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“¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí?” Estas preguntas resuenan en lo más profundo del corazón de cada ser humano. Todos nos hemos hecho estas preguntas o alguna versión de ellas, y si no es este tu caso, amado lector, quizá sea un buen momento para pensarlo. Existe en nuestro interior un deseo por sentirnos importantes. “Tiene que haber algo más”. Queremos realizarnos como individuos, y buscamos con todas nuestras fuerzas, a lo largo de nuestra, hallar nuestro lugar en el mundo. Anhelamos ser parte de un propósito mayor que nosotros mismos. Anhelamos gloria.

Si eres cristiano, posiblemente tienes problemas para reconocer esta verdad, y quizá te sientas culpable porque sabes en tu mente que toda la gloria le pertenece a Dios. Pero déjame hacerte una propuesta, plantearte algo que quizá sea revolucionario en tu interior. Es posible (y estoy convencido de que así es) que ese anhelo de gloria que te invade no sea algo malo en sí mismo. Quizá, y solo quizá, lo que necesitas es encontrar el lugar adecuado donde colocarlo. No niego que toda la gloria le pertenezca a Dios, y hacerlo sería blasfemar su nombre. Entonces, ¿qué estoy diciendo? Te invito a dar una mirada a algunas verdades profundas que se encuentran encerradas en las páginas de la Biblia, y que te ayudarán a contestar esas preguntas tan importantes que motivan este artículo.

¿Quién eres? ¿Para qué estás aquí?

Debo admitir que no existe una sola respuesta para estas preguntas. Y no pretendo que las respuestas que voy a ofrecer sean todo lo que hay. Estoy seguro de que son ciertas, pero sus implicaciones son tantas como cristianos hay en la tierra. Te corresponde, amigo, profundizar en ellas, y vivir de modo que honres estas verdades que se desprenden de la auto-revelación de Dios. ¿Cómo se verá esto en tu vida? No lo sé, pero me emociona la sola idea de que vayas a descubrir tu lugar, sea este cual sea.

Debo detenerme aquí un momento, y hacer, por así decirlo, un pequeño paréntesis. Hay un factor que estoy dando por sentado al escribir este artículo, y es el hecho de que, al igual que yo, crees que la Biblia es la revelación propia de Dios, y que por lo tanto es toda verdad inerrante. No pretendo, por lo tanto, convencerte de la naturaleza de las Escrituras. Si crees que la Biblia contiene elementos de verdad, pero que no es totalmente infalible, entonces lo que tengo que decirte tendrá poco valor para ti. Lo bueno es que la verdad no deja de ser verdad porque la creas o no, y por lo tanto, estos principios que veremos aplican de alguna manera a ti, ya sea que lo creas o no. Cierro el paréntesis.

El origen

Para comprender bien quién eres, lo primero que necesitas es comprender de donde vienes. Por lo tanto, lo primero y fundamental, el primer paso, la primera verdad que debes comprender y abrazar, e incluso celebrar, es el hecho de que eres una criatura. El primer versículo del primer capítulo de Génesis (de seguro te lo sabes de memoria y lo estás repasando en tu mente en este momento) establece dos realidades. Para los que no se lo saben, ese profundo versículo dice que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Las dos realidades a las que me refiero no son el cielo y la tierra, sino Dios y todo lo demás.

Dios es el Creador de todo lo que existe, y todo lo que existe aparte del Creador es criatura. Dios, como Creador, hace lo que bien le parece. Él lo hace todo como Él quiere. Otorga a cada obra de sus manos una forma y una función que no se contradicen, todo según su voluntad. Y según su voluntad pone límites y reglas, decide, ordena, manda y gobierna, simplemente porque tiene el derecho de hacerlo. Él es el Creador. ¿Alguna vez te has preguntado por qué los árboles producen hojas verdes y no celestes, o por qué el cielo es azul y no turquesa? Estoy seguro de que habrá alguna explicación científica para eso, pero siendo que Dios creó incluso las leyes científicas, debemos reconocer que al final la razón es porque Dios así lo quiso.

