. En primer lugar, no debemos temer porque el Señor ha vencido al mundo, y Él ha prometido darnos la victoria. Junto con ello, nos ha dejado su Palabra, y si la entendemos por lo que es y le damos la autoridad que tiene, entonces los padres podrán aconsejar a sus hijos e hijas, los pastores a sus ovejas, los hermanos a sus hermanas, las ancianas a las jóvenes, los abuelitos a sus nietos. Nos hemos creído la idea de que en materia del alma, solo un experto puede ayudar, y hasta cierto punto es verdad, pero volvemos nuestra mirada hacia el experto equivocado. Dios es el único que puede ayudar en materia del alma, y si somos sus hijos y su Espíritu está en nosotros, entonces la Palabra de Dios cobrando vida en nuestras manos es todo lo que necesitamos para ayudarnos unos a otros.

Una de las razones por las que dejamos entrar estas ideas en la iglesia y en nuestras vidas, es que como Freud vivió en el mundo de Dios, por defecto observó la verdad (aunque a través de unos lentes muy mal graduados) y plasmó esos vestigios de verdad en sus teorías. Por ejemplo, J. Adams nota que es verdad que la socialización nos afecta, eso no es nada nuevo ni lo inventó Freud. La Biblia habla muchas veces de cómo las personas se pueden afectar unas otras y tener influencia unas sobre otras. “Pero la diferencia, como el día y la noche, entre el freudianismo y la verdad de Dios es: Dios nos hace responsables de hacer algo en cuanto a la influencia. No podemos pensar que somos cajas de fósforos tiradas de un lado a otro por las olas y los vientos de la influencia. Cuando uno está bajo la influencia de otro, es porque se ha permitido estar y permanecer bajo esa influencia. Según las Escrituras, Dios hace al hombre responsable por el estilo de vida que adopta y según el cual se desenvuelven. Uno debe replantearse bíblicamente lo que ha aprendido. Debe ‘probar todas las cosas y retener’ únicamente ‘lo que es bueno’ (1 Tesalonicenses 5:21). Dios espera que los cristianos rechacen o se sacudan de toda mala influencia” (J. Adams, Manual del Consejero Cristiano).

Hermanos, debemos ser muy cuidadosos cuando tratamos los problemas del alma en nuestras iglesias y en nuestras familias. Dios es el Creador y el que mejor sabe lo que el hombre realmente necesita. No hay ninguna relación entre la luz y las tinieblas, ninguna, sino que donde entra la Luz, las tinieblas no prevalecen. Debemos arrepentirnos de nuestra falta de confianza (fe) en la Palabra de Dios como suficiente, pues ella contiene todo lo necesario para la vida y para la piedad. Debemos pedir perdón también por haber expuesto a nuestros hijos, ovejas, y hermanos, a una consejería que lo último que busca es agradar a Dios; que ha convertido al pecador en víctima, al la consciencia en un Superego y al hombre en el salvador del hombre. Volvamos a la Biblia con corazones humildes y roguemos a su Autor que nos enseñe a ser buenos consejeros. Si existe algún grupo selecto, alguna élite, algún gremio de expertos para tratar los asuntos de las almas, esa debe ser la iglesia, llamada a proclamar las virtudes de Aquel que nos sacó de las tinieblas a la luz admirable, pero se ha dejado suplantar.

(Este artículo está inspirado e una sección del libro The Christian Counselor’s Manuel por Jay E. Adams).

“Destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo”.

Como dije en la primera parte de este artículo, una cosmovisión verdaderamente cristiana es aquella en la que todo lo que la persona conoce, todo lo que hace y todo lo que siente debe estar en consonancia con la revelación de Dios en su Palabra, es decir, en su Hijo. La única manera de entender este mundo apropiadamente es a través del lente de la Escritura que dirige la mirada constantemente a la persona de Cristo, pues “todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen”. No existe otro punto de referencia.

En este artículo me propongo señalar la tercera y última de tres doctrinas falsas que se nos enseñan como verdades en este mundo, y veremos cómo responde una cosmovisión cristiana ante estos ataques. La posición que tomemos tendrá implicaciones eternas.

III. Egocentrismo vs. Cristocentrismo

La caída del hombre en Génesis 3 marca el tono de la actitud de los hombres a lo largo de la historia hasta nuestros tiempos. Cuando Adán y Eva pecaron, escogieron rechazar su identidad en Dios y formar para sí mismos una identidad propia, separada de su Creador. Ya no querían estar con Dios, sino que querían ser dios. Ya no querían andar con Dios, sino que querían andar como dioses por el mundo. Ya no querían conocer el mundo a través de Dios y su revelación, sino que quisieron conocer el mundo a través de un punto de referencia incompleto y defectuoso, es decir, a través de sí mismos. Ya no querían que Dios fuera el centro de sus vidas, sino que ellos quisieron ser el centro. Y al desobedecer, quedaron sujetos a sí mismos, a sus pasiones, para vergüenza propia y de todas las generaciones en ellos representadas. Y esta misma actitud prevalece en el mundo hoy. “El hombre —no DIos— es la medida de todas las cosas”.

Podríamos pensar en todos los ídolos de la historia y en los ídolos de la actualidad, y si hiciéramos un análisis profundo, consistentemente notaríamos que detrás de cada ídolo el verdadero objeto de la adoración del hombre es el hombre mismo. Todos los dioses que el hombre se inventa existen para traer satisfacción al hombre mismo, para que el hombre sea feliz, para que el hombre logre lo que quiera. El sistema de este mundo nos dice que el hombre debe escoger y procurar un estilo de vida que le traiga placer, fama y realización personal. Es necesario que el hombre acumule todos los bienes materiales que pueda para disfrutarlos él y quizá algunos que lo rodean y para recibir, eso sí, alabanza de todos. Incluso en muchas iglesias que se denominan cristianas, la imagen que tienen de Dios es distinta del Dios de la Biblia. Se trata de un Dios mesero que espera a la mesa de los hombres para recibir sus órdenes y satisfacer todos sus caprichos: que quieren una mansión, que quieren un automóvil último modelo, que quieren cuentas bancarias que se desborden, que quieren prosperidad en sus negocios, que quieren, que quieren, que quieren… El hombre es el centro del universo.

¿Recuerdan la imagen del hombre en un bote en medio de un mar tormentoso de casualidades? En este bote, el hombre tiene a su alcance un mapa, un mapa fijo en el cielo, colocado ahí por el Creador, que le puede guiar a puerto seguro. Pero el hombre, en su rebelión, no quiere mirar al cielo, y prefiere seguir batallando a ciegas. En medio de la tempestad, el único punto de referencia que tiene es sí mismo. Pero, ¿qué tan lejos podrá llegar si solo se mira a sí mismo? Tal es la necedad del hombre que desperdicia su vida centrándose en sí mismo. Y es que no existe forma más egoísta de vivir, que incluso las buenas obras que hace a los que le rodean se desprenden de un corazón que se quiere sentir satisfecho y quiere mostrarse digno para recibir alabanza. No existen verdaderas obras de amor al prójimo a menos que el hombre deje de amarse a sí mismo, lo cual, por naturaleza, le es imposible. Ese es el corazón del pecado.

