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LA GRACIA

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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¿Alguna vez les ha sucedido que Dios les dice exactamente lo que necesitaban estuchar, ya sea por medio de Su Palabra, o por la predicación de algún hermano, o por la exposición de algún invitado especial? Estoy seguro de que sí les ha sucedido. Bueno, en esta ocasión me tocó a mí recibir de Dios un par de golpes en la cara para despertar.

Bueno, no es difícil darse cuenta de que llevo bastante tiempo sin escribir en el blog. Si no me creen, pueden fijarse en la última entrada, que fue publicada en Noviembre (creo) del año pasado. Y ya estamos en Marzo. Pues bien, usaré este medio para confesar la razón, y la vez compartir cómo Dios me ha redargüido hoy.

Caí. Durante el último año o más he caído en la tentación de creer que puedo y debo hacer algo para ganarme el favor de Dios. Creo que a todos nos ha sucedido, y nos sucede continuamente. Queremos, por nuestros propios medios, ganarnos el favor de Dios. Ahora, yo sé que la salvación es por gracia. Por supuesto, no me atrevería a afirmar lo contrario. Sé que para acercarme a Cristo, el Espíritu Santo tiene que conquistarme y darme la fe, y sólo por su obra recibo de Dios el don de la salvación. No es por obras para que nadie se gloríe. Está claro.

El problema no se centra en la fe salvadora, y cómo esta nos introduce al reino de Jesucristo. El problema fue que, después de saber que era salvo, me vi expuesto ante una realidad que no lograba asimilar: sigo siendo pecador. Algunos dirán, claro, uno no es perfeccionado inmediatamente, entra en el proceso de santificación, y avanza poco a poco. Sí. Eso lo sabía. Pero el problema era que lejos de avanzar, veía en mí mismo un retroceso. Lejos de quedar libre del pecado, me encontraba cada vez más enredado en él. Y esa maldad que siempre presente en mí, me llevó a pensar que quizá no era digno de llevar a cabo las obras a las cuales Dios me ha llamado. No dudé de mi salvación, dudé de mi utilidad para el reino. Pensé que para Dios iba a ser difícil utilizarme en el estado en que me encontraba. Y me hundí.

Llevaba bastante tiempo en esta lucha, y cada vez era más difícil, más intensa. Y cada vez era más secreta. Creía que no debía admitir mi lucha, que podría ser de mal testimonio, y que no estaría glorificando al Padre. ¡Cuán engañoso es el corazón! Incluso mi llamado al pastorado se vio nublado por mi duda y mi reproche. Llegué a pensar que quizá Dios me había desechado. Que lo que alguna vez puso en mi corazón, lo había retirado por motivo de mi maldad. ¿Cómo podría un pecador como yo guiar a otros a Cristo, si yo mismo no soy capaz de seguirlo. Y me hundí más.

He intentado luchar contra mis pecados con mis propias fuerzas. Pero hace poco encontré en los salmos un pasaje que habló a mi corazón, y hoy cobró sentido total. El Salmo 44:6 dice “Pues no confío en mi arco, ni mi espada puede salvarme.” Hoy, en una conferencia bíblica que se estaba celebrando en nuestra iglesia, el hermano conferencista estuvo hablando de la gracia. Y hubo especialmente un pasaje que llamó mi atención y trajo lágrimas a mis ojos. Ahora me pregunto cómo pude pasar por alto algo tan sencillo, básico, y clave para la vida cristiana. El pasaje se encuentra en Colosenses 2:6, y dice, “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él.”

Pregunto: ¿Cómo recibimos al Señor Jesucristo? ¿Hubo algo que pudimos hacer para recibirle? ¿Teníamos algo que ofrecer? No. Sabemos que la salvación la recibimos por gracia. Y de esa misma manera debemos andar. Cuando vimos a Cristo por primera vez, vimos todas nuestras faltas, nuestros pecados, nuestras debilidades, que por el amor de Dios fueron puestas sobre su Hijo, de tal manera que sufrió el castigo justo que nosotros merecíamos, para que por su sacrificio fuésemos libres de condenación, y en su resurrección obtuviéramos vida. Pero la gracia no se queda ahí. Como dijo el predicador, la historia completa del hombre, desde el Génesis hasta el final, es la historia de la gracia de Dios.

