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¡Libertad!

Publicado: septiembre 15, 2010 en Reflexión
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Hoy 15 de Setiembre se celebra en Costa Rica el Día de la Independencia. En las escuelas y colegios se les recuerda a los miles de estudiantes cómo nuestros héroes del pasado nos ganaron la libertad de España, y cómo ahora disfrutamos de paz y libertad en nuestro país, una paz y una libertad con fecha de inicio, y que no sabemos cuánto durará. Se cantan con orgullo los himnos patrios, y todavía hay quienes lloran al escuchar la Patriótica Costarricense, y quienes se entusiasman al cantar el Himno al 15 de Setiembre, al igual que hay muchos indiferentes, especialmente los jóvenes, que no tienen el menor reparo de lo ocurrió. El error puede estar en la falta de seriedad, fidelidad, o constancia de parte de los adultos al narrar aquellos hechos que nos hicieron libres.

Hoy 15 de setiembre debería celebrarse nuestra verdadera independencia, la verdadera libertad que hemos recibido los hijos de Dios. Deberíamos recordar al mayor héroe de la historia, aquel que con su propia sangre nos ganó la libertad del pecado y de la muerte, aquel que ofreció su vida y sufrió el castigo que nos tocaba a nosotros para que llegásemos a ser verdaderamente libres. Recordemos su muerte y resurrección. Gracias a este héroe verdadero tenemos paz verdadera, paz con Dios. Dios, aquel Santo que aborrece el pecado, y que lo castiga con ira, entregó a su único Hijo para llevar nuestra carga en la cruz y pagar nuestro precio. Por su obra, y en su sangre tenemos paz con Dios, paz de verdad. Y en su muerte y resurrección tenemos vida. Esta paz, esta libertad, esta vida que hemos recibido de Dios, por medio de su Hijo, son eternas. Él nos ha amado desde la eternidad y hasta la eternidad, y nada ni nadie nos podrá separar de ese amor que es en Cristo Jesús, Señor nuestro. Cantemos con orgullo los himnos que nos recuerdan Su obra, su vida, su muerte y su resurrección. Postrémonos ante la misericordia y la gracia de Dios que nos abruma y nos sobrecoge; alegrémonos al pensar que hoy somos libres del pecado que nos gobernaba, y somos perdonados en Cristo, justificados y santificados en él.

Todavía hay muchos que permanecen indiferentes, que no celebran con nosotros la libertad que tenemos, y quizá se deba a nuestra falta de seriedad, fidelidad, o constancia al narrar las maravillas de Dios, de su justicia y su juicio, de su amor y misericordia, de su gracia, de su Hijo. Por lo tanto, es necesario que celebremos nuestra verdadera independencia, no sólo hoy, sino cada día de nuestra vida. Que nuestras acciones sean un canto, un estandarte, un emblema, una bandera que se levanta alta y clara, reflejando la obra de Cristo, el Hijo de Dios, en nosotros. Proclamemos el evangelio de libertad y paz. Seamos fieles narradores de la historia de Dios, fieles testigos. Demos a conocer su palabra, la verdad, y vivámosla. Que el evangelio corra por los caminos de Costa Rica. “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. “Si el Hijo os libertaré, seréis verdaderamente libres”. Cada día de nuestra vida debemos celebrar esta verdadera libertad, y proclamarla para que otros se nos unan, y para que juntos podamos ser luz en medio de nuestra nación, y para que juntos podamos glorificar así a Dios.

Feliz Independencia, a los que son verdaderamente libres.

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LA GRACIA

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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¿Alguna vez les ha sucedido que Dios les dice exactamente lo que necesitaban estuchar, ya sea por medio de Su Palabra, o por la predicación de algún hermano, o por la exposición de algún invitado especial? Estoy seguro de que sí les ha sucedido. Bueno, en esta ocasión me tocó a mí recibir de Dios un par de golpes en la cara para despertar.

Bueno, no es difícil darse cuenta de que llevo bastante tiempo sin escribir en el blog. Si no me creen, pueden fijarse en la última entrada, que fue publicada en Noviembre (creo) del año pasado. Y ya estamos en Marzo. Pues bien, usaré este medio para confesar la razón, y la vez compartir cómo Dios me ha redargüido hoy.