Pero las estrellas están ahí, fijas en el cielo, constantes y claras. La revelación de Dios en su Palabra nos da a conocer el mapa de la vida. ¿Cuál es mi propósito? ¿Para qué estoy aquí? El cristiano halla la respuesta en Dios. Su identidad se encuentra en Cristo. El cristiano procura entender el mundo a través de la Palabra de su Creador. En este sentido es el Verbo del Padre el que ofrece el punto de referencia; Jesús, el verdadero hombre, es la medida de todas las cosas”. Jesús es el mapa escrito en el cielo.

Al reconocer nuestra absoluta necesidad de Cristo, automáticamente reconocemos nuestra absoluta inutilidad en nuestra condición actual de criaturas caídas. Es por esto que Cristo nos llama a negarnos a nosotros mismo, a dejar de mirarnos a nosotros como el centro del universo, a tomar nuestra cruz, ir en contra del sistema, todos los días, y seguirle a Él, nuestro nuevo punto de referencia. Al hacer esto, la persona no queda anulada, sino que por el contrario empieza  a cumplir el verdadero propósito con el cual fue creada. Al arrepentirse y creer en Cristo, su naturaleza caída es renovada, transformada, re-creada, de modo que ahora ama lo que antes aborrecía y aborrece lo que antes amaba. Ahora puede amar a Dios con todo su corazón, con toda su mente, con toda su alma, con todas sus fuerzas; ahora puede amar al prójimo genuinamente; ahora puede hacer morir poco a poco todo rastro del pecado en su vida. Con este fin, el cristiano buscará un futuro para sí en el que pueda ser de mayor bendición a la mayor cantidad de personas; buscará una profesión que concuerde con sus dones y capacidades, honrando así a su Creador que se los dio; y con todo lo que conoce, hace y siente, buscará honrar a Aquel que lo libró de los efectos del pecado y le dio nueva vida y una esperanza segura; Aquel que le devolvió su propósito; su verdadero Señor y Salvador, Jesucristo.

Conclusión

El que conmigo no siembra, desparrama”.

Pensemos en las generaciones que vienen detrás de nosotros. ¿Servirán a Dios nuestros hijos, o servirán a los dioses de este mundo —se servirán a sí mismos—? Debemos recordar que “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia. A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. En muchos hogares cristianos, se trata la Escritura más bien como algo inútil. Ante la prueba y las dificultades que nos ofrece este mundo, ante el desafío de criar a nuestros hijos, terminamos recurriendo al sistema de este mundo en busca de sabiduría y consejo. Pero en este sistema la Biblia no se abre, ni si quiera se toma en consideración. Y si nosotros, los padres cristianos, no sembramos en nuestros hijos el poner la mirada en Cristo, entonces estamos desparramando sus almas a merced de las corrientes humanistas de este mundo.

Hemos recibido la gran comisión de hacer discípulos y los discípulos más inmediatos que tenemos son nuestros propios hijos. Debemos dar un testimonio consistente: nuestro conocimiento, acciones y carácter deben coincidir. No podemos enseñar aquello de lo que no estamos convencidos. Se notará y nuestros lo verán. Si no somos consistentes, deshonraremos a Cristo en conocimiento, en acción o en carácter. Y la mala noticia es que para nosotros, de este lado del cielo, será imposible ser completamente consistentes. Pero es en esos momentos de flaqueza y debilidad, en esos momentos de error, en esos momentos de pecado, que podremos enseñar a nuestros hijos la lección más valiosa de todas. El mejor modelo es el del padre que busca entender el mundo de acuerdo con la Palabra de Dios, y que cuando no lo logra, cuando no atina, cuando peca, depende completamente de Cristo para el perdón de sus pecados, descansa en sus promesas y en su amor seguro, y recurre a su Espíritu Santo para que le ayude a perseverar y le vaya renovando día a día. Así seremos consistentes incluso en medio del fracaso, y nuestros no pondrán su mirada en nosotros, sino en Cristo. No podemos asegurarnos de que nuestros hijos crean en Cristo, pero podemos asegurarnos de que, cuando llegue el momento, sepan qué es lo que están abrazando o lo que están rechazando.

Que Dios nos ayude a ser dignos representantes de la cosmovisión cristocéntrica en un mundo que la ataca y la desafía por todos los flancos; que podamos honrar a su Hijo con todo lo que pensamos, hacemos y somos de manera consistente; que nos preserve y nos anime a seguir adelante, recordando que ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

“El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

Como dije en la primera parte de este artículo, una cosmovisión se puede definir como la consonancia entre lo que conocemos, lo que somos y lo que hacemos. Si queremos tener una cosmovisión bíblica o cristiana, estas tres áreas de conocer, ser y hacer deben resonar con la Palabra de Dios; deben resonar con Cristo mismo. “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen”.

En este artículo me propongo señalar la segunda de tres doctrinas falsas que se nos presentan como verdades en este sistema en el que vivimos, y veremos cómo responde una cosmovisión cristiana ante estos ataques. Creer una o la otra tendrá implicaciones grandes para nuestro andar cristiano.

II. Control vs. Mayordomía

Según la perspectiva de este mundo, el hombre vive sujeto a los caprichos de los dioses, o a las fluctuaciones de la energía, o a las acciones de  espíritus y demonios,  a la suerte o la casualidad, y la más reciente, a las fuerzas de la Naturaleza (la vengativa Madre Tierra). En cualquiera de estas, todas vigentes en nuestro mundo actualmente, el hombre no tiene el control total, sino que es solo víctima de las circunstancias. Sin embargo, dado que esa sensación de falta de control lo atormenta, busca obtenerlo de alguna manera. En este sentido ha habido diversas respuestas a lo largo de la historia.

En algunas cultura lo fue y lo sigue siendo la magia, un medio sobrenatural para controlar todo aquello que de otra forma parece aleatorio. Los amuletos mágicos y protectores, los encantamientos, los rituales, entre otros, son todos medios para controlar las fuerzas invisibles, llámense espiritus, demonios, o la naturaleza misma. En algunos casos tienen que colocarse voluntariamente al servicio de estas fuerzas, ofrecer algún tipo de sacrificio, en constante temor ante la posibilidad de perder su poder. La alquimia buscó mezclar la ciencia con la magia, nuevamente, en un afán por obtener el control del mundo físico a través de procesos que no obedecen a la razón ni a la ciencia. Un intento por sentirse en dominio de aquello que de otra forma parece aleatorio o incontrolable. Y en el presente, los científicos pretenden utilizar todos sus recursos para controlar aspectos de la vida solo con el solo fin de poder decir que los han dominado. El peor enemigo, y el más caprichoso, temido a nivel mundial, al cual se le rinden sacrificios de todo tipo, y al que todos quieren controlar o al menos apaciguar, es la Madre Naturaleza y su hijo ilegítimo, el “calentamiento global”.