Por otro lado, ¿has visto alguna vez un árbol de limones que se rebele y procure con todas sus fuerzas dar naranjas? Claro que no. Esto se debe a que cuando Dios creó cada especie de árbol, de planta y de animal, los creó para que se reprodujeran según su especie. De modo que, no importa lo que digan los grandes pensadores detrás de las películas de Madagascar, una jirafa jamás podrá enamorarse de un hipopotamo, simplemente porque no fueron creados así. Pregunto, ¿cuándo es más feliz el pez, cuando nada libremente en el océano, o cuando yace tendido dentro de una red bajo el sol? ¿Cuándo cumple su propósito la luna, cuando ilumina la noche, o cuando asoma su cabeza durante el día, opacada por el resplandor del sol?

Entonces, como estoy seguro de que te habrás dado cuenta ya, siendo que no eres el Creador, tu estado innegable e ineludible es aquel de criatura. ¿Pero, acaso hay deshonra alguna en reconocer esto? De ninguna manera. El ser humano, al igual que un árbol, un pez, la luna y el sol, también es una criatura de Dios. Pero, no es cualquier criatura, no es simplemente un animal más. Génesis 1:27 nos recuerda algo maravilloso, algo que hoy en día se pierde entre las páginas de El Origen de las Especies. Se trata del hecho de que “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó”. De entre todas las criaturas que llenan este universo, solo una recibió una posición especial al ser creada a imagen de Dios. No fue el mono, el chimpancé, ni la babosa. Fue el ser humano, el hombre, creado en dos formatos, varón y hembra, ambos a su imagen. Y junto con ellos toda su descendencia después de ellos, hasta llegar a ti y a mí. ¿Qué significa esto? Entre muchas cosas, significa que somos los únicos, en el cielo y en la tierra, creados para tener una relación íntima con nuestro Creador. Fuimos creados para disfrutar de la compañía del Señor, para gozarnos en Él, y así llevar gloria a su nombre. Fuimos creados para tenerle como lo más valioso, y el que a la vez le da valor a nuestra vida. Al igual que el pez está completo cuando está en el agua, así también el hombre está completo solo cuando glorifica a su Creador, gozando de Él. Para eso fuiste creado.

En otras palabras, sí existe un estado mayor de existencia, un estado que nuestro corazón anhela con todas sus fuerzas, y no es algo que podamos encontrar en la creación, ni mucho menos en nosotros mismos. Es un estado de gloria, pero no de nuestra gloria. Para decirlo de forma correcta, nuestra mayor gloria, nuestra posición de mayor honra, eso que nuestro corazón tanto anhela, es hacer aquello para lo que fuimos creados, esto es, glorificar a Aquel que merece toda la honra.

Lamentablemente nuestro origen no termina ahí. Génesis, capítulo 3, nos narra la trágica historia de cómo nuestros padres, nuestros representantes ante Dios, decidieron no rendirle gloria a su Creador, sino que, engañados por el padre de mentiras, prefirieron buscar gloria para sí mismos en rebelión contra Dios. Quisieron encontrar satisfacción en lo creado, en un árbol, y sentarse así en el trono de su propio corazón. Quisieron ser sus propios dioses. No hicieron aquello para lo que fueron creados, y en su caída, caímos todos. Imagina que el hombre es como un arquero, y que en su aljaba tiene una flecha que dispara hacia aquello que le es más valioso. Adán tensó su arco, apuntó, y disparó hacia un blanco que no era la gloria de Dios. No atinó a honrarle, y con esa flecha perdida su arco se rompió. Así entró el pecado al mundo. Y hoy, todos los seres humanos nacemos con arcos rotos, incapaces de alcanzar la gloria de Dios (Romanos 3:23). Nuestras flechas siempre van dirigidas hacia aspectos de la creación. Nuestro tesoro, aquello que más amamos, lo que valoramos por sobre todas las cosas, nunca es Dios. Anhelamos tener dinero, fama, lo último en tecnología, fuerza, juventud, conocimiento, estudios, relaciones armoniosas, ser admirados, alabados, reconocidos, todo fuera de la persona de Dios; y en última instancia, en el fondo, cada ídolo que nos fabricamos, no es más que un intento lamentable por hallar satisfacción en algo que no es Dios, hallar satisfacción en nosotros mismos. La adoración del yo.