Caí. Durante el último año o más he caído en la tentación de creer que puedo y debo hacer algo para ganarme el favor de Dios. Creo que a todos nos ha sucedido, y nos sucede continuamente. Queremos, por nuestros propios medios, ganarnos el favor de Dios. Ahora, yo sé que la salvación es por gracia. Por supuesto, no me atrevería a afirmar lo contrario. Sé que para acercarme a Cristo, el Espíritu Santo tiene que conquistarme y darme la fe, y sólo por su obra recibo de Dios el don de la salvación. No es por obras para que nadie se gloríe. Está claro.

El problema no se centra en la fe salvadora, y cómo esta nos introduce al reino de Jesucristo. El problema fue que, después de saber que era salvo, me vi expuesto ante una realidad que no lograba asimilar: sigo siendo pecador. Algunos dirán, claro, uno no es perfeccionado inmediatamente, entra en el proceso de santificación, y avanza poco a poco. Sí. Eso lo sabía. Pero el problema era que lejos de avanzar, veía en mí mismo un retroceso. Lejos de quedar libre del pecado, me encontraba cada vez más enredado en él. Y esa maldad que siempre presente en mí, me llevó a pensar que quizá no era digno de llevar a cabo las obras a las cuales Dios me ha llamado. No dudé de mi salvación, dudé de mi utilidad para el reino. Pensé que para Dios iba a ser difícil utilizarme en el estado en que me encontraba. Y me hundí.

Llevaba bastante tiempo en esta lucha, y cada vez era más difícil, más intensa. Y cada vez era más secreta. Creía que no debía admitir mi lucha, que podría ser de mal testimonio, y que no estaría glorificando al Padre. ¡Cuán engañoso es el corazón! Incluso mi llamado al pastorado se vio nublado por mi duda y mi reproche. Llegué a pensar que quizá Dios me había desechado. Que lo que alguna vez puso en mi corazón, lo había retirado por motivo de mi maldad. ¿Cómo podría un pecador como yo guiar a otros a Cristo, si yo mismo no soy capaz de seguirlo. Y me hundí más.

He intentado luchar contra mis pecados con mis propias fuerzas. Pero hace poco encontré en los salmos un pasaje que habló a mi corazón, y hoy cobró sentido total. El Salmo 44:6 dice “Pues no confío en mi arco, ni mi espada puede salvarme.” Hoy, en una conferencia bíblica que se estaba celebrando en nuestra iglesia, el hermano conferencista estuvo hablando de la gracia. Y hubo especialmente un pasaje que llamó mi atención y trajo lágrimas a mis ojos. Ahora me pregunto cómo pude pasar por alto algo tan sencillo, básico, y clave para la vida cristiana. El pasaje se encuentra en Colosenses 2:6, y dice, “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él.”

Pregunto: ¿Cómo recibimos al Señor Jesucristo? ¿Hubo algo que pudimos hacer para recibirle? ¿Teníamos algo que ofrecer? No. Sabemos que la salvación la recibimos por gracia. Y de esa misma manera debemos andar. Cuando vimos a Cristo por primera vez, vimos todas nuestras faltas, nuestros pecados, nuestras debilidades, que por el amor de Dios fueron puestas sobre su Hijo, de tal manera que sufrió el castigo justo que nosotros merecíamos, para que por su sacrificio fuésemos libres de condenación, y en su resurrección obtuviéramos vida. Pero la gracia no se queda ahí. Como dijo el predicador, la historia completa del hombre, desde el Génesis hasta el final, es la historia de la gracia de Dios.

De la misma manera andad en él. Así como recibimos la salvación por gracia. Así también debemos vivir conscientes de que no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más. Y mejor aún, no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos. Esta realidad golpeó mi corazón y lo hizo pedazos. Ninguna cosa creada me puede separar del amor de Dios, en Cristo Jesús; ni siquiera yo. Y es que Dios nunca me ha amado por causa de mí mismo, sino por causa de Sí mismo. Yo no tengo nada especial que ofrecer, si ofreciera algo estaría completamente manchado por mi propia iniquidad. Solo puedo dar pecado, maldad, corrupción, suciedad. Dios me ama por causa de Sí mismo, y porque hubo uno que sí pudo hacer lo que yo jamás habría podido hacer. Y cuando Dios me ve, en mis delitos y pecados, haciendo lo que no quiero, y no haciendo lo que quiero, Él ve a Jesucristo en mí, y Su justicia en mí.

