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El milagro

El hombre fue creado para ser el representante de Dios en la tierra, su imagen. Pero prefirió darle la espalda a Dios. Sin embargo, Dios, en su infinita sabiduría, en el consejo eterno de su voluntad, tenía un plan trazado que truncaría todos los efectos del pecado y de la muerte. Desde Génesis tres, cuando el hombre y la mujer cayeron, Dios les hizo una promesa en la cual se sostiene el pueblo de Dios: prometió que enviaría a un descendiente de la mujer que sería herido por la serpiente, pero que a su vez este le atinaría un golpe mortal en la cabeza. Jesús de Nazaret es ese descendiente.

Este Jesús era hijo de hombre, pero también era el Hijo de Dios. Siendo hombre, llevó a cabo la representación perfecta que solo él podría realizar. Obedeció a agradó al Padre en todo, sin caer en ningún tipo de tentación, viviendo completamente bajo su voluntad y glorificándole en todo. En ese sentido, vivió nuestra vida, la vida que jamás habríamos logrado vivir, que ni siquiera habríamos querido. Pero no sólo hizo esto, sino que también, siendo completamente inocente recibió sobre Sí el castigo que su pueblo pecador merecía. En aquella cruz, el inocente murió nuestra muerte. Pero morir no fue lo último que hizo. Después de tres días resucitó, y después de haber sido visto por sus discípulos durante cuarenta días después de su muerte, regresó al cielo, donde ha ocupado un lugar de suprema autoridad sobre toda la creación durante toda la historia de la humanidad.

Cuando el Espíritu de Dios ilumina nuestras mentes por medio del evangelio y abre nuestros ojos a la luz de Cristo, de modo que depositamos nuestra fe y confianza en Él para nuestra salvación, entonces somos objetos de un milagro sorprendente. Somos hechos verdaderamente nuevas criaturas, re-creados en Cristo Jesús. Se da un cambio en nuestro interior, y pasamos de ser árboles malos, capaces de dar únicamente frutos malos, a ser árboles regenerados, capaces de producir frutos que glorifiquen a su Creador. Todo esto solo mediante la obra de Cristo. El castigo que pendía sobre nosotros, Cristo lo sufrió, llevando sobre sus hombros todos nuestros pecados, de modo que cuando, por gracia, por medio de la fe, depositamos toda nuestra confianza en Él, somos declarados justos. Es decir, que aquella vida de justicia que Él llevó durante su tiempo en la tierra es puesta a nuestro nombre, de modo que Dios nos ve como hijos justos a sus ojos, no por lo que nosotros hayamos hecho, sino por lo que hizo Cristo en nuestro lugar; y nuestro pecado queda en el olvido, pues nuestro Salvador ya sufrió el castigo por este. Con este milagro de la nueva creación, recibimos una esperanza de gloria. Ahora sí, aquella gloria para la que fuimos creados: glorificar a Dios y gozarnos con Él por la eternidad.

Como puedes ver, el centro de esta historia, el héroe verdadero, el que merece toda nuestra honra y gloria, es Jesucristo, Dios hecho hombre. En Él todo cobra sentido. Él ha venido a reconciliar todo lo que estaba roto: nuestra relación con nuestro Creador, nuestras relaciones entre los seres humanos y nuestra relación con el mundo creado. Todo lo reconcilia consigo mismo, de modo que nada tiene sentido fuera de Él. Cristo es el por qué y el para qué; Él es el que hace que todos esos aspectos de nuestra vida, que de otra forma son inconexos e incongruentes, tengan algún sentido. Porque todo lo que existe, ha existido y existirá, fue creado por medio de Él y para Él.

Colosenses 1:19 es muy claro al enfatizar qué es lo que Cristo reconcilia consigo mismo: todas las cosas. Y por si queda alguna duda, afirma que se trata de todo lo que está en la tierra y todo lo que está en los cielos. Entonces, si todo ha sido reconciliado con Él, el mandato de 2 Corintios 10:5 cobra un sentido especial, particularmente para los hijos de Dios. Dice que debemos poner “todo pensamiento en cautiverio a la obediencia a Cristo”. Es decir, que de ahora en adelante, nuestro punto de partida para analizar y entender cualquier situación será Cristo. Él es ahora nuestro punto de referencia. Es un cambio de cosmovisión. Verás, antes, todo lo filtrábamos a través del yo, yo era la medida de todas las cosas, buscando en todo momento agradarme a mí mismo. Pero ahora, la medida de todas las cosas es Cristo, y así debe ser en mi mente. Esto significa que mis pensamientos, acciones y actitudes van a estar sujetas a Cristo, porque Él está re-creandome a su imagen. Al menos esa debe ser nuestra meta ahora. “Nos negamos a nosotros mismos, tomamos nuestra cruz cada día y le seguimos”.