A pesar de que somos criaturas caídas, no dejamos de ser criaturas hechas a imagen de Dios. Esto significa que, aunque no queramos reconocerlo, aunque nos cueste verlo, todos los seres humanos reflejamos, de una u otra manera, y de forma muy imperfecta, aquella gloria que una vez nos dio valor, la gloria de Dios. Seguimos reflejando en nuestros cuerpos el diseño particular y la infinita creatividad de nuestro Creador. Cada uno creado de forma muy distinta; con gustos, inclinaciones, deseos, anhelos y fortalezas que reflejan el diseño muy particular de Dios. De modo que no puedes mirar a tu alrededor sin ver destellos, por pequeños que sean, de la gloria de tu Creador. Pues Él imprimió en nosotros su imagen de forma imborrable. Y aunque ahora esté dañada, rota y borrosa, seguimos intentando amar, aunque de manera imperfecta, buscamos una justicia imperfecta, creamos obras maravillosas, piezas musicales, obras de arte, máquinas y sistemas, procurando quizá el bien de los demás, buscamos la paz y la armonía, pero todo, sin excepción, surge manchado por el pecado que contamina cada fibra de nuestro ser.

Con razón nos sentimos rotos, incompletos e insatisfechos. Gastamos nuestra energía, nuestros recursos y nuestra vida entera buscando satisfacción donde nunca la encontraremos. El mundo nos ofrece realización, y luchamos por alcanzarla en este nuestro pequeño reino sin trascendencia, sin valor real, sin propósito más allá de la gloria propia. Incapaces de pensar diferente, atrapados por nuestros deseos que nos devoran, muertos en nuestra imperfección, sin esperanza y sin Dios. En nuestra condición caída, somos completa e irrefutablemente incapaces de agradar a nuestro Creador y merecedores de su castigo, sujetos de su ira, porque la paga del pecado es muerte. ¿Puede el hombre recuperar ese estado del que cayó? ¿Puede acaso el hombre lograr agradar a Dios y recobrar su condición original? ¿Puede el hombre regresar a esa relación de perfecta comunión con su Hacedor? ¿Qué se necesita para que pasemos de ser criaturas caídas, muertos en delitos y pecados, a ser llamados hijos de Dios? Déjame cambiar la pregunta: “¿Qué se necesitaría para que un león se interesara en comer pasto?” La respuesta a ambas preguntas es la misma: se necesita un milagro.

Nosotros no queremos agradar a Dios más de lo que un león quiere comer pasto. Se trata de nuestra naturaleza. No solo no podemos agradar a Dios, sino que ni siquiera queremos hacerlo. No está en nuestra naturaleza caída buscar a Dios. A tal grado nos ha contaminado el pecado, que no nos es posible tan siquiera pretender buscar a Dios. Como dije: necesitamos un milagro. (Continúa…)

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ABRAHAM

Publicado: diciembre 20, 2011 en Estudios Bíblicos, Génesis
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AUTOR, DADOR Y CONSUMADOR

Ahora veremos la historia de Abraham, en una serie de cuatro artículos. Empezando por el pacto establecido por Dios con Abraham, pasando por su importancia como cabeza de pacto, sus debilidades y sus fortalezas.

Génesis 12:1-3

Si vemos el contexto de la historia, en el capítulo 11 de Génesis, en el versículo 31, hacia el final, se nos dice que el padre de Abram había salido de Ur de los Caldeos e iba en dirección a Canaán, sin embargo se detuvo en Harán. Esta porción pareciera indicar que el padre de Abram, Taré, también había sido llamado.