Estas tendencias no se han quedado fuera de la Iglesia. ¿Cuántas personas no ven a Dios como un ser caprichoso, que juega con las circunstancias y con la historia de los hombres, cuyos motivos son incomprensibles, y que se encuentra tan distante que no podría entendernos jamás? En muchas Iglesias se le ofrecen sacrificios de dinero a este Dios (o debería decir, dios, en minúscula, pues no es el Dios de la Biblia), esperando calmar su ira y obtener su bendición aleatoria. Se venden amuletos de todo tipo, desde tarjetitas con versículos bíblicos (no para memorizar, sino para proteger de demonios y espíritus) hasta aguas, aceites, paños y todo tipo de materiales “benditos”. Y en las librerías “cristianas” puedes encontrar extensos manuales de neo-brujería bajo el encanto de las visiones, profecías y palabras de bendición que se asemejan más a los encantamientos y a la hechicería de antaño que a una cosmovisión bíblica de la vida. El cristiano debe sentarse a pensar y proceder con precaución ante estas tentaciones. Pero sobre todas las cosas, lo primero es dirigir la mirada a la Biblia y entender el mundo a través de Cristo.

Antes de hablar de nuestro papel, debemos recordar que Dios es soberano sobre la creación. Pero no es un Dios caprichoso y juguetón. Él tiene un plan perfecto para la historia del mundo que acabará en su gloria, en la bendición eterna de sus hijos y en la eliminación final de la muerte y del pecado y todos sus efectos; enemigos que se encuentran todos derrotados en la cruz de Cristo y esperan solamente ser erradicados. Los creyentes ya hemos recibido la bendición de Dios por medio de Cristo, en quien somos amados desde la eternidad y hasta la eternidad, por lo que no debemos estar ofreciendo sacrificios en busca del favor de Dios. Si estas en Cristo, no hay nada que podamos hacer para que Dios te ame más, su amor quedó demostrado en la cruz de manera perfecta y sublime. Tampoco debemos vivir en temor de espíritus y demonios derrotados, ni debemos pensar, ni siquiera por un momento, que nuestro Dios no tiene un plan perfecto en marcha, y que nosotros somos parte de ese plan, por lo cual podemos descansar confiados en su perfecta sabiduría, poder y bondad.

El cristiano no debe entender el mundo como una amenaza caprichosa que debe controlar, sino como un don de Dios que debe utilizar para su gloria. Cuando Dios colocó al hombre en el huerto, le dio la misión de utilizar la tierra y todos sus recursos, como si fuese el amo de la creación. Pero siempre se nos recuerda a lo largo de la Biblia que “del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan”. Así que la posición del hombre no es la de amo y señor supremo de la creación, sino la de virrey o mayordomo de la creación, representando y honrando en todo lo que hace a su verdadero Rey y Señor. La ciencia propiamente dicha vio su nacimiento a partir de esta perspectiva. Los primeros científicos serios (los que no practicaban alquimia) fueron personas que pretendían conocer, entender y aprovechar el mundo que Dios había puesto en sus manos.

El cristiano debe procurar utilizar los recursos que Dios le ha dejado con sabiduría, sin destruirlos ni abusar de ellos. No por temor a encender la ira de la Madre Tierra, sino porque sabe que su Dios y creador lo ha colocado en una posición de autoridad responsable sobre las demás criaturas. El cristiano cuida la creación, no contamina, recicla, reutiliza, hace uso de un buen juicio en cuanto al manejo del agua, de los alimentos, del cuidado de su casa, de su comunidad, de su país y del planeta, no por amor a la naturaleza, sino por amor al Creador, y porque reconoce su rol de responsabilidad sobre lo creado.

En el sistema del mundo, el conocimiento es uno de los ídolos que más claramente se adora, especialmente en los sistemas educativos. Es uno de los medios más eficientes para obtener el control del entorno (El conocimiento es poder). El hombre debe dominar la mayor cantidad de conocimiento, y su avance en la vida será proporcional con la cantidad o calidad de títulos que obtenga (Siendo el hombre el centro del universo, todos sus esfuerzos van dirigidos a su propia satisfacción, pero este punto lo veremos en más detalle en la tercera parte del artículo). En este sentido, el trabajo se convierte en un medio para alcanzar posiciones, fama, dinero y bienestar. Ya no es importante si a la persona le gusta o no lo que hace, o si es buena o mala en ello.

Bajo esta perspectiva, se pierde el sentido de la vocación (o llamado) que Dios quiere que llevemos a cabo para honrarle. El cristiano debe tener un sentido de llamado, que es el medio por el cual pone a funcionar los dones que ha recibido, sus gustos e inclinaciones, sus habilidades y capacidades, para aprovechar los recursos del mundo que le rodea, y llevar así gloria a su Creador. En este sentido, los dones que tenemos son parte de nuestra mayordomía, y debemos usarlos para la gloria de Dios y para el bien de los demás. Somos creados para buenas obras, preparadas por Dios de antemano para que andemos en ellas. De este sentir debe nacer nuestro llamado, vocación, oficio o trabajo en el mundo.

Es necesario que te arrepientas de ser tú el amo y señor de tu vida, y que reconozcas al verdadero Señor. Entonces podrás dejar de buscar tener el control y descansar en paz en las manos de Aquel que no solo está en control de todas las cosas, sino que te ama de tal manera que lo ha hecho todo para que las circunstancias de este mundo obren para tu bien. Esa confianza solo nace de un corazón que se humilla ante su incapacidad total y reconoce cuánto necesita de Cristo. Jesús obedeció su llamado como Profeta, dando a conocer al Padre y el amor del Padre en toda su gloria; como Sacerdote, se ofreció en sacrificio a Sí mismo en la cruz, en rescate por todos los que crean y confíen en Él; y como Rey, venció a Satanás, al pecado y a la muerte, de modo que no tienes absolutamente nada qué temer. No hay fuerza alguna en este mundo que no esté sujeta bajo su poder absoluto, pues su nombre es sobre todo nombre, y si descansas en su obra y sacrificio, podrás vivir confiado, y esa confianza te dará la libertad para honrar a tu Creador en todo tu pensamiento, tus acciones y tu ser.

Deuteronomio 6:4-15 dice:
Escucha, oh Israel, el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es. Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas. Y sucederá que cuando el SEÑOR tu Dios te traiga a la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, una tierra con grandes y espléndidas ciudades que tú no edificaste, y casas llenas de toda buena cosa que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivos que tú no plantaste, y comas y te sacies; entonces ten cuidado, no sea que te olvides del SEÑOR que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. Temerás sólo al SEÑOR tu Dios; y a El adorarás, y jurarás por su nombre. No seguiréis a otros dioses, a ninguno de los dioses de los pueblos que os rodean, porque el SEÑOR tu Dios, que está en medio de ti, es Dios celoso.

