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Vimos en la entrada anterior cómo Dios santificó su creación estableciendo distinciones, diferencias entre todo lo que había creado. Todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y debajo de ella, está separado, distinguido, ordenado por la propia mano de Dios. Y dice Génesis 1.31, que Dios miró todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. La creación estaba ordenada, en perfecta paz y armonía. No había conflicto en el mundo, a pesar de las grandes diferencias. Cabe destacar aquí que la idea diabólica de que el conflicto precede a la paz es completamente antibíblica. El conflicto no estaba antes de que hubiera paz. Dios creó este mundo en perfecta paz, en armonía y en relaciones perfectas. Y las diferencias que existían en el principio no eran razón para que surgieran conflictos, como lo son hoy en día. Entonces, cabe preguntarse ¿De dónde, pues, nacen los conflictos? Si no vienen de las diferencias, como muchos hemos pensado y argumentado a lo largo de la vida, cayendo incluso en decir que es normal que dentro de las iglesias haya discusiones y pleitos, porque todos somos diferentes y esto simplemente produce conflictos; entonces, ¿de dónde salieron? ¿Quién los ocasionó?

Si observamos las historias de la creación existentes entre distintas tribus y culturas antiguas, vemos que difieren grandemente de la historia bíblica en un punto específico que es de vital importancia para la correcta comprensión del plan de Dios para la humanidad. En esas historias antiguas cuentan, básicamente, que el mundo estaba en caos, que había desorden y las criaturas luchaban entre ellas constantemente, había conflictos incluso entre los dioses que intentaban controlar los elementos de acuerdo a sus caprichos personales. Entonces, en medio de todo ese caos, a algún dios se le ocurre crear, quizá para obedecer otro capricho, a una criatura inocente y ajena a todo aquello. Entonces se excusa al hombre colocándolo después del conflicto. Sin embargo, Dios no intenta ocultar la verdad en Su Palabra. Él revela que el conflicto, el dolor, el caos, todos son producto de la caída del hombre.

Las diferencias no son las que producen conflicto. Nunca usemos las diferencias como excusa. La raíz del problema es otra.

GÉNESIS 1.27

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó.”

¿Por qué Moisés consideró importante hacer mención de esta distinción de manera tan específica? Recordemos que el libro de Génesis fue escrito cerca del 1400 a.C., esto es alrededor de 1600 después de la creación. El pueblo de Israel estaba dirigiéndose a la tierra prometida, venían de un pueblo pagano, Egipto, y se dirigían a otro en el cual ellos constituirían el medio por el cual Dios los juzgaría por su idolatría y corrupción. En medio de estas culturas paganas se movía una corriente que parece acompañar todo culto y toda cultura que da su espalda a Dios: el homosexualismo.  Desde el gran Imperio Romano, hasta las culturas más desconocidas nativas americanas, se ha descubierto que gran parte, sino todas ellas, han practicado la homosexualidad. No es de extrañarse que Moisés considere esta distinción digna de ser destacada en medio de pueblos que posiblemente practicaban tal descarrío. Aprendamos a ver las distinciones que Dios estableció, y a honrarlas y glorificarlas en medio de un mundo que se dedica con ahínco a destruirlas.

EN EL PRINCIPIO Génesis 2

“Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra”

Repasemos brevemente las distinciones más importantes que hemos visto hasta ahora.

I. Distinción entre todas las criaturas: Dios separó todo lo que creó, dándole una función y una forma específica de acuerdo a Su soberana voluntad.

II. Distinción entre el hombre y las otras criaturas: Dios separó al hombre del resto de la creación, haciéndolo a Su imagen y dándole responsabilidad y dominio sobre todo lo creado.

III. Distinción entre hombre y mujer: en un mundo que se dedica a corromper las distinciones, es de especial importancia ver que Dios creó al hombre y a la mujer distintos. Estudiaremos esto más a fondo adelante.

IV. Distinción entre el Creador y sus criaturas: Todas las distinciones hechas por Dios señalan a un Creador por encima de la creación; un Dios Todopoderoso y separado del mundo creado; un Dios Santo.

Cuando Dios creó al hombre, estableció un pacto con él en el huerto de Edén. Dice el versículo 15 que lo tomó y lo puso en el huerto para que hiciera dos cosas: labrar y guardar. Entonces, el trabajo, como muchos piensan, no es resultado de la caída del hombre. El hombre desde su creación ha tenido que trabajar. Dios le mandó labrar el huerto, debía meter su mano y dar cuidado a la fracción de tierra que Dios le había obsequiado. Pero además debía guardarlo. La idea de guardar en el hebreo da a entender un cuidado, o una guardia casi militar. ¿Por qué Dios daría esta orden al hombre? Sencillamente porque había un enemigo al asecho. Ya desde ese momento Adán sabía que debía mantenerse alerta porque existía un peligro real, un enemigo que buscaría la oportunidad para atacar.

Entonces Dios da una última orden al hombre: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” Ese árbol en medio del huerto estaba ahí para que el hombre recordara que esa creación no era suya. Así el hombre, cada vez que viera el árbol, recordaría que había un Dios Creador, quien era el verdadero dueño de todo cuánto existía, y que él no era más que un mayordomo al servicio de ese Dios. Sin ese árbol, posiblemente el hombre se habría olvidado de Dios, y habría creído que ese mundo era suyo. La misma idea se encierra en el mandamiento de guardar el séptimo día. El hombre debía recordar que el tiempo no era suyo sino de Dios, y que su vida no le pertenecía. Sin el último día, el hombre habría continuado trabajando y ambicionando cada vez más y más. Hoy en día, es valioso recordar estas dos verdades, para que no nos encontremos atrapados en la rutina y esforzándonos por acumular más y más para nosotros mismos. Este mundo que Dios nos dio, no es nuestro; nuestro trabajo, y el fruto que obtengamos de él, tampoco nos pertenecen; y nuestra vida, el tiempo que disfrutemos aquí en la tierra, tampoco es nuestro. Dios es el gran Señor y Creador de todo lo que hay, y le debemos todo lo que tenemos a Él. Estas dos, el árbol y el sábado, fueron las señales del primer pacto con Adán.

Siempre los pactos que Dios ha establecido en la historia han implicado a un pueblo que es representado por una cabeza. En el caso de Abraham, el pueblo de Israel, en el caso de Aarón, todos los sacerdotes, en el caso de David, los reyes de la tribu de Judá, En el caso de Adán, él era la cabeza de toda la humanidad.

Hay quienes tienen problemas para aceptar esta verdad. Dicen en sus corazones “¿por qué se me juzga a mí por algo que yo no hice? Yo no escogí ser parte de ese pacto con Adán. Si él cayó, fue problema suyo, no mío. ¿por qué tengo que llevar yo una herencia de pecado que no pedí?” Hermanos, Dios siempre ha trabajado de esa manera, y si alguno desearía no ser parte de ese pacto con Adán, de igual manera se estaría oponiendo al pacto que nos ha redimido en Cristo Jesús. Al igual que Adán fue cabeza de la humanidad, ahora Jesús es en el mismo sentido la Cabeza del Pacto de Gracia con la Iglesia. Porque como por un hombre entro la muerte al mundo, así también por un hombre, Cristo, entra la vida y el perdón de pecados para con los escogidos de Dios. Si el pacto con Adán no nos afectara a todos, tampoco nos afectaría el pacto con Jesús, Cabeza de la Iglesia. Todo estaba en el plan de Dios desde el principio, para alabanza de Su gloria.

Recordemos que en todo esto, la mujer todavía no existía. El hombre recibe la tarea de nombrar a toda criatura que Dios le trajo, y lo hace pero no encuentra entre ellas ninguna criatura que este a su nivel. Es entonces cuando Dios crea a la mujer de la costilla del hombre. La mujer fue creada de la misma esencia del hombre, compartían la misma naturaleza. Por eso, el hombre al verla declara, “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona,porque del varón fue tomada.” La mujer también fue creada con una función distinta a la del hombre. Ella habría de ser ayuda idónea para él. Nótese que la misión que Dios le da al hombre, se la da antes de que siquiera existiera la mujer. Del hombre era la responsabilidad de labrar y guardar el huerto; de la mujer era la responsabilidad de brindar ayuda al hombre, que no podría lograrlo en soledad. “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.” En ese momento, el hombre no era superior a la mujer ni viceversa; simplemente tenían funciones diferentes. Al igual que un árbol de pera sólo produciría peras, y uno de manzanas daría sólo manzanas, el hombre era responsable de la creación ante Dios, esa era su función, y la mujer debía ser ayuda para el hombre, esa era su función.

La comprensión de esta distinción y su correcta asimilación en nuestros corazones, debe producir en nosotros el rechazo por dos corrientes mundanas, una de las cuales ya mencioné. Primero, el homosexualismo pierde cabida, ya que el hombre no puede cumplir la función de la mujer, ni la mujer la función del hombre. Entonces no se satisfará la necesidad de ayuda idónea de un hombre por otro hombre, ni la necesidad de una cabeza de una mujer por otra mujer. “Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer“. En esa sola frase se encierra toda la idea de la familia que Dios tenía en mente.

El otro movimiento que cae es el del feminismo; la idea de que la mujer, ya que es igual al hombre, puede cumplir con las mismas funciones que el hombre. Pregunto: ¿Por qué querría la mujer llevar sobre sí doble responsabilidad? Ya es responsable de su función como ayuda idónea, y ahora quiere llevar la responsabilidad del hombre también. El hombre es responsable ante Dios por “labrar” y “guardar” su casa, y la mujer debe procurar ser su ayuda en esa labor pesada que le corresponde a su marido, y hacerla más fácil para él. Ahora, debemos también ser conscientes de que los hombres, especialmente en nuestras culturas latinoamericanas, brillan por su ausencia en los hogares, y esto ha obligado a muchas mujeres a tomar sobre sí la responsabilidad que no les toca. En parte es culpa de los hombres, que somos lentos para actuar como cabezas, y que no tomamos la tarea que nos toca, el que ahora la mujer no sólo tenga que, sino que quiera llevar toda la carga familiar sobre sus hombros. Todo esto no es más que otro resultado de la caída del hombre.

En la próxima entrada veremos la caída de Adán y Eva al incumplir las que eran sus responsabilidades. Satanás se mete y ataca cada una de las distinciones que hemos mencionado antes y aliado con el hombre y la mujer dañan lo que Dios había creado. Pero al final, Dios deja una luz de esperanza que señala a Jesucristo.