Esta parte es la más difícil, creo (pero sería imposible de no ser por la obra del Espíritu Santo en nosotros). De ahora en adelante, debemos abandonar nuestra antigua manera de pensar, nuestra antigua manera de entender el mundo. Ya no nos guiamos por los parámetros del mundo. Aquellos anhelos, logros, conocimientos, relaciones, habilidades e incluso la fama que queríamos obtener, deben quedar sujetos a Cristo, para que en todo lo que hacemos, en cada uno de esos campos, sea glorificado el Padre y no nosotros. Es decir, si he de lograr algo en esta vida, que sea para la gloria de Dios. Cualquier conocimiento que adquiera debe ser filtrado y sujeto a Cristo. Las habilidades que tengo, debo usarlas sin duda, pero con el fin de mostrar amor al prójimo y ser de bendición dentro y fuera de la Iglesia. Y es posible que en el camino sea reconocido y obtenga fama, pero lo ideal sería que esa fama delante de los hombres pierda valor comparada con el Reino de los Cielos, del cual soy parte ahora, y cuyo alcance sobrepasa cualquier logro que consiga en este mundo. Así, todo, desde lo más trivial como la ropa que uso o la comida que ingiero, hasta lo más complejo como la carrera que escojo o la persona con la que decido casarme, todo queda sujeto a Cristo, gira en torno a Él, es suyo como yo soy suyo, y debe desembocar en la gloria de Dios.

Para lograr esto, la Palabra de Dios cobra suma importancia. Cómo podemos entender realmente el mundo que Dios ha creado si ignoramos el manual que nos dejó el Creador. Cristo mismo afirmó y validó en repetidas ocasiones la Escritura. Así que, si Él es nuestra máxima autoridad, y Él afirma que la Palabra de Dios debe cumplirse, entonces debemos ajustarnos a estos parámetros. La Palabra de Dios ofrece, ya sea de forma directa o por implicación, guías para cada área de nuestra vida, y un fundamento para cada decisión que tomamos. Si queremos agradar al Padre realmente, debemos saber qué es lo que le agrada, claro está.

Hace un rato usé la palabra cosmovisión. Básicamente significa la manera en que veo o entiendo el mundo. Ahora, la forma en que entiendo el mundo no es solo lo que pienso o creo con respecto al mundo. Lo que realmente creo se verá manifestado en mi carácter y en mi forma de actuar. Ahora, muchos cristianos fallamos en esta parte (y creo que seguiremos fallando de este lado del cielo). Para poner un ejemplo muy sencillo, la cosmovisión bíblica dicta que debo amar al prójimo como a mí mismo. Esto lo saben muchos cristianos, pero conocer esta verdad no significa que esta sea su cosmovisión. Para que esto se cumpla en mí, no solo debo saber que debo amar al prójimo, sino que también debo amar al prójimo realmente, de modo que mi forma de actuar para con el prójimo, cómo hablo con él, cómo le sirvo, como me expreso de él, todo debe mostrar ese amor que se supone que tengo por él. Entonces, como verán, no se trata solo de afirmar una verdad, se trata de mi conocimiento, mi corazón y mi cuerpo resonando en la misma frecuencia, eso es cosmovisión. Y cuando esa resonancia se da en torno a lo que Cristo enseña, eso es cosmovisión cristiana o bíblica. Como dije, de este lado del cielo, alcanzar ese tipo de resonancia nos resulta imposible a causa del pecado que sigue asomando la cabeza. Cada vez que nos percatamos de una falta de resonancia con la voluntad de Dios (pecado) debemos reaccionar en arrepentimiento y fe. Arrepentimiento para reconocer nuestra falta de perfección ante la santidad de Dios, y fe para confiar en la obra de Cristo como lo único que evita que seamos consumidos por la ira de Dios, como lo único que nos acerca a Él como Padre. Y también confiamos en que su Espíritu que hoy habita en nosotros, está haciendo una obra continua que no quedará inconclusa, haciendo que nuestro conocimiento de la Palabra sea asimilado en nuestro ser tan profundamente que todo lo que hagamos honre ese al autor de esa Palabra. En ese sentido, el Espíritu de Cristo está haciendo un milagro en nosotros todos los días. (Continúa…)

“¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí?” Estas preguntas resuenan en lo más profundo del corazón de cada ser humano. Todos nos hemos hecho estas preguntas o alguna versión de ellas, y si no es este tu caso, amado lector, quizá sea un buen momento para pensarlo. Existe en nuestro interior un deseo por sentirnos importantes. “Tiene que haber algo más”. Queremos realizarnos como individuos, y buscamos con todas nuestras fuerzas, a lo largo de nuestra, hallar nuestro lugar en el mundo. Anhelamos ser parte de un propósito mayor que nosotros mismos. Anhelamos gloria.

Si eres cristiano, posiblemente tienes problemas para reconocer esta verdad, y quizá te sientas culpable porque sabes en tu mente que toda la gloria le pertenece a Dios. Pero déjame hacerte una propuesta, plantearte algo que quizá sea revolucionario en tu interior. Es posible (y estoy convencido de que así es) que ese anhelo de gloria que te invade no sea algo malo en sí mismo. Quizá, y solo quizá, lo que necesitas es encontrar el lugar adecuado donde colocarlo. No niego que toda la gloria le pertenezca a Dios, y hacerlo sería blasfemar su nombre. Entonces, ¿qué estoy diciendo? Te invito a dar una mirada a algunas verdades profundas que se encuentran encerradas en las páginas de la Biblia, y que te ayudarán a contestar esas preguntas tan importantes que motivan este artículo.

¿Quién eres? ¿Para qué estás aquí?

Debo admitir que no existe una sola respuesta para estas preguntas. Y no pretendo que las respuestas que voy a ofrecer sean todo lo que hay. Estoy seguro de que son ciertas, pero sus implicaciones son tantas como cristianos hay en la tierra. Te corresponde, amigo, profundizar en ellas, y vivir de modo que honres estas verdades que se desprenden de la auto-revelación de Dios. ¿Cómo se verá esto en tu vida? No lo sé, pero me emociona la sola idea de que vayas a descubrir tu lugar, sea este cual sea.

Debo detenerme aquí un momento, y hacer, por así decirlo, un pequeño paréntesis. Hay un factor que estoy dando por sentado al escribir este artículo, y es el hecho de que, al igual que yo, crees que la Biblia es la revelación propia de Dios, y que por lo tanto es toda verdad inerrante. No pretendo, por lo tanto, convencerte de la naturaleza de las Escrituras. Si crees que la Biblia contiene elementos de verdad, pero que no es totalmente infalible, entonces lo que tengo que decirte tendrá poco valor para ti. Lo bueno es que la verdad no deja de ser verdad porque la creas o no, y por lo tanto, estos principios que veremos aplican de alguna manera a ti, ya sea que lo creas o no. Cierro el paréntesis.

El origen

Para comprender bien quién eres, lo primero que necesitas es comprender de donde vienes. Por lo tanto, lo primero y fundamental, el primer paso, la primera verdad que debes comprender y abrazar, e incluso celebrar, es el hecho de que eres una criatura. El primer versículo del primer capítulo de Génesis (de seguro te lo sabes de memoria y lo estás repasando en tu mente en este momento) establece dos realidades. Para los que no se lo saben, ese profundo versículo dice que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Las dos realidades a las que me refiero no son el cielo y la tierra, sino Dios y todo lo demás.

Dios es el Creador de todo lo que existe, y todo lo que existe aparte del Creador es criatura. Dios, como Creador, hace lo que bien le parece. Él lo hace todo como Él quiere. Otorga a cada obra de sus manos una forma y una función que no se contradicen, todo según su voluntad. Y según su voluntad pone límites y reglas, decide, ordena, manda y gobierna, simplemente porque tiene el derecho de hacerlo. Él es el Creador. ¿Alguna vez te has preguntado por qué los árboles producen hojas verdes y no celestes, o por qué el cielo es azul y no turquesa? Estoy seguro de que habrá alguna explicación científica para eso, pero siendo que Dios creó incluso las leyes científicas, debemos reconocer que al final la razón es porque Dios así lo quiso.