Me quito la máscara. Soy un pecador de primera, y el peor de los peores. Mi maldad no tiene comparación, y la vergüenza que he traído sobre mí es grande. Pero nunca se ha tratado de mí. La gloria no tiene porque ser mía. Que Dios se glorifique en mis debilidades. Que cuando la gente vea a este pecador, dirija su mirada al Dios de amor que envió a Su Hijo para salvarlo. No soy mejor que nadie. No más hipocresía y falsa santidad. En mi corazón no hay bondad, ni generosidad, sino egoísmo y vanagloria. Soy pecador, y no tengo nada de qué estar orgulloso en mí mismo. Digo ahora junto con Pablo, “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.” Porque en Cristo Jesús mis caretas no valen nada.

No hace mucho le confesé a un alumno mi lucha. Resulta que llevaba cierto tiempo aconsejándolo, pero siempre había temido decirle que yo pasaba por lo mismo. Bueno, hace poco se lo dije, y hubo un cambio en nuestra relación. Ahora no me ve solo como un consejero ajeno a su situación, sino como alguien que lucha con lo mismo, y que sabe exactamente por lo que está pasando. Y ahora juntos podemos dirigir nuestra mirada a Cristo, sabiendo que no es por nuestra cara bonita que hemos sido llamados, sino por la sola gracia de Dios, y por la sola y perfecta obra de Jesucristo, MÁS NADA. Que la gloria sea siempre y toda Suya.

TE ALABARÉ EN LA TORMENTA

Publicado: julio 28, 2010 en Reflexión
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Estaba seguro de que para entonces nos habrías tendido la mano

y limpiado nuestras lagrimas, cuando entraras a salvarnos.

Una vez más digo “Amén” y sigue lloviendo.

Y mientras ruge el trueno apenas y oigo tu susurro en el viento:

“Estoy contigo”.

Y al ver tu misericordia levanto mis manos y alabo al Dios que da y quita.

Te alabaré en la tormenta, levantaré mis manos;

Tú eres el mismo sin importar donde me encuentre.

Cada lágrima que he vertido tu la sostienes en tu mano,

nunca dejaste mi lado.

Y aunque mi corazón se rompa, te alabaré en la tormenta;

Te alabaré en la tormenta.

Recuerdo cuando tropecé en el viento,

escuchaste mi clamor, me levantaste.

Mi fuerza casi ha desaparecido,

¿Cómo puedo continuar si no te encuentro?

Y mientras ruge el trueno apenas y oigo tu susurro en la lluvia:

“Estoy contigo”.

Y al ver tu misericordia levanto mis manos y alabo al Dios que da y quita.

Te alabaré en la tormenta, levantaré mis manos.

Tú eres el mismo sin importar donde me encuentre.

Cada lágrima que he vertido tu la sostienes en tu mano,

nunca dejaste mi lado.

Y aunque mi corazón se rompa, te alabaré en la tormenta;

Te alabaré en la tormenta.

Alzo mis ojos a los montes, ¿De dónde vendrá mi socorro?

Mi socorro viene de el Señor, Creador del cielo y la tierra.

Leí un libro hace algún tiempo titulado “Cuando lo que Dios Hace no Tiene Sentido”. El autor se dedicó a relatar en él una serie de eventos en las vidas de diferentes personas dentro de un contexto cristiano, situaciones catastróficas que para la mente humana parecen no tener sentido, de ahí el título del libro.

Hace poco dos de mis estudiantes, que son hermanos, perdieron a su padre y a su madrastra en un aparatoso accidente que sufrieron en carretera. Hacía poco más de cuatro meses habían perdido a su madre bajo circunstancias difíciles también. Como espectadores no podemos ni imaginarnos cómo se sienten estos dos jóvenes. Ni siquiera aquellos de nosotros que hemos perdido personas cercanas podemos entender su sufrimiento, ya que pocos han pasado por una experiencia que tan siquiera se asemeje a la que han sufrido ellos. No sé qué clase de preguntas se puedan estar haciendo. Pero sí conozco una pregunta que brota de los corazones de aquellos que observamos desde afuera.

Recibí la llamada el viernes por la noche. Andrea, una alumna de décimo, me comunicó que los padres de David y Susana habían sufrido un grave accidente y habían muerto. Tras recordarme que ellos mismos habían perdido a su madre hacía poco, me hizo la pregunta que ha estado resonando en mi cabeza desde el accidente. “Profe”, me dijo “¿cómo debemos entender algo así?”. No hubo respuesta.

