Posts etiquetados ‘dones’

“Destruyendo especulaciones y todo razonamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios, y poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo”.

Como dije en la primera parte de este artículo, una cosmovisión verdaderamente cristiana es aquella en la que todo lo que la persona conoce, todo lo que hace y todo lo que siente debe estar en consonancia con la revelación de Dios en su Palabra, es decir, en su Hijo. La única manera de entender este mundo apropiadamente es a través del lente de la Escritura que dirige la mirada constantemente a la persona de Cristo, pues “todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen”. No existe otro punto de referencia.

En este artículo me propongo señalar la tercera y última de tres doctrinas falsas que se nos enseñan como verdades en este mundo, y veremos cómo responde una cosmovisión cristiana ante estos ataques. La posición que tomemos tendrá implicaciones eternas.

III. Egocentrismo vs. Cristocentrismo

La caída del hombre en Génesis 3 marca el tono de la actitud de los hombres a lo largo de la historia hasta nuestros tiempos. Cuando Adán y Eva pecaron, escogieron rechazar su identidad en Dios y formar para sí mismos una identidad propia, separada de su Creador. Ya no querían estar con Dios, sino que querían ser dios. Ya no querían andar con Dios, sino que querían andar como dioses por el mundo. Ya no querían conocer el mundo a través de Dios y su revelación, sino que quisieron conocer el mundo a través de un punto de referencia incompleto y defectuoso, es decir, a través de sí mismos. Ya no querían que Dios fuera el centro de sus vidas, sino que ellos quisieron ser el centro. Y al desobedecer, quedaron sujetos a sí mismos, a sus pasiones, para vergüenza propia y de todas las generaciones en ellos representadas. Y esta misma actitud prevalece en el mundo hoy. “El hombre —no DIos— es la medida de todas las cosas”.

Podríamos pensar en todos los ídolos de la historia y en los ídolos de la actualidad, y si hiciéramos un análisis profundo, consistentemente notaríamos que detrás de cada ídolo el verdadero objeto de la adoración del hombre es el hombre mismo. Todos los dioses que el hombre se inventa existen para traer satisfacción al hombre mismo, para que el hombre sea feliz, para que el hombre logre lo que quiera. El sistema de este mundo nos dice que el hombre debe escoger y procurar un estilo de vida que le traiga placer, fama y realización personal. Es necesario que el hombre acumule todos los bienes materiales que pueda para disfrutarlos él y quizá algunos que lo rodean y para recibir, eso sí, alabanza de todos. Incluso en muchas iglesias que se denominan cristianas, la imagen que tienen de Dios es distinta del Dios de la Biblia. Se trata de un Dios mesero que espera a la mesa de los hombres para recibir sus órdenes y satisfacer todos sus caprichos: que quieren una mansión, que quieren un automóvil último modelo, que quieren cuentas bancarias que se desborden, que quieren prosperidad en sus negocios, que quieren, que quieren, que quieren… El hombre es el centro del universo.

¿Recuerdan la imagen del hombre en un bote en medio de un mar tormentoso de casualidades? En este bote, el hombre tiene a su alcance un mapa, un mapa fijo en el cielo, colocado ahí por el Creador, que le puede guiar a puerto seguro. Pero el hombre, en su rebelión, no quiere mirar al cielo, y prefiere seguir batallando a ciegas. En medio de la tempestad, el único punto de referencia que tiene es sí mismo. Pero, ¿qué tan lejos podrá llegar si solo se mira a sí mismo? Tal es la necedad del hombre que desperdicia su vida centrándose en sí mismo. Y es que no existe forma más egoísta de vivir, que incluso las buenas obras que hace a los que le rodean se desprenden de un corazón que se quiere sentir satisfecho y quiere mostrarse digno para recibir alabanza. No existen verdaderas obras de amor al prójimo a menos que el hombre deje de amarse a sí mismo, lo cual, por naturaleza, le es imposible. Ese es el corazón del pecado.

Pero las estrellas están ahí, fijas en el cielo, constantes y claras. La revelación de Dios en su Palabra nos da a conocer el mapa de la vida. ¿Cuál es mi propósito? ¿Para qué estoy aquí? El cristiano halla la respuesta en Dios. Su identidad se encuentra en Cristo. El cristiano procura entender el mundo a través de la Palabra de su Creador. En este sentido es el Verbo del Padre el que ofrece el punto de referencia; Jesús, el verdadero hombre, es la medida de todas las cosas”. Jesús es el mapa escrito en el cielo.

Al reconocer nuestra absoluta necesidad de Cristo, automáticamente reconocemos nuestra absoluta inutilidad en nuestra condición actual de criaturas caídas. Es por esto que Cristo nos llama a negarnos a nosotros mismo, a dejar de mirarnos a nosotros como el centro del universo, a tomar nuestra cruz, ir en contra del sistema, todos los días, y seguirle a Él, nuestro nuevo punto de referencia. Al hacer esto, la persona no queda anulada, sino que por el contrario empieza  a cumplir el verdadero propósito con el cual fue creada. Al arrepentirse y creer en Cristo, su naturaleza caída es renovada, transformada, re-creada, de modo que ahora ama lo que antes aborrecía y aborrece lo que antes amaba. Ahora puede amar a Dios con todo su corazón, con toda su mente, con toda su alma, con todas sus fuerzas; ahora puede amar al prójimo genuinamente; ahora puede hacer morir poco a poco todo rastro del pecado en su vida. Con este fin, el cristiano buscará un futuro para sí en el que pueda ser de mayor bendición a la mayor cantidad de personas; buscará una profesión que concuerde con sus dones y capacidades, honrando así a su Creador que se los dio; y con todo lo que conoce, hace y siente, buscará honrar a Aquel que lo libró de los efectos del pecado y le dio nueva vida y una esperanza segura; Aquel que le devolvió su propósito; su verdadero Señor y Salvador, Jesucristo.

Conclusión

El que conmigo no siembra, desparrama”.