Por otro lado, ¿has visto alguna vez un árbol de limones que se rebele y procure con todas sus fuerzas dar naranjas? Claro que no. Esto se debe a que cuando Dios creó cada especie de árbol, de planta y de animal, los creó para que se reprodujeran según su especie. De modo que, no importa lo que digan los grandes pensadores detrás de las películas de Madagascar, una jirafa jamás podrá enamorarse de un hipopotamo, simplemente porque no fueron creados así. Pregunto, ¿cuándo es más feliz el pez, cuando nada libremente en el océano, o cuando yace tendido dentro de una red bajo el sol? ¿Cuándo cumple su propósito la luna, cuando ilumina la noche, o cuando asoma su cabeza durante el día, opacada por el resplandor del sol?

Entonces, como estoy seguro de que te habrás dado cuenta ya, siendo que no eres el Creador, tu estado innegable e ineludible es aquel de criatura. ¿Pero, acaso hay deshonra alguna en reconocer esto? De ninguna manera. El ser humano, al igual que un árbol, un pez, la luna y el sol, también es una criatura de Dios. Pero, no es cualquier criatura, no es simplemente un animal más. Génesis 1:27 nos recuerda algo maravilloso, algo que hoy en día se pierde entre las páginas de El Origen de las Especies. Se trata del hecho de que “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó”. De entre todas las criaturas que llenan este universo, solo una recibió una posición especial al ser creada a imagen de Dios. No fue el mono, el chimpancé, ni la babosa. Fue el ser humano, el hombre, creado en dos formatos, varón y hembra, ambos a su imagen. Y junto con ellos toda su descendencia después de ellos, hasta llegar a ti y a mí. ¿Qué significa esto? Entre muchas cosas, significa que somos los únicos, en el cielo y en la tierra, creados para tener una relación íntima con nuestro Creador. Fuimos creados para disfrutar de la compañía del Señor, para gozarnos en Él, y así llevar gloria a su nombre. Fuimos creados para tenerle como lo más valioso, y el que a la vez le da valor a nuestra vida. Al igual que el pez está completo cuando está en el agua, así también el hombre está completo solo cuando glorifica a su Creador, gozando de Él. Para eso fuiste creado.

En otras palabras, sí existe un estado mayor de existencia, un estado que nuestro corazón anhela con todas sus fuerzas, y no es algo que podamos encontrar en la creación, ni mucho menos en nosotros mismos. Es un estado de gloria, pero no de nuestra gloria. Para decirlo de forma correcta, nuestra mayor gloria, nuestra posición de mayor honra, eso que nuestro corazón tanto anhela, es hacer aquello para lo que fuimos creados, esto es, glorificar a Aquel que merece toda la honra.

Lamentablemente nuestro origen no termina ahí. Génesis, capítulo 3, nos narra la trágica historia de cómo nuestros padres, nuestros representantes ante Dios, decidieron no rendirle gloria a su Creador, sino que, engañados por el padre de mentiras, prefirieron buscar gloria para sí mismos en rebelión contra Dios. Quisieron encontrar satisfacción en lo creado, en un árbol, y sentarse así en el trono de su propio corazón. Quisieron ser sus propios dioses. No hicieron aquello para lo que fueron creados, y en su caída, caímos todos. Imagina que el hombre es como un arquero, y que en su aljaba tiene una flecha que dispara hacia aquello que le es más valioso. Adán tensó su arco, apuntó, y disparó hacia un blanco que no era la gloria de Dios. No atinó a honrarle, y con esa flecha perdida su arco se rompió. Así entró el pecado al mundo. Y hoy, todos los seres humanos nacemos con arcos rotos, incapaces de alcanzar la gloria de Dios (Romanos 3:23). Nuestras flechas siempre van dirigidas hacia aspectos de la creación. Nuestro tesoro, aquello que más amamos, lo que valoramos por sobre todas las cosas, nunca es Dios. Anhelamos tener dinero, fama, lo último en tecnología, fuerza, juventud, conocimiento, estudios, relaciones armoniosas, ser admirados, alabados, reconocidos, todo fuera de la persona de Dios; y en última instancia, en el fondo, cada ídolo que nos fabricamos, no es más que un intento lamentable por hallar satisfacción en algo que no es Dios, hallar satisfacción en nosotros mismos. La adoración del yo.

A pesar de que somos criaturas caídas, no dejamos de ser criaturas hechas a imagen de Dios. Esto significa que, aunque no queramos reconocerlo, aunque nos cueste verlo, todos los seres humanos reflejamos, de una u otra manera, y de forma muy imperfecta, aquella gloria que una vez nos dio valor, la gloria de Dios. Seguimos reflejando en nuestros cuerpos el diseño particular y la infinita creatividad de nuestro Creador. Cada uno creado de forma muy distinta; con gustos, inclinaciones, deseos, anhelos y fortalezas que reflejan el diseño muy particular de Dios. De modo que no puedes mirar a tu alrededor sin ver destellos, por pequeños que sean, de la gloria de tu Creador. Pues Él imprimió en nosotros su imagen de forma imborrable. Y aunque ahora esté dañada, rota y borrosa, seguimos intentando amar, aunque de manera imperfecta, buscamos una justicia imperfecta, creamos obras maravillosas, piezas musicales, obras de arte, máquinas y sistemas, procurando quizá el bien de los demás, buscamos la paz y la armonía, pero todo, sin excepción, surge manchado por el pecado que contamina cada fibra de nuestro ser.

Con razón nos sentimos rotos, incompletos e insatisfechos. Gastamos nuestra energía, nuestros recursos y nuestra vida entera buscando satisfacción donde nunca la encontraremos. El mundo nos ofrece realización, y luchamos por alcanzarla en este nuestro pequeño reino sin trascendencia, sin valor real, sin propósito más allá de la gloria propia. Incapaces de pensar diferente, atrapados por nuestros deseos que nos devoran, muertos en nuestra imperfección, sin esperanza y sin Dios. En nuestra condición caída, somos completa e irrefutablemente incapaces de agradar a nuestro Creador y merecedores de su castigo, sujetos de su ira, porque la paga del pecado es muerte. ¿Puede el hombre recuperar ese estado del que cayó? ¿Puede acaso el hombre lograr agradar a Dios y recobrar su condición original? ¿Puede el hombre regresar a esa relación de perfecta comunión con su Hacedor? ¿Qué se necesita para que pasemos de ser criaturas caídas, muertos en delitos y pecados, a ser llamados hijos de Dios? Déjame cambiar la pregunta: “¿Qué se necesitaría para que un león se interesara en comer pasto?” La respuesta a ambas preguntas es la misma: se necesita un milagro.

Nosotros no queremos agradar a Dios más de lo que un león quiere comer pasto. Se trata de nuestra naturaleza. No solo no podemos agradar a Dios, sino que ni siquiera queremos hacerlo. No está en nuestra naturaleza caída buscar a Dios. A tal grado nos ha contaminado el pecado, que no nos es posible tan siquiera pretender buscar a Dios. Como dije: necesitamos un milagro. (Continúa…)

Lo que Satanás hizo en el huerto sigue siendo su esquema para engañar y lo ha sido por todas las generaciones. Es importante prestar especial atención a este engaño, ya que así podremos identificar y señalar con propiedad las mentiras que plantea hoy, y que en realidad, no ha cambiado mucho.

LA TENTACIÓN

Satanás empieza su proceso en Génesis 3, donde procura deshacer las distinciones que Dios había establecido:

I. “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” Cuestiona la Palabra de Dios, intentando romper disimuladamente la distinción entre palabra de Creador y palabra de criatura. La pregunta que Satanás plantea no es una pregunta sincera, sino una pregunta llena de malicia y planteada con el único propósito de poner en duda lo que el Creador había dicho. ¿Acaso no sigue siendo este su modo de operar? ¿No sigue poniendo en duda el contenido de la Palabra de Dios, la Biblia?

Me contaron de un artículo que sacaron los testigos de Jehová hace cuyo título era: Seis mitos del Cristianismo, y entre ellos mencionan el nacimiento virginal, la deidad de Cristo, la Trinidad, y el castigo eterno. ¿Acaso no están poniendo en duda la Palabra de Dios de forma abierta, con fábulas nacidas de corazones malvados que no quieren aceptar la autoridad de la Biblia?

II. “Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.” Satanás busca primero a la mujer, y ella se presta para conversar. El rol de Eva no era el de cabeza, sino el de ayuda idónea, pero ella no toma su rol, sino que se deja llevar y pretende ser la que manda. En lugar de buscar a su marido, toma la situación en sus propias manos. Aquí Satanás está negando la distinción entre hombre y mujer.

III. “No moriréis” Ahora Satanás niega abiertamente la Palabra de Dios, y no sólo eso, sino que niega el castigo por desobedecer. Con estas palabras deshace la distinción entre Palabra de Dios y palabra de criatura. Eva tiene ahora dos opciones: creer lo que le fue comunicado, posiblemente por Adán, acerca de lo que Dios había dicho, o creer esta “nueva revelación” que Satanás le está dando.

Una de las mentiras más antiguas que Satanás ha sembrado en los corazones de la humanidad es la idea de que Dios no castiga. Que el infierno no existe, porque si Dios es bueno y es amor, ¿cómo podría haber creado un lugar de sufrimiento eterno? Estos cuestionamientos no son menos que un eco de aquellas palabras en el huerto: “No moriréis”. Dios es un Dios justo que juzga con justicia. No debemos olvidar que si bien es cierto que Dios es amor, también es cierto que es tres veces Santo, y que nunca su amor pasa por encima de su santidad ni viceversa. Para salvarnos del castigo eterno, primero tuvo que satisfacer su justicia con la muerte de su propio hijo. Nunca quitó el castigo, sino que lo impuso sobre el Cordero que fue propiciación por nuestros pecados.

IV. “Serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” La parte con menos sentido lógico de la tentación fue la que caló más profundamente en el corazón de Eva. ¿Acaso no tenían ya sus ojos abiertos? ¿Acaso no podían ver lo que había a su alrededor? ¿Cómo que serán abiertos nuestros ojos? “Sí, serán abiertos, podrán ver realmente, no lo puedo explicar, se abrirán sus ojos espirituales” ¿Qué quería decir con “y seréis como Dios”? ¿Acaso no habían sido creados a imagen de Dios? ¿No es cierto que de todas las criaturas ya tenían una posición privilegiada en Dios? “Sí, pero ahora serán como dioses, estarán iluminados, es un estado espiritual especial, diferente, tienen que vivirlo para entenderlo” y por último: “sabiendo el bien y el mal”. ¡Ah, qué bien! ¿Es que no conocían el bien ni el mal? ¡Claro que lo conocían! Lo bueno: no comer del árbol, lo malo: comer, desobedecer a Dios, y morir. “Sí, pero ahora podrán ver de verdad, ser pequeños dioses, iluminados, y entenderán los misterios, el secreto, cosas que ahorita no entienden, no lo puedo explicar, deja de cuestionar mis palabras con razonamientos lógicos y come del fruto que te ofrezco, sólo así entenderás”. Esta tentación no eran más que palabras vacías, y sin embargo se sigue escuchando el mismo susurro en cada secta, cada falsa religión, cada cultura, todas utilizan el mismo vocabulario: ojos abiertos, ser como dioses, conocer el bien y el mal.

Da temor pensar en cómo estas tonterías se han introducido incluso en la iglesia cristiana de hoy, dando nacimiento a un pseudo-cristianismo plagado de misticismo y rituales que distan poco deotras religiones paganas. Debemos enfocarnos en lo que realmente enseña la Palabra de Dios, y colocar eso como base para nuestro andar cristiano. No nos dejemos engañar por las mentiras disfrazadas que Satanás ha plantado, y no nos dejemos llevar por los falsos maestros de nuevas corrientes que en el nombre de Dios y con la Biblia en la mano, niegan abiertamente las verdades reveladas por Dios a través de los siglos.

El resultado de la tentación todos lo conocemos. Eva comió del fruto y le dio a su marido para que también comiera.  El versículo 6 da a entender que Adán no estaba lejos de Eva cuando ocurrió la tentación. Y es cierto que sus ojos fueron abiertos, pero no para iluminación y alcanzar una posición honrosa, sino para vergüenza. Conocieron su debilidad, su condición indefensa, su separación de Dios, su desnudez. Por eso, después de haberse hecho unos tristes delantales con hojas, al oír la voz de Dios, se esconden.

UNA ESPERANZA

En este proceso Dios busca restablecer lo que Satanás se había encargado de dañar en los corazones de Adán y Eva.

Dios empieza por llamar a Adán, no a Eva, pues el encargado de cuidar el huerto y protegerlo de la serpiente era él. Llama al hombre y le pide cuentas. Este se encontraba escondido y al escuchar a Dios pone en evidencia su nueva condición: “tuve miedo, estaba desnudo, y me escondí.” Dios, como dándole la oportunidad de reconocer su fallo y arrepentirse de su pecado, le pregunta (como si no supiera): ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mandé no comieses? Pero Adán  es rápido en quitarse del centro de atención y echa la culpa a otro. Y digo a otro, porque aunque pareciera en primera instancia que está culpando a Eva, en realidad está culpando a Dios por lo que sucedió: “la mujer que me diste“.

Ahora Dios se vuelve a la mujer y le pide cuentas. Pero Eva, siguiendo el ejemplo de su marido, busca echar la culpa a su nuevo amigo que la había traicionado y la había engañado.

Entonces, ante la falta de arrepentimiento en ambas sus criaturas, Dios empieza a pronunciar sus castigos, todos símbolos de la muerte que habían entrado a la humanidad. Empieza por la serpiente, Satanás, a quien proféticamente condena a arrastrase y comer polvo el resto de sus días. Desde el principio Satanás ha sabido que está destinado al fracaso y a la derrota. Luego rompe la relación que se había hecho entre la mujer y la serpiente, declarándolos enemigos por siempre. Y termina ofreciendo una promesa de esperanza: uno de la simiente de la mujer vendría, y aunque sería herido en el calcañar por la serpiente, al final este le aplastaría la cabeza.

A la mujer le multiplica sus dolores de parto, y restablece su relación con su marido, sometiéndola a él. Que el marido se enseñoree de su mujer se cumple en todas las parejas, el problema es que muchos varones se enseñorean de sus mujeres utilizando como medios la agresión y la violencia física. El marido cristiano debe saber ser cabeza de su hogar, pero utilizando como medios la justicia, la santidad, y el amor, sin abusar de su mujer, sino tratándola como Cristo a su iglesia, velando por su bienestar en cada decisión, procurando su crecimiento espiritual, y estando siempre dispuesto a dar su vida por amor a ella. Esto hará más fácil para la mujer negar su propio orgullo y echarse en los brazos de un marido que realmente la ama y que está dispuesto a cuidar de ella con su propia vida.

Al hombre lo castigó en su trabajo. No es que el trabajo sea el castigo, sino que el castigo recayó sobre el trabajo que ya debía llevar a cabo. Seguiría labrando la tierra, pero ahora lo haría con sudor, y la tierra no siempre produciría frutos buenos. Y finalmente, la muerte sería su destino final, “porque polvo eres, y al polvo volverás”.

En el versículo 21 se hace como un preámbulo de lo que sería necesario para restablecer la relación entre el hombre y su Creador, a saber, el derramamiento de sangre. Para cubrir la debilidad del pecado del hombre, su desnudez, Dios derrama la sangre de animales y con sus pieles viste al hombre y a su mujer. Desde ese momento se ve claramente que el autor, dador y consumador de la salvación de sus hijos sería el mismo Dios, y que él mismo proveería los medios necesarios para redimirlos. Ningún delantal hecho de hojas secas por manos humanas es suficiente para cubrir la desnudez del pecado del hombre; se necesita la intervención directa de Dios, quien derramando sangre inocente del Cordero inmolado en propiciación por los pecados, viste a sus hijos con túnicas nuevas, hechas de Su propia mano.

El resultado final del pecado fue la separación de Dios de sus criaturas. Él los saca del huerto del Edén, que era el santuario santo donde comían del árbol de la vida y caminaban con Dios, y les cierra la entrada poniendo un ángel y una espada encendida. El que quisiera entrar tendría que ser degollado e incinerado. Y es que el pecado manchó de tal manera al hombre, que la única manera de presentarse ante Dios sería que no quedara nada de él. Como aquel animal que era ofrecido en holocausto sobre el altar, como sustituto de algún pecador, a la entrada del tabernáculo, que debía ser degollado, su sangre derramada, desollado, lavado, y finalmente completamente incinerado.

Seamos conscientes de la gravedad que implica nuestro pecado delante de Dios, y sólo así entenderemos el verdadero significado de la muerte de Cristo en la cruz, quien se ofreció totalmente como sustituto y recibió sobre sí toda la ira del castigo, para darnos vestiduras santas y asegurarnos entrada a la presencia de Dios donde comemos del árbol de la vida eterna y andamos con Él.