En las escuelas, colegios y universidades se nos vende la idea de que la educación es imparcial. Sin embargo, si hablamos en términos bíblicos, no existe tal cosa como la imparcialidad. Según la Biblia. solo existen dos posiciones, dos formas de ver del mundo: con Dios o sin Dios; adorando al Creador o adorando a la criatura; a favor de Cristo o en su contra. Jesús mismo dijo:

“El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

Es decir, o tomas el camino angosto, o tomas el ancho. O amas a Jesús o lo aborreces.

Consideremos por un momento quién nos está educando. ¿Quién nos educó a nosotros y quién educa a nuestros hijos? ¿Se trata de un sistema que está a favor de Dios o está en su contra? No hay término medio. En este sistema en el que vivimos (que no se limita a la educación), nos vemos expuestos constantemente a los dioses falsos de los pueblos que nos rodean, y si queremos protegernos y a nuestros hijos de alguna manera, debemos esforzarnos conscientemente. Este sistema nos enseña a ser nosotros nuestros propios dioses. Nuestros hijos son “programados” así en el colegio o escuela, y nosotros en casa tenemos el deber de “reprogramarlos”. Esta no es una tarea sencilla pues los ídolos de las naciones están a todo nuestro alrededor y ya nos hemos inclinado ante algunos de ellos sin siquiera darnos cuenta.

El único recurso que tenemos es la Palabra de Dios. Debemos utilizarla como filtro, para identificar y desechar todas esas enseñanzas falsas que recibimos todo el tiempo. Y es algo que debemos hacer a nivel personal, a nivel familiar y como Iglesia o pueblo de Dios. Los versículos del 6 al 9 hablan de la importancia de la Biblia en la vida de la familia. Dice así:

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”.

LUCHA DE COSMOVISIONES

Una cosmovisión se puede definir como la consonancia entre lo que conocemos y creemos que es verdad, lo que somos y lo que hacemos. De modo que si queremos tener una cosmovisión bíblica, esto significa que las tres áreas de conocer, ser y hacer deben resonar con la Palabra de Dios. En otras palabras, si queremos tener una cosmovisión cristiana, debemos resonar con Cristo mismo en todo lo que pensamos, hacemos y somos.

En este artículo me propongo señalar tres doctrinas falsas que se nos presentan como verdades en este sistema en el que vivimos, y veremos qué tiene que decir la Biblia al respecto. Son tres enseñanzas que, aunque son obvias, tienen implicaciones para el andar cristiano que no siempre consideramos.

I. Casualidad vs. Soberanía

El sistema de este mundo nos enseña que el mundo llegó a existir por pura casualidad. Sin embargo, sabemos por la Biblia que el mundo fue creado por Dios. Entonces, nuestro punto de partida es: el Dios de la Biblia existe o no existe. A modo de paréntesis, en este punto hay que ser particularmente cuidadosos, pues podemos incluso imaginar un Dios diferente del de la Biblia y pensar que creemos en Dios, cuando en realidad se trata de una imagen fabricada por nosotros mismos. Es necesario acudir a su Palabra para saber quién es, no a lo que dicen los hombres acerca de él. Cierro el paréntesis.

Cuando hablamos de los orígenes del mundo (creación o casualidad) es inevitable hablar del papel de la ciencia. Pero no es mi intención profundizar mucho en ese tema ahora. Baste decir que la ciencia propiamente dicha tiene como punto de partida aquello que se puede demostrar empíricamente, es decir, a través de los sentidos. El problema es que hay científicos que afirman que la verdad solo se puede determinar por medio de la investigación empírica (idolatría de la ciencia). Sin embargo, este argumento no se puede demostrar empíricamente, por lo que queda descalificado por sí mismo, y podemos concluir que sí existen verdades que no se pueden demostrar empíricamente. Este es el caso de los orígenes del mundo, pues no se pueden repetir en un laboratorio, ni se pueden observar. Para eso, Dios nos ha dado a conocer en su Palabra aquello que los sentidos no nos pueden confirmar. Él nos ha dicho que fue Él mismo quien creó todo lo que existe de la nada por el poder de su Palabra, por el poder del Verbo.

En el campo de lo moral, dado que esto tampoco se puede demostrar empíricamente, el sistema del mundo abraza una moralidad relativa. Los hombres afirman que, como en este mar de casualidades todo cambia constantemente, entonces la moral cambia también, de modo que lo que ayer era visto como algo malo, hoy puede ser alabado como una excelente virtud. Sin embargo, en este caso, Dios también nos ha dado a conocer lo que es correcto y lo que no lo es. Y es que en el sentido estricto de la palabra, la moral sí es relativa, pues se determina en relación con Dios mismo. Ante su perfección y santidad, y bajo su veredicto, existe lo bueno y lo malo, lo santo y lo inmundo, lo correcto y lo incorrecto, y como Dios nunca cambia, estas verdades tampoco lo harán.

Ahora, en este sistema antibíblico, el hombre se encuentra a merced de las fuerzas de la naturaleza, la suerte, el destino, o algún concepto de un Dios que no interfiere mucho en la vida de las personas (un Dios que no es el Dios de la Biblia). En este ya mencionado mar de casualidades, el hombre busca con todas sus fuerzas obtener el control de alguna manera, ser el dueño de su destino, señorear su propia vida, ser su propio dios (nótese la relación directa con Génesis 3). Sin embargo, hay tantos factores en el mundo que no se pueden controlar, que el hombre termina frustrado y desanimado, enojado y resentido, sin propósito y vacío. Sin embargo, el cristiano sabe y descansa en que el soberano Dios está en control de absolutamente todo lo que ocurre. La historia de la humanidad no es una historia de casualidades, sino que se trata de la historia de Dios, y podemos confiar en que Él la llevará conforme a su propósito. Podemos tomar el ejemplo de José en este punto. Si José, al ser vendido por sus hermanos, tentado por la mujer de Potifar, encarcelado injustamente y olvidado por el copero del rey, se hubiese olvidado de que Dios estaba en control, lo habríamos visto reclamar mil veces, frustrarse y enojarse con las circunstancias aparentemente aleatorias, maldecir los caprichos de los dioses. Pero Él sabe que Dios está en control, y al final de la historia reconoce la mano soberana de Dios al utilizarlo a él para llevar salvación a Egipto y a su propio pueblo. Esa misma confianza debería caracterizar al creyente. Los hombres no están a merced del Universo impersonal o caprichoso, sino que todo está bajo el dominio de Dios. Los que hemos creído somos bendecidos desde la eternidad y hasta la eternidad en Cristo. Los que no han creído, están bajo la ira de Dios. Pero ninguno se escapa de su dominio.