Pensemos en las generaciones que vienen detrás de nosotros. ¿Servirán a Dios nuestros hijos, o servirán a los dioses de este mundo —se servirán a sí mismos—? Debemos recordar que “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia. A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. En muchos hogares cristianos, se trata la Escritura más bien como algo inútil. Ante la prueba y las dificultades que nos ofrece este mundo, ante el desafío de criar a nuestros hijos, terminamos recurriendo al sistema de este mundo en busca de sabiduría y consejo. Pero en este sistema la Biblia no se abre, ni si quiera se toma en consideración. Y si nosotros, los padres cristianos, no sembramos en nuestros hijos el poner la mirada en Cristo, entonces estamos desparramando sus almas a merced de las corrientes humanistas de este mundo.

Hemos recibido la gran comisión de hacer discípulos y los discípulos más inmediatos que tenemos son nuestros propios hijos. Debemos dar un testimonio consistente: nuestro conocimiento, acciones y carácter deben coincidir. No podemos enseñar aquello de lo que no estamos convencidos. Se notará y nuestros lo verán. Si no somos consistentes, deshonraremos a Cristo en conocimiento, en acción o en carácter. Y la mala noticia es que para nosotros, de este lado del cielo, será imposible ser completamente consistentes. Pero es en esos momentos de flaqueza y debilidad, en esos momentos de error, en esos momentos de pecado, que podremos enseñar a nuestros hijos la lección más valiosa de todas. El mejor modelo es el del padre que busca entender el mundo de acuerdo con la Palabra de Dios, y que cuando no lo logra, cuando no atina, cuando peca, depende completamente de Cristo para el perdón de sus pecados, descansa en sus promesas y en su amor seguro, y recurre a su Espíritu Santo para que le ayude a perseverar y le vaya renovando día a día. Así seremos consistentes incluso en medio del fracaso, y nuestros no pondrán su mirada en nosotros, sino en Cristo. No podemos asegurarnos de que nuestros hijos crean en Cristo, pero podemos asegurarnos de que, cuando llegue el momento, sepan qué es lo que están abrazando o lo que están rechazando.

Que Dios nos ayude a ser dignos representantes de la cosmovisión cristocéntrica en un mundo que la ataca y la desafía por todos los flancos; que podamos honrar a su Hijo con todo lo que pensamos, hacemos y somos de manera consistente; que nos preserve y nos anime a seguir adelante, recordando que ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Anuncios

“El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

Como dije en la primera parte de este artículo, una cosmovisión se puede definir como la consonancia entre lo que conocemos, lo que somos y lo que hacemos. Si queremos tener una cosmovisión bíblica o cristiana, estas tres áreas de conocer, ser y hacer deben resonar con la Palabra de Dios; deben resonar con Cristo mismo. “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen”.

En este artículo me propongo señalar la segunda de tres doctrinas falsas que se nos presentan como verdades en este sistema en el que vivimos, y veremos cómo responde una cosmovisión cristiana ante estos ataques. Creer una o la otra tendrá implicaciones grandes para nuestro andar cristiano.

II. Control vs. Mayordomía

Según la perspectiva de este mundo, el hombre vive sujeto a los caprichos de los dioses, o a las fluctuaciones de la energía, o a las acciones de  espíritus y demonios,  a la suerte o la casualidad, y la más reciente, a las fuerzas de la Naturaleza (la vengativa Madre Tierra). En cualquiera de estas, todas vigentes en nuestro mundo actualmente, el hombre no tiene el control total, sino que es solo víctima de las circunstancias. Sin embargo, dado que esa sensación de falta de control lo atormenta, busca obtenerlo de alguna manera. En este sentido ha habido diversas respuestas a lo largo de la historia.

En algunas cultura lo fue y lo sigue siendo la magia, un medio sobrenatural para controlar todo aquello que de otra forma parece aleatorio. Los amuletos mágicos y protectores, los encantamientos, los rituales, entre otros, son todos medios para controlar las fuerzas invisibles, llámense espiritus, demonios, o la naturaleza misma. En algunos casos tienen que colocarse voluntariamente al servicio de estas fuerzas, ofrecer algún tipo de sacrificio, en constante temor ante la posibilidad de perder su poder. La alquimia buscó mezclar la ciencia con la magia, nuevamente, en un afán por obtener el control del mundo físico a través de procesos que no obedecen a la razón ni a la ciencia. Un intento por sentirse en dominio de aquello que de otra forma parece aleatorio o incontrolable. Y en el presente, los científicos pretenden utilizar todos sus recursos para controlar aspectos de la vida solo con el solo fin de poder decir que los han dominado. El peor enemigo, y el más caprichoso, temido a nivel mundial, al cual se le rinden sacrificios de todo tipo, y al que todos quieren controlar o al menos apaciguar, es la Madre Naturaleza y su hijo ilegítimo, el “calentamiento global”.

Estas tendencias no se han quedado fuera de la Iglesia. ¿Cuántas personas no ven a Dios como un ser caprichoso, que juega con las circunstancias y con la historia de los hombres, cuyos motivos son incomprensibles, y que se encuentra tan distante que no podría entendernos jamás? En muchas Iglesias se le ofrecen sacrificios de dinero a este Dios (o debería decir, dios, en minúscula, pues no es el Dios de la Biblia), esperando calmar su ira y obtener su bendición aleatoria. Se venden amuletos de todo tipo, desde tarjetitas con versículos bíblicos (no para memorizar, sino para proteger de demonios y espíritus) hasta aguas, aceites, paños y todo tipo de materiales “benditos”. Y en las librerías “cristianas” puedes encontrar extensos manuales de neo-brujería bajo el encanto de las visiones, profecías y palabras de bendición que se asemejan más a los encantamientos y a la hechicería de antaño que a una cosmovisión bíblica de la vida. El cristiano debe sentarse a pensar y proceder con precaución ante estas tentaciones. Pero sobre todas las cosas, lo primero es dirigir la mirada a la Biblia y entender el mundo a través de Cristo.