La pregunta no es la misma que se hacen los hijos de las víctimas. Esta pregunta nace de corazones que intentan comprender los sucesos desde un punto de vista quizá más objetivo. No pretendo ofrecer una respuesta para David y Susana. No puedo ponerme en sus zapatos y tratar de entender su sufrimiento. Pero nosotros, los que observamos a la distancia lo que ha sucedido, ¿cómo podemos entender algo así?

Primero, no debemos ver el suceso como un evento aislado. Aunque por su naturaleza es imposible que pase desapercibido, y sabemos que es más importante y no se compara con todo lo demás que sucedió ese día en nuestras vidas, no debemos olvidar que Dios es un Dios que obra en la historia, por medio de personas, involucrado con nuestro mundo al cien por ciento, y que todo cuanto ocurre ha sido ordenado por él. El misticismo nos dice que nos enfoquemos en esta experiencia, y que nos dejemos llevar por los sentimientos abrumadores que nacen de ella. No pensemos en un “por qué”, ni en un “para qué”, simplemente entreguemonos al temor, a la duda y a la tristeza que son inevitables en este momento. No hay consuelo, no hay paz, no hay manera de hallarle pies ni cabeza al asunto.

Sin embargo, si pensamos en Dios, recordaremos que a Él no se le escapa nada. No es como que ese día Dios dijo “Ups, se me fueron estos dos hijos míos y no me di cuenta”, no. Lejos de eso, Dios mismo decidió llevárselos, porque estaba ordenado dentro de sus propósitos que así fuera. No estoy diciendo que tratemos de entender el “por qué” o el “para qué” de la situación, sino queentendamos que existe un “por qué” y un “para qué” que son conocidos totalmente sólo por Dios. Nosotros podremos tener la dicha de ver pinceladas de esos propósitos durante nuestro tiempo aquí en la tierra. Quizá como Moisés podamos ver la tierra prometida a lo lejos, aunque no entremos. Pero en otras ocasiones, sólo veremos a un niño que camina tras nosotros, como Isaac, y tendremos que confiar que de Él vendrá una gran nación que no se podrá contar. Dios tiene propósitos en todo cuanto hace, algunos nos los da a conocer y otros no, pero podemos confiar en que ahí están, y que siendo su voluntad santa perfecta como es, podemos descansar en que Él está en control de todo. Lo que Dios hace siempre tiene sentido.

Job era un hombre justo delante de Dios. Dios permitió a Satanás que tocara todos los bienes, los familiares y hasta la salud de Job, para probarlo. Después de sufrir desastre tras desastre, después de recibir una mala noticia tras otra, sin tiempo para asimilarlas, sólo pudo postrarse en tierra y exclamar: “Jehová dio, Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito.” Al final de la historia Job reconoce que había conocido a Dios de lejos, y que hablaba de sus maravillas sin entenderlas realmente. Pero después de atravesar la prueba tan dura, reconoció que donde antes sólo había oído, ahora veía cara a cara. “De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven”. Que esta experiencia amarga nos permita conocer un poco mejor la naturaleza de Dios. Y que sin entender plenamente lo que hace, podamos decir junto con Job, “Yo sé que mi redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios: al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí.” y “He aquí, aunque Él me mataré, en Él esperaré”.

Estamos ante el Dios dueño de todo cuanto hay, el que hace llover sobre justos e injustos, el que libra nuestras almas del Seol y nos permite gozarnos en la muerte como ganancia por la obra de Su Hijo en la cruz. ¿Quién le dirá a Jehová cómo debe hacer las cosas? ¿Quién se atreverá a levantar la mano y objetar ante sus santos decretos? No conocemos Sus caminos porque no son como los nuestros, pero demos gracias porque aunque no los conocemos, podemos estar seguros de que su voluntad trabaja para el bien, y para que al final de los tiempos toda la gloria sea dada a Su santísimo nombre. Mientras tanto, estemos quietos, y observemos que Él es Dios. Sólo así lo podremos entender.

QUE LA PAZ DE DIOS Y EL CONSUELO DEL ESPÍRITU SANTO, QUE VAN MÁS ALLÁ DE LO QUE PODEMOS ENTENDER, ACOMPAÑEN A DAVID Y A SUSANA EN ESTE TIEMPO DE ANGUSTIA Y DOLOR. SÓLO POR UN TIEMPO NO LES VEREMOS.