Cuando Dios llama a Abram, lo saca de una tierra pagana, donde el nombre de Jehová no era conocido, se le llama en otra parte “casa de idolatría”. Notemos primeramente que Abram no es el que busca a Dios, sino que es Dios quien viene a Abram y lo llama. Al llamarlo le promete tres cosas:

1. Una tierra.

2. Descendencia.

3. Que en él, todas las familias (pueblos) de la tierra serían benditas.

Tras escuchar las promesas de Dios, lo que Abram hace es actuar en conformidad a lo que se le dijo. Ahora, entremos  un poco en la cabeza de Abraham.

Sabemos que Abram estaba mayor, pero más que eso, su propia esposa era una mujer mayor, y encima de eso era estéril. Si Abram se hubiese detenido a observar todas esas circunstancias, lo que Dios le estaba diciendo habría sonado ilógico, sin sentido, una locura. En ese caso se habría quedado cómodamente donde estaba. Pero no lo hizo. ¿Qué ocurrió en el corazón de Abram que le hizo tomar la decisión de dejar a todos los suyos y salir de aquella tierra hacia un lugar que él mismo no podía identificar aún?

Para Abram la decisión no fue una locura, ni ilógica ni insensata. Abram estaba de hecho actuando con plena confianza en que lo que hacía era lo más sensato. ¿Por qué salir de la tierra en la que vivía, dirigirse hacia una tierra desconocida, esperar tener un hijo con su mujer estéril, y una descendencia tal que alcanzaría a bendecir a todas las familias de la tierra era lo más sensato y lógico para hacer? ¡Por que el que le prometió todo aquello y quien lo estaba llamando era Dios! El proceso fue así:

1. Primer razonamiento: Mi esposa y yo estamos mayores y ella es estéril. Tener hijos no es una posibilidad. Aquí en Harán estamos cómodos.

2. Promesa de Dios: Te daré una tierra que te mostraré, te daré una gran descendencia, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.

3. Segundo razonamiento: Dios dijo que me daría una descendencia y una tierra, y que en mí serán benditas todas las familias de la tierra. Como él es Dios Soberano, Todopoderoso, Inmutable, y Verdadero, puedo confiar en sus promesas, las doy por un hecho.

4. Confianza activa: Me voy.

Notan el proceso: primero Abram recibe una promesa, un conocimiento por parte de Dios, información que antes no tenía. Luego hace uso de razón en torno a lo que conoce, y aunque no es lo más lógico ante los ojos humanos, su pensamiento es moldeado por la palabra de Dios. Finalmente, actúa con plena confianza y sale de su tierra seguro de que recibirá lo que se le ha prometido.

Esto es fe: conocimiento de Dios seguido por un razonamiento que gira en torno a ese a conocimiento, lo cual desemboca en una confianza activa. La verdadera fe siempre termina en obras. “La fe sin obras es muerta”.

Sabemos, por Filipenses 1:29, que ni siquiera la fe con la que actuó Abram provenía de sí mismo, sino que todo fue un don de Dios.

En nuestro caso no fue tan diferente como en el caso de Abram. Al igual que él, fuimos llamados de una tierra de esclavitud al pecado, casa de idolatría, donde estábamos completamente sujetos al castigo de la ira de Dios. (Porque la paga del pecado es muerte). Pero estando ahí, nos vino una pieza de información que no conocíamos: Somos pecadores, nada de lo que hacemos puede agradar a Dios porque  está manchado por nuestra propia maldad, y debido a esa maldad estoy sujeto a muerte, al castigo de Dios. Pero de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Cristo, quien tomó mi lugar y sufrió el castigo que me tocaba a mí, muriendo en la cruz, derramando su sangre para que mis pecados no sean tomados en cuenta más. Entonces razonamos: por mis propias fuerzas no puedo agradar a Dios, todo lo que hago está manchado por mi pecado; pero hay perdón en Cristo, debo confiar en él como el único medio que tengo para ser reconciliado con Dios. Entonces creo en Cristo. Y al igual que con Abram, nada de esto provino de mí, sino que Dios lo hizo posible.

Génesis 15: El voto

Dios le confirma su promesa a Abram mediante un rito. Este ritual era bastante común en los tiempos de Abram. Las dos partes que están negociando pasan en medio de animales partidos como diciendo: “que esto y peor me pase si yo no cumplo con mi parte del trato.”