Antes de hablar de nuestro papel, debemos recordar que Dios es soberano sobre la creación. Pero no es un Dios caprichoso y juguetón. Él tiene un plan perfecto para la historia del mundo que acabará en su gloria, en la bendición eterna de sus hijos y en la eliminación final de la muerte y del pecado y todos sus efectos; enemigos que se encuentran todos derrotados en la cruz de Cristo y esperan solamente ser erradicados. Los creyentes ya hemos recibido la bendición de Dios por medio de Cristo, en quien somos amados desde la eternidad y hasta la eternidad, por lo que no debemos estar ofreciendo sacrificios en busca del favor de Dios. Si estas en Cristo, no hay nada que podamos hacer para que Dios te ame más, su amor quedó demostrado en la cruz de manera perfecta y sublime. Tampoco debemos vivir en temor de espíritus y demonios derrotados, ni debemos pensar, ni siquiera por un momento, que nuestro Dios no tiene un plan perfecto en marcha, y que nosotros somos parte de ese plan, por lo cual podemos descansar confiados en su perfecta sabiduría, poder y bondad.

El cristiano no debe entender el mundo como una amenaza caprichosa que debe controlar, sino como un don de Dios que debe utilizar para su gloria. Cuando Dios colocó al hombre en el huerto, le dio la misión de utilizar la tierra y todos sus recursos, como si fuese el amo de la creación. Pero siempre se nos recuerda a lo largo de la Biblia que “del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan”. Así que la posición del hombre no es la de amo y señor supremo de la creación, sino la de virrey o mayordomo de la creación, representando y honrando en todo lo que hace a su verdadero Rey y Señor. La ciencia propiamente dicha vio su nacimiento a partir de esta perspectiva. Los primeros científicos serios (los que no practicaban alquimia) fueron personas que pretendían conocer, entender y aprovechar el mundo que Dios había puesto en sus manos.

El cristiano debe procurar utilizar los recursos que Dios le ha dejado con sabiduría, sin destruirlos ni abusar de ellos. No por temor a encender la ira de la Madre Tierra, sino porque sabe que su Dios y creador lo ha colocado en una posición de autoridad responsable sobre las demás criaturas. El cristiano cuida la creación, no contamina, recicla, reutiliza, hace uso de un buen juicio en cuanto al manejo del agua, de los alimentos, del cuidado de su casa, de su comunidad, de su país y del planeta, no por amor a la naturaleza, sino por amor al Creador, y porque reconoce su rol de responsabilidad sobre lo creado.

En el sistema del mundo, el conocimiento es uno de los ídolos que más claramente se adora, especialmente en los sistemas educativos. Es uno de los medios más eficientes para obtener el control del entorno (El conocimiento es poder). El hombre debe dominar la mayor cantidad de conocimiento, y su avance en la vida será proporcional con la cantidad o calidad de títulos que obtenga (Siendo el hombre el centro del universo, todos sus esfuerzos van dirigidos a su propia satisfacción, pero este punto lo veremos en más detalle en la tercera parte del artículo). En este sentido, el trabajo se convierte en un medio para alcanzar posiciones, fama, dinero y bienestar. Ya no es importante si a la persona le gusta o no lo que hace, o si es buena o mala en ello.

Bajo esta perspectiva, se pierde el sentido de la vocación (o llamado) que Dios quiere que llevemos a cabo para honrarle. El cristiano debe tener un sentido de llamado, que es el medio por el cual pone a funcionar los dones que ha recibido, sus gustos e inclinaciones, sus habilidades y capacidades, para aprovechar los recursos del mundo que le rodea, y llevar así gloria a su Creador. En este sentido, los dones que tenemos son parte de nuestra mayordomía, y debemos usarlos para la gloria de Dios y para el bien de los demás. Somos creados para buenas obras, preparadas por Dios de antemano para que andemos en ellas. De este sentir debe nacer nuestro llamado, vocación, oficio o trabajo en el mundo.

Es necesario que te arrepientas de ser tú el amo y señor de tu vida, y que reconozcas al verdadero Señor. Entonces podrás dejar de buscar tener el control y descansar en paz en las manos de Aquel que no solo está en control de todas las cosas, sino que te ama de tal manera que lo ha hecho todo para que las circunstancias de este mundo obren para tu bien. Esa confianza solo nace de un corazón que se humilla ante su incapacidad total y reconoce cuánto necesita de Cristo. Jesús obedeció su llamado como Profeta, dando a conocer al Padre y el amor del Padre en toda su gloria; como Sacerdote, se ofreció en sacrificio a Sí mismo en la cruz, en rescate por todos los que crean y confíen en Él; y como Rey, venció a Satanás, al pecado y a la muerte, de modo que no tienes absolutamente nada qué temer. No hay fuerza alguna en este mundo que no esté sujeta bajo su poder absoluto, pues su nombre es sobre todo nombre, y si descansas en su obra y sacrificio, podrás vivir confiado, y esa confianza te dará la libertad para honrar a tu Creador en todo tu pensamiento, tus acciones y tu ser.

El cuerpo

Todo esto sería muy difícil, desalentador, complicado y frustrante si Dios nos hubiese llamado en soledad. Pero algo maravilloso en todo esto es que hay muchos que participamos de este milagro, y conformamos unidos un solo cuerpo, la Iglesia. La Iglesia es un organismo extraordinario dejado por Dios en la tierra para cumplir sus propósitos. No voy a entrar en todos los detalles que se podrían decir en cuanto a la Iglesia, pero algo sí enseña la Biblia que resulta pertinente en este momento, y es el concepto de que somos, como Iglesia, el cuerpo de Cristo.

La metáfora del cuerpo siempre ha sido mi favorita para describir a la Iglesia, particularmente por las muchas implicaciones que tiene. Siendo un cuerpo, la Iglesia está conformada por muchos miembros, cada uno con una función muy particular y adecuada, funcionando unidos y muy ajustados, con el fin de crecer y edificarnos como cuerpo, en amor (Efesios 4).