REMANENTE

Publicado: julio 28, 2010 en Reflexión
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ESTA ENTRADA ESTÁ DEDICADA A ALGUNOS DE MIS ALUMNOS DE DÉCIMO (AHORA UNDÉCIMO). AQUELLOS QUE SE HAN LEVANTADO EN SU CLASE, COMO UNO CONTRA EL MUNDO. QUE DIOS LES PERMITA PERSEVERAR HASTA EL FIN. NO ESTAMOS SOLOS.

Siempre hemos sido pocos. Desde el principio, en Génesis, observamos a Dios obrando a través de una minoría. Vemos a los hijos de Adán y Eva, Caín y Set, con sus descendencias. Vemos el registro de los muchos hijos de Caín, el cual termina en venganza y pecado; y por el otro lado vemos el de los hijos de Set, que son sólo nueve hasta llegar a Noé, el único hombre justo en la tierra. En ese momento la descendencia de Caín se había multiplicado en gran manera, y su hijos poblaban la tierra, una generación perversa que no conocía de Dios.

Después del diluvio, la tierra es repoblada y nuevamente los hombres se alejan de Dios. Y entonces, de casa de idolatría, Dios llama a Abraham y lo hace cabeza del pacto. Un pacto con él y su descendencia. La línea sigue siendo estrecha, y son pocos los que entran en el pacto. Incluso más adelante, cuando el pueblo de Israel crece y se multiplica, son algunos los que reconocen a Dios como su Dios y no todos. Hasta el punto en que, en época de los reyes, se dividen en aquellos que honran el pacto con David, el reino de Judá, y el resto de Israel que se volcó y siguió a un rey que no pertenecía al pacto.

Así ha continuado la historia desde siempre. Dios ha trabajado con unos pocos. Fueron pocos los que se levantaron contra las falacias de la iglesia católica y dieron paso al evangelio puro. Y después de ahí han sido pocos los que ha procurado mantenerse dentro de ese evangelio.

Al crecer, me emocionaba grandemente cuanto escuchaba de campañas evangelísticasconcurridas, iglesias enormes que alvergaban miles de creyentes, y movimientos cristianos que crecían desconmedidamente. Sin embargo, al pasar el tiempo, para nadie es secreto que son pocos los que prevalecen. Cuando las emociones pasan y los ánimos se enfrían, muchos regresan al lugar de donde salieron, porque la planta no echó raíz profunda y el sol la seco. Ahora temo cuando escucho de una iglesia que procura alcanzar miles de personas; me pregunto qué clase de cristianismo vivirán aquellos que se mueven entre las multitudes, sin una relación personal con otros hermanos ni con un líder que les ayude a crecer.

El mismo Jesús, cuando estuvo aquí en la tierra, trabajó con un número bastante reducido. Tenía a Sus tres discípulos cercanos, quienes le acompañaron en la transfiguración; luego estaban los doce; después los que creían en Él pero no estaban fuertemente involucrados; y por último la multitud, aquellos que cautivados por sus maravillas y emocionados por algo nuevo, tomaron palmas y le alabaron cuando entraba a Jerusalén, y pocos días después gritaban ante Pilato”¡crucifíquenle!”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. Incluso dentro de la iglesia cristiana podemos ver que existen muchos que dan la espalda al evangelio bíblico y abrazan al dios Misticismo y a la diosa Prosperidad.

En ocasiones este pensamiento puede desanimarnos. Podemos, como Elías, pensar que estamos completamente solos y declarar “sólo yo he quedado”. Pero, hermanos, no nos dejemos engañar, habemos muchos (en comparación con uno) que no hemos doblado nuestras rodillas ante los dioses de este mundo, por la gracia de Dios. Y es que sólo por Su gracia podemos permanecer firmes, porque Él nos da tanto el querer como el hacer por Su buena voluntad. Y aunque realmente estuviéramos solos, Su gracia en nosotros ha de ser suficiente para seguir adelante y perseverar hasta el fin. Porque mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo.