Si no has creído en Cristo como único y suficiente Salvador, entonces sí debes temer, pero no a un mundo de casualidades aleatorias, sino al Dios que te creó y cuya ira pende sobre ti por no confiar en su Hijo. El envió a Jesús a tomar el lugar de los suyos en la cruz, a sufrir la ira que merecían todos aquellos que creen en Él. Además vivió una vida agradable al Padre en todo como tú jamás podrías hacerlo. Su mensaje es sencillo pero profundo: arrepiéntete de tu pecado, de tu deseo de ser tú el amo y señor de tu propia vida, y cree en Jesucristo, el Mesías, el Salvador, confía en su vida, muerte y resurrección, y descansa en su obra para ser salvo. “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”.

El cuerpo

Todo esto sería muy difícil, desalentador, complicado y frustrante si Dios nos hubiese llamado en soledad. Pero algo maravilloso en todo esto es que hay muchos que participamos de este milagro, y conformamos unidos un solo cuerpo, la Iglesia. La Iglesia es un organismo extraordinario dejado por Dios en la tierra para cumplir sus propósitos. No voy a entrar en todos los detalles que se podrían decir en cuanto a la Iglesia, pero algo sí enseña la Biblia que resulta pertinente en este momento, y es el concepto de que somos, como Iglesia, el cuerpo de Cristo.

La metáfora del cuerpo siempre ha sido mi favorita para describir a la Iglesia, particularmente por las muchas implicaciones que tiene. Siendo un cuerpo, la Iglesia está conformada por muchos miembros, cada uno con una función muy particular y adecuada, funcionando unidos y muy ajustados, con el fin de crecer y edificarnos como cuerpo, en amor (Efesios 4).

Ahora, veamos algunas implicaciones de esto. En primer lugar, si has creído en Cristo, puedes considerarte un miembro de su cuerpo. Esto significa que dentro de este cuerpo, tú tienes una función que cumplir. Cristo se ha encargado de repartir dones a los hombres, de tal manera que puedes estar seguro de que no eres un miembro innecesario, sino que has recibido una tarea específica (o varias) que debes desempeñar en el cuerpo. Algunos de los dones mencionados en Efesios 4 son los de los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Los que han recibido estos dones, según el versículo 12, tienen una función muy específica: deben “capacitar a los santos para la obra del ministerio”. Ahora, lamentablemente, esta capacitación en muchas Iglesias se entiende como “transmitir información”. Pero, como ya vimos, si queremos llegar “a la estatura de la plenitud de Cristo” (énfasis mío) deben entrar en resonancia todas las áreas de mi vida. Ahora hablo a los que tienen estos dones: si realmente quieren capacitar a los santos para que lleguen a “la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, deben esforzarse por hacer más que simplemente “transmitir información”, deben procurar invertir en las vidas de los miembros, siendo ejemplos de cómo esa información transforma el carácter y se ve reflejada en las acciones. Esto será todo un desafío, pero debemos tomarlo en serio si queremos que los demás crezcan en todo, como dice el pasaje.

En segundo lugar, y basándonos en lo anterior, si eres miembro de este cuerpo, debes prestar mucha atención a los que que te están enseñando. Observa con detenimiento cómo lo que dicen desde el punto se ve en sus vidas, cómo Cristo ha afectado y está afectando cada área de su ser. Recuerda que tus pastores están buscando tu bienestar, “como quienes han de rendir cuentas por tu alma”, de modo que debes confiar en que el Señor los está usando para capacitarte a ti, para que puedas desempeñar tu ministerio, sea este cual sea. Claramente, los ministerios mencionados aquí no son todos los que existen, estos son solo los que capacitan a los demás. Pero en el cuerpo hay tantas funciones y ministerios como miembros. Tú creador ha puesto en ti un conjunto de factores que te hacen único en medio de su Iglesia. Tu personalidad, tus tendencias e inclinaciones, tus gustos, tu forma de pensar, tus habilidades, tus facilidades, incluso tus debilidades y tus flaquezas, son todas parte de la historia que Dios ha escrito para tu vida, y por lo tanto, de alguna manera, reconciliadas con Cristo, pueden guiarte hacia lo que Dios quiere que hagas. En ocasiones quisiéramos que la Biblia ofreciera una lista exhaustiva de dones y ministerios posibles, pero siendo nuestro Dios tan creativo como es, solo esa lista resultaría en una enciclopedia de cientos de volúmenes. Piensa en el contexto de tu Iglesia, en los dones que Dios te hada, y en cómo puedes ponerlos al servicio de los demás, y confía en que el Señor los usará para la edificación del cuerpo, y para su gloria. Este desafío también es grande, y puede tardarse muchos años, así que no te desanimes, hallarás tu lugar.

En tercer lugar, recuerda siempre quién es la cabeza de este cuerpo. Cristo es nuestro Señor y nuestro Salvador. Es muy importante tener esto siempre en mente. Como nuestro Señor, Él nos dice lo que debemos hacer. Él nos ha dado los dones y nos da algunas pautas para su uso, sean estos cuales sean. Debemos usarlos en amor: amor a Dios y amor al prójimo. Punto. No busques tu propia gloria ni tu propio beneficio. Busca siempre agradar a Dios antes que a los hombres. Y cuando falles, cuando no hagas aquello para lo que fuiste llamado, recuerdo que tu mismo Señor es también tu Salvador, y que Él ha pagado plenamente por todos tus pecados, que “no existe nada que puedas hacer para que te ame más, ni nada que puedas hacer para que te ame menos”. Y en esas ocasiones cuando caigas (porque vas a caer), su gracia es la que te sostiene desde la eternidad y hasta la eternidad. Él es tu Salvador.

Quiero parafrasear ahora las palabras del personaje principal de la película La invención de Hugo Cabret:

Me gusta pensar que somos una enorme máquina. Ya sabes, las máquinas nunca traen piezas de sobra. Tienen el número y tipo exacto de piezas que necesita. Así que, si somos una enorme máquina, yo debo estar aquí por alguna razón. Y eso quiere decir que tú también debes estar aquí por alguna razón… Quizá es por eso que las máquinas rotas me conmueven, porque no pueden hacer aquello para lo que fueron creadas… Quizá es igual con la gente… si pierdes tu propósito… es como si estuvieras roto.

Aunque Hugo no reconoce en ningún momento quién fue el inventor de esta “enorme máquina”, nosotros conocemos al Diseñador. Y aunque la Iglesia es más que una máquina inerte y programada, se cumple que no tiene “piezas de sobra”. Tiene exactamente los miembros que necesita, y cada uno está ahí por alguna razón. Todos llegamos como piezas rotas, que en la caída perdimos nuestro propósito. Pero Cristo nos ha reparado, nos ha reconciliado con nuestro Creador, y por ende nos ha reconciliado con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con su creación entera, de modo que ahora podemos vivir de acuerdo al llamado que hemos recibido. Y es que nuestra verdadera identidad no estaba en nosotros, sino en Cristo. Todo este tiempo ha estado en Cristo.