Ahora, veamos algunas implicaciones de esto. En primer lugar, si has creído en Cristo, puedes considerarte un miembro de su cuerpo. Esto significa que dentro de este cuerpo, tú tienes una función que cumplir. Cristo se ha encargado de repartir dones a los hombres, de tal manera que puedes estar seguro de que no eres un miembro innecesario, sino que has recibido una tarea específica (o varias) que debes desempeñar en el cuerpo. Algunos de los dones mencionados en Efesios 4 son los de los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Los que han recibido estos dones, según el versículo 12, tienen una función muy específica: deben “capacitar a los santos para la obra del ministerio”. Ahora, lamentablemente, esta capacitación en muchas Iglesias se entiende como “transmitir información”. Pero, como ya vimos, si queremos llegar “a la estatura de la plenitud de Cristo” (énfasis mío) deben entrar en resonancia todas las áreas de mi vida. Ahora hablo a los que tienen estos dones: si realmente quieren capacitar a los santos para que lleguen a “la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, deben esforzarse por hacer más que simplemente “transmitir información”, deben procurar invertir en las vidas de los miembros, siendo ejemplos de cómo esa información transforma el carácter y se ve reflejada en las acciones. Esto será todo un desafío, pero debemos tomarlo en serio si queremos que los demás crezcan en todo, como dice el pasaje.

En segundo lugar, y basándonos en lo anterior, si eres miembro de este cuerpo, debes prestar mucha atención a los que que te están enseñando. Observa con detenimiento cómo lo que dicen desde el punto se ve en sus vidas, cómo Cristo ha afectado y está afectando cada área de su ser. Recuerda que tus pastores están buscando tu bienestar, “como quienes han de rendir cuentas por tu alma”, de modo que debes confiar en que el Señor los está usando para capacitarte a ti, para que puedas desempeñar tu ministerio, sea este cual sea. Claramente, los ministerios mencionados aquí no son todos los que existen, estos son solo los que capacitan a los demás. Pero en el cuerpo hay tantas funciones y ministerios como miembros. Tú creador ha puesto en ti un conjunto de factores que te hacen único en medio de su Iglesia. Tu personalidad, tus tendencias e inclinaciones, tus gustos, tu forma de pensar, tus habilidades, tus facilidades, incluso tus debilidades y tus flaquezas, son todas parte de la historia que Dios ha escrito para tu vida, y por lo tanto, de alguna manera, reconciliadas con Cristo, pueden guiarte hacia lo que Dios quiere que hagas. En ocasiones quisiéramos que la Biblia ofreciera una lista exhaustiva de dones y ministerios posibles, pero siendo nuestro Dios tan creativo como es, solo esa lista resultaría en una enciclopedia de cientos de volúmenes. Piensa en el contexto de tu Iglesia, en los dones que Dios te hada, y en cómo puedes ponerlos al servicio de los demás, y confía en que el Señor los usará para la edificación del cuerpo, y para su gloria. Este desafío también es grande, y puede tardarse muchos años, así que no te desanimes, hallarás tu lugar.

En tercer lugar, recuerda siempre quién es la cabeza de este cuerpo. Cristo es nuestro Señor y nuestro Salvador. Es muy importante tener esto siempre en mente. Como nuestro Señor, Él nos dice lo que debemos hacer. Él nos ha dado los dones y nos da algunas pautas para su uso, sean estos cuales sean. Debemos usarlos en amor: amor a Dios y amor al prójimo. Punto. No busques tu propia gloria ni tu propio beneficio. Busca siempre agradar a Dios antes que a los hombres. Y cuando falles, cuando no hagas aquello para lo que fuiste llamado, recuerdo que tu mismo Señor es también tu Salvador, y que Él ha pagado plenamente por todos tus pecados, que “no existe nada que puedas hacer para que te ame más, ni nada que puedas hacer para que te ame menos”. Y en esas ocasiones cuando caigas (porque vas a caer), su gracia es la que te sostiene desde la eternidad y hasta la eternidad. Él es tu Salvador.

Quiero parafrasear ahora las palabras del personaje principal de la película La invención de Hugo Cabret:

Me gusta pensar que somos una enorme máquina. Ya sabes, las máquinas nunca traen piezas de sobra. Tienen el número y tipo exacto de piezas que necesita. Así que, si somos una enorme máquina, yo debo estar aquí por alguna razón. Y eso quiere decir que tú también debes estar aquí por alguna razón… Quizá es por eso que las máquinas rotas me conmueven, porque no pueden hacer aquello para lo que fueron creadas… Quizá es igual con la gente… si pierdes tu propósito… es como si estuvieras roto.

Aunque Hugo no reconoce en ningún momento quién fue el inventor de esta “enorme máquina”, nosotros conocemos al Diseñador. Y aunque la Iglesia es más que una máquina inerte y programada, se cumple que no tiene “piezas de sobra”. Tiene exactamente los miembros que necesita, y cada uno está ahí por alguna razón. Todos llegamos como piezas rotas, que en la caída perdimos nuestro propósito. Pero Cristo nos ha reparado, nos ha reconciliado con nuestro Creador, y por ende nos ha reconciliado con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con su creación entera, de modo que ahora podemos vivir de acuerdo al llamado que hemos recibido. Y es que nuestra verdadera identidad no estaba en nosotros, sino en Cristo. Todo este tiempo ha estado en Cristo.

Cuando te pregunten quién eres, ya tienes parte de la respuesta. Sabes que eres una criatura de Dios, creada por Él de manera muy particular y con un solo propósito, el de disfrutar de Él para siempre y glorificarle con todo lo que eres. Sabes que eres objeto de un milagro, pues Cristo te ha reconciliado por medio de su sangre con el Padre. En este sentido, eres hijo de Dios. Adoptado en el Espíritu de Cristo que habita en ti. Y este mismo te capacita para que cada día puedas cumplir más y más tu propósito. Y sabes también que Cristo mismo te ha dado un lugar en su cuerpo, su Iglesia. Un lugar con una función particular, y quiere que te dediques a cultivar tus dones y utilizarlos para Él, en amor. Tu pasado, tu presente y tu futura están asegurados en las manos de aquél que te escogió desde antes de la fundación del mundo para su gloria. Sólo en Él hallarás la completa y genuina realización personal.

“¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí?” Estas preguntas resuenan en lo más profundo del corazón de cada ser humano. Todos nos hemos hecho estas preguntas o alguna versión de ellas, y si no es este tu caso, amado lector, quizá sea un buen momento para pensarlo. Existe en nuestro interior un deseo por sentirnos importantes. “Tiene que haber algo más”. Queremos realizarnos como individuos, y buscamos con todas nuestras fuerzas, a lo largo de nuestra, hallar nuestro lugar en el mundo. Anhelamos ser parte de un propósito mayor que nosotros mismos. Anhelamos gloria.