Dios me ha permitido ver claramente que existen muchos hermanos en Cristo que se están esforzando diariamente por conocer y dar a conocer el verdadero evangelio. Realmente no estamos solos. Hagamos de esta nuestra causa y tratemos de conocer ese evangelio que de alguna manera se ha perdido entre tantas denominaciones, muchas de las cuales lejos de ser cristianas dan muestras más claras de neo-paganismo y misticismo. Abracemos ahora nuestro llamado a ser fieles para con Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable. Brillemos en este mundo oscuro y vivamos el verdadero evangelio de Jesucristo.

Egipto, Canaán, Babilonia, Roma… En medio de todos estos pueblos paganos, Dios ha levantado a Su pueblo y le ha permitido manifestarse para Su gloria. Tenemos nuestro propio Egipto hoy, nuestra Babilonia personal, en el colegio, en la universidad, en el trabajo, en la comunidad, en nuestra familia, y en la misma iglesia. Ahora es el tiempo de que el remanente de Dios, aquellos que creemos, Su pueblo de pacto, nos levantemos como uno contra el mundo.

SOBERANO

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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El concepto básico para todo creyente debe ser la soberanía de Dios. Soberanía quiere decir “control total”. Dios tiene el control total del mundo que Él creó. Si no fuera soberano, no podríamos confiar en sus promesas, no podríamos creer que es capaz de salvarnos, no podríamos creer que dirige nuestras vidas hacia Su término, no podríamos creer que cada aspecto de nuestra vida está bajo Su control, y que Él obra en ella a pesar de nosotros mismos. Como dije antes, el actor principal en esta historia no soy yo, es Dios.

Regresemos un poco en el tiempo. Cuando estaba en el colegio conocí a un joven, William Green, fue compañero mío en sétimo y octavo años, luego se fue por un tiempo y regresó en en décimo para terminar el colegio ahí. Durante los primeros años de colegio me llamó la atención que Él era cristiano, pero no estaba metido mucho en las corrientes nuevas de la época. Era como si hubiera estado atrapado en el tiempo, muy conservador y serio en ese sentido. Lo único que sabía de él es que era estadounidense pero se había criado aquí en Costa Rica por lo que hablaba muy buen español; sus padres eran misioneros. Tuvimos una bonita amistad, la cual básicamente acabó cuando acabó el colegio. Fue a mi casa varias veces, y su padre, don Guillermo Green, lo fue a recoger un par de veces. Después de la graduación no lo vi por algunos años.

Después del colegio fui a la Universidad de Costa Rica a estudiar lo que había deseado los últimos años: Ingeniería en Sistemas. Era una buena carrera, con un futuro asegurado, un alto mercado y un buen salario (bastante bueno). Entré a la Universidad sin mucho esfuerzo y estudié generales. Luego empecé mis cursos de carrera, y avancé sin mayor dificultad. No tenía problemas en ninguna materia, comprendía y me gustaba lo que estaba estudiando. Sin embargo, algo no me permitía estar tranquilo. Me sentía fuera de lugar, como si no estuviera haciendo lo que debía hacer. Llegué a la conclusión de que de alguna forma no estaba siguiendo mi llamado. Había entrado a la carrera de Ingeniería por que me daría buen dinero. Hoy me avergüenza pensar que esa fue mi motivación.

Dios no me dejó tranquilo hasta que hablé con mis padres, quienes en ese momento me estaban pagando la universidad, y les dije que sentía que debía salir de allí y dedicarme a la música. Era lo único en lo que podía pensar en ese momento. Ellos entendieron mis motivos y me dieron luz verde.

Tomar esta decisión habría sido más fácil si me hubiese estado costando la carrera, o si por alguna razón externa hubiera tenido que renunciar a ella. Pero fue en su totalidad una prueba de fe. No sabía exactamente dónde terminaría, pero entendía que era lo que debía hacer. Con gran temor y pasos inseguros, como caminando con los ojos vendados, avancé confiando en que Dios no me soltaría la mano.

Fue así como entré a la Universidad Evangélica de las Américas (UNELA) a estudiar Enseñanza de la Música. Este tiempo fue un pequeño paréntesis mientras Dios acomodaba las cosas para algo más, algo mejor. Llevé únicamente como diez cursos de música, y entonces sucedió algo maravilloso.

Por motivos que no comprendo aún, UNELA no tenía reconocida la carrera que yo estaba estudiando, por lo que decidí congelarla y dedicarme a estudiar otra cosa. El último cuatrimestre del 2006 no matriculé nada y empecé a prepararme para estudiar Enseñanza del Inglés en la Universidad Estatal a Distancia. Iniciaría mis estudios en el 2007.