Cuando te pregunten quién eres, ya tienes parte de la respuesta. Sabes que eres una criatura de Dios, creada por Él de manera muy particular y con un solo propósito, el de disfrutar de Él para siempre y glorificarle con todo lo que eres. Sabes que eres objeto de un milagro, pues Cristo te ha reconciliado por medio de su sangre con el Padre. En este sentido, eres hijo de Dios. Adoptado en el Espíritu de Cristo que habita en ti. Y este mismo te capacita para que cada día puedas cumplir más y más tu propósito. Y sabes también que Cristo mismo te ha dado un lugar en su cuerpo, su Iglesia. Un lugar con una función particular, y quiere que te dediques a cultivar tus dones y utilizarlos para Él, en amor. Tu pasado, tu presente y tu futura están asegurados en las manos de aquél que te escogió desde antes de la fundación del mundo para su gloria. Sólo en Él hallarás la completa y genuina realización personal.

El milagro

El hombre fue creado para ser el representante de Dios en la tierra, su imagen. Pero prefirió darle la espalda a Dios. Sin embargo, Dios, en su infinita sabiduría, en el consejo eterno de su voluntad, tenía un plan trazado que truncaría todos los efectos del pecado y de la muerte. Desde Génesis tres, cuando el hombre y la mujer cayeron, Dios les hizo una promesa en la cual se sostiene el pueblo de Dios: prometió que enviaría a un descendiente de la mujer que sería herido por la serpiente, pero que a su vez este le atinaría un golpe mortal en la cabeza. Jesús de Nazaret es ese descendiente.

Este Jesús era hijo de hombre, pero también era el Hijo de Dios. Siendo hombre, llevó a cabo la representación perfecta que solo él podría realizar. Obedeció a agradó al Padre en todo, sin caer en ningún tipo de tentación, viviendo completamente bajo su voluntad y glorificándole en todo. En ese sentido, vivió nuestra vida, la vida que jamás habríamos logrado vivir, que ni siquiera habríamos querido. Pero no sólo hizo esto, sino que también, siendo completamente inocente recibió sobre Sí el castigo que su pueblo pecador merecía. En aquella cruz, el inocente murió nuestra muerte. Pero morir no fue lo último que hizo. Después de tres días resucitó, y después de haber sido visto por sus discípulos durante cuarenta días después de su muerte, regresó al cielo, donde ha ocupado un lugar de suprema autoridad sobre toda la creación durante toda la historia de la humanidad.

Cuando el Espíritu de Dios ilumina nuestras mentes por medio del evangelio y abre nuestros ojos a la luz de Cristo, de modo que depositamos nuestra fe y confianza en Él para nuestra salvación, entonces somos objetos de un milagro sorprendente. Somos hechos verdaderamente nuevas criaturas, re-creados en Cristo Jesús. Se da un cambio en nuestro interior, y pasamos de ser árboles malos, capaces de dar únicamente frutos malos, a ser árboles regenerados, capaces de producir frutos que glorifiquen a su Creador. Todo esto solo mediante la obra de Cristo. El castigo que pendía sobre nosotros, Cristo lo sufrió, llevando sobre sus hombros todos nuestros pecados, de modo que cuando, por gracia, por medio de la fe, depositamos toda nuestra confianza en Él, somos declarados justos. Es decir, que aquella vida de justicia que Él llevó durante su tiempo en la tierra es puesta a nuestro nombre, de modo que Dios nos ve como hijos justos a sus ojos, no por lo que nosotros hayamos hecho, sino por lo que hizo Cristo en nuestro lugar; y nuestro pecado queda en el olvido, pues nuestro Salvador ya sufrió el castigo por este. Con este milagro de la nueva creación, recibimos una esperanza de gloria. Ahora sí, aquella gloria para la que fuimos creados: glorificar a Dios y gozarnos con Él por la eternidad.

Como puedes ver, el centro de esta historia, el héroe verdadero, el que merece toda nuestra honra y gloria, es Jesucristo, Dios hecho hombre. En Él todo cobra sentido. Él ha venido a reconciliar todo lo que estaba roto: nuestra relación con nuestro Creador, nuestras relaciones entre los seres humanos y nuestra relación con el mundo creado. Todo lo reconcilia consigo mismo, de modo que nada tiene sentido fuera de Él. Cristo es el por qué y el para qué; Él es el que hace que todos esos aspectos de nuestra vida, que de otra forma son inconexos e incongruentes, tengan algún sentido. Porque todo lo que existe, ha existido y existirá, fue creado por medio de Él y para Él.

Colosenses 1:19 es muy claro al enfatizar qué es lo que Cristo reconcilia consigo mismo: todas las cosas. Y por si queda alguna duda, afirma que se trata de todo lo que está en la tierra y todo lo que está en los cielos. Entonces, si todo ha sido reconciliado con Él, el mandato de 2 Corintios 10:5 cobra un sentido especial, particularmente para los hijos de Dios. Dice que debemos poner “todo pensamiento en cautiverio a la obediencia a Cristo”. Es decir, que de ahora en adelante, nuestro punto de partida para analizar y entender cualquier situación será Cristo. Él es ahora nuestro punto de referencia. Es un cambio de cosmovisión. Verás, antes, todo lo filtrábamos a través del yo, yo era la medida de todas las cosas, buscando en todo momento agradarme a mí mismo. Pero ahora, la medida de todas las cosas es Cristo, y así debe ser en mi mente. Esto significa que mis pensamientos, acciones y actitudes van a estar sujetas a Cristo, porque Él está re-creandome a su imagen. Al menos esa debe ser nuestra meta ahora. “Nos negamos a nosotros mismos, tomamos nuestra cruz cada día y le seguimos”.

Esta parte es la más difícil, creo (pero sería imposible de no ser por la obra del Espíritu Santo en nosotros). De ahora en adelante, debemos abandonar nuestra antigua manera de pensar, nuestra antigua manera de entender el mundo. Ya no nos guiamos por los parámetros del mundo. Aquellos anhelos, logros, conocimientos, relaciones, habilidades e incluso la fama que queríamos obtener, deben quedar sujetos a Cristo, para que en todo lo que hacemos, en cada uno de esos campos, sea glorificado el Padre y no nosotros. Es decir, si he de lograr algo en esta vida, que sea para la gloria de Dios. Cualquier conocimiento que adquiera debe ser filtrado y sujeto a Cristo. Las habilidades que tengo, debo usarlas sin duda, pero con el fin de mostrar amor al prójimo y ser de bendición dentro y fuera de la Iglesia. Y es posible que en el camino sea reconocido y obtenga fama, pero lo ideal sería que esa fama delante de los hombres pierda valor comparada con el Reino de los Cielos, del cual soy parte ahora, y cuyo alcance sobrepasa cualquier logro que consiga en este mundo. Así, todo, desde lo más trivial como la ropa que uso o la comida que ingiero, hasta lo más complejo como la carrera que escojo o la persona con la que decido casarme, todo queda sujeto a Cristo, gira en torno a Él, es suyo como yo soy suyo, y debe desembocar en la gloria de Dios.