Si eres cristiano, posiblemente tienes problemas para reconocer esta verdad, y quizá te sientas culpable porque sabes en tu mente que toda la gloria le pertenece a Dios. Pero déjame hacerte una propuesta, plantearte algo que quizá sea revolucionario en tu interior. Es posible (y estoy convencido de que así es) que ese anhelo de gloria que te invade no sea algo malo en sí mismo. Quizá, y solo quizá, lo que necesitas es encontrar el lugar adecuado donde colocarlo. No niego que toda la gloria le pertenezca a Dios, y hacerlo sería blasfemar su nombre. Entonces, ¿qué estoy diciendo? Te invito a dar una mirada a algunas verdades profundas que se encuentran encerradas en las páginas de la Biblia, y que te ayudarán a contestar esas preguntas tan importantes que motivan este artículo.

¿Quién eres? ¿Para qué estás aquí?

Debo admitir que no existe una sola respuesta para estas preguntas. Y no pretendo que las respuestas que voy a ofrecer sean todo lo que hay. Estoy seguro de que son ciertas, pero sus implicaciones son tantas como cristianos hay en la tierra. Te corresponde, amigo, profundizar en ellas, y vivir de modo que honres estas verdades que se desprenden de la auto-revelación de Dios. ¿Cómo se verá esto en tu vida? No lo sé, pero me emociona la sola idea de que vayas a descubrir tu lugar, sea este cual sea.

Debo detenerme aquí un momento, y hacer, por así decirlo, un pequeño paréntesis. Hay un factor que estoy dando por sentado al escribir este artículo, y es el hecho de que, al igual que yo, crees que la Biblia es la revelación propia de Dios, y que por lo tanto es toda verdad inerrante. No pretendo, por lo tanto, convencerte de la naturaleza de las Escrituras. Si crees que la Biblia contiene elementos de verdad, pero que no es totalmente infalible, entonces lo que tengo que decirte tendrá poco valor para ti. Lo bueno es que la verdad no deja de ser verdad porque la creas o no, y por lo tanto, estos principios que veremos aplican de alguna manera a ti, ya sea que lo creas o no. Cierro el paréntesis.

El origen

Para comprender bien quién eres, lo primero que necesitas es comprender de donde vienes. Por lo tanto, lo primero y fundamental, el primer paso, la primera verdad que debes comprender y abrazar, e incluso celebrar, es el hecho de que eres una criatura. El primer versículo del primer capítulo de Génesis (de seguro te lo sabes de memoria y lo estás repasando en tu mente en este momento) establece dos realidades. Para los que no se lo saben, ese profundo versículo dice que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Las dos realidades a las que me refiero no son el cielo y la tierra, sino Dios y todo lo demás.

Dios es el Creador de todo lo que existe, y todo lo que existe aparte del Creador es criatura. Dios, como Creador, hace lo que bien le parece. Él lo hace todo como Él quiere. Otorga a cada obra de sus manos una forma y una función que no se contradicen, todo según su voluntad. Y según su voluntad pone límites y reglas, decide, ordena, manda y gobierna, simplemente porque tiene el derecho de hacerlo. Él es el Creador. ¿Alguna vez te has preguntado por qué los árboles producen hojas verdes y no celestes, o por qué el cielo es azul y no turquesa? Estoy seguro de que habrá alguna explicación científica para eso, pero siendo que Dios creó incluso las leyes científicas, debemos reconocer que al final la razón es porque Dios así lo quiso.

Por otro lado, ¿has visto alguna vez un árbol de limones que se rebele y procure con todas sus fuerzas dar naranjas? Claro que no. Esto se debe a que cuando Dios creó cada especie de árbol, de planta y de animal, los creó para que se reprodujeran según su especie. De modo que, no importa lo que digan los grandes pensadores detrás de las películas de Madagascar, una jirafa jamás podrá enamorarse de un hipopotamo, simplemente porque no fueron creados así. Pregunto, ¿cuándo es más feliz el pez, cuando nada libremente en el océano, o cuando yace tendido dentro de una red bajo el sol? ¿Cuándo cumple su propósito la luna, cuando ilumina la noche, o cuando asoma su cabeza durante el día, opacada por el resplandor del sol?

Entonces, como estoy seguro de que te habrás dado cuenta ya, siendo que no eres el Creador, tu estado innegable e ineludible es aquel de criatura. ¿Pero, acaso hay deshonra alguna en reconocer esto? De ninguna manera. El ser humano, al igual que un árbol, un pez, la luna y el sol, también es una criatura de Dios. Pero, no es cualquier criatura, no es simplemente un animal más. Génesis 1:27 nos recuerda algo maravilloso, algo que hoy en día se pierde entre las páginas de El Origen de las Especies. Se trata del hecho de que “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó”. De entre todas las criaturas que llenan este universo, solo una recibió una posición especial al ser creada a imagen de Dios. No fue el mono, el chimpancé, ni la babosa. Fue el ser humano, el hombre, creado en dos formatos, varón y hembra, ambos a su imagen. Y junto con ellos toda su descendencia después de ellos, hasta llegar a ti y a mí. ¿Qué significa esto? Entre muchas cosas, significa que somos los únicos, en el cielo y en la tierra, creados para tener una relación íntima con nuestro Creador. Fuimos creados para disfrutar de la compañía del Señor, para gozarnos en Él, y así llevar gloria a su nombre. Fuimos creados para tenerle como lo más valioso, y el que a la vez le da valor a nuestra vida. Al igual que el pez está completo cuando está en el agua, así también el hombre está completo solo cuando glorifica a su Creador, gozando de Él. Para eso fuiste creado.

En otras palabras, sí existe un estado mayor de existencia, un estado que nuestro corazón anhela con todas sus fuerzas, y no es algo que podamos encontrar en la creación, ni mucho menos en nosotros mismos. Es un estado de gloria, pero no de nuestra gloria. Para decirlo de forma correcta, nuestra mayor gloria, nuestra posición de mayor honra, eso que nuestro corazón tanto anhela, es hacer aquello para lo que fuimos creados, esto es, glorificar a Aquel que merece toda la honra.