En Diciembre del 2006, una hermana de la iglesia me avisó de una vacante en la escuela donde ella trabajaba para un profesor de música. No me entusiasmaba mucho la idea, pero le dije que me interesaba y poco después recibí una llamada de la directora de esa institución. Su nombre era Aletha Green, esposa de don Guillermo Green, padre de William, mi ex compañero del colegio. La sorpresa fue mutua. Inmediatamente concertamos una cita para una entrevista de trabajo el día 11 de Diciembre a las 10 de la mañana. Ese día fue entrevistado para trabajar como profesor de música, pero también se me comunicó la posibilidad de enseñar inglés, la carrera que empezaría a estudiar al año siguiente. Una semana después recibí la llamada que cambió mi vida. Había sido aceptado para desempeñar ambos puestos.

Fue así como Dios acomodó todas las piezas en el rompecabezas de mi vida, y acabé trabajando en el Centro Educativo Cristiano Reformado. Uno de los lugares que cambió mi vida para siempre.

En esta institución se movía una palabra que me ha intrigado desde la primera vez que la escuché: cosmovisión. Para estos cristianos la religión iba mucho más allá de eso. Ser cristiano para ellos representaba una forma completa de ver el mundo. Esta palabra, y lo que he aprendido acerca de ella, es la razón principal de este blog. Quiero, a través de mis ensayos, dejar a los lectores una herencia en cuanto a cómo podemos ver el mundo utilizando los lentes de la Biblia. Empiezo este camino con muchas preguntas sin respuestas, y quizá acabe con más preguntas. Pero, confiando en el Dios soberano que nos ha dejado Su Palabra como única guía y perfecta, pretendo presentar aquí cuestiones de interés para aquellos jóvenes que, al igual que yo, han llegado a reconocer que la mejor manera de agradar a Dios es aprendiendo a ver el mundo como Él lo ve.

COMENZANDO

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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Mi nombre es Daniel J. Lobo, soy un joven cristiano que ha crecido envuelto en el evangelio, por la gracia de Dios. Y es por Su misma gracia que estoy ahora donde estoy. Pretendo en estas primeras entradas compartir mi testimonio ampliamente, por lo que me tardaré unas semanas antes de cambiar de tema.

Como cualquier cristiano, mi vida ha sido marcada, al igual que la historia del mundo entero, por un a.C y un d.C (antes y después de Cristo). Sin embargo, en mi caso (y estoy seguro de que algunos lectores comparten esta experiencia) no se me hace posible decir que me hice cristiano en un momento específico, sino que ha sido más bien un proceso en el que se resalta la soberanía y la gracia inmerecida de Dios.

Cabe resaltar aquí que el autor principal de esta historia que estoy a punto de contar no soy yo. Aunque se trate de mi vida, lo que pretendo demostrar es que el autor y actor principal, no sólo de mi vida personal, sino del mundo entero, es Dios el Rey Soberano. Claro que estas cosas no las comprendía cuando estaba más joven, pero todo a su tiempo.

Como decía, nací y crecí en un hogar cristiano. Esto significó varias cosas. Primero, que de alguna manera Dios me estaba protegiendo de lo que pudo haber sido una vida completamente alejado de su presencia. Y si conociéndole he cometido mi buena ración de errores, mucho peor habría sido de haber crecido en un hogar completamente alejado de Él. Y en segundo lugar, he disfrutado de cierta bendición especial al crecer de una familia del pacto. Dios me ha tenido en su mano desde antes de nacer, desde que tuvo misericordia de mis padres y los llamó para ser Suyos.

De todas formas, como todos saben, nacer y crecer en un hogar cristiano no implica que habría de heredar la salvación que recibieron mis padres de Dios. (La salvación no se hereda). Dios habría de trabajar en mi vida de manera individual y me llevaría por lo que hoy puedo llamar un camino de gracia.

De niño estuve involucrado en escuelitas bíblicas donde aprendía historias de la Biblia, historias que me eran fascinantes y muy entretenidas. Oí de Moisés y de cómo Dios lo llamó de entre el fuego que reposaba sobre una zarza que ardía no se consumía. Oí de cómo Dios mandó plagas sobre Egipto para rescatar a su pueblo. Oí de José, y de cómo Dios había estado con él aún cuando todo parecía correr fuera de control. Pero no fue hasta muchos años después que empecé a comprender que ese mismo Dios que habló a Abraham, a Isaac y a Jacob, me estaba hablando a mí, me había escogido para formar parte de Su pueblo, y que aún cuando mucho ha sucedido en mi vida que no alcanzo a comprender, y que no siempre ha parecido bueno, Dios siempre ha estado en control de todo en mi vida, y poco a poco Él ha venido poniendo cada cosa en su lugar.