Para lograr esto, la Palabra de Dios cobra suma importancia. Cómo podemos entender realmente el mundo que Dios ha creado si ignoramos el manual que nos dejó el Creador. Cristo mismo afirmó y validó en repetidas ocasiones la Escritura. Así que, si Él es nuestra máxima autoridad, y Él afirma que la Palabra de Dios debe cumplirse, entonces debemos ajustarnos a estos parámetros. La Palabra de Dios ofrece, ya sea de forma directa o por implicación, guías para cada área de nuestra vida, y un fundamento para cada decisión que tomamos. Si queremos agradar al Padre realmente, debemos saber qué es lo que le agrada, claro está.

Hace un rato usé la palabra cosmovisión. Básicamente significa la manera en que veo o entiendo el mundo. Ahora, la forma en que entiendo el mundo no es solo lo que pienso o creo con respecto al mundo. Lo que realmente creo se verá manifestado en mi carácter y en mi forma de actuar. Ahora, muchos cristianos fallamos en esta parte (y creo que seguiremos fallando de este lado del cielo). Para poner un ejemplo muy sencillo, la cosmovisión bíblica dicta que debo amar al prójimo como a mí mismo. Esto lo saben muchos cristianos, pero conocer esta verdad no significa que esta sea su cosmovisión. Para que esto se cumpla en mí, no solo debo saber que debo amar al prójimo, sino que también debo amar al prójimo realmente, de modo que mi forma de actuar para con el prójimo, cómo hablo con él, cómo le sirvo, como me expreso de él, todo debe mostrar ese amor que se supone que tengo por él. Entonces, como verán, no se trata solo de afirmar una verdad, se trata de mi conocimiento, mi corazón y mi cuerpo resonando en la misma frecuencia, eso es cosmovisión. Y cuando esa resonancia se da en torno a lo que Cristo enseña, eso es cosmovisión cristiana o bíblica. Como dije, de este lado del cielo, alcanzar ese tipo de resonancia nos resulta imposible a causa del pecado que sigue asomando la cabeza. Cada vez que nos percatamos de una falta de resonancia con la voluntad de Dios (pecado) debemos reaccionar en arrepentimiento y fe. Arrepentimiento para reconocer nuestra falta de perfección ante la santidad de Dios, y fe para confiar en la obra de Cristo como lo único que evita que seamos consumidos por la ira de Dios, como lo único que nos acerca a Él como Padre. Y también confiamos en que su Espíritu que hoy habita en nosotros, está haciendo una obra continua que no quedará inconclusa, haciendo que nuestro conocimiento de la Palabra sea asimilado en nuestro ser tan profundamente que todo lo que hagamos honre ese al autor de esa Palabra. En ese sentido, el Espíritu de Cristo está haciendo un milagro en nosotros todos los días. (Continúa…)

“¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí?” Estas preguntas resuenan en lo más profundo del corazón de cada ser humano. Todos nos hemos hecho estas preguntas o alguna versión de ellas, y si no es este tu caso, amado lector, quizá sea un buen momento para pensarlo. Existe en nuestro interior un deseo por sentirnos importantes. “Tiene que haber algo más”. Queremos realizarnos como individuos, y buscamos con todas nuestras fuerzas, a lo largo de nuestra, hallar nuestro lugar en el mundo. Anhelamos ser parte de un propósito mayor que nosotros mismos. Anhelamos gloria.

Si eres cristiano, posiblemente tienes problemas para reconocer esta verdad, y quizá te sientas culpable porque sabes en tu mente que toda la gloria le pertenece a Dios. Pero déjame hacerte una propuesta, plantearte algo que quizá sea revolucionario en tu interior. Es posible (y estoy convencido de que así es) que ese anhelo de gloria que te invade no sea algo malo en sí mismo. Quizá, y solo quizá, lo que necesitas es encontrar el lugar adecuado donde colocarlo. No niego que toda la gloria le pertenezca a Dios, y hacerlo sería blasfemar su nombre. Entonces, ¿qué estoy diciendo? Te invito a dar una mirada a algunas verdades profundas que se encuentran encerradas en las páginas de la Biblia, y que te ayudarán a contestar esas preguntas tan importantes que motivan este artículo.

¿Quién eres? ¿Para qué estás aquí?

Debo admitir que no existe una sola respuesta para estas preguntas. Y no pretendo que las respuestas que voy a ofrecer sean todo lo que hay. Estoy seguro de que son ciertas, pero sus implicaciones son tantas como cristianos hay en la tierra. Te corresponde, amigo, profundizar en ellas, y vivir de modo que honres estas verdades que se desprenden de la auto-revelación de Dios. ¿Cómo se verá esto en tu vida? No lo sé, pero me emociona la sola idea de que vayas a descubrir tu lugar, sea este cual sea.

Debo detenerme aquí un momento, y hacer, por así decirlo, un pequeño paréntesis. Hay un factor que estoy dando por sentado al escribir este artículo, y es el hecho de que, al igual que yo, crees que la Biblia es la revelación propia de Dios, y que por lo tanto es toda verdad inerrante. No pretendo, por lo tanto, convencerte de la naturaleza de las Escrituras. Si crees que la Biblia contiene elementos de verdad, pero que no es totalmente infalible, entonces lo que tengo que decirte tendrá poco valor para ti. Lo bueno es que la verdad no deja de ser verdad porque la creas o no, y por lo tanto, estos principios que veremos aplican de alguna manera a ti, ya sea que lo creas o no. Cierro el paréntesis.

El origen

Para comprender bien quién eres, lo primero que necesitas es comprender de donde vienes. Por lo tanto, lo primero y fundamental, el primer paso, la primera verdad que debes comprender y abrazar, e incluso celebrar, es el hecho de que eres una criatura. El primer versículo del primer capítulo de Génesis (de seguro te lo sabes de memoria y lo estás repasando en tu mente en este momento) establece dos realidades. Para los que no se lo saben, ese profundo versículo dice que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Las dos realidades a las que me refiero no son el cielo y la tierra, sino Dios y todo lo demás.

Dios es el Creador de todo lo que existe, y todo lo que existe aparte del Creador es criatura. Dios, como Creador, hace lo que bien le parece. Él lo hace todo como Él quiere. Otorga a cada obra de sus manos una forma y una función que no se contradicen, todo según su voluntad. Y según su voluntad pone límites y reglas, decide, ordena, manda y gobierna, simplemente porque tiene el derecho de hacerlo. Él es el Creador. ¿Alguna vez te has preguntado por qué los árboles producen hojas verdes y no celestes, o por qué el cielo es azul y no turquesa? Estoy seguro de que habrá alguna explicación científica para eso, pero siendo que Dios creó incluso las leyes científicas, debemos reconocer que al final la razón es porque Dios así lo quiso.