Lamentablemente nuestro origen no termina ahí. Génesis, capítulo 3, nos narra la trágica historia de cómo nuestros padres, nuestros representantes ante Dios, decidieron no rendirle gloria a su Creador, sino que, engañados por el padre de mentiras, prefirieron buscar gloria para sí mismos en rebelión contra Dios. Quisieron encontrar satisfacción en lo creado, en un árbol, y sentarse así en el trono de su propio corazón. Quisieron ser sus propios dioses. No hicieron aquello para lo que fueron creados, y en su caída, caímos todos. Imagina que el hombre es como un arquero, y que en su aljaba tiene una flecha que dispara hacia aquello que le es más valioso. Adán tensó su arco, apuntó, y disparó hacia un blanco que no era la gloria de Dios. No atinó a honrarle, y con esa flecha perdida su arco se rompió. Así entró el pecado al mundo. Y hoy, todos los seres humanos nacemos con arcos rotos, incapaces de alcanzar la gloria de Dios (Romanos 3:23). Nuestras flechas siempre van dirigidas hacia aspectos de la creación. Nuestro tesoro, aquello que más amamos, lo que valoramos por sobre todas las cosas, nunca es Dios. Anhelamos tener dinero, fama, lo último en tecnología, fuerza, juventud, conocimiento, estudios, relaciones armoniosas, ser admirados, alabados, reconocidos, todo fuera de la persona de Dios; y en última instancia, en el fondo, cada ídolo que nos fabricamos, no es más que un intento lamentable por hallar satisfacción en algo que no es Dios, hallar satisfacción en nosotros mismos. La adoración del yo.

A pesar de que somos criaturas caídas, no dejamos de ser criaturas hechas a imagen de Dios. Esto significa que, aunque no queramos reconocerlo, aunque nos cueste verlo, todos los seres humanos reflejamos, de una u otra manera, y de forma muy imperfecta, aquella gloria que una vez nos dio valor, la gloria de Dios. Seguimos reflejando en nuestros cuerpos el diseño particular y la infinita creatividad de nuestro Creador. Cada uno creado de forma muy distinta; con gustos, inclinaciones, deseos, anhelos y fortalezas que reflejan el diseño muy particular de Dios. De modo que no puedes mirar a tu alrededor sin ver destellos, por pequeños que sean, de la gloria de tu Creador. Pues Él imprimió en nosotros su imagen de forma imborrable. Y aunque ahora esté dañada, rota y borrosa, seguimos intentando amar, aunque de manera imperfecta, buscamos una justicia imperfecta, creamos obras maravillosas, piezas musicales, obras de arte, máquinas y sistemas, procurando quizá el bien de los demás, buscamos la paz y la armonía, pero todo, sin excepción, surge manchado por el pecado que contamina cada fibra de nuestro ser.

Con razón nos sentimos rotos, incompletos e insatisfechos. Gastamos nuestra energía, nuestros recursos y nuestra vida entera buscando satisfacción donde nunca la encontraremos. El mundo nos ofrece realización, y luchamos por alcanzarla en este nuestro pequeño reino sin trascendencia, sin valor real, sin propósito más allá de la gloria propia. Incapaces de pensar diferente, atrapados por nuestros deseos que nos devoran, muertos en nuestra imperfección, sin esperanza y sin Dios. En nuestra condición caída, somos completa e irrefutablemente incapaces de agradar a nuestro Creador y merecedores de su castigo, sujetos de su ira, porque la paga del pecado es muerte. ¿Puede el hombre recuperar ese estado del que cayó? ¿Puede acaso el hombre lograr agradar a Dios y recobrar su condición original? ¿Puede el hombre regresar a esa relación de perfecta comunión con su Hacedor? ¿Qué se necesita para que pasemos de ser criaturas caídas, muertos en delitos y pecados, a ser llamados hijos de Dios? Déjame cambiar la pregunta: “¿Qué se necesitaría para que un león se interesara en comer pasto?” La respuesta a ambas preguntas es la misma: se necesita un milagro.

Nosotros no queremos agradar a Dios más de lo que un león quiere comer pasto. Se trata de nuestra naturaleza. No solo no podemos agradar a Dios, sino que ni siquiera queremos hacerlo. No está en nuestra naturaleza caída buscar a Dios. A tal grado nos ha contaminado el pecado, que no nos es posible tan siquiera pretender buscar a Dios. Como dije: necesitamos un milagro. (Continúa…)

Propósitos  para ejercer nuestros dones (vv. 11-16)

En los versículos 11 y 12 vemos algunos ejemplos de dones. Pablo menciona apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Sabemos que estos no son los únicos dones que existen. Pero son mencionados aquí para notar su función muy específica. Y es que, aunque muchas veces son los dones más conocidos y sobresalientes, no son ellos los que llevan a cabo el ministerio de la iglesia. Ellos son los encargados de equipar a los demás para que lo hagan. Su don es capacitar al resto de la iglesia para que lleven a cabo la obra del ministerio. Los buenos maestros ayudarán a los creyentes a encontrar su forma particular de beneficiar o bendecir al resto de la iglesia

El fin de todo esto, según el versículo 13, es que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de personas maduras, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Esta es nuestra meta, y aunque suene imposible, no lo es, porque recordemos que quien lo hace posible es Dios, y él está sobre todos, por todos y en todos (v.6).

Si queremos aprender a usar nuestros dones de manera que seamos de bendición para los hermanos, y de manera que llevamos gloria a nuestro Padre, debemos prestar mucha atención a lo que nos enseñan nuestros maestros. Ellos procuran enseñarnos sana doctrina para que no seamos inestables, como niños que son fáciles de convencer o de engañar. Quieren que seamos capaces de identificar falsas enseñanzas. Además quieren que sigamos la verdad, o que hablemos y  actuemos de acuerdo a la verdad, es decir, la Palabra de Dios. Seguir la verdad no es simplemente conocerla, sino vivirla en todas las dimensiones de nuestra vida. Ahora, en este mundo relativista muchas veces nos veremos tentados a respetar las mentiras que creen los demás, pero la verdad es una, y está expresamente escrita en la Biblia; no hay otras verdades. No puede haber más de una verdad, porque si fuera así, entonces nada sería verdad.

