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TE ALABARÉ EN LA TORMENTA

Publicado: julio 28, 2010 en Reflexión
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Estaba seguro de que para entonces nos habrías tendido la mano

y limpiado nuestras lagrimas, cuando entraras a salvarnos.

Una vez más digo “Amén” y sigue lloviendo.

Y mientras ruge el trueno apenas y oigo tu susurro en el viento:

“Estoy contigo”.

Y al ver tu misericordia levanto mis manos y alabo al Dios que da y quita.

Te alabaré en la tormenta, levantaré mis manos;

Tú eres el mismo sin importar donde me encuentre.

Cada lágrima que he vertido tu la sostienes en tu mano,

nunca dejaste mi lado.

Y aunque mi corazón se rompa, te alabaré en la tormenta;

Te alabaré en la tormenta.

Recuerdo cuando tropecé en el viento,

escuchaste mi clamor, me levantaste.

Mi fuerza casi ha desaparecido,

¿Cómo puedo continuar si no te encuentro?

Y mientras ruge el trueno apenas y oigo tu susurro en la lluvia:

“Estoy contigo”.

Y al ver tu misericordia levanto mis manos y alabo al Dios que da y quita.

Te alabaré en la tormenta, levantaré mis manos.

Tú eres el mismo sin importar donde me encuentre.

Cada lágrima que he vertido tu la sostienes en tu mano,

nunca dejaste mi lado.

Y aunque mi corazón se rompa, te alabaré en la tormenta;

Te alabaré en la tormenta.

Alzo mis ojos a los montes, ¿De dónde vendrá mi socorro?

Mi socorro viene de el Señor, Creador del cielo y la tierra.

Leí un libro hace algún tiempo titulado “Cuando lo que Dios Hace no Tiene Sentido”. El autor se dedicó a relatar en él una serie de eventos en las vidas de diferentes personas dentro de un contexto cristiano, situaciones catastróficas que para la mente humana parecen no tener sentido, de ahí el título del libro.

Hace poco dos de mis estudiantes, que son hermanos, perdieron a su padre y a su madrastra en un aparatoso accidente que sufrieron en carretera. Hacía poco más de cuatro meses habían perdido a su madre bajo circunstancias difíciles también. Como espectadores no podemos ni imaginarnos cómo se sienten estos dos jóvenes. Ni siquiera aquellos de nosotros que hemos perdido personas cercanas podemos entender su sufrimiento, ya que pocos han pasado por una experiencia que tan siquiera se asemeje a la que han sufrido ellos. No sé qué clase de preguntas se puedan estar haciendo. Pero sí conozco una pregunta que brota de los corazones de aquellos que observamos desde afuera.

Recibí la llamada el viernes por la noche. Andrea, una alumna de décimo, me comunicó que los padres de David y Susana habían sufrido un grave accidente y habían muerto. Tras recordarme que ellos mismos habían perdido a su madre hacía poco, me hizo la pregunta que ha estado resonando en mi cabeza desde el accidente. “Profe”, me dijo “¿cómo debemos entender algo así?”. No hubo respuesta.

La pregunta no es la misma que se hacen los hijos de las víctimas. Esta pregunta nace de corazones que intentan comprender los sucesos desde un punto de vista quizá más objetivo. No pretendo ofrecer una respuesta para David y Susana. No puedo ponerme en sus zapatos y tratar de entender su sufrimiento. Pero nosotros, los que observamos a la distancia lo que ha sucedido, ¿cómo podemos entender algo así?

Primero, no debemos ver el suceso como un evento aislado. Aunque por su naturaleza es imposible que pase desapercibido, y sabemos que es más importante y no se compara con todo lo demás que sucedió ese día en nuestras vidas, no debemos olvidar que Dios es un Dios que obra en la historia, por medio de personas, involucrado con nuestro mundo al cien por ciento, y que todo cuanto ocurre ha sido ordenado por él. El misticismo nos dice que nos enfoquemos en esta experiencia, y que nos dejemos llevar por los sentimientos abrumadores que nacen de ella. No pensemos en un “por qué”, ni en un “para qué”, simplemente entreguemonos al temor, a la duda y a la tristeza que son inevitables en este momento. No hay consuelo, no hay paz, no hay manera de hallarle pies ni cabeza al asunto.

Sin embargo, si pensamos en Dios, recordaremos que a Él no se le escapa nada. No es como que ese día Dios dijo “Ups, se me fueron estos dos hijos míos y no me di cuenta”, no. Lejos de eso, Dios mismo decidió llevárselos, porque estaba ordenado dentro de sus propósitos que así fuera. No estoy diciendo que tratemos de entender el “por qué” o el “para qué” de la situación, sino queentendamos que existe un “por qué” y un “para qué” que son conocidos totalmente sólo por Dios. Nosotros podremos tener la dicha de ver pinceladas de esos propósitos durante nuestro tiempo aquí en la tierra. Quizá como Moisés podamos ver la tierra prometida a lo lejos, aunque no entremos. Pero en otras ocasiones, sólo veremos a un niño que camina tras nosotros, como Isaac, y tendremos que confiar que de Él vendrá una gran nación que no se podrá contar. Dios tiene propósitos en todo cuanto hace, algunos nos los da a conocer y otros no, pero podemos confiar en que ahí están, y que siendo su voluntad santa perfecta como es, podemos descansar en que Él está en control de todo. Lo que Dios hace siempre tiene sentido.

Job era un hombre justo delante de Dios. Dios permitió a Satanás que tocara todos los bienes, los familiares y hasta la salud de Job, para probarlo. Después de sufrir desastre tras desastre, después de recibir una mala noticia tras otra, sin tiempo para asimilarlas, sólo pudo postrarse en tierra y exclamar: “Jehová dio, Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito.” Al final de la historia Job reconoce que había conocido a Dios de lejos, y que hablaba de sus maravillas sin entenderlas realmente. Pero después de atravesar la prueba tan dura, reconoció que donde antes sólo había oído, ahora veía cara a cara. “De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven”. Que esta experiencia amarga nos permita conocer un poco mejor la naturaleza de Dios. Y que sin entender plenamente lo que hace, podamos decir junto con Job, “Yo sé que mi redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios: al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí.” y “He aquí, aunque Él me mataré, en Él esperaré”.

Estamos ante el Dios dueño de todo cuanto hay, el que hace llover sobre justos e injustos, el que libra nuestras almas del Seol y nos permite gozarnos en la muerte como ganancia por la obra de Su Hijo en la cruz. ¿Quién le dirá a Jehová cómo debe hacer las cosas? ¿Quién se atreverá a levantar la mano y objetar ante sus santos decretos? No conocemos Sus caminos porque no son como los nuestros, pero demos gracias porque aunque no los conocemos, podemos estar seguros de que su voluntad trabaja para el bien, y para que al final de los tiempos toda la gloria sea dada a Su santísimo nombre. Mientras tanto, estemos quietos, y observemos que Él es Dios. Sólo así lo podremos entender.

QUE LA PAZ DE DIOS Y EL CONSUELO DEL ESPÍRITU SANTO, QUE VAN MÁS ALLÁ DE LO QUE PODEMOS ENTENDER, ACOMPAÑEN A DAVID Y A SUSANA EN ESTE TIEMPO DE ANGUSTIA Y DOLOR. SÓLO POR UN TIEMPO NO LES VEREMOS.