De la misma manera andad en él. Así como recibimos la salvación por gracia. Así también debemos vivir conscientes de que no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más. Y mejor aún, no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos. Esta realidad golpeó mi corazón y lo hizo pedazos. Ninguna cosa creada me puede separar del amor de Dios, en Cristo Jesús; ni siquiera yo. Y es que Dios nunca me ha amado por causa de mí mismo, sino por causa de Sí mismo. Yo no tengo nada especial que ofrecer, si ofreciera algo estaría completamente manchado por mi propia iniquidad. Solo puedo dar pecado, maldad, corrupción, suciedad. Dios me ama por causa de Sí mismo, y porque hubo uno que sí pudo hacer lo que yo jamás habría podido hacer. Y cuando Dios me ve, en mis delitos y pecados, haciendo lo que no quiero, y no haciendo lo que quiero, Él ve a Jesucristo en mí, y Su justicia en mí.

Me quito la máscara. Soy un pecador de primera, y el peor de los peores. Mi maldad no tiene comparación, y la vergüenza que he traído sobre mí es grande. Pero nunca se ha tratado de mí. La gloria no tiene porque ser mía. Que Dios se glorifique en mis debilidades. Que cuando la gente vea a este pecador, dirija su mirada al Dios de amor que envió a Su Hijo para salvarlo. No soy mejor que nadie. No más hipocresía y falsa santidad. En mi corazón no hay bondad, ni generosidad, sino egoísmo y vanagloria. Soy pecador, y no tengo nada de qué estar orgulloso en mí mismo. Digo ahora junto con Pablo, “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.” Porque en Cristo Jesús mis caretas no valen nada.

No hace mucho le confesé a un alumno mi lucha. Resulta que llevaba cierto tiempo aconsejándolo, pero siempre había temido decirle que yo pasaba por lo mismo. Bueno, hace poco se lo dije, y hubo un cambio en nuestra relación. Ahora no me ve solo como un consejero ajeno a su situación, sino como alguien que lucha con lo mismo, y que sabe exactamente por lo que está pasando. Y ahora juntos podemos dirigir nuestra mirada a Cristo, sabiendo que no es por nuestra cara bonita que hemos sido llamados, sino por la sola gracia de Dios, y por la sola y perfecta obra de Jesucristo, MÁS NADA. Que la gloria sea siempre y toda Suya.

SOBERANO

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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El concepto básico para todo creyente debe ser la soberanía de Dios. Soberanía quiere decir “control total”. Dios tiene el control total del mundo que Él creó. Si no fuera soberano, no podríamos confiar en sus promesas, no podríamos creer que es capaz de salvarnos, no podríamos creer que dirige nuestras vidas hacia Su término, no podríamos creer que cada aspecto de nuestra vida está bajo Su control, y que Él obra en ella a pesar de nosotros mismos. Como dije antes, el actor principal en esta historia no soy yo, es Dios.

Regresemos un poco en el tiempo. Cuando estaba en el colegio conocí a un joven, William Green, fue compañero mío en sétimo y octavo años, luego se fue por un tiempo y regresó en en décimo para terminar el colegio ahí. Durante los primeros años de colegio me llamó la atención que Él era cristiano, pero no estaba metido mucho en las corrientes nuevas de la época. Era como si hubiera estado atrapado en el tiempo, muy conservador y serio en ese sentido. Lo único que sabía de él es que era estadounidense pero se había criado aquí en Costa Rica por lo que hablaba muy buen español; sus padres eran misioneros. Tuvimos una bonita amistad, la cual básicamente acabó cuando acabó el colegio. Fue a mi casa varias veces, y su padre, don Guillermo Green, lo fue a recoger un par de veces. Después de la graduación no lo vi por algunos años.

Después del colegio fui a la Universidad de Costa Rica a estudiar lo que había deseado los últimos años: Ingeniería en Sistemas. Era una buena carrera, con un futuro asegurado, un alto mercado y un buen salario (bastante bueno). Entré a la Universidad sin mucho esfuerzo y estudié generales. Luego empecé mis cursos de carrera, y avancé sin mayor dificultad. No tenía problemas en ninguna materia, comprendía y me gustaba lo que estaba estudiando. Sin embargo, algo no me permitía estar tranquilo. Me sentía fuera de lugar, como si no estuviera haciendo lo que debía hacer. Llegué a la conclusión de que de alguna forma no estaba siguiendo mi llamado. Había entrado a la carrera de Ingeniería por que me daría buen dinero. Hoy me avergüenza pensar que esa fue mi motivación.

Dios no me dejó tranquilo hasta que hablé con mis padres, quienes en ese momento me estaban pagando la universidad, y les dije que sentía que debía salir de allí y dedicarme a la música. Era lo único en lo que podía pensar en ese momento. Ellos entendieron mis motivos y me dieron luz verde.

Tomar esta decisión habría sido más fácil si me hubiese estado costando la carrera, o si por alguna razón externa hubiera tenido que renunciar a ella. Pero fue en su totalidad una prueba de fe. No sabía exactamente dónde terminaría, pero entendía que era lo que debía hacer. Con gran temor y pasos inseguros, como caminando con los ojos vendados, avancé confiando en que Dios no me soltaría la mano.

Fue así como entré a la Universidad Evangélica de las Américas (UNELA) a estudiar Enseñanza de la Música. Este tiempo fue un pequeño paréntesis mientras Dios acomodaba las cosas para algo más, algo mejor. Llevé únicamente como diez cursos de música, y entonces sucedió algo maravilloso.

Por motivos que no comprendo aún, UNELA no tenía reconocida la carrera que yo estaba estudiando, por lo que decidí congelarla y dedicarme a estudiar otra cosa. El último cuatrimestre del 2006 no matriculé nada y empecé a prepararme para estudiar Enseñanza del Inglés en la Universidad Estatal a Distancia. Iniciaría mis estudios en el 2007.

En Diciembre del 2006, una hermana de la iglesia me avisó de una vacante en la escuela donde ella trabajaba para un profesor de música. No me entusiasmaba mucho la idea, pero le dije que me interesaba y poco después recibí una llamada de la directora de esa institución. Su nombre era Aletha Green, esposa de don Guillermo Green, padre de William, mi ex compañero del colegio. La sorpresa fue mutua. Inmediatamente concertamos una cita para una entrevista de trabajo el día 11 de Diciembre a las 10 de la mañana. Ese día fue entrevistado para trabajar como profesor de música, pero también se me comunicó la posibilidad de enseñar inglés, la carrera que empezaría a estudiar al año siguiente. Una semana después recibí la llamada que cambió mi vida. Había sido aceptado para desempeñar ambos puestos.

Fue así como Dios acomodó todas las piezas en el rompecabezas de mi vida, y acabé trabajando en el Centro Educativo Cristiano Reformado. Uno de los lugares que cambió mi vida para siempre.

En esta institución se movía una palabra que me ha intrigado desde la primera vez que la escuché: cosmovisión. Para estos cristianos la religión iba mucho más allá de eso. Ser cristiano para ellos representaba una forma completa de ver el mundo. Esta palabra, y lo que he aprendido acerca de ella, es la razón principal de este blog. Quiero, a través de mis ensayos, dejar a los lectores una herencia en cuanto a cómo podemos ver el mundo utilizando los lentes de la Biblia. Empiezo este camino con muchas preguntas sin respuestas, y quizá acabe con más preguntas. Pero, confiando en el Dios soberano que nos ha dejado Su Palabra como única guía y perfecta, pretendo presentar aquí cuestiones de interés para aquellos jóvenes que, al igual que yo, han llegado a reconocer que la mejor manera de agradar a Dios es aprendiendo a ver el mundo como Él lo ve.

COMENZANDO

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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Mi nombre es Daniel J. Lobo, soy un joven cristiano que ha crecido envuelto en el evangelio, por la gracia de Dios. Y es por Su misma gracia que estoy ahora donde estoy. Pretendo en estas primeras entradas compartir mi testimonio ampliamente, por lo que me tardaré unas semanas antes de cambiar de tema.

Como cualquier cristiano, mi vida ha sido marcada, al igual que la historia del mundo entero, por un a.C y un d.C (antes y después de Cristo). Sin embargo, en mi caso (y estoy seguro de que algunos lectores comparten esta experiencia) no se me hace posible decir que me hice cristiano en un momento específico, sino que ha sido más bien un proceso en el que se resalta la soberanía y la gracia inmerecida de Dios.

Cabe resaltar aquí que el autor principal de esta historia que estoy a punto de contar no soy yo. Aunque se trate de mi vida, lo que pretendo demostrar es que el autor y actor principal, no sólo de mi vida personal, sino del mundo entero, es Dios el Rey Soberano. Claro que estas cosas no las comprendía cuando estaba más joven, pero todo a su tiempo.

Como decía, nací y crecí en un hogar cristiano. Esto significó varias cosas. Primero, que de alguna manera Dios me estaba protegiendo de lo que pudo haber sido una vida completamente alejado de su presencia. Y si conociéndole he cometido mi buena ración de errores, mucho peor habría sido de haber crecido en un hogar completamente alejado de Él. Y en segundo lugar, he disfrutado de cierta bendición especial al crecer de una familia del pacto. Dios me ha tenido en su mano desde antes de nacer, desde que tuvo misericordia de mis padres y los llamó para ser Suyos.

De todas formas, como todos saben, nacer y crecer en un hogar cristiano no implica que habría de heredar la salvación que recibieron mis padres de Dios. (La salvación no se hereda). Dios habría de trabajar en mi vida de manera individual y me llevaría por lo que hoy puedo llamar un camino de gracia.

De niño estuve involucrado en escuelitas bíblicas donde aprendía historias de la Biblia, historias que me eran fascinantes y muy entretenidas. Oí de Moisés y de cómo Dios lo llamó de entre el fuego que reposaba sobre una zarza que ardía no se consumía. Oí de cómo Dios mandó plagas sobre Egipto para rescatar a su pueblo. Oí de José, y de cómo Dios había estado con él aún cuando todo parecía correr fuera de control. Pero no fue hasta muchos años después que empecé a comprender que ese mismo Dios que habló a Abraham, a Isaac y a Jacob, me estaba hablando a mí, me había escogido para formar parte de Su pueblo, y que aún cuando mucho ha sucedido en mi vida que no alcanzo a comprender, y que no siempre ha parecido bueno, Dios siempre ha estado en control de todo en mi vida, y poco a poco Él ha venido poniendo cada cosa en su lugar.

Desde niño me ha gustado la música. Soy músico por la gracia de Dios. Me gustaba tanto la música que desarrollé un oído melódico, rítmico y armónico desde muy temprana edad. Pero este don me hizo bastante sensible también. Digamos que era (y aún quedan rastros de esto) mayormente emocional. Bueno, más adelante cubriré este tema con amplitud, pero puedo adelantarles que ser emocional puede ser un gran obstáculo para acercarse a la verdad de Dios. Pero no era como a Dios se le había escapado algo, porque luego aprendí que este don tendría más repercusiones en mi vida de las que creía en ese momento. Dios me estaba preparando.

También es importante mencionar aquí que durante mi niñez me vi involucrado con muchos misioneros norteamericanos que venían a trabajar en mi antigua iglesia. Su idioma me llamaba mucho la atención, y empecé a aprender una que otra frase, sólo para alardear frente a mis amigos.

Para mí ser evangélico era sólo otra religión. Así como habían católicos, testigos de Jehová, mormones, musulmanes, y hasta ateos…. Yo era evangélico, mis padres lo eran así que yo también. Inevitablemente estas historias grabaron en mi corazón ciertos principios que sin ser yo consciente forjaron mi forma de ver el mundo. Mientras crecía podía reconocer aquello que no estaba bien, y al ser interrogado mi respuesta podía ser “¿Por qué? Porque la Biblia lo dice”.

Como Job, creía conocer a Dios. Hablaba de Él y de sus maravillas sin realmente entenderlas. Podía contar las historias fascinantes que había escuchado de niño, y podía sacar principios generales y enseñanzas de ellas, y pensaba que sabía, que entendía, que Le conocía. Pero la verdad era que le oía de lejos.

Durante esta época, en mi juventud temprana, obtuve una beca para estudiar en un colegio cristiano. La música perdió un poco de importancia porque mi cambio de voz me llevó a dejar de cantar (me daba vergüenza) y enfocarme en mi recién descubierta pasión. Resulta que el colegio al que entré era, y sigue siendo, completamente bilingüe. Para poder sobrevivir en aquella institución tuve que aprender inglés. Nuevamente, Dios me estaba preparando. Descubrí, nosolamennte que se me hacía fácil asimilar el idioma, sino que disfrutaba grandemente conocerlo cada día mejor. Llegué a amar el idioma tanto o más que mi español.

Sin embargo, después de haber estado en una escuela pública donde se me señalaba constantemente por ser cristiano. Ahora estaba en un colegio cristiano, donde…. se me señalaba constantemente por ser cristiano. Descubrí entonces que lo mío no era una religión. Tenía que ser algo más, porque mis compañeros también eran cristianos, pero no parecían creer lo mismo que yo creía, o lo que yo creía que creía (perdonen el juego de palabras).

Atravesé el colegio sin grandes novedades. Creó que luché contra lo mismo que luchan todos losjóvenes: presión de grupo, presión de grupo, y presión de grupo. Algunas veces caí ante la presión, y otras veces también. Pero hubo situaciones en las que tuve que dar media vuelta y reconocer con dolor que no todos los que estábamos ahí estábamos en la misma página. Sin embargo, llegó el punto en que Dios puso dos luces en mi camino: Sylvia Cubillo y Mariela Roldán. No puedo decir que fuimos los únicos cristianos de nuestro grupo, pero por lo menos los tres estábamos atravesando el final del colegio con principios muy similares, y de alguna manera fuimos apoyo entre nosotros, o al menos ellas lo fueron para mí. Pasamos de luchar contra la corriente solos a luchar unidos. Debo agradecer a Dios en este punto por haberme permitido conocer a tan maravillosas personitas. Las llevaré en mi corazón siempre, y las recordaré con una sonrisa.

Juntos acabamos el colegio, y juntos iniciamos la universidad. Y fue ahí, en esa etapa de mi vida, donde se me presentó una de las más grandes pruebas hasta ese momento.