Es importante aclarar que no se trata de discutir con todos y andar buscando cómo maltratar a los demás. Pues sabemos que, si no fuera por la gracia de Dios, nosotros estarías en la misma posición que ellos. Por eso es de suma importancia hablarla en amor. Siempre el amor hacia los demás debe ser lo que dé sazón a nuestras palabras cuando hablemos la verdad.

Finalmente, esta verdad que hablamos en amor, sirve para crecer en todo. Es decir que la verdad del evangelio afecta y transforma todo, todas las áreas de nuestra vida, y hace que crezcamos en cada una de ellas. Cristo es el centro de ese crecimiento, la cabeza que dirige cada parte de su cuerpo, que nos dirige a cada uno de nosotros.

La metáfora del cuerpo es una  de mis favoritas para referirnos a la Iglesia de Cristo. La idea es que el cuerpo esté bien concertado, al igual que en un concierto en que cada instrumento, aunque emite un sonido muy propio y particular, siempre armoniza con los demás. De igual manera cada miembro de este cuerpo, llevando a cabo su función propia, siempre armoniza con los demás miembros, porque todos buscan la gloria de Dios. Su gloria es la que  da tono a nuestra ofrenda de servicio.

Funcionamos en unidad, ajustados y ayudándonos unos a otros. Cada uno desempeñando su actividad propia, procurando ser de bendición para el resto del cuerpo. Todos recibiendo el crecimiento de Cristo, que es la cabeza, porque sólo Él, que por amor se entregó por nosotros, puede ayudarnos a crecer en amor unos para con otros. Que toda la gloria sea para Él.

Para pensar:

¿Sabes cuál es tu actividad propia como miembro de la Iglesia? ¿La estás usando para edificar el resto del cuerpo?

¿Estás escuchando a esos hombres que Dios ha puesto en tu camino para enseñarte? Si eres maestro, ¿estás buscando que los que te escuchan aprendan a glorificar a Dios con sus dones?

Si estás sirviendo en tu iglesia, ¿lo haces porque estás agradecido con Dios y te deleitas en servirle, o lo haces por obligación, porque sientes que debes pagar una deuda? en otras palabras, ¿le estás sirviendo en amor?

¿Eres consciente de la necesidad que tienes de Cristo, no solo para ser salvo, sino para toda tu vida? Él te dice lo que debes hacer, y esa ofrenda nace de un corazón agradecido por lo que Él hizo por ti. Pero aún cuando no logremos hacer lo que nos corresponde con la motivación adecuada, o lo hagamos de manera imperfecta, pecando, sabemos que Cristo en su cruz perdonó incluso esa maldad. Por eso, no debemos quitar nuestros ojos de Él, el autor, dador y consumador de nuestra fe.

Contexto para ejercer nuestros dones (vv.4-9)

El concepto que sobresale a lo largo de estos versículos es el de la unidad. Lo repite al decir que somos un cuerpo, con un Espíritu, movidos por una esperanza, guiados por un Señor, unidos en un bautismo, sirviendo a un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.

La idea de ser un cuerpo es la metáfora perfecta para la iglesia, en la cual los diferentes miembros, cada uno con una función particular, forman un solo organismo, con un mismo Espíritu que está presente en todos. Hay quienes dicen que los discípulos tuvieron un privilegio mayor porque anduvieron cara a cara con el Señor, y aunque definitivamente debe haber sido una experiencia sin igual, la iglesia tiene un privilegio aún mayor: nosotros tenemos el mismísimo Espíritu de Cristo en nosotros, obrando directamente en nuestros corazones, y transformándonos a la imagen de Cristo. Ese es un privilegio mucho mayor que el que tuvieron los primeros discípulos. Ellos anduvieron con el Señor, nosotros tenemos su Espíritu dentro.

Compartimos también la esperanza de gloria. Sabemos que el reino de los cielos se ha acercado, pero en nuestro cuerpo natural afectado por el pecado, no podemos disfrutar de la perfección gloriosa en total armonía con Dios que nos depara el futuro. Esperamos juntos el regreso de nuestro Señor Jesucristo, el rey y cabeza de la iglesia. Ese fin nos une.

Igualmente tenemos una misma fe, la fe en la obra de Cristo. Es decir, todos descansamos en su justicia imputada al creer, y confiamos en que él pagó el precio por nosotros y ya no tenemos que buscar ganarnos el favor de Dios. Además confiamos en sus promesas y reposamos en sus enseñanzas, sabiendo que son la guía perfecta para nuestra vida. Una sola doctrina.

En Cristo hemos sido bautizados con un solo bautismo, de esta manera hechos todos iguales, en el sentido de que no hay un estatus superior, ni una clase alta ni baja dentro de la iglesia. Tampoco existen posiciones sexistas, ni puestos de mayor gloria u honra. En Él ya no hay esclavo ni libre, no hay hombre y mujer, sino que todos somos iguales en Cristo. Es el principio de la paridad, según el cual, aunque existen diversidad de oficios y dones dentro de la iglesia, cada uno con un rol diferente, particular a la forma en que ha sido creado, esto no quiere decir que uno sea superior a otro, pues todos son necesarios para la obra del ministerio de la iglesia.

Y sobre todas las cosas tenemos a un Dios y Padre de todos que es uno solo. Él es unidad perfecta. Podemos ver cómo, en la Divinidad, tres personas distintas, con funciones distintas, habitan en uno solo con perfecta armonía y amor. Él es nuestro ejemplo, y como una familia somos llamados a actuar en unidad a pesar de, o más bien, con la ventaja de la diversidad.

Todos somos receptores de la gracia (una misma), pero cada uno de una manera distinta, o digamos más bien, en una medida distinta. Esto me remite a la parábola de los talentos, en la cual vemos que cada siervo recibe una medida distinta de talentos, los cuales debían usar y hacer crecer cada uno según lo que recibió, y al final dar cuentas a su Señor. Pero el que los repartió como quiso fue Dios.

Finalmente, los versículos del 8 al 9 nos hablan de Cristo, quien habiendo vencido fue exaltado sobre todos como rey victorioso y envió a su Espíritu a dar dones a los suyos, y a capacitarlos para la expansión del reino. Sin embargo, Jesús no fue exaltado sin antes haberse humillado a las profundidades de la tierra. Y esto no quiere decir que descendió a los infiernos (aunque sabemos que así fue por otros pasajes) sino que se humilló hasta tomar forma humana. En otras palabras, el Creador se hizo criatura. Esta es la clase de servició que los creyentes debemos imitar. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a humillarnos, y cuánto estamos dispuestos a dejar ir para cumplir la obra del ministerio particular que Dios ha puesto en nuestras manos? Cristo lo dejó todo por cumplir la tarea que Dios había puesto en sus manos.

Cuando hablamos de dones espirituales, o de servir en la iglesia, o de edificar a los hermanos, usualmente pensamos en el pastor, el predicador, el que levanta las ofrendas, los que tocan instrumentos o cantan, el que dirige, o el que enseña en alguna clase. Pensamos que estos son los únicos dones que existen, y que si no los tenemos entonces no podemos servir en la iglesia, somos inútiles.

Efesios 4:16 nos dice que cada miembro del cuerpo de Cristo, que es la iglesia, tiene una “actividad propia” que debe usar para ayudar a otros. Dios nos ha dado una personalidad, gustos, inclinaciones, habilidades e incluso debilidades que nos hacen únicos en el reino, y que, por decirlo así, nos colocan en una posición muy particular, casi insustituible, en la dinámica de la iglesia. Ahora, los dones no se ejercen sólo los domingos. Si esa es nuestra visión de la iglesia y el reino, está muy limitada. Nuestros dones los usamos cada día, en el trabajo, en los estudios, en la comunidad y en la familia. Y debemos usarlos para hacer avanzar el reino de Dios en la tierra.

El siguiente artículo está basado en Efesios 4 del 1 al 16.

Actitud al ejercer nuestros dones (vv.1-4)

En primer lugar Pablo nos llama a andar o vivir de una manera que sea digna de nuestro llamado. Debemos conducirnos de manera santa y sin mancha delante del él, reconociendo que fuimos creados en Cristo Jesús para buenas obras, obras que Dios mismo preparó desde antes para que andemos en ellas. Este llamado, aunque tiene las mismas características generales para todos los creyentes, a su vez es muy particular para cada quién. Se puede pensar en la palabra vocación cuando la usamos para referirnos al trabajo que desempeñamos. Es la misma idea, cada uno tiene un llamado a una función particular en el reino. Pero ese llamado lo debemos atender de manera digna. Debemos conducirnos bajo ciertas cualidades:

Humildad.

No somos autosuficientes. Si cada uno de nosotros tiene dones particulares, esto quiere decir que nadie tiene todos los dones. Y si todos los dones han sido dados para la edificación del cuerpo, quiere decir que cada uno de nosotros necesita de los demás para crecer. Necesitamos primeramente de Dios, de la obra de Cristo, y de su Espíritu Santo en nosotros. Pero también necesitamos de los demás miembros del cuerpo. Imaginen que una muela intentara realizar todas las funciones del cuerpo. La sola idea es completamente ridícula. Así es el cristiano que no reconoce la necesidad que tiene de ser edificado por sus hermanos.

También debemos reconocer que los dones que sí tenemos no nos pertenecen, sino que son parte de la obra de Dios en nosotros y a través de nosotros. De la misma manera que sería incorrecto presumir de un regalo que se nos ha dado, así tampoco debemos presumir de nuestras habilidades y capacidades, pues al fin y al cabo, son exactamente eso: dones (regalos), muestras de la gracia de Dios en nosotros. Si alguno debe recibir la gloria es él.

Mansedumbre.

Debemos estar dispuestos a servir a los demás como si fueran superiores a nosotros. Ponerlos en primer lugar, poner sus intereses antes de los nuestros, y sobre todo ser amables y tratarlos bien a todos. Algunos dones, como el de exhortar, puede usarse para lastimar a los demás. De hecho, cualquier don, usado para otro fin que no sea la gloria de Dios y la edificación de los hermanos, resulta hiriente para los demás. Así que cuando usemos nuestros dones, velemos porque sea para buscar el bien de los demás siempre.

Paciencia.

Aquí debemos reconocer que tanto nosotros como todos nuestros hermanos en Cristo, estamos en un proceso de perfeccionamiento y santificación continuo que no llegará a su fin sino hasta que seamos glorificados con Cristo. Hasta entonces, podemos estar seguros de que nos vamos a equivocar, que vamos a caer, que vamos a herir a otros, que nuestras debilidades a veces van a verse mucho más claramente que nuestras fortalezas, y por eso necesito aprender a ser paciente con todos a mi alrededor, al igual que ellos deberán ser pacientes conmigo. Debemos vernos a través de Cristo, y reconocer la obra de su Espíritu en cada uno. Él ha prometido que cuando comenzó la buena obra en nosotros, no lo hizo para dejarnos a medio camino, sino que la perfeccionará hasta el fin.

Soportándonos.

Ser de soporte para los demás es la otra cara de la misma moneda. Por un lado, con mis fortalezas puedo edificar a los demás, y ellos con las suyas me edifican a mí. Pero por otro lado, necesito que me sostengan en mis debilidades, que me sirvan de apoyo y me ayuden a hacer aquello que yo definitivamente no puedo hacer. No se trata de soportarnos en el sentido de aguantarnos unos a otros aunque nos caigamos mal, sino de servir de soporte en los puntos débiles los unos de los otros.

Paz.

Por último, debemos buscar siempre la unidad del Espíritu. Cuando buscamos nuestros propios fines, o queremos defender nuestra propia causa, o queremos que todos tengan nuestras prioridades y quieran seguir nuestros planes, entonces mantener la unidad se torna difícil. Pero los hijos de Dios, los verdaderos creyentes, sólo deben tener una finalidad, una meta, un propósito: llevar gloria a Dios por medio del avance de su reino. Si todos estamos de acuerdo en este fin último, entonces todo lo que hagamos, planeemos, pensemos, decidamos, y a hagamos lo podemos hacer juntos. Aunque haya diferencias de estrategias, de enfoques, de ministerios, de planes, podemos realizarlos cada quien buscando el mismo fin según su “actividad propia” y siendo de apoyo y soporte para los demás que buscan lo mismo.