Propósitos  para ejercer nuestros dones (vv. 11-16)

En los versículos 11 y 12 vemos algunos ejemplos de dones. Pablo menciona apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Sabemos que estos no son los únicos dones que existen. Pero son mencionados aquí para notar su función muy específica. Y es que, aunque muchas veces son los dones más conocidos y sobresalientes, no son ellos los que llevan a cabo el ministerio de la iglesia. Ellos son los encargados de equipar a los demás para que lo hagan. Su don es capacitar al resto de la iglesia para que lleven a cabo la obra del ministerio. Los buenos maestros ayudarán a los creyentes a encontrar su forma particular de beneficiar o bendecir al resto de la iglesia

El fin de todo esto, según el versículo 13, es que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de personas maduras, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Esta es nuestra meta, y aunque suene imposible, no lo es, porque recordemos que quien lo hace posible es Dios, y él está sobre todos, por todos y en todos (v.6).

Si queremos aprender a usar nuestros dones de manera que seamos de bendición para los hermanos, y de manera que llevamos gloria a nuestro Padre, debemos prestar mucha atención a lo que nos enseñan nuestros maestros. Ellos procuran enseñarnos sana doctrina para que no seamos inestables, como niños que son fáciles de convencer o de engañar. Quieren que seamos capaces de identificar falsas enseñanzas. Además quieren que sigamos la verdad, o que hablemos y  actuemos de acuerdo a la verdad, es decir, la Palabra de Dios. Seguir la verdad no es simplemente conocerla, sino vivirla en todas las dimensiones de nuestra vida. Ahora, en este mundo relativista muchas veces nos veremos tentados a respetar las mentiras que creen los demás, pero la verdad es una, y está expresamente escrita en la Biblia; no hay otras verdades. No puede haber más de una verdad, porque si fuera así, entonces nada sería verdad.

Es importante aclarar que no se trata de discutir con todos y andar buscando cómo maltratar a los demás. Pues sabemos que, si no fuera por la gracia de Dios, nosotros estarías en la misma posición que ellos. Por eso es de suma importancia hablarla en amor. Siempre el amor hacia los demás debe ser lo que dé sazón a nuestras palabras cuando hablemos la verdad.

Finalmente, esta verdad que hablamos en amor, sirve para crecer en todo. Es decir que la verdad del evangelio afecta y transforma todo, todas las áreas de nuestra vida, y hace que crezcamos en cada una de ellas. Cristo es el centro de ese crecimiento, la cabeza que dirige cada parte de su cuerpo, que nos dirige a cada uno de nosotros.

La metáfora del cuerpo es una  de mis favoritas para referirnos a la Iglesia de Cristo. La idea es que el cuerpo esté bien concertado, al igual que en un concierto en que cada instrumento, aunque emite un sonido muy propio y particular, siempre armoniza con los demás. De igual manera cada miembro de este cuerpo, llevando a cabo su función propia, siempre armoniza con los demás miembros, porque todos buscan la gloria de Dios. Su gloria es la que  da tono a nuestra ofrenda de servicio.

Funcionamos en unidad, ajustados y ayudándonos unos a otros. Cada uno desempeñando su actividad propia, procurando ser de bendición para el resto del cuerpo. Todos recibiendo el crecimiento de Cristo, que es la cabeza, porque sólo Él, que por amor se entregó por nosotros, puede ayudarnos a crecer en amor unos para con otros. Que toda la gloria sea para Él.

Para pensar:

¿Sabes cuál es tu actividad propia como miembro de la Iglesia? ¿La estás usando para edificar el resto del cuerpo?

¿Estás escuchando a esos hombres que Dios ha puesto en tu camino para enseñarte? Si eres maestro, ¿estás buscando que los que te escuchan aprendan a glorificar a Dios con sus dones?

Si estás sirviendo en tu iglesia, ¿lo haces porque estás agradecido con Dios y te deleitas en servirle, o lo haces por obligación, porque sientes que debes pagar una deuda? en otras palabras, ¿le estás sirviendo en amor?

¿Eres consciente de la necesidad que tienes de Cristo, no solo para ser salvo, sino para toda tu vida? Él te dice lo que debes hacer, y esa ofrenda nace de un corazón agradecido por lo que Él hizo por ti. Pero aún cuando no logremos hacer lo que nos corresponde con la motivación adecuada, o lo hagamos de manera imperfecta, pecando, sabemos que Cristo en su cruz perdonó incluso esa maldad. Por eso, no debemos quitar nuestros ojos de Él, el autor, dador y consumador de nuestra fe.

Contexto para ejercer nuestros dones (vv.4-9)

El concepto que sobresale a lo largo de estos versículos es el de la unidad. Lo repite al decir que somos un cuerpo, con un Espíritu, movidos por una esperanza, guiados por un Señor, unidos en un bautismo, sirviendo a un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.