En la narración vemos que Abraham prepara los animales para realizar el ritual. Pero Dios comienza a tardarse. Abram hasta tiene que empezar a espantar las aves de rapiña que quieren comerse los animales muertos. Entonces ocurre algo maravilloso. Dios hace que Abraham se quede dormido. Y mientras él duerme, Dios pasa por en medio de los animales, en forma de fuego y humo, como diciendo: “que esto o peor me pase si no se cumple este pacto.”

Génesis 17: La señal

En este capítulo Dios establece una señal con Abraham, una señal del pacto. Esta señal sería una muestra de su propio compromiso por todas las generaciones por venir de cumplir con el pacto establecido. (Ver Gálatas 3:6-9, 29)

A lo largo de toda esta historia podemos resaltar que el actor principal no es Abraham, sino Dios mismo. Y como descendientes que somos de Abraham, debemos confiar en este pacto que abarca incluso nuestras familias. No que todos en nuestra familia vayan a ser salvos, pero todos gozarán de las bendiciones de ser hijos del pacto de Dios con nosotros. La promesa sigue siendo la misma, y Dios sigue siendo el mismo, y nosotros somos el cumplimiento de esa promesa, la bendición de Dios derramada en todas las familias de la tierra. Ese es el don de su Espíritu Santo en la iglesia universal.

 

NOÉ

Publicado: septiembre 11, 2010 en Génesis
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Después de la salida de Adán y Eva del Huerto, Dios les da dos hijos, Caín y Abel. Podemos asumir que Adán fue fiel en transmitir la promesa hecha en Edén a sus hijos, y sabemos que ellos conocían de Dios. Cuando Caín mata a Abel y es expulsado y castigado por Dios, este se aleja de Dios y su linaje termina en pecado y venganza. Dios, por otro lado, restituye el hijo asesinado por medio de Set, el cual continúa la linea de los elegidos. Desde Adán hasta Noé tenemos solo diez personas, cada uno transmitiendo a su hijo la promesa hecha en el huerto. Todos ellos tenían su mente puesta en aquel evento, mientras los hijos de Caín vivían de manera corrupta.

EL DILUVIO

Entonces Dios llama a Noé como cabeza de pacto, y entra en una relación con él. Dios lo llama porque tiene pensado decrear el mundo, y regresarlo al agua, por medio de un diluvio universal. El diluvio es el juicio de Dios sobre la humanidad por su maldad, por su pecado, por no guardar las distinciones ni la promesa. En el futuro habrá un juicio similar, cuando Dios renueve su creación por medio del fuego. Noé, como cabeza de pacto, es rescatado junto con sus hijos; así se salvan él y su esposa, sus tres hijos y las esposas de sus hijos.

EL ARCA

Comienza el diluvio, y en medio de toda aquella destrucción y caos se ve una embarcación que flota a la deriva, sin timón y sin vela, llevada de un lado a otro, y dentro de ella el último vestigio de orden en el mundo. El arca es como un pequeño mundo ordenado, un micromundo, con tres pisos que representan el cielo, la tierra y debajo de la tierra. En cierta forma el arca es también como un templo. Esto porque las únicas veces que Dios da medidas específicas para construcciones en la Biblia son para el tabernáculo y para el templo. El arca es como un templo porque en ella se guardaban aún las distinciones establecidas por Dios que en el resto del mundo se habían perdido.

EL PACTO

El pacto con Noé aparece en dos partes. Primero, antes del diluvio, Dios lo escoge como representante, así como lo había hecho con Adán, y así como lo hizo con Jesucristo, nuestro representante, y establece de manera formal lo que quiere de Noé y le comunica exactamente lo que tiene planeado hacer, de tal forma que Noé predica (2 Pedro 2.5) con propiedad y anuncia que se avecina un diluvio, ante la incredulidad de los hombres.