Por otro lado, ¿has visto alguna vez un árbol de limones que se rebele y procure con todas sus fuerzas dar naranjas? Claro que no. Esto se debe a que cuando Dios creó cada especie de árbol, de planta y de animal, los creó para que se reprodujeran según su especie. De modo que, no importa lo que digan los grandes pensadores detrás de las películas de Madagascar, una jirafa jamás podrá enamorarse de un hipopotamo, simplemente porque no fueron creados así. Pregunto, ¿cuándo es más feliz el pez, cuando nada libremente en el océano, o cuando yace tendido dentro de una red bajo el sol? ¿Cuándo cumple su propósito la luna, cuando ilumina la noche, o cuando asoma su cabeza durante el día, opacada por el resplandor del sol?

Entonces, como estoy seguro de que te habrás dado cuenta ya, siendo que no eres el Creador, tu estado innegable e ineludible es aquel de criatura. ¿Pero, acaso hay deshonra alguna en reconocer esto? De ninguna manera. El ser humano, al igual que un árbol, un pez, la luna y el sol, también es una criatura de Dios. Pero, no es cualquier criatura, no es simplemente un animal más. Génesis 1:27 nos recuerda algo maravilloso, algo que hoy en día se pierde entre las páginas de El Origen de las Especies. Se trata del hecho de que “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó”. De entre todas las criaturas que llenan este universo, solo una recibió una posición especial al ser creada a imagen de Dios. No fue el mono, el chimpancé, ni la babosa. Fue el ser humano, el hombre, creado en dos formatos, varón y hembra, ambos a su imagen. Y junto con ellos toda su descendencia después de ellos, hasta llegar a ti y a mí. ¿Qué significa esto? Entre muchas cosas, significa que somos los únicos, en el cielo y en la tierra, creados para tener una relación íntima con nuestro Creador. Fuimos creados para disfrutar de la compañía del Señor, para gozarnos en Él, y así llevar gloria a su nombre. Fuimos creados para tenerle como lo más valioso, y el que a la vez le da valor a nuestra vida. Al igual que el pez está completo cuando está en el agua, así también el hombre está completo solo cuando glorifica a su Creador, gozando de Él. Para eso fuiste creado.

En otras palabras, sí existe un estado mayor de existencia, un estado que nuestro corazón anhela con todas sus fuerzas, y no es algo que podamos encontrar en la creación, ni mucho menos en nosotros mismos. Es un estado de gloria, pero no de nuestra gloria. Para decirlo de forma correcta, nuestra mayor gloria, nuestra posición de mayor honra, eso que nuestro corazón tanto anhela, es hacer aquello para lo que fuimos creados, esto es, glorificar a Aquel que merece toda la honra.

Lamentablemente nuestro origen no termina ahí. Génesis, capítulo 3, nos narra la trágica historia de cómo nuestros padres, nuestros representantes ante Dios, decidieron no rendirle gloria a su Creador, sino que, engañados por el padre de mentiras, prefirieron buscar gloria para sí mismos en rebelión contra Dios. Quisieron encontrar satisfacción en lo creado, en un árbol, y sentarse así en el trono de su propio corazón. Quisieron ser sus propios dioses. No hicieron aquello para lo que fueron creados, y en su caída, caímos todos. Imagina que el hombre es como un arquero, y que en su aljaba tiene una flecha que dispara hacia aquello que le es más valioso. Adán tensó su arco, apuntó, y disparó hacia un blanco que no era la gloria de Dios. No atinó a honrarle, y con esa flecha perdida su arco se rompió. Así entró el pecado al mundo. Y hoy, todos los seres humanos nacemos con arcos rotos, incapaces de alcanzar la gloria de Dios (Romanos 3:23). Nuestras flechas siempre van dirigidas hacia aspectos de la creación. Nuestro tesoro, aquello que más amamos, lo que valoramos por sobre todas las cosas, nunca es Dios. Anhelamos tener dinero, fama, lo último en tecnología, fuerza, juventud, conocimiento, estudios, relaciones armoniosas, ser admirados, alabados, reconocidos, todo fuera de la persona de Dios; y en última instancia, en el fondo, cada ídolo que nos fabricamos, no es más que un intento lamentable por hallar satisfacción en algo que no es Dios, hallar satisfacción en nosotros mismos. La adoración del yo.

A pesar de que somos criaturas caídas, no dejamos de ser criaturas hechas a imagen de Dios. Esto significa que, aunque no queramos reconocerlo, aunque nos cueste verlo, todos los seres humanos reflejamos, de una u otra manera, y de forma muy imperfecta, aquella gloria que una vez nos dio valor, la gloria de Dios. Seguimos reflejando en nuestros cuerpos el diseño particular y la infinita creatividad de nuestro Creador. Cada uno creado de forma muy distinta; con gustos, inclinaciones, deseos, anhelos y fortalezas que reflejan el diseño muy particular de Dios. De modo que no puedes mirar a tu alrededor sin ver destellos, por pequeños que sean, de la gloria de tu Creador. Pues Él imprimió en nosotros su imagen de forma imborrable. Y aunque ahora esté dañada, rota y borrosa, seguimos intentando amar, aunque de manera imperfecta, buscamos una justicia imperfecta, creamos obras maravillosas, piezas musicales, obras de arte, máquinas y sistemas, procurando quizá el bien de los demás, buscamos la paz y la armonía, pero todo, sin excepción, surge manchado por el pecado que contamina cada fibra de nuestro ser.

Con razón nos sentimos rotos, incompletos e insatisfechos. Gastamos nuestra energía, nuestros recursos y nuestra vida entera buscando satisfacción donde nunca la encontraremos. El mundo nos ofrece realización, y luchamos por alcanzarla en este nuestro pequeño reino sin trascendencia, sin valor real, sin propósito más allá de la gloria propia. Incapaces de pensar diferente, atrapados por nuestros deseos que nos devoran, muertos en nuestra imperfección, sin esperanza y sin Dios. En nuestra condición caída, somos completa e irrefutablemente incapaces de agradar a nuestro Creador y merecedores de su castigo, sujetos de su ira, porque la paga del pecado es muerte. ¿Puede el hombre recuperar ese estado del que cayó? ¿Puede acaso el hombre lograr agradar a Dios y recobrar su condición original? ¿Puede el hombre regresar a esa relación de perfecta comunión con su Hacedor? ¿Qué se necesita para que pasemos de ser criaturas caídas, muertos en delitos y pecados, a ser llamados hijos de Dios? Déjame cambiar la pregunta: “¿Qué se necesitaría para que un león se interesara en comer pasto?” La respuesta a ambas preguntas es la misma: se necesita un milagro.

Nosotros no queremos agradar a Dios más de lo que un león quiere comer pasto. Se trata de nuestra naturaleza. No solo no podemos agradar a Dios, sino que ni siquiera queremos hacerlo. No está en nuestra naturaleza caída buscar a Dios. A tal grado nos ha contaminado el pecado, que no nos es posible tan siquiera pretender buscar a Dios. Como dije: necesitamos un milagro. (Continúa…)