La idea de ser un cuerpo es la metáfora perfecta para la iglesia, en la cual los diferentes miembros, cada uno con una función particular, forman un solo organismo, con un mismo Espíritu que está presente en todos. Hay quienes dicen que los discípulos tuvieron un privilegio mayor porque anduvieron cara a cara con el Señor, y aunque definitivamente debe haber sido una experiencia sin igual, la iglesia tiene un privilegio aún mayor: nosotros tenemos el mismísimo Espíritu de Cristo en nosotros, obrando directamente en nuestros corazones, y transformándonos a la imagen de Cristo. Ese es un privilegio mucho mayor que el que tuvieron los primeros discípulos. Ellos anduvieron con el Señor, nosotros tenemos su Espíritu dentro.

Compartimos también la esperanza de gloria. Sabemos que el reino de los cielos se ha acercado, pero en nuestro cuerpo natural afectado por el pecado, no podemos disfrutar de la perfección gloriosa en total armonía con Dios que nos depara el futuro. Esperamos juntos el regreso de nuestro Señor Jesucristo, el rey y cabeza de la iglesia. Ese fin nos une.

Igualmente tenemos una misma fe, la fe en la obra de Cristo. Es decir, todos descansamos en su justicia imputada al creer, y confiamos en que él pagó el precio por nosotros y ya no tenemos que buscar ganarnos el favor de Dios. Además confiamos en sus promesas y reposamos en sus enseñanzas, sabiendo que son la guía perfecta para nuestra vida. Una sola doctrina.

En Cristo hemos sido bautizados con un solo bautismo, de esta manera hechos todos iguales, en el sentido de que no hay un estatus superior, ni una clase alta ni baja dentro de la iglesia. Tampoco existen posiciones sexistas, ni puestos de mayor gloria u honra. En Él ya no hay esclavo ni libre, no hay hombre y mujer, sino que todos somos iguales en Cristo. Es el principio de la paridad, según el cual, aunque existen diversidad de oficios y dones dentro de la iglesia, cada uno con un rol diferente, particular a la forma en que ha sido creado, esto no quiere decir que uno sea superior a otro, pues todos son necesarios para la obra del ministerio de la iglesia.

Y sobre todas las cosas tenemos a un Dios y Padre de todos que es uno solo. Él es unidad perfecta. Podemos ver cómo, en la Divinidad, tres personas distintas, con funciones distintas, habitan en uno solo con perfecta armonía y amor. Él es nuestro ejemplo, y como una familia somos llamados a actuar en unidad a pesar de, o más bien, con la ventaja de la diversidad.

Todos somos receptores de la gracia (una misma), pero cada uno de una manera distinta, o digamos más bien, en una medida distinta. Esto me remite a la parábola de los talentos, en la cual vemos que cada siervo recibe una medida distinta de talentos, los cuales debían usar y hacer crecer cada uno según lo que recibió, y al final dar cuentas a su Señor. Pero el que los repartió como quiso fue Dios.

Finalmente, los versículos del 8 al 9 nos hablan de Cristo, quien habiendo vencido fue exaltado sobre todos como rey victorioso y envió a su Espíritu a dar dones a los suyos, y a capacitarlos para la expansión del reino. Sin embargo, Jesús no fue exaltado sin antes haberse humillado a las profundidades de la tierra. Y esto no quiere decir que descendió a los infiernos (aunque sabemos que así fue por otros pasajes) sino que se humilló hasta tomar forma humana. En otras palabras, el Creador se hizo criatura. Esta es la clase de servició que los creyentes debemos imitar. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a humillarnos, y cuánto estamos dispuestos a dejar ir para cumplir la obra del ministerio particular que Dios ha puesto en nuestras manos? Cristo lo dejó todo por cumplir la tarea que Dios había puesto en sus manos.

ABRAHAM

Publicado: diciembre 20, 2011 en Estudios Bíblicos, Génesis
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AUTOR, DADOR Y CONSUMADOR

Ahora veremos la historia de Abraham, en una serie de cuatro artículos. Empezando por el pacto establecido por Dios con Abraham, pasando por su importancia como cabeza de pacto, sus debilidades y sus fortalezas.

Génesis 12:1-3

Si vemos el contexto de la historia, en el capítulo 11 de Génesis, en el versículo 31, hacia el final, se nos dice que el padre de Abram había salido de Ur de los Caldeos e iba en dirección a Canaán, sin embargo se detuvo en Harán. Esta porción pareciera indicar que el padre de Abram, Taré, también había sido llamado.

Cuando Dios llama a Abram, lo saca de una tierra pagana, donde el nombre de Jehová no era conocido, se le llama en otra parte “casa de idolatría”. Notemos primeramente que Abram no es el que busca a Dios, sino que es Dios quien viene a Abram y lo llama. Al llamarlo le promete tres cosas:

1. Una tierra.

2. Descendencia.

3. Que en él, todas las familias (pueblos) de la tierra serían benditas.

Tras escuchar las promesas de Dios, lo que Abram hace es actuar en conformidad a lo que se le dijo. Ahora, entremos  un poco en la cabeza de Abraham.

Sabemos que Abram estaba mayor, pero más que eso, su propia esposa era una mujer mayor, y encima de eso era estéril. Si Abram se hubiese detenido a observar todas esas circunstancias, lo que Dios le estaba diciendo habría sonado ilógico, sin sentido, una locura. En ese caso se habría quedado cómodamente donde estaba. Pero no lo hizo. ¿Qué ocurrió en el corazón de Abram que le hizo tomar la decisión de dejar a todos los suyos y salir de aquella tierra hacia un lugar que él mismo no podía identificar aún?

Para Abram la decisión no fue una locura, ni ilógica ni insensata. Abram estaba de hecho actuando con plena confianza en que lo que hacía era lo más sensato. ¿Por qué salir de la tierra en la que vivía, dirigirse hacia una tierra desconocida, esperar tener un hijo con su mujer estéril, y una descendencia tal que alcanzaría a bendecir a todas las familias de la tierra era lo más sensato y lógico para hacer? ¡Por que el que le prometió todo aquello y quien lo estaba llamando era Dios! El proceso fue así:

1. Primer razonamiento: Mi esposa y yo estamos mayores y ella es estéril. Tener hijos no es una posibilidad. Aquí en Harán estamos cómodos.

2. Promesa de Dios: Te daré una tierra que te mostraré, te daré una gran descendencia, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.

3. Segundo razonamiento: Dios dijo que me daría una descendencia y una tierra, y que en mí serán benditas todas las familias de la tierra. Como él es Dios Soberano, Todopoderoso, Inmutable, y Verdadero, puedo confiar en sus promesas, las doy por un hecho.

4. Confianza activa: Me voy.

Notan el proceso: primero Abram recibe una promesa, un conocimiento por parte de Dios, información que antes no tenía. Luego hace uso de razón en torno a lo que conoce, y aunque no es lo más lógico ante los ojos humanos, su pensamiento es moldeado por la palabra de Dios. Finalmente, actúa con plena confianza y sale de su tierra seguro de que recibirá lo que se le ha prometido.

Esto es fe: conocimiento de Dios seguido por un razonamiento que gira en torno a ese a conocimiento, lo cual desemboca en una confianza activa. La verdadera fe siempre termina en obras. “La fe sin obras es muerta”.

Sabemos, por Filipenses 1:29, que ni siquiera la fe con la que actuó Abram provenía de sí mismo, sino que todo fue un don de Dios.

En nuestro caso no fue tan diferente como en el caso de Abram. Al igual que él, fuimos llamados de una tierra de esclavitud al pecado, casa de idolatría, donde estábamos completamente sujetos al castigo de la ira de Dios. (Porque la paga del pecado es muerte). Pero estando ahí, nos vino una pieza de información que no conocíamos: Somos pecadores, nada de lo que hacemos puede agradar a Dios porque  está manchado por nuestra propia maldad, y debido a esa maldad estoy sujeto a muerte, al castigo de Dios. Pero de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Cristo, quien tomó mi lugar y sufrió el castigo que me tocaba a mí, muriendo en la cruz, derramando su sangre para que mis pecados no sean tomados en cuenta más. Entonces razonamos: por mis propias fuerzas no puedo agradar a Dios, todo lo que hago está manchado por mi pecado; pero hay perdón en Cristo, debo confiar en él como el único medio que tengo para ser reconciliado con Dios. Entonces creo en Cristo. Y al igual que con Abram, nada de esto provino de mí, sino que Dios lo hizo posible.

Génesis 15: El voto

Dios le confirma su promesa a Abram mediante un rito. Este ritual era bastante común en los tiempos de Abram. Las dos partes que están negociando pasan en medio de animales partidos como diciendo: “que esto y peor me pase si yo no cumplo con mi parte del trato.”

En la narración vemos que Abraham prepara los animales para realizar el ritual. Pero Dios comienza a tardarse. Abram hasta tiene que empezar a espantar las aves de rapiña que quieren comerse los animales muertos. Entonces ocurre algo maravilloso. Dios hace que Abraham se quede dormido. Y mientras él duerme, Dios pasa por en medio de los animales, en forma de fuego y humo, como diciendo: “que esto o peor me pase si no se cumple este pacto.”

Génesis 17: La señal

En este capítulo Dios establece una señal con Abraham, una señal del pacto. Esta señal sería una muestra de su propio compromiso por todas las generaciones por venir de cumplir con el pacto establecido. (Ver Gálatas 3:6-9, 29)

A lo largo de toda esta historia podemos resaltar que el actor principal no es Abraham, sino Dios mismo. Y como descendientes que somos de Abraham, debemos confiar en este pacto que abarca incluso nuestras familias. No que todos en nuestra familia vayan a ser salvos, pero todos gozarán de las bendiciones de ser hijos del pacto de Dios con nosotros. La promesa sigue siendo la misma, y Dios sigue siendo el mismo, y nosotros somos el cumplimiento de esa promesa, la bendición de Dios derramada en todas las familias de la tierra. Ese es el don de su Espíritu Santo en la iglesia universal.

 

Cuando hablamos de dones espirituales, o de servir en la iglesia, o de edificar a los hermanos, usualmente pensamos en el pastor, el predicador, el que levanta las ofrendas, los que tocan instrumentos o cantan, el que dirige, o el que enseña en alguna clase. Pensamos que estos son los únicos dones que existen, y que si no los tenemos entonces no podemos servir en la iglesia, somos inútiles.

Efesios 4:16 nos dice que cada miembro del cuerpo de Cristo, que es la iglesia, tiene una “actividad propia” que debe usar para ayudar a otros. Dios nos ha dado una personalidad, gustos, inclinaciones, habilidades e incluso debilidades que nos hacen únicos en el reino, y que, por decirlo así, nos colocan en una posición muy particular, casi insustituible, en la dinámica de la iglesia. Ahora, los dones no se ejercen sólo los domingos. Si esa es nuestra visión de la iglesia y el reino, está muy limitada. Nuestros dones los usamos cada día, en el trabajo, en los estudios, en la comunidad y en la familia. Y debemos usarlos para hacer avanzar el reino de Dios en la tierra.

El siguiente artículo está basado en Efesios 4 del 1 al 16.

Actitud al ejercer nuestros dones (vv.1-4)

En primer lugar Pablo nos llama a andar o vivir de una manera que sea digna de nuestro llamado. Debemos conducirnos de manera santa y sin mancha delante del él, reconociendo que fuimos creados en Cristo Jesús para buenas obras, obras que Dios mismo preparó desde antes para que andemos en ellas. Este llamado, aunque tiene las mismas características generales para todos los creyentes, a su vez es muy particular para cada quién. Se puede pensar en la palabra vocación cuando la usamos para referirnos al trabajo que desempeñamos. Es la misma idea, cada uno tiene un llamado a una función particular en el reino. Pero ese llamado lo debemos atender de manera digna. Debemos conducirnos bajo ciertas cualidades:

Humildad.

No somos autosuficientes. Si cada uno de nosotros tiene dones particulares, esto quiere decir que nadie tiene todos los dones. Y si todos los dones han sido dados para la edificación del cuerpo, quiere decir que cada uno de nosotros necesita de los demás para crecer. Necesitamos primeramente de Dios, de la obra de Cristo, y de su Espíritu Santo en nosotros. Pero también necesitamos de los demás miembros del cuerpo. Imaginen que una muela intentara realizar todas las funciones del cuerpo. La sola idea es completamente ridícula. Así es el cristiano que no reconoce la necesidad que tiene de ser edificado por sus hermanos.

También debemos reconocer que los dones que sí tenemos no nos pertenecen, sino que son parte de la obra de Dios en nosotros y a través de nosotros. De la misma manera que sería incorrecto presumir de un regalo que se nos ha dado, así tampoco debemos presumir de nuestras habilidades y capacidades, pues al fin y al cabo, son exactamente eso: dones (regalos), muestras de la gracia de Dios en nosotros. Si alguno debe recibir la gloria es él.

Mansedumbre.

Debemos estar dispuestos a servir a los demás como si fueran superiores a nosotros. Ponerlos en primer lugar, poner sus intereses antes de los nuestros, y sobre todo ser amables y tratarlos bien a todos. Algunos dones, como el de exhortar, puede usarse para lastimar a los demás. De hecho, cualquier don, usado para otro fin que no sea la gloria de Dios y la edificación de los hermanos, resulta hiriente para los demás. Así que cuando usemos nuestros dones, velemos porque sea para buscar el bien de los demás siempre.

Paciencia.

Aquí debemos reconocer que tanto nosotros como todos nuestros hermanos en Cristo, estamos en un proceso de perfeccionamiento y santificación continuo que no llegará a su fin sino hasta que seamos glorificados con Cristo. Hasta entonces, podemos estar seguros de que nos vamos a equivocar, que vamos a caer, que vamos a herir a otros, que nuestras debilidades a veces van a verse mucho más claramente que nuestras fortalezas, y por eso necesito aprender a ser paciente con todos a mi alrededor, al igual que ellos deberán ser pacientes conmigo. Debemos vernos a través de Cristo, y reconocer la obra de su Espíritu en cada uno. Él ha prometido que cuando comenzó la buena obra en nosotros, no lo hizo para dejarnos a medio camino, sino que la perfeccionará hasta el fin.

Soportándonos.

Ser de soporte para los demás es la otra cara de la misma moneda. Por un lado, con mis fortalezas puedo edificar a los demás, y ellos con las suyas me edifican a mí. Pero por otro lado, necesito que me sostengan en mis debilidades, que me sirvan de apoyo y me ayuden a hacer aquello que yo definitivamente no puedo hacer. No se trata de soportarnos en el sentido de aguantarnos unos a otros aunque nos caigamos mal, sino de servir de soporte en los puntos débiles los unos de los otros.

Paz.

Por último, debemos buscar siempre la unidad del Espíritu. Cuando buscamos nuestros propios fines, o queremos defender nuestra propia causa, o queremos que todos tengan nuestras prioridades y quieran seguir nuestros planes, entonces mantener la unidad se torna difícil. Pero los hijos de Dios, los verdaderos creyentes, sólo deben tener una finalidad, una meta, un propósito: llevar gloria a Dios por medio del avance de su reino. Si todos estamos de acuerdo en este fin último, entonces todo lo que hagamos, planeemos, pensemos, decidamos, y a hagamos lo podemos hacer juntos. Aunque haya diferencias de estrategias, de enfoques, de ministerios, de planes, podemos realizarlos cada quien buscando el mismo fin según su “actividad propia” y siendo de apoyo y soporte para los demás que buscan lo mismo.

TRASFONDO DE LOS PACTOS DIVINOS:

¿QUÉ ES UN PACTO?

Un pacto es un vínculo de sangre administrado soberanamente. Al decir que es un vínculo de sangre, es lo mismo que decir de vida o muerte.

Vínculo

El pacto siempre establece una relación entre dos partes. Es un vínculo o una unión. En el caso del pacto divino, siempre es establecido mediante una declaración verbal. Dios mismo declara la base de su relación con su creación, comprometiéndose por gracia con sus criaturas mediante un pacto que él mismo establece. En estos casos, las dos partes del pacto son el Creador y algún representante de sus criaturas.

Voto

El voto puede ser verbal o un acto simbólico, como ofrecer un regalo, compartir comida, levantar un monumento, rociar la sangre de algún sacrificio, ofrecer un sacrificio, o dividir animales. En el caso del pacto entre Dios y Abraham, en el siguiente artículo, este último es el voto que Dios escoge para establecer su pacto con el padre de la fe, aunque lo hace con un giro notable. Por medio del pacto, ambas partes quedan comprometidas una con la otra.

De Sangre (En Sangre)

El pacto divino tiene implicaciones de vida o muerte. De hecho, el lenguaje utilizado en el Nuevo Testamento es literalmente “cortar un pacto”, incluso a veces aparece sólo “cortar” y se sobreentiende que se refiere a un pacto. Se entiende, entonces, que conlleva una relación directa con la sangre.

El pacto divino continúa vigente aún más allá de las personas que se encontraban vivas en el momento del corte. (Dt. 7:9) Una vez establecida la relación, nada sino el derramamiento de sangre puede librar las obligaciones incurridas en el caso de que se viole el pacto. En otras palabras, en caso de que el pacto sea roto por alguna de las partes, solo el derramamiento de sangre podrá  remediarlo.

De esta manera, la muerte aparece de dos formas en un pacto: Al principio, de manera simbólica, anticipando una posible violación. Luego, cuando una parte ha violado el pacto experimenta la muerte como consecuencia del compromiso hecho. En el caso del pacto hecho entre Dios y la humanidad, los hombres rompimos el pacto, y debíamos pagar con nuestras vidas. Es en este contexto que la sustitución de Cristo se vuelve esencial, pues murió en lugar de los que violaron el pacto.

En otras palabras, el hombre rompió el pacto, y como consecuencia debía morir. Cristo tomó sobre sí la maldición del pacto, y murió en lugar del pecador. Por esto Cristo habla del nuevo pacto establecido en su sangre.

Administrado Soberanamente

El pacto establecido por Dios en la Escritura tiene un carácter soberano. Quiere decir que es unilateral, Dios lo administra, y por ende no se puede negociar, ni regatear, ni contraer. El Dios soberano dicta las condiciones del pacto.

Este fragmento contiene un resumen basado en el libro “The Christ of the Covenants” por O. Palmer Robertson.

Sobre Toda Cosa Guardada

Publicado: septiembre 19, 2010 en Notas de Sermones
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(Estas son las notas que tomé durante una conferencia bíblica a la que asistí este fin de semana: No quise cambiar mucho la redacción para no escribir nada que no fuera dicho por el conferencista (Su nombre es Bill Yarbrough), así que si en ocasiones parece que las cosas no están bien redactadas, es porque son mis notas casi tal cual las tomé durante su charla. Espero que sean de bendición para los lectores.)

Proverbios 4.23 dice “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.”

Una prioridad en nuestra vida cristiana debe ser, de entre todas las cosas valiosas que guardamos, debemos guardar nuestro corazón, porque todo mana de ahí. Todo en la vida nace del corazón. Tener éxito en la vida matrimonial parte del corazón; empezar una nueva congregación nace y depende del corazón; un buen liderazgo proviene del corazón. Todo, absolutamente todo parte del corazón. De hecho, nuestra vida como creyentes empezó cuando Dios agarró nuestro corazón en Cristo.

Dos peticiones deben estar siempre presentes en nuestras oraciones:

Primero, debemos pedirle a Dios que nos haga amantes de la gente. Esto puede ser en ocasiones fácil, y en ocasiones difícil. Y es que no queremos simplemente soportar a la gente, sino amarlos de corazón. Debemos ser capaces de abrazar a nuestros enemigos en oración,  de corazón. Que Dios nos haga amantes de la gente.

Segundo, debemos pedirle que nos ayude a morir como personas humildes. Debemos entender que todo lo que tenemos es un regalo, que no hay nada que tengamos que hayamos recibido. A pesar de saber esto, nos es muy fácil ser orgullosos, y presumir de lo que tenemos, como si lo hubiéramos ganado con nuestro propio esfuerzo. Como líderes nos gusta legislar, mandar, que los demás hagan nuestra voluntad; pero no nos gusta lavar los pies de los demás. Que Dios nos ayude a ser personas humildes.

Cuando pensamos en que del corazón mana la vida, debemos entender que todo nace de ahí. Nuestra adoración como cristianos nace del corazón. Un tema de mucha disputa entre las iglesias, y específicamente entre las generaciones dentro de las iglesias, es el de la adoración. Se pregunta con frecuencia, ¿cuál es la adoración que es importante? En realidad es un asunto del corazón. Al igual que todo lo demás: el servicio, la vida en el hogar, la plantación de iglesias, el trabajo en equipo, todo nace del corazón.

Debemos estar conscientes de nuestro corazón. La vida entera depende de esto. Si buscáramos en nuestras Biblias, en las concordancias, la palabra “corazón”, encontraríamos cientos de referencias. Deuteronomio 6.5 dice “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón…” . San Augustín dijo una vez: “Ama a Dios y haz lo que tú quieras”. Algunos pensarán que esta cita promueve el libertinaje, sin embargo, si uno ama a Dios realmente, puede hacer lo que quiera, pues no querrá hacer nada que vaya en contra de ese amor. Si nuestro corazón está conectado a Dios, podemos hacer lo que queramos, pues nuestro corazón querrá hacer su voluntad. “Él es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.” “No tendrá temor de malas noticias, pues su corazón está confiado…”. También, “Engañoso es el corazón.” Y es que si desconocemos las escrituras, vivimos engañados, pues nuestro corazón es “perverso, y ¿quién lo conocerá?”. “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”. “De la abundancia del corazón habla la boca.” “Porque del corazón salen los malos pensamientos…”. Esta maldad de nuestro corazón no cambia por nuestra fuerza, sino por la obra de Dios en nosotros.

“Nuestra sabiduría consiste casi completamente de dos partes: primero, el conocimiento de Dios, y segundo, el conocimiento de nosotros mismos. Pero como estos están tan conectados entre sí, es difícil saber cuál de los dos precede y da origen al otro.” En su palabra Dios se ha rebelado, pero también nos ha rebelado a nosotros mismos. Podemos conocerle a él, pero también podemos conocernos mejor a nosotros mismos. Y es que nuestro concepto de Dios está muy relacionado con nosotros mismos. Un ejemplo: cuando yo peco, pienso en Dios como aquel que todo lo perdona, cuyo perdón es infinito, y soy rápido para apreciar y recurrir a ese perdón. Pero cuando mi hermano peca, pienso en Dios como aquel que condena todo pecado, que de ninguna manera tendrá por inocente al culpable, y soy rápido para juzgar, condenar y ejecutar a mi hermano.

Algo que debemos aprender, y tener siempre muy presente, respecto al conocimiento que debemos tener de nosotros mismos, es que somos peores de lo que podemos imaginar. Dicho con amor: Tú eres peor de lo que puedes imaginar. La buena noticia es que Dios justifica a los pecadores. El que me salvó es el mismo que me sostiene, no por lo que yo soy, sino por lo que Él es.

No debemos ser superficiales

Ser superficial es ser poco profundo, que no deja ver todo lo que hay, que aparenta ser real o genuino, de poca sustancia. Como seres humanos sentimos que es mucho más seguro ser superficiales. Sin embargo, la obra de Dios se da a un nivel nada superficial, él va cambiándonos profunda y continuamente. Debemos practicar lo más importante: entregarnos de corazón. Debemos pedirle a Dios que en nuestra relación con él y con los demás nos permita ir más profundo.

Algo positivo que tenemos las iglesias cristianas es el discipulado. Aprendemos versículos, escuchamos historias, hablamos de doctrina, enfatizamos cosas como la obediencia, la fidelidad, la formación de carácter, la ofrenda, el tiempo devocional, entre otras. Sin embargo, hemos sido pobres en cuanto a hacer un discipulado emocional de arrepentimiento, de aceptar corrección, de madurar emocional y espiritualmente.

Una persona emocionalmente inmadura:

  • Usa las obras para esconderse de los demás. Pasa tan ocupado haciendo y haciendo que no dedica tiempo a las personas. Deja de lado a su familia y amigos.
  • Pasa tan ocupado que no rinde cuentas a nadie. Pasa solo y le es fácil pecar sin hacerse responsable ante nadie.
  • Ignora, niega o cubre relaciones dolorosas. Todos somos el resultado de nuestra historia, y todos nos hemos relacionado con muchas personas. En medio de tanta gente, pueden surgir relaciones que realmente son dolorosas, relaciones que nos han herido, relaciones que han dejado una marca amarga en nosotros.
  • No acepta su pasado. Dios ha estado en control de todo lo que nos ocurre. Nuestra historia es más bien la historia de su obra en nosotros. Debemos aprender a aceptar lo que hemos hecho, lo que hemos vivido, y ser genuinos en ello.
  • No habla con los que le ofenden. Prefiere no confrontar a los que le han hecho mal. Guarda todo su rencor.
  • Solo trabaja por trabajar, pero no le nace del corazón. Sus obras no nacen de una verdadera adoración.

Una persona emocionalmente madura:

  • Reconoce que es peor de lo que piensa.
  • Reconoce lo que es y lo que no es. Acepta sus fortalezas y sus limitaciones con sinceridad.
  • Puede nombrar, reconocer y enfrentar sus sentimientos.
  • Puede iniciar relaciones con otros y mantenerlas. Es muy sencillo empezar una relación con alguien cuando se conocen poco, pero es más difícil mantener esa relación después de años, cuando se conocer los defectos, se han vivido errores, se ven las fallas, y demás. El maduro es capaz de abrir las llagas y ser honesto con lo que sucede.
  • Desarrolla la capacidad de dar a conocer sus sentimientos con palabras y expresiones.
  • Pide lo que necesita o quiere de manera clara.
  • Evalúa sus fortalezas y sus debilidades.
  • Aprende a llorar y lamentarse de manera correcta.

¿Que podemos hacer para ir más profundo?

El cristianismo es una fe del corazón, no es solo doctrina, escritura, cultos… aunque esto es importante.

“Confesaos vuestras ofensas (pecados) unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.” Santiago 5.16

Debemos buscar a alguien con quien podamos platicar. Si somos líderes, debemos buscar a un consiervo con quien podamos hablar de nuestras luchas, de nuestras debilidades, de nuestros pecados. Debemos aprender también a ministrar desde nuestra vulnerabilidad. Hay tres cosas que son claves para lograr esto:

Primero, la clave es la gracia de Dios que nos sostiene. Nada que hagas puede hacer que Dios te ame más, y nada que hagas puede hacer que Dios te ame menos. Dios te ama cuando estás bien y te ama cuando estás mal. Este punto es fundamental. Dependemos de la obra de otro, Cristo. Él está comprometido con nosotros, aún más que nosotros mismos.

Pensemos en la iglesia de Corintios por un momento. ¿Cuáles problemas enfrentaba esa iglesia? Divisiones, contiendas, idolatría, adulterio, orgullo, vanidad, irreverencia durante la cena del Señor, abusos, y muchas cosas más. Sin embargo, si vemos la introducción de Pablo en su primer carta a esta iglesia tan imperfecta, él dice a la iglesia de Dios que está en Corinto, “a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.” A pesar de todos nuestros pecados, a pesar de todas nuestras imperfecciones, somos la iglesia de Cristo, somos llamados a ser apartados para Dios, son santificados en Cristo, Él es nuestro Señor y Dios es nuestro Padre.

En segundo lugar, debemos considerar las promesas de Dios. Ahora, no se trata de las promesas equivocadas. Dios no nos promete prosperidad económica, como muchos predican hoy en día. Tampoco promete sanarnos físicamente, aunque lo puede hacer, y lo ha hecho. Pero sí promete que la buena obra que empezó en ti y en mí, la perfeccionará. Su promesa es la que me define, no mi pecado. “Fiel es Dios que nos confirmará.” Él hará mis caminos derechos, hasta el final. El celo de Jehová de los Ejércitos hará esto. Estamos bañados en su promesa.

En tercer lugar, debemos conocernos a nosotros mismos. ¿Cómo conoceré el gran perdón de Dios si no reconozco mi gran pecado? Conforme avanzamos en la vida cristiana, hay dos conocimientos que se oponen y crecen juntamente. Conforme más avanzo en mi vida, más conozco acerca de mí mismo, de mi maldad, de mi pecado, de mi miseria, de mi imperfección, de mi necesidad de Dios, de mi indignidad. Y conforme crezco en ese conocimiento, al mismo tiempo conozco más acerca de Dios, de su santidad, de su gracia, de su amor, de su misericordia, de su fidelidad, de su gloria. Y el abismo entre estos dos conocimientos hace que la cruz de Cristo se vea cada vez más y más grande. Porque es solo por medio de su sacrificio en la cruz, que una persona tan vil como yo puede acercarse a alguien tan santo como Dios.

¡Libertad!

Publicado: septiembre 15, 2010 en Reflexión
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Hoy 15 de Setiembre se celebra en Costa Rica el Día de la Independencia. En las escuelas y colegios se les recuerda a los miles de estudiantes cómo nuestros héroes del pasado nos ganaron la libertad de España, y cómo ahora disfrutamos de paz y libertad en nuestro país, una paz y una libertad con fecha de inicio, y que no sabemos cuánto durará. Se cantan con orgullo los himnos patrios, y todavía hay quienes lloran al escuchar la Patriótica Costarricense, y quienes se entusiasman al cantar el Himno al 15 de Setiembre, al igual que hay muchos indiferentes, especialmente los jóvenes, que no tienen el menor reparo de lo ocurrió. El error puede estar en la falta de seriedad, fidelidad, o constancia de parte de los adultos al narrar aquellos hechos que nos hicieron libres.

Hoy 15 de setiembre debería celebrarse nuestra verdadera independencia, la verdadera libertad que hemos recibido los hijos de Dios. Deberíamos recordar al mayor héroe de la historia, aquel que con su propia sangre nos ganó la libertad del pecado y de la muerte, aquel que ofreció su vida y sufrió el castigo que nos tocaba a nosotros para que llegásemos a ser verdaderamente libres. Recordemos su muerte y resurrección. Gracias a este héroe verdadero tenemos paz verdadera, paz con Dios. Dios, aquel Santo que aborrece el pecado, y que lo castiga con ira, entregó a su único Hijo para llevar nuestra carga en la cruz y pagar nuestro precio. Por su obra, y en su sangre tenemos paz con Dios, paz de verdad. Y en su muerte y resurrección tenemos vida. Esta paz, esta libertad, esta vida que hemos recibido de Dios, por medio de su Hijo, son eternas. Él nos ha amado desde la eternidad y hasta la eternidad, y nada ni nadie nos podrá separar de ese amor que es en Cristo Jesús, Señor nuestro. Cantemos con orgullo los himnos que nos recuerdan Su obra, su vida, su muerte y su resurrección. Postrémonos ante la misericordia y la gracia de Dios que nos abruma y nos sobrecoge; alegrémonos al pensar que hoy somos libres del pecado que nos gobernaba, y somos perdonados en Cristo, justificados y santificados en él.

Todavía hay muchos que permanecen indiferentes, que no celebran con nosotros la libertad que tenemos, y quizá se deba a nuestra falta de seriedad, fidelidad, o constancia al narrar las maravillas de Dios, de su justicia y su juicio, de su amor y misericordia, de su gracia, de su Hijo. Por lo tanto, es necesario que celebremos nuestra verdadera independencia, no sólo hoy, sino cada día de nuestra vida. Que nuestras acciones sean un canto, un estandarte, un emblema, una bandera que se levanta alta y clara, reflejando la obra de Cristo, el Hijo de Dios, en nosotros. Proclamemos el evangelio de libertad y paz. Seamos fieles narradores de la historia de Dios, fieles testigos. Demos a conocer su palabra, la verdad, y vivámosla. Que el evangelio corra por los caminos de Costa Rica. “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. “Si el Hijo os libertaré, seréis verdaderamente libres”. Cada día de nuestra vida debemos celebrar esta verdadera libertad, y proclamarla para que otros se nos unan, y para que juntos podamos ser luz en medio de nuestra nación, y para que juntos podamos glorificar así a Dios.

Feliz Independencia, a los que son verdaderamente libres.