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“¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí?” Estas preguntas resuenan en lo más profundo del corazón de cada ser humano. Todos nos hemos hecho estas preguntas o alguna versión de ellas, y si no es este tu caso, amado lector, quizá sea un buen momento para pensarlo. Existe en nuestro interior un deseo por sentirnos importantes. “Tiene que haber algo más”. Queremos realizarnos como individuos, y buscamos con todas nuestras fuerzas, a lo largo de nuestra, hallar nuestro lugar en el mundo. Anhelamos ser parte de un propósito mayor que nosotros mismos. Anhelamos gloria.

Si eres cristiano, posiblemente tienes problemas para reconocer esta verdad, y quizá te sientas culpable porque sabes en tu mente que toda la gloria le pertenece a Dios. Pero déjame hacerte una propuesta, plantearte algo que quizá sea revolucionario en tu interior. Es posible (y estoy convencido de que así es) que ese anhelo de gloria que te invade no sea algo malo en sí mismo. Quizá, y solo quizá, lo que necesitas es encontrar el lugar adecuado donde colocarlo. No niego que toda la gloria le pertenezca a Dios, y hacerlo sería blasfemar su nombre. Entonces, ¿qué estoy diciendo? Te invito a dar una mirada a algunas verdades profundas que se encuentran encerradas en las páginas de la Biblia, y que te ayudarán a contestar esas preguntas tan importantes que motivan este artículo.

¿Quién eres? ¿Para qué estás aquí?

Debo admitir que no existe una sola respuesta para estas preguntas. Y no pretendo que las respuestas que voy a ofrecer sean todo lo que hay. Estoy seguro de que son ciertas, pero sus implicaciones son tantas como cristianos hay en la tierra. Te corresponde, amigo, profundizar en ellas, y vivir de modo que honres estas verdades que se desprenden de la auto-revelación de Dios. ¿Cómo se verá esto en tu vida? No lo sé, pero me emociona la sola idea de que vayas a descubrir tu lugar, sea este cual sea.

Debo detenerme aquí un momento, y hacer, por así decirlo, un pequeño paréntesis. Hay un factor que estoy dando por sentado al escribir este artículo, y es el hecho de que, al igual que yo, crees que la Biblia es la revelación propia de Dios, y que por lo tanto es toda verdad inerrante. No pretendo, por lo tanto, convencerte de la naturaleza de las Escrituras. Si crees que la Biblia contiene elementos de verdad, pero que no es totalmente infalible, entonces lo que tengo que decirte tendrá poco valor para ti. Lo bueno es que la verdad no deja de ser verdad porque la creas o no, y por lo tanto, estos principios que veremos aplican de alguna manera a ti, ya sea que lo creas o no. Cierro el paréntesis.

El origen

Para comprender bien quién eres, lo primero que necesitas es comprender de donde vienes. Por lo tanto, lo primero y fundamental, el primer paso, la primera verdad que debes comprender y abrazar, e incluso celebrar, es el hecho de que eres una criatura. El primer versículo del primer capítulo de Génesis (de seguro te lo sabes de memoria y lo estás repasando en tu mente en este momento) establece dos realidades. Para los que no se lo saben, ese profundo versículo dice que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Las dos realidades a las que me refiero no son el cielo y la tierra, sino Dios y todo lo demás.

Dios es el Creador de todo lo que existe, y todo lo que existe aparte del Creador es criatura. Dios, como Creador, hace lo que bien le parece. Él lo hace todo como Él quiere. Otorga a cada obra de sus manos una forma y una función que no se contradicen, todo según su voluntad. Y según su voluntad pone límites y reglas, decide, ordena, manda y gobierna, simplemente porque tiene el derecho de hacerlo. Él es el Creador. ¿Alguna vez te has preguntado por qué los árboles producen hojas verdes y no celestes, o por qué el cielo es azul y no turquesa? Estoy seguro de que habrá alguna explicación científica para eso, pero siendo que Dios creó incluso las leyes científicas, debemos reconocer que al final la razón es porque Dios así lo quiso.

Por otro lado, ¿has visto alguna vez un árbol de limones que se rebele y procure con todas sus fuerzas dar naranjas? Claro que no. Esto se debe a que cuando Dios creó cada especie de árbol, de planta y de animal, los creó para que se reprodujeran según su especie. De modo que, no importa lo que digan los grandes pensadores detrás de las películas de Madagascar, una jirafa jamás podrá enamorarse de un hipopotamo, simplemente porque no fueron creados así. Pregunto, ¿cuándo es más feliz el pez, cuando nada libremente en el océano, o cuando yace tendido dentro de una red bajo el sol? ¿Cuándo cumple su propósito la luna, cuando ilumina la noche, o cuando asoma su cabeza durante el día, opacada por el resplandor del sol?

Entonces, como estoy seguro de que te habrás dado cuenta ya, siendo que no eres el Creador, tu estado innegable e ineludible es aquel de criatura. ¿Pero, acaso hay deshonra alguna en reconocer esto? De ninguna manera. El ser humano, al igual que un árbol, un pez, la luna y el sol, también es una criatura de Dios. Pero, no es cualquier criatura, no es simplemente un animal más. Génesis 1:27 nos recuerda algo maravilloso, algo que hoy en día se pierde entre las páginas de El Origen de las Especies. Se trata del hecho de que “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó”. De entre todas las criaturas que llenan este universo, solo una recibió una posición especial al ser creada a imagen de Dios. No fue el mono, el chimpancé, ni la babosa. Fue el ser humano, el hombre, creado en dos formatos, varón y hembra, ambos a su imagen. Y junto con ellos toda su descendencia después de ellos, hasta llegar a ti y a mí. ¿Qué significa esto? Entre muchas cosas, significa que somos los únicos, en el cielo y en la tierra, creados para tener una relación íntima con nuestro Creador. Fuimos creados para disfrutar de la compañía del Señor, para gozarnos en Él, y así llevar gloria a su nombre. Fuimos creados para tenerle como lo más valioso, y el que a la vez le da valor a nuestra vida. Al igual que el pez está completo cuando está en el agua, así también el hombre está completo solo cuando glorifica a su Creador, gozando de Él. Para eso fuiste creado.

En otras palabras, sí existe un estado mayor de existencia, un estado que nuestro corazón anhela con todas sus fuerzas, y no es algo que podamos encontrar en la creación, ni mucho menos en nosotros mismos. Es un estado de gloria, pero no de nuestra gloria. Para decirlo de forma correcta, nuestra mayor gloria, nuestra posición de mayor honra, eso que nuestro corazón tanto anhela, es hacer aquello para lo que fuimos creados, esto es, glorificar a Aquel que merece toda la honra.

Lamentablemente nuestro origen no termina ahí. Génesis, capítulo 3, nos narra la trágica historia de cómo nuestros padres, nuestros representantes ante Dios, decidieron no rendirle gloria a su Creador, sino que, engañados por el padre de mentiras, prefirieron buscar gloria para sí mismos en rebelión contra Dios. Quisieron encontrar satisfacción en lo creado, en un árbol, y sentarse así en el trono de su propio corazón. Quisieron ser sus propios dioses. No hicieron aquello para lo que fueron creados, y en su caída, caímos todos. Imagina que el hombre es como un arquero, y que en su aljaba tiene una flecha que dispara hacia aquello que le es más valioso. Adán tensó su arco, apuntó, y disparó hacia un blanco que no era la gloria de Dios. No atinó a honrarle, y con esa flecha perdida su arco se rompió. Así entró el pecado al mundo. Y hoy, todos los seres humanos nacemos con arcos rotos, incapaces de alcanzar la gloria de Dios (Romanos 3:23). Nuestras flechas siempre van dirigidas hacia aspectos de la creación. Nuestro tesoro, aquello que más amamos, lo que valoramos por sobre todas las cosas, nunca es Dios. Anhelamos tener dinero, fama, lo último en tecnología, fuerza, juventud, conocimiento, estudios, relaciones armoniosas, ser admirados, alabados, reconocidos, todo fuera de la persona de Dios; y en última instancia, en el fondo, cada ídolo que nos fabricamos, no es más que un intento lamentable por hallar satisfacción en algo que no es Dios, hallar satisfacción en nosotros mismos. La adoración del yo.

A pesar de que somos criaturas caídas, no dejamos de ser criaturas hechas a imagen de Dios. Esto significa que, aunque no queramos reconocerlo, aunque nos cueste verlo, todos los seres humanos reflejamos, de una u otra manera, y de forma muy imperfecta, aquella gloria que una vez nos dio valor, la gloria de Dios. Seguimos reflejando en nuestros cuerpos el diseño particular y la infinita creatividad de nuestro Creador. Cada uno creado de forma muy distinta; con gustos, inclinaciones, deseos, anhelos y fortalezas que reflejan el diseño muy particular de Dios. De modo que no puedes mirar a tu alrededor sin ver destellos, por pequeños que sean, de la gloria de tu Creador. Pues Él imprimió en nosotros su imagen de forma imborrable. Y aunque ahora esté dañada, rota y borrosa, seguimos intentando amar, aunque de manera imperfecta, buscamos una justicia imperfecta, creamos obras maravillosas, piezas musicales, obras de arte, máquinas y sistemas, procurando quizá el bien de los demás, buscamos la paz y la armonía, pero todo, sin excepción, surge manchado por el pecado que contamina cada fibra de nuestro ser.

Con razón nos sentimos rotos, incompletos e insatisfechos. Gastamos nuestra energía, nuestros recursos y nuestra vida entera buscando satisfacción donde nunca la encontraremos. El mundo nos ofrece realización, y luchamos por alcanzarla en este nuestro pequeño reino sin trascendencia, sin valor real, sin propósito más allá de la gloria propia. Incapaces de pensar diferente, atrapados por nuestros deseos que nos devoran, muertos en nuestra imperfección, sin esperanza y sin Dios. En nuestra condición caída, somos completa e irrefutablemente incapaces de agradar a nuestro Creador y merecedores de su castigo, sujetos de su ira, porque la paga del pecado es muerte. ¿Puede el hombre recuperar ese estado del que cayó? ¿Puede acaso el hombre lograr agradar a Dios y recobrar su condición original? ¿Puede el hombre regresar a esa relación de perfecta comunión con su Hacedor? ¿Qué se necesita para que pasemos de ser criaturas caídas, muertos en delitos y pecados, a ser llamados hijos de Dios? Déjame cambiar la pregunta: “¿Qué se necesitaría para que un león se interesara en comer pasto?” La respuesta a ambas preguntas es la misma: se necesita un milagro.

Nosotros no queremos agradar a Dios más de lo que un león quiere comer pasto. Se trata de nuestra naturaleza. No solo no podemos agradar a Dios, sino que ni siquiera queremos hacerlo. No está en nuestra naturaleza caída buscar a Dios. A tal grado nos ha contaminado el pecado, que no nos es posible tan siquiera pretender buscar a Dios. Como dije: necesitamos un milagro. (Continúa…)

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TE ALABARÉ EN LA TORMENTA

Publicado: julio 28, 2010 en Reflexión
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Estaba seguro de que para entonces nos habrías tendido la mano

y limpiado nuestras lagrimas, cuando entraras a salvarnos.

Una vez más digo “Amén” y sigue lloviendo.

Y mientras ruge el trueno apenas y oigo tu susurro en el viento:

“Estoy contigo”.

Y al ver tu misericordia levanto mis manos y alabo al Dios que da y quita.

Te alabaré en la tormenta, levantaré mis manos;

Tú eres el mismo sin importar donde me encuentre.

Cada lágrima que he vertido tu la sostienes en tu mano,

nunca dejaste mi lado.

Y aunque mi corazón se rompa, te alabaré en la tormenta;

Te alabaré en la tormenta.

Recuerdo cuando tropecé en el viento,

escuchaste mi clamor, me levantaste.

Mi fuerza casi ha desaparecido,

¿Cómo puedo continuar si no te encuentro?

Y mientras ruge el trueno apenas y oigo tu susurro en la lluvia:

“Estoy contigo”.

Y al ver tu misericordia levanto mis manos y alabo al Dios que da y quita.

Te alabaré en la tormenta, levantaré mis manos.

Tú eres el mismo sin importar donde me encuentre.

Cada lágrima que he vertido tu la sostienes en tu mano,

nunca dejaste mi lado.

Y aunque mi corazón se rompa, te alabaré en la tormenta;

Te alabaré en la tormenta.

Alzo mis ojos a los montes, ¿De dónde vendrá mi socorro?

Mi socorro viene de el Señor, Creador del cielo y la tierra.

Leí un libro hace algún tiempo titulado “Cuando lo que Dios Hace no Tiene Sentido”. El autor se dedicó a relatar en él una serie de eventos en las vidas de diferentes personas dentro de un contexto cristiano, situaciones catastróficas que para la mente humana parecen no tener sentido, de ahí el título del libro.

Hace poco dos de mis estudiantes, que son hermanos, perdieron a su padre y a su madrastra en un aparatoso accidente que sufrieron en carretera. Hacía poco más de cuatro meses habían perdido a su madre bajo circunstancias difíciles también. Como espectadores no podemos ni imaginarnos cómo se sienten estos dos jóvenes. Ni siquiera aquellos de nosotros que hemos perdido personas cercanas podemos entender su sufrimiento, ya que pocos han pasado por una experiencia que tan siquiera se asemeje a la que han sufrido ellos. No sé qué clase de preguntas se puedan estar haciendo. Pero sí conozco una pregunta que brota de los corazones de aquellos que observamos desde afuera.

Recibí la llamada el viernes por la noche. Andrea, una alumna de décimo, me comunicó que los padres de David y Susana habían sufrido un grave accidente y habían muerto. Tras recordarme que ellos mismos habían perdido a su madre hacía poco, me hizo la pregunta que ha estado resonando en mi cabeza desde el accidente. “Profe”, me dijo “¿cómo debemos entender algo así?”. No hubo respuesta.

La pregunta no es la misma que se hacen los hijos de las víctimas. Esta pregunta nace de corazones que intentan comprender los sucesos desde un punto de vista quizá más objetivo. No pretendo ofrecer una respuesta para David y Susana. No puedo ponerme en sus zapatos y tratar de entender su sufrimiento. Pero nosotros, los que observamos a la distancia lo que ha sucedido, ¿cómo podemos entender algo así?

Primero, no debemos ver el suceso como un evento aislado. Aunque por su naturaleza es imposible que pase desapercibido, y sabemos que es más importante y no se compara con todo lo demás que sucedió ese día en nuestras vidas, no debemos olvidar que Dios es un Dios que obra en la historia, por medio de personas, involucrado con nuestro mundo al cien por ciento, y que todo cuanto ocurre ha sido ordenado por él. El misticismo nos dice que nos enfoquemos en esta experiencia, y que nos dejemos llevar por los sentimientos abrumadores que nacen de ella. No pensemos en un “por qué”, ni en un “para qué”, simplemente entreguemonos al temor, a la duda y a la tristeza que son inevitables en este momento. No hay consuelo, no hay paz, no hay manera de hallarle pies ni cabeza al asunto.

Sin embargo, si pensamos en Dios, recordaremos que a Él no se le escapa nada. No es como que ese día Dios dijo “Ups, se me fueron estos dos hijos míos y no me di cuenta”, no. Lejos de eso, Dios mismo decidió llevárselos, porque estaba ordenado dentro de sus propósitos que así fuera. No estoy diciendo que tratemos de entender el “por qué” o el “para qué” de la situación, sino queentendamos que existe un “por qué” y un “para qué” que son conocidos totalmente sólo por Dios. Nosotros podremos tener la dicha de ver pinceladas de esos propósitos durante nuestro tiempo aquí en la tierra. Quizá como Moisés podamos ver la tierra prometida a lo lejos, aunque no entremos. Pero en otras ocasiones, sólo veremos a un niño que camina tras nosotros, como Isaac, y tendremos que confiar que de Él vendrá una gran nación que no se podrá contar. Dios tiene propósitos en todo cuanto hace, algunos nos los da a conocer y otros no, pero podemos confiar en que ahí están, y que siendo su voluntad santa perfecta como es, podemos descansar en que Él está en control de todo. Lo que Dios hace siempre tiene sentido.

Job era un hombre justo delante de Dios. Dios permitió a Satanás que tocara todos los bienes, los familiares y hasta la salud de Job, para probarlo. Después de sufrir desastre tras desastre, después de recibir una mala noticia tras otra, sin tiempo para asimilarlas, sólo pudo postrarse en tierra y exclamar: “Jehová dio, Jehová quitó, sea el nombre de Jehová bendito.” Al final de la historia Job reconoce que había conocido a Dios de lejos, y que hablaba de sus maravillas sin entenderlas realmente. Pero después de atravesar la prueba tan dura, reconoció que donde antes sólo había oído, ahora veía cara a cara. “De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven”. Que esta experiencia amarga nos permita conocer un poco mejor la naturaleza de Dios. Y que sin entender plenamente lo que hace, podamos decir junto con Job, “Yo sé que mi redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios: al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí.” y “He aquí, aunque Él me mataré, en Él esperaré”.

Estamos ante el Dios dueño de todo cuanto hay, el que hace llover sobre justos e injustos, el que libra nuestras almas del Seol y nos permite gozarnos en la muerte como ganancia por la obra de Su Hijo en la cruz. ¿Quién le dirá a Jehová cómo debe hacer las cosas? ¿Quién se atreverá a levantar la mano y objetar ante sus santos decretos? No conocemos Sus caminos porque no son como los nuestros, pero demos gracias porque aunque no los conocemos, podemos estar seguros de que su voluntad trabaja para el bien, y para que al final de los tiempos toda la gloria sea dada a Su santísimo nombre. Mientras tanto, estemos quietos, y observemos que Él es Dios. Sólo así lo podremos entender.

QUE LA PAZ DE DIOS Y EL CONSUELO DEL ESPÍRITU SANTO, QUE VAN MÁS ALLÁ DE LO QUE PODEMOS ENTENDER, ACOMPAÑEN A DAVID Y A SUSANA EN ESTE TIEMPO DE ANGUSTIA Y DOLOR. SÓLO POR UN TIEMPO NO LES VEREMOS.