Desde niño me ha gustado la música. Soy músico por la gracia de Dios. Me gustaba tanto la música que desarrollé un oído melódico, rítmico y armónico desde muy temprana edad. Pero este don me hizo bastante sensible también. Digamos que era (y aún quedan rastros de esto) mayormente emocional. Bueno, más adelante cubriré este tema con amplitud, pero puedo adelantarles que ser emocional puede ser un gran obstáculo para acercarse a la verdad de Dios. Pero no era como a Dios se le había escapado algo, porque luego aprendí que este don tendría más repercusiones en mi vida de las que creía en ese momento. Dios me estaba preparando.

También es importante mencionar aquí que durante mi niñez me vi involucrado con muchos misioneros norteamericanos que venían a trabajar en mi antigua iglesia. Su idioma me llamaba mucho la atención, y empecé a aprender una que otra frase, sólo para alardear frente a mis amigos.

Para mí ser evangélico era sólo otra religión. Así como habían católicos, testigos de Jehová, mormones, musulmanes, y hasta ateos…. Yo era evangélico, mis padres lo eran así que yo también. Inevitablemente estas historias grabaron en mi corazón ciertos principios que sin ser yo consciente forjaron mi forma de ver el mundo. Mientras crecía podía reconocer aquello que no estaba bien, y al ser interrogado mi respuesta podía ser “¿Por qué? Porque la Biblia lo dice”.

Como Job, creía conocer a Dios. Hablaba de Él y de sus maravillas sin realmente entenderlas. Podía contar las historias fascinantes que había escuchado de niño, y podía sacar principios generales y enseñanzas de ellas, y pensaba que sabía, que entendía, que Le conocía. Pero la verdad era que le oía de lejos.

Durante esta época, en mi juventud temprana, obtuve una beca para estudiar en un colegio cristiano. La música perdió un poco de importancia porque mi cambio de voz me llevó a dejar de cantar (me daba vergüenza) y enfocarme en mi recién descubierta pasión. Resulta que el colegio al que entré era, y sigue siendo, completamente bilingüe. Para poder sobrevivir en aquella institución tuve que aprender inglés. Nuevamente, Dios me estaba preparando. Descubrí, nosolamennte que se me hacía fácil asimilar el idioma, sino que disfrutaba grandemente conocerlo cada día mejor. Llegué a amar el idioma tanto o más que mi español.

Sin embargo, después de haber estado en una escuela pública donde se me señalaba constantemente por ser cristiano. Ahora estaba en un colegio cristiano, donde…. se me señalaba constantemente por ser cristiano. Descubrí entonces que lo mío no era una religión. Tenía que ser algo más, porque mis compañeros también eran cristianos, pero no parecían creer lo mismo que yo creía, o lo que yo creía que creía (perdonen el juego de palabras).

Atravesé el colegio sin grandes novedades. Creó que luché contra lo mismo que luchan todos losjóvenes: presión de grupo, presión de grupo, y presión de grupo. Algunas veces caí ante la presión, y otras veces también. Pero hubo situaciones en las que tuve que dar media vuelta y reconocer con dolor que no todos los que estábamos ahí estábamos en la misma página. Sin embargo, llegó el punto en que Dios puso dos luces en mi camino: Sylvia Cubillo y Mariela Roldán. No puedo decir que fuimos los únicos cristianos de nuestro grupo, pero por lo menos los tres estábamos atravesando el final del colegio con principios muy similares, y de alguna manera fuimos apoyo entre nosotros, o al menos ellas lo fueron para mí. Pasamos de luchar contra la corriente solos a luchar unidos. Debo agradecer a Dios en este punto por haberme permitido conocer a tan maravillosas personitas. Las llevaré en mi corazón siempre, y las recordaré con una sonrisa.

Juntos acabamos el colegio, y juntos iniciamos la universidad. Y fue ahí, en esa etapa de mi vida, donde se me presentó una de las más grandes pruebas hasta ese momento.