Al igual que Noé, nosotros los creyentes conocemos los detalles del pacto, ya que Dios no nos ha ocultado nada en este sentido. Los pseudocristianos se atribuyen nuevas revelaciones, como si se necesitara ser especial para conocer el pacto. Y aseveran que por su posición espiritual especial tienen acceso a cierta información que los demás no conocen. Como en el misticismo, estos son los shamanes y los brujos que conocen la verdad, y la dan a conocer a los demás que no pueden. Los creyentes tenemos acceso a todos los detalles del pacto y a los planes de Dios porque él los ha dejado revelados en su Palabra. Él nos ha dado a conocer todo lo que debemos saber con respecto a su pacto, sus promesas, sus planes, y su obra en y a través de nosotros. Su Palabra es fiel y se va a cumplir, como lo ha hecho desde siempre. No debemos buscar novedades en el cristianismo, sino recordar lo que ya Dios nos ha enseñado y transmitirlo.

La segunda parte del pacto se da después de salir Noé del arca. Cuando sale ofrece sacrifico en holocausto. ¿Por qué lo hace? Imaginen:

Noé viene saliendo de un pequeño orden, micromundo, un templo donde había sido rescatado por la gracia de Dios junto con su familia. Sale a un mundo que ha sido purificado por Dios, y observa la devastación ocasionada por su generación. Al ver el mundo después de haber sido purificado, no le queda sino comprender cuán santo es Dios, y cuán pecador él es. Noé ofrece holocausto, que es ofrenda quemada totalmente, porque reconoce su propio maldad.

Entonces Dios establece su pacto con Noé, y le dice que debe multiplicarse y llenar la tierra, al igual que los animales que salieron del arca con él. Además, por primera vez, se le permite al hombre comer carne de animales. Antes de esto, tanto animales como el hombre eran todos vegetarianos. Es posible que esta libertad haya ocasionado la extinción de muchas especies “prehistóricas”. Los hombres no debían ingerir la sangre de los animales, ya que esta representa su única esperanza. El perdón de sus pecados está presente en el derramamiento de sangre, por eso se debe respetar. También se instituye la pena de muerte, la cual sigue vigente hasta la actualidad. El hombre o animal que derrame sangre de hombre, por la mano del hombre deberá ser puesto a muerte, porque el hombre fue creado a imagen de Dios. Por eso no es lo mismo matar un perro que matar a un hombre. Por eso matar un pájaro no es considerado un homicidio, aunque sí somos llamados a ser mayordomos de la creación, y a no matar despiadadamente ni arrasar con los seres creados por Dios solo por diversión. Los hombres, al ser los únicos creados a imagen de Dios, tienen una posición privilegiada en medio de la creación, y su homicidio debe ser considerado serio y debe ser castigado con la muerte.

Este pacto con Noé es también conocido como el pacto de preservación, porque Dios promete que “mientras la tierra permanezca, la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche, nunca cesarán”. Dios promete cuidar de su creación y encargarse de todos los ciclos necesarios para la vida continúen ininterrumpidos. Podemos acostarnos cada noche con la confianza de que al día siguiente saldrá el sol. No debemos preocuparnos como lo hacen los incrédulos que viven agobiados por la idea de que el mundo puede acabar, que la naturaleza se encargará de destruirnos, que “volveremos al hielo”, que la vida acabará por culpa del hombre. Aunque es cierto que nuestras acciones han tenido efectos negativos, no debemos temer al 2012. Dios estableció una señal para sí mismo: el arco iris. Cuando él lo ve se acuerda de su pacto con la humanidad, y podemos descansar en la promesa de que él preservará la vida en este planeta “mientras la tierra permanezca”.

Lo que Satanás hizo en el huerto sigue siendo su esquema para engañar y lo ha sido por todas las generaciones. Es importante prestar especial atención a este engaño, ya que así podremos identificar y señalar con propiedad las mentiras que plantea hoy, y que en realidad, no ha cambiado mucho.

