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El cuerpo

Todo esto sería muy difícil, desalentador, complicado y frustrante si Dios nos hubiese llamado en soledad. Pero algo maravilloso en todo esto es que hay muchos que participamos de este milagro, y conformamos unidos un solo cuerpo, la Iglesia. La Iglesia es un organismo extraordinario dejado por Dios en la tierra para cumplir sus propósitos. No voy a entrar en todos los detalles que se podrían decir en cuanto a la Iglesia, pero algo sí enseña la Biblia que resulta pertinente en este momento, y es el concepto de que somos, como Iglesia, el cuerpo de Cristo.

La metáfora del cuerpo siempre ha sido mi favorita para describir a la Iglesia, particularmente por las muchas implicaciones que tiene. Siendo un cuerpo, la Iglesia está conformada por muchos miembros, cada uno con una función muy particular y adecuada, funcionando unidos y muy ajustados, con el fin de crecer y edificarnos como cuerpo, en amor (Efesios 4).

Ahora, veamos algunas implicaciones de esto. En primer lugar, si has creído en Cristo, puedes considerarte un miembro de su cuerpo. Esto significa que dentro de este cuerpo, tú tienes una función que cumplir. Cristo se ha encargado de repartir dones a los hombres, de tal manera que puedes estar seguro de que no eres un miembro innecesario, sino que has recibido una tarea específica (o varias) que debes desempeñar en el cuerpo. Algunos de los dones mencionados en Efesios 4 son los de los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Los que han recibido estos dones, según el versículo 12, tienen una función muy específica: deben “capacitar a los santos para la obra del ministerio”. Ahora, lamentablemente, esta capacitación en muchas Iglesias se entiende como “transmitir información”. Pero, como ya vimos, si queremos llegar “a la estatura de la plenitud de Cristo” (énfasis mío) deben entrar en resonancia todas las áreas de mi vida. Ahora hablo a los que tienen estos dones: si realmente quieren capacitar a los santos para que lleguen a “la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, deben esforzarse por hacer más que simplemente “transmitir información”, deben procurar invertir en las vidas de los miembros, siendo ejemplos de cómo esa información transforma el carácter y se ve reflejada en las acciones. Esto será todo un desafío, pero debemos tomarlo en serio si queremos que los demás crezcan en todo, como dice el pasaje.

En segundo lugar, y basándonos en lo anterior, si eres miembro de este cuerpo, debes prestar mucha atención a los que que te están enseñando. Observa con detenimiento cómo lo que dicen desde el punto se ve en sus vidas, cómo Cristo ha afectado y está afectando cada área de su ser. Recuerda que tus pastores están buscando tu bienestar, “como quienes han de rendir cuentas por tu alma”, de modo que debes confiar en que el Señor los está usando para capacitarte a ti, para que puedas desempeñar tu ministerio, sea este cual sea. Claramente, los ministerios mencionados aquí no son todos los que existen, estos son solo los que capacitan a los demás. Pero en el cuerpo hay tantas funciones y ministerios como miembros. Tú creador ha puesto en ti un conjunto de factores que te hacen único en medio de su Iglesia. Tu personalidad, tus tendencias e inclinaciones, tus gustos, tu forma de pensar, tus habilidades, tus facilidades, incluso tus debilidades y tus flaquezas, son todas parte de la historia que Dios ha escrito para tu vida, y por lo tanto, de alguna manera, reconciliadas con Cristo, pueden guiarte hacia lo que Dios quiere que hagas. En ocasiones quisiéramos que la Biblia ofreciera una lista exhaustiva de dones y ministerios posibles, pero siendo nuestro Dios tan creativo como es, solo esa lista resultaría en una enciclopedia de cientos de volúmenes. Piensa en el contexto de tu Iglesia, en los dones que Dios te hada, y en cómo puedes ponerlos al servicio de los demás, y confía en que el Señor los usará para la edificación del cuerpo, y para su gloria. Este desafío también es grande, y puede tardarse muchos años, así que no te desanimes, hallarás tu lugar.

En tercer lugar, recuerda siempre quién es la cabeza de este cuerpo. Cristo es nuestro Señor y nuestro Salvador. Es muy importante tener esto siempre en mente. Como nuestro Señor, Él nos dice lo que debemos hacer. Él nos ha dado los dones y nos da algunas pautas para su uso, sean estos cuales sean. Debemos usarlos en amor: amor a Dios y amor al prójimo. Punto. No busques tu propia gloria ni tu propio beneficio. Busca siempre agradar a Dios antes que a los hombres. Y cuando falles, cuando no hagas aquello para lo que fuiste llamado, recuerdo que tu mismo Señor es también tu Salvador, y que Él ha pagado plenamente por todos tus pecados, que “no existe nada que puedas hacer para que te ame más, ni nada que puedas hacer para que te ame menos”. Y en esas ocasiones cuando caigas (porque vas a caer), su gracia es la que te sostiene desde la eternidad y hasta la eternidad. Él es tu Salvador.

Quiero parafrasear ahora las palabras del personaje principal de la película La invención de Hugo Cabret:

Me gusta pensar que somos una enorme máquina. Ya sabes, las máquinas nunca traen piezas de sobra. Tienen el número y tipo exacto de piezas que necesita. Así que, si somos una enorme máquina, yo debo estar aquí por alguna razón. Y eso quiere decir que tú también debes estar aquí por alguna razón… Quizá es por eso que las máquinas rotas me conmueven, porque no pueden hacer aquello para lo que fueron creadas… Quizá es igual con la gente… si pierdes tu propósito… es como si estuvieras roto.

Aunque Hugo no reconoce en ningún momento quién fue el inventor de esta “enorme máquina”, nosotros conocemos al Diseñador. Y aunque la Iglesia es más que una máquina inerte y programada, se cumple que no tiene “piezas de sobra”. Tiene exactamente los miembros que necesita, y cada uno está ahí por alguna razón. Todos llegamos como piezas rotas, que en la caída perdimos nuestro propósito. Pero Cristo nos ha reparado, nos ha reconciliado con nuestro Creador, y por ende nos ha reconciliado con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con su creación entera, de modo que ahora podemos vivir de acuerdo al llamado que hemos recibido. Y es que nuestra verdadera identidad no estaba en nosotros, sino en Cristo. Todo este tiempo ha estado en Cristo.

Cuando te pregunten quién eres, ya tienes parte de la respuesta. Sabes que eres una criatura de Dios, creada por Él de manera muy particular y con un solo propósito, el de disfrutar de Él para siempre y glorificarle con todo lo que eres. Sabes que eres objeto de un milagro, pues Cristo te ha reconciliado por medio de su sangre con el Padre. En este sentido, eres hijo de Dios. Adoptado en el Espíritu de Cristo que habita en ti. Y este mismo te capacita para que cada día puedas cumplir más y más tu propósito. Y sabes también que Cristo mismo te ha dado un lugar en su cuerpo, su Iglesia. Un lugar con una función particular, y quiere que te dediques a cultivar tus dones y utilizarlos para Él, en amor. Tu pasado, tu presente y tu futura están asegurados en las manos de aquél que te escogió desde antes de la fundación del mundo para su gloria. Sólo en Él hallarás la completa y genuina realización personal.

Propósitos  para ejercer nuestros dones (vv. 11-16)

En los versículos 11 y 12 vemos algunos ejemplos de dones. Pablo menciona apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Sabemos que estos no son los únicos dones que existen. Pero son mencionados aquí para notar su función muy específica. Y es que, aunque muchas veces son los dones más conocidos y sobresalientes, no son ellos los que llevan a cabo el ministerio de la iglesia. Ellos son los encargados de equipar a los demás para que lo hagan. Su don es capacitar al resto de la iglesia para que lleven a cabo la obra del ministerio. Los buenos maestros ayudarán a los creyentes a encontrar su forma particular de beneficiar o bendecir al resto de la iglesia

El fin de todo esto, según el versículo 13, es que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de personas maduras, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Esta es nuestra meta, y aunque suene imposible, no lo es, porque recordemos que quien lo hace posible es Dios, y él está sobre todos, por todos y en todos (v.6).

Si queremos aprender a usar nuestros dones de manera que seamos de bendición para los hermanos, y de manera que llevamos gloria a nuestro Padre, debemos prestar mucha atención a lo que nos enseñan nuestros maestros. Ellos procuran enseñarnos sana doctrina para que no seamos inestables, como niños que son fáciles de convencer o de engañar. Quieren que seamos capaces de identificar falsas enseñanzas. Además quieren que sigamos la verdad, o que hablemos y  actuemos de acuerdo a la verdad, es decir, la Palabra de Dios. Seguir la verdad no es simplemente conocerla, sino vivirla en todas las dimensiones de nuestra vida. Ahora, en este mundo relativista muchas veces nos veremos tentados a respetar las mentiras que creen los demás, pero la verdad es una, y está expresamente escrita en la Biblia; no hay otras verdades. No puede haber más de una verdad, porque si fuera así, entonces nada sería verdad.

Es importante aclarar que no se trata de discutir con todos y andar buscando cómo maltratar a los demás. Pues sabemos que, si no fuera por la gracia de Dios, nosotros estarías en la misma posición que ellos. Por eso es de suma importancia hablarla en amor. Siempre el amor hacia los demás debe ser lo que dé sazón a nuestras palabras cuando hablemos la verdad.

Finalmente, esta verdad que hablamos en amor, sirve para crecer en todo. Es decir que la verdad del evangelio afecta y transforma todo, todas las áreas de nuestra vida, y hace que crezcamos en cada una de ellas. Cristo es el centro de ese crecimiento, la cabeza que dirige cada parte de su cuerpo, que nos dirige a cada uno de nosotros.

La metáfora del cuerpo es una  de mis favoritas para referirnos a la Iglesia de Cristo. La idea es que el cuerpo esté bien concertado, al igual que en un concierto en que cada instrumento, aunque emite un sonido muy propio y particular, siempre armoniza con los demás. De igual manera cada miembro de este cuerpo, llevando a cabo su función propia, siempre armoniza con los demás miembros, porque todos buscan la gloria de Dios. Su gloria es la que  da tono a nuestra ofrenda de servicio.

Funcionamos en unidad, ajustados y ayudándonos unos a otros. Cada uno desempeñando su actividad propia, procurando ser de bendición para el resto del cuerpo. Todos recibiendo el crecimiento de Cristo, que es la cabeza, porque sólo Él, que por amor se entregó por nosotros, puede ayudarnos a crecer en amor unos para con otros. Que toda la gloria sea para Él.

Para pensar:

¿Sabes cuál es tu actividad propia como miembro de la Iglesia? ¿La estás usando para edificar el resto del cuerpo?

¿Estás escuchando a esos hombres que Dios ha puesto en tu camino para enseñarte? Si eres maestro, ¿estás buscando que los que te escuchan aprendan a glorificar a Dios con sus dones?

Si estás sirviendo en tu iglesia, ¿lo haces porque estás agradecido con Dios y te deleitas en servirle, o lo haces por obligación, porque sientes que debes pagar una deuda? en otras palabras, ¿le estás sirviendo en amor?

¿Eres consciente de la necesidad que tienes de Cristo, no solo para ser salvo, sino para toda tu vida? Él te dice lo que debes hacer, y esa ofrenda nace de un corazón agradecido por lo que Él hizo por ti. Pero aún cuando no logremos hacer lo que nos corresponde con la motivación adecuada, o lo hagamos de manera imperfecta, pecando, sabemos que Cristo en su cruz perdonó incluso esa maldad. Por eso, no debemos quitar nuestros ojos de Él, el autor, dador y consumador de nuestra fe.

Contexto para ejercer nuestros dones (vv.4-9)

El concepto que sobresale a lo largo de estos versículos es el de la unidad. Lo repite al decir que somos un cuerpo, con un Espíritu, movidos por una esperanza, guiados por un Señor, unidos en un bautismo, sirviendo a un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.

La idea de ser un cuerpo es la metáfora perfecta para la iglesia, en la cual los diferentes miembros, cada uno con una función particular, forman un solo organismo, con un mismo Espíritu que está presente en todos. Hay quienes dicen que los discípulos tuvieron un privilegio mayor porque anduvieron cara a cara con el Señor, y aunque definitivamente debe haber sido una experiencia sin igual, la iglesia tiene un privilegio aún mayor: nosotros tenemos el mismísimo Espíritu de Cristo en nosotros, obrando directamente en nuestros corazones, y transformándonos a la imagen de Cristo. Ese es un privilegio mucho mayor que el que tuvieron los primeros discípulos. Ellos anduvieron con el Señor, nosotros tenemos su Espíritu dentro.

Compartimos también la esperanza de gloria. Sabemos que el reino de los cielos se ha acercado, pero en nuestro cuerpo natural afectado por el pecado, no podemos disfrutar de la perfección gloriosa en total armonía con Dios que nos depara el futuro. Esperamos juntos el regreso de nuestro Señor Jesucristo, el rey y cabeza de la iglesia. Ese fin nos une.

Igualmente tenemos una misma fe, la fe en la obra de Cristo. Es decir, todos descansamos en su justicia imputada al creer, y confiamos en que él pagó el precio por nosotros y ya no tenemos que buscar ganarnos el favor de Dios. Además confiamos en sus promesas y reposamos en sus enseñanzas, sabiendo que son la guía perfecta para nuestra vida. Una sola doctrina.

En Cristo hemos sido bautizados con un solo bautismo, de esta manera hechos todos iguales, en el sentido de que no hay un estatus superior, ni una clase alta ni baja dentro de la iglesia. Tampoco existen posiciones sexistas, ni puestos de mayor gloria u honra. En Él ya no hay esclavo ni libre, no hay hombre y mujer, sino que todos somos iguales en Cristo. Es el principio de la paridad, según el cual, aunque existen diversidad de oficios y dones dentro de la iglesia, cada uno con un rol diferente, particular a la forma en que ha sido creado, esto no quiere decir que uno sea superior a otro, pues todos son necesarios para la obra del ministerio de la iglesia.

Y sobre todas las cosas tenemos a un Dios y Padre de todos que es uno solo. Él es unidad perfecta. Podemos ver cómo, en la Divinidad, tres personas distintas, con funciones distintas, habitan en uno solo con perfecta armonía y amor. Él es nuestro ejemplo, y como una familia somos llamados a actuar en unidad a pesar de, o más bien, con la ventaja de la diversidad.

Todos somos receptores de la gracia (una misma), pero cada uno de una manera distinta, o digamos más bien, en una medida distinta. Esto me remite a la parábola de los talentos, en la cual vemos que cada siervo recibe una medida distinta de talentos, los cuales debían usar y hacer crecer cada uno según lo que recibió, y al final dar cuentas a su Señor. Pero el que los repartió como quiso fue Dios.

Finalmente, los versículos del 8 al 9 nos hablan de Cristo, quien habiendo vencido fue exaltado sobre todos como rey victorioso y envió a su Espíritu a dar dones a los suyos, y a capacitarlos para la expansión del reino. Sin embargo, Jesús no fue exaltado sin antes haberse humillado a las profundidades de la tierra. Y esto no quiere decir que descendió a los infiernos (aunque sabemos que así fue por otros pasajes) sino que se humilló hasta tomar forma humana. En otras palabras, el Creador se hizo criatura. Esta es la clase de servició que los creyentes debemos imitar. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a humillarnos, y cuánto estamos dispuestos a dejar ir para cumplir la obra del ministerio particular que Dios ha puesto en nuestras manos? Cristo lo dejó todo por cumplir la tarea que Dios había puesto en sus manos.

ABRAHAM

Publicado: diciembre 20, 2011 en Estudios Bíblicos, Génesis
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AUTOR, DADOR Y CONSUMADOR

Ahora veremos la historia de Abraham, en una serie de cuatro artículos. Empezando por el pacto establecido por Dios con Abraham, pasando por su importancia como cabeza de pacto, sus debilidades y sus fortalezas.

Génesis 12:1-3

Si vemos el contexto de la historia, en el capítulo 11 de Génesis, en el versículo 31, hacia el final, se nos dice que el padre de Abram había salido de Ur de los Caldeos e iba en dirección a Canaán, sin embargo se detuvo en Harán. Esta porción pareciera indicar que el padre de Abram, Taré, también había sido llamado.

Cuando Dios llama a Abram, lo saca de una tierra pagana, donde el nombre de Jehová no era conocido, se le llama en otra parte “casa de idolatría”. Notemos primeramente que Abram no es el que busca a Dios, sino que es Dios quien viene a Abram y lo llama. Al llamarlo le promete tres cosas:

1. Una tierra.

2. Descendencia.

3. Que en él, todas las familias (pueblos) de la tierra serían benditas.

Tras escuchar las promesas de Dios, lo que Abram hace es actuar en conformidad a lo que se le dijo. Ahora, entremos  un poco en la cabeza de Abraham.

Sabemos que Abram estaba mayor, pero más que eso, su propia esposa era una mujer mayor, y encima de eso era estéril. Si Abram se hubiese detenido a observar todas esas circunstancias, lo que Dios le estaba diciendo habría sonado ilógico, sin sentido, una locura. En ese caso se habría quedado cómodamente donde estaba. Pero no lo hizo. ¿Qué ocurrió en el corazón de Abram que le hizo tomar la decisión de dejar a todos los suyos y salir de aquella tierra hacia un lugar que él mismo no podía identificar aún?

Para Abram la decisión no fue una locura, ni ilógica ni insensata. Abram estaba de hecho actuando con plena confianza en que lo que hacía era lo más sensato. ¿Por qué salir de la tierra en la que vivía, dirigirse hacia una tierra desconocida, esperar tener un hijo con su mujer estéril, y una descendencia tal que alcanzaría a bendecir a todas las familias de la tierra era lo más sensato y lógico para hacer? ¡Por que el que le prometió todo aquello y quien lo estaba llamando era Dios! El proceso fue así:

1. Primer razonamiento: Mi esposa y yo estamos mayores y ella es estéril. Tener hijos no es una posibilidad. Aquí en Harán estamos cómodos.

2. Promesa de Dios: Te daré una tierra que te mostraré, te daré una gran descendencia, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.

3. Segundo razonamiento: Dios dijo que me daría una descendencia y una tierra, y que en mí serán benditas todas las familias de la tierra. Como él es Dios Soberano, Todopoderoso, Inmutable, y Verdadero, puedo confiar en sus promesas, las doy por un hecho.

4. Confianza activa: Me voy.

Notan el proceso: primero Abram recibe una promesa, un conocimiento por parte de Dios, información que antes no tenía. Luego hace uso de razón en torno a lo que conoce, y aunque no es lo más lógico ante los ojos humanos, su pensamiento es moldeado por la palabra de Dios. Finalmente, actúa con plena confianza y sale de su tierra seguro de que recibirá lo que se le ha prometido.

Esto es fe: conocimiento de Dios seguido por un razonamiento que gira en torno a ese a conocimiento, lo cual desemboca en una confianza activa. La verdadera fe siempre termina en obras. “La fe sin obras es muerta”.

Sabemos, por Filipenses 1:29, que ni siquiera la fe con la que actuó Abram provenía de sí mismo, sino que todo fue un don de Dios.

En nuestro caso no fue tan diferente como en el caso de Abram. Al igual que él, fuimos llamados de una tierra de esclavitud al pecado, casa de idolatría, donde estábamos completamente sujetos al castigo de la ira de Dios. (Porque la paga del pecado es muerte). Pero estando ahí, nos vino una pieza de información que no conocíamos: Somos pecadores, nada de lo que hacemos puede agradar a Dios porque  está manchado por nuestra propia maldad, y debido a esa maldad estoy sujeto a muerte, al castigo de Dios. Pero de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Cristo, quien tomó mi lugar y sufrió el castigo que me tocaba a mí, muriendo en la cruz, derramando su sangre para que mis pecados no sean tomados en cuenta más. Entonces razonamos: por mis propias fuerzas no puedo agradar a Dios, todo lo que hago está manchado por mi pecado; pero hay perdón en Cristo, debo confiar en él como el único medio que tengo para ser reconciliado con Dios. Entonces creo en Cristo. Y al igual que con Abram, nada de esto provino de mí, sino que Dios lo hizo posible.

Génesis 15: El voto

Dios le confirma su promesa a Abram mediante un rito. Este ritual era bastante común en los tiempos de Abram. Las dos partes que están negociando pasan en medio de animales partidos como diciendo: “que esto y peor me pase si yo no cumplo con mi parte del trato.”

En la narración vemos que Abraham prepara los animales para realizar el ritual. Pero Dios comienza a tardarse. Abram hasta tiene que empezar a espantar las aves de rapiña que quieren comerse los animales muertos. Entonces ocurre algo maravilloso. Dios hace que Abraham se quede dormido. Y mientras él duerme, Dios pasa por en medio de los animales, en forma de fuego y humo, como diciendo: “que esto o peor me pase si no se cumple este pacto.”

Génesis 17: La señal

En este capítulo Dios establece una señal con Abraham, una señal del pacto. Esta señal sería una muestra de su propio compromiso por todas las generaciones por venir de cumplir con el pacto establecido. (Ver Gálatas 3:6-9, 29)

A lo largo de toda esta historia podemos resaltar que el actor principal no es Abraham, sino Dios mismo. Y como descendientes que somos de Abraham, debemos confiar en este pacto que abarca incluso nuestras familias. No que todos en nuestra familia vayan a ser salvos, pero todos gozarán de las bendiciones de ser hijos del pacto de Dios con nosotros. La promesa sigue siendo la misma, y Dios sigue siendo el mismo, y nosotros somos el cumplimiento de esa promesa, la bendición de Dios derramada en todas las familias de la tierra. Ese es el don de su Espíritu Santo en la iglesia universal.

 

Cuando hablamos de dones espirituales, o de servir en la iglesia, o de edificar a los hermanos, usualmente pensamos en el pastor, el predicador, el que levanta las ofrendas, los que tocan instrumentos o cantan, el que dirige, o el que enseña en alguna clase. Pensamos que estos son los únicos dones que existen, y que si no los tenemos entonces no podemos servir en la iglesia, somos inútiles.

Efesios 4:16 nos dice que cada miembro del cuerpo de Cristo, que es la iglesia, tiene una “actividad propia” que debe usar para ayudar a otros. Dios nos ha dado una personalidad, gustos, inclinaciones, habilidades e incluso debilidades que nos hacen únicos en el reino, y que, por decirlo así, nos colocan en una posición muy particular, casi insustituible, en la dinámica de la iglesia. Ahora, los dones no se ejercen sólo los domingos. Si esa es nuestra visión de la iglesia y el reino, está muy limitada. Nuestros dones los usamos cada día, en el trabajo, en los estudios, en la comunidad y en la familia. Y debemos usarlos para hacer avanzar el reino de Dios en la tierra.

El siguiente artículo está basado en Efesios 4 del 1 al 16.

Actitud al ejercer nuestros dones (vv.1-4)

En primer lugar Pablo nos llama a andar o vivir de una manera que sea digna de nuestro llamado. Debemos conducirnos de manera santa y sin mancha delante del él, reconociendo que fuimos creados en Cristo Jesús para buenas obras, obras que Dios mismo preparó desde antes para que andemos en ellas. Este llamado, aunque tiene las mismas características generales para todos los creyentes, a su vez es muy particular para cada quién. Se puede pensar en la palabra vocación cuando la usamos para referirnos al trabajo que desempeñamos. Es la misma idea, cada uno tiene un llamado a una función particular en el reino. Pero ese llamado lo debemos atender de manera digna. Debemos conducirnos bajo ciertas cualidades:

Humildad.

No somos autosuficientes. Si cada uno de nosotros tiene dones particulares, esto quiere decir que nadie tiene todos los dones. Y si todos los dones han sido dados para la edificación del cuerpo, quiere decir que cada uno de nosotros necesita de los demás para crecer. Necesitamos primeramente de Dios, de la obra de Cristo, y de su Espíritu Santo en nosotros. Pero también necesitamos de los demás miembros del cuerpo. Imaginen que una muela intentara realizar todas las funciones del cuerpo. La sola idea es completamente ridícula. Así es el cristiano que no reconoce la necesidad que tiene de ser edificado por sus hermanos.

También debemos reconocer que los dones que sí tenemos no nos pertenecen, sino que son parte de la obra de Dios en nosotros y a través de nosotros. De la misma manera que sería incorrecto presumir de un regalo que se nos ha dado, así tampoco debemos presumir de nuestras habilidades y capacidades, pues al fin y al cabo, son exactamente eso: dones (regalos), muestras de la gracia de Dios en nosotros. Si alguno debe recibir la gloria es él.

Mansedumbre.

Debemos estar dispuestos a servir a los demás como si fueran superiores a nosotros. Ponerlos en primer lugar, poner sus intereses antes de los nuestros, y sobre todo ser amables y tratarlos bien a todos. Algunos dones, como el de exhortar, puede usarse para lastimar a los demás. De hecho, cualquier don, usado para otro fin que no sea la gloria de Dios y la edificación de los hermanos, resulta hiriente para los demás. Así que cuando usemos nuestros dones, velemos porque sea para buscar el bien de los demás siempre.

Paciencia.

Aquí debemos reconocer que tanto nosotros como todos nuestros hermanos en Cristo, estamos en un proceso de perfeccionamiento y santificación continuo que no llegará a su fin sino hasta que seamos glorificados con Cristo. Hasta entonces, podemos estar seguros de que nos vamos a equivocar, que vamos a caer, que vamos a herir a otros, que nuestras debilidades a veces van a verse mucho más claramente que nuestras fortalezas, y por eso necesito aprender a ser paciente con todos a mi alrededor, al igual que ellos deberán ser pacientes conmigo. Debemos vernos a través de Cristo, y reconocer la obra de su Espíritu en cada uno. Él ha prometido que cuando comenzó la buena obra en nosotros, no lo hizo para dejarnos a medio camino, sino que la perfeccionará hasta el fin.

Soportándonos.

Ser de soporte para los demás es la otra cara de la misma moneda. Por un lado, con mis fortalezas puedo edificar a los demás, y ellos con las suyas me edifican a mí. Pero por otro lado, necesito que me sostengan en mis debilidades, que me sirvan de apoyo y me ayuden a hacer aquello que yo definitivamente no puedo hacer. No se trata de soportarnos en el sentido de aguantarnos unos a otros aunque nos caigamos mal, sino de servir de soporte en los puntos débiles los unos de los otros.

Paz.

Por último, debemos buscar siempre la unidad del Espíritu. Cuando buscamos nuestros propios fines, o queremos defender nuestra propia causa, o queremos que todos tengan nuestras prioridades y quieran seguir nuestros planes, entonces mantener la unidad se torna difícil. Pero los hijos de Dios, los verdaderos creyentes, sólo deben tener una finalidad, una meta, un propósito: llevar gloria a Dios por medio del avance de su reino. Si todos estamos de acuerdo en este fin último, entonces todo lo que hagamos, planeemos, pensemos, decidamos, y a hagamos lo podemos hacer juntos. Aunque haya diferencias de estrategias, de enfoques, de ministerios, de planes, podemos realizarlos cada quien buscando el mismo fin según su “actividad propia” y siendo de apoyo y soporte para los demás que buscan lo mismo.

TRASFONDO DE LOS PACTOS DIVINOS:

¿QUÉ ES UN PACTO?

Un pacto es un vínculo de sangre administrado soberanamente. Al decir que es un vínculo de sangre, es lo mismo que decir de vida o muerte.

Vínculo

El pacto siempre establece una relación entre dos partes. Es un vínculo o una unión. En el caso del pacto divino, siempre es establecido mediante una declaración verbal. Dios mismo declara la base de su relación con su creación, comprometiéndose por gracia con sus criaturas mediante un pacto que él mismo establece. En estos casos, las dos partes del pacto son el Creador y algún representante de sus criaturas.

Voto

El voto puede ser verbal o un acto simbólico, como ofrecer un regalo, compartir comida, levantar un monumento, rociar la sangre de algún sacrificio, ofrecer un sacrificio, o dividir animales. En el caso del pacto entre Dios y Abraham, en el siguiente artículo, este último es el voto que Dios escoge para establecer su pacto con el padre de la fe, aunque lo hace con un giro notable. Por medio del pacto, ambas partes quedan comprometidas una con la otra.

De Sangre (En Sangre)

El pacto divino tiene implicaciones de vida o muerte. De hecho, el lenguaje utilizado en el Nuevo Testamento es literalmente “cortar un pacto”, incluso a veces aparece sólo “cortar” y se sobreentiende que se refiere a un pacto. Se entiende, entonces, que conlleva una relación directa con la sangre.

El pacto divino continúa vigente aún más allá de las personas que se encontraban vivas en el momento del corte. (Dt. 7:9) Una vez establecida la relación, nada sino el derramamiento de sangre puede librar las obligaciones incurridas en el caso de que se viole el pacto. En otras palabras, en caso de que el pacto sea roto por alguna de las partes, solo el derramamiento de sangre podrá  remediarlo.

De esta manera, la muerte aparece de dos formas en un pacto: Al principio, de manera simbólica, anticipando una posible violación. Luego, cuando una parte ha violado el pacto experimenta la muerte como consecuencia del compromiso hecho. En el caso del pacto hecho entre Dios y la humanidad, los hombres rompimos el pacto, y debíamos pagar con nuestras vidas. Es en este contexto que la sustitución de Cristo se vuelve esencial, pues murió en lugar de los que violaron el pacto.

En otras palabras, el hombre rompió el pacto, y como consecuencia debía morir. Cristo tomó sobre sí la maldición del pacto, y murió en lugar del pecador. Por esto Cristo habla del nuevo pacto establecido en su sangre.

Administrado Soberanamente

El pacto establecido por Dios en la Escritura tiene un carácter soberano. Quiere decir que es unilateral, Dios lo administra, y por ende no se puede negociar, ni regatear, ni contraer. El Dios soberano dicta las condiciones del pacto.

Este fragmento contiene un resumen basado en el libro “The Christ of the Covenants” por O. Palmer Robertson.

NOÉ

Publicado: septiembre 11, 2010 en Génesis
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Después de la salida de Adán y Eva del Huerto, Dios les da dos hijos, Caín y Abel. Podemos asumir que Adán fue fiel en transmitir la promesa hecha en Edén a sus hijos, y sabemos que ellos conocían de Dios. Cuando Caín mata a Abel y es expulsado y castigado por Dios, este se aleja de Dios y su linaje termina en pecado y venganza. Dios, por otro lado, restituye el hijo asesinado por medio de Set, el cual continúa la linea de los elegidos. Desde Adán hasta Noé tenemos solo diez personas, cada uno transmitiendo a su hijo la promesa hecha en el huerto. Todos ellos tenían su mente puesta en aquel evento, mientras los hijos de Caín vivían de manera corrupta.

EL DILUVIO

Entonces Dios llama a Noé como cabeza de pacto, y entra en una relación con él. Dios lo llama porque tiene pensado decrear el mundo, y regresarlo al agua, por medio de un diluvio universal. El diluvio es el juicio de Dios sobre la humanidad por su maldad, por su pecado, por no guardar las distinciones ni la promesa. En el futuro habrá un juicio similar, cuando Dios renueve su creación por medio del fuego. Noé, como cabeza de pacto, es rescatado junto con sus hijos; así se salvan él y su esposa, sus tres hijos y las esposas de sus hijos.

EL ARCA

Comienza el diluvio, y en medio de toda aquella destrucción y caos se ve una embarcación que flota a la deriva, sin timón y sin vela, llevada de un lado a otro, y dentro de ella el último vestigio de orden en el mundo. El arca es como un pequeño mundo ordenado, un micromundo, con tres pisos que representan el cielo, la tierra y debajo de la tierra. En cierta forma el arca es también como un templo. Esto porque las únicas veces que Dios da medidas específicas para construcciones en la Biblia son para el tabernáculo y para el templo. El arca es como un templo porque en ella se guardaban aún las distinciones establecidas por Dios que en el resto del mundo se habían perdido.

EL PACTO

El pacto con Noé aparece en dos partes. Primero, antes del diluvio, Dios lo escoge como representante, así como lo había hecho con Adán, y así como lo hizo con Jesucristo, nuestro representante, y establece de manera formal lo que quiere de Noé y le comunica exactamente lo que tiene planeado hacer, de tal forma que Noé predica (2 Pedro 2.5) con propiedad y anuncia que se avecina un diluvio, ante la incredulidad de los hombres.

Al igual que Noé, nosotros los creyentes conocemos los detalles del pacto, ya que Dios no nos ha ocultado nada en este sentido. Los pseudocristianos se atribuyen nuevas revelaciones, como si se necesitara ser especial para conocer el pacto. Y aseveran que por su posición espiritual especial tienen acceso a cierta información que los demás no conocen. Como en el misticismo, estos son los shamanes y los brujos que conocen la verdad, y la dan a conocer a los demás que no pueden. Los creyentes tenemos acceso a todos los detalles del pacto y a los planes de Dios porque él los ha dejado revelados en su Palabra. Él nos ha dado a conocer todo lo que debemos saber con respecto a su pacto, sus promesas, sus planes, y su obra en y a través de nosotros. Su Palabra es fiel y se va a cumplir, como lo ha hecho desde siempre. No debemos buscar novedades en el cristianismo, sino recordar lo que ya Dios nos ha enseñado y transmitirlo.

La segunda parte del pacto se da después de salir Noé del arca. Cuando sale ofrece sacrifico en holocausto. ¿Por qué lo hace? Imaginen:

Noé viene saliendo de un pequeño orden, micromundo, un templo donde había sido rescatado por la gracia de Dios junto con su familia. Sale a un mundo que ha sido purificado por Dios, y observa la devastación ocasionada por su generación. Al ver el mundo después de haber sido purificado, no le queda sino comprender cuán santo es Dios, y cuán pecador él es. Noé ofrece holocausto, que es ofrenda quemada totalmente, porque reconoce su propio maldad.

Entonces Dios establece su pacto con Noé, y le dice que debe multiplicarse y llenar la tierra, al igual que los animales que salieron del arca con él. Además, por primera vez, se le permite al hombre comer carne de animales. Antes de esto, tanto animales como el hombre eran todos vegetarianos. Es posible que esta libertad haya ocasionado la extinción de muchas especies “prehistóricas”. Los hombres no debían ingerir la sangre de los animales, ya que esta representa su única esperanza. El perdón de sus pecados está presente en el derramamiento de sangre, por eso se debe respetar. También se instituye la pena de muerte, la cual sigue vigente hasta la actualidad. El hombre o animal que derrame sangre de hombre, por la mano del hombre deberá ser puesto a muerte, porque el hombre fue creado a imagen de Dios. Por eso no es lo mismo matar un perro que matar a un hombre. Por eso matar un pájaro no es considerado un homicidio, aunque sí somos llamados a ser mayordomos de la creación, y a no matar despiadadamente ni arrasar con los seres creados por Dios solo por diversión. Los hombres, al ser los únicos creados a imagen de Dios, tienen una posición privilegiada en medio de la creación, y su homicidio debe ser considerado serio y debe ser castigado con la muerte.

Este pacto con Noé es también conocido como el pacto de preservación, porque Dios promete que “mientras la tierra permanezca, la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche, nunca cesarán”. Dios promete cuidar de su creación y encargarse de todos los ciclos necesarios para la vida continúen ininterrumpidos. Podemos acostarnos cada noche con la confianza de que al día siguiente saldrá el sol. No debemos preocuparnos como lo hacen los incrédulos que viven agobiados por la idea de que el mundo puede acabar, que la naturaleza se encargará de destruirnos, que “volveremos al hielo”, que la vida acabará por culpa del hombre. Aunque es cierto que nuestras acciones han tenido efectos negativos, no debemos temer al 2012. Dios estableció una señal para sí mismo: el arco iris. Cuando él lo ve se acuerda de su pacto con la humanidad, y podemos descansar en la promesa de que él preservará la vida en este planeta “mientras la tierra permanezca”.