LA TENTACIÓN

Satanás empieza su proceso en Génesis 3, donde procura deshacer las distinciones que Dios había establecido:

I. “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” Cuestiona la Palabra de Dios, intentando romper disimuladamente la distinción entre palabra de Creador y palabra de criatura. La pregunta que Satanás plantea no es una pregunta sincera, sino una pregunta llena de malicia y planteada con el único propósito de poner en duda lo que el Creador había dicho. ¿Acaso no sigue siendo este su modo de operar? ¿No sigue poniendo en duda el contenido de la Palabra de Dios, la Biblia?

Me contaron de un artículo que sacaron los testigos de Jehová hace cuyo título era: Seis mitos del Cristianismo, y entre ellos mencionan el nacimiento virginal, la deidad de Cristo, la Trinidad, y el castigo eterno. ¿Acaso no están poniendo en duda la Palabra de Dios de forma abierta, con fábulas nacidas de corazones malvados que no quieren aceptar la autoridad de la Biblia?

II. “Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.” Satanás busca primero a la mujer, y ella se presta para conversar. El rol de Eva no era el de cabeza, sino el de ayuda idónea, pero ella no toma su rol, sino que se deja llevar y pretende ser la que manda. En lugar de buscar a su marido, toma la situación en sus propias manos. Aquí Satanás está negando la distinción entre hombre y mujer.

III. “No moriréis” Ahora Satanás niega abiertamente la Palabra de Dios, y no sólo eso, sino que niega el castigo por desobedecer. Con estas palabras deshace la distinción entre Palabra de Dios y palabra de criatura. Eva tiene ahora dos opciones: creer lo que le fue comunicado, posiblemente por Adán, acerca de lo que Dios había dicho, o creer esta “nueva revelación” que Satanás le está dando.

Una de las mentiras más antiguas que Satanás ha sembrado en los corazones de la humanidad es la idea de que Dios no castiga. Que el infierno no existe, porque si Dios es bueno y es amor, ¿cómo podría haber creado un lugar de sufrimiento eterno? Estos cuestionamientos no son menos que un eco de aquellas palabras en el huerto: “No moriréis”. Dios es un Dios justo que juzga con justicia. No debemos olvidar que si bien es cierto que Dios es amor, también es cierto que es tres veces Santo, y que nunca su amor pasa por encima de su santidad ni viceversa. Para salvarnos del castigo eterno, primero tuvo que satisfacer su justicia con la muerte de su propio hijo. Nunca quitó el castigo, sino que lo impuso sobre el Cordero que fue propiciación por nuestros pecados.

IV. “Serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” La parte con menos sentido lógico de la tentación fue la que caló más profundamente en el corazón de Eva. ¿Acaso no tenían ya sus ojos abiertos? ¿Acaso no podían ver lo que había a su alrededor? ¿Cómo que serán abiertos nuestros ojos? “Sí, serán abiertos, podrán ver realmente, no lo puedo explicar, se abrirán sus ojos espirituales” ¿Qué quería decir con “y seréis como Dios”? ¿Acaso no habían sido creados a imagen de Dios? ¿No es cierto que de todas las criaturas ya tenían una posición privilegiada en Dios? “Sí, pero ahora serán como dioses, estarán iluminados, es un estado espiritual especial, diferente, tienen que vivirlo para entenderlo” y por último: “sabiendo el bien y el mal”. ¡Ah, qué bien! ¿Es que no conocían el bien ni el mal? ¡Claro que lo conocían! Lo bueno: no comer del árbol, lo malo: comer, desobedecer a Dios, y morir. “Sí, pero ahora podrán ver de verdad, ser pequeños dioses, iluminados, y entenderán los misterios, el secreto, cosas que ahorita no entienden, no lo puedo explicar, deja de cuestionar mis palabras con razonamientos lógicos y come del fruto que te ofrezco, sólo así entenderás”. Esta tentación no eran más que palabras vacías, y sin embargo se sigue escuchando el mismo susurro en cada secta, cada falsa religión, cada cultura, todas utilizan el mismo vocabulario: ojos abiertos, ser como dioses, conocer el bien y el mal.

Da temor pensar en cómo estas tonterías se han introducido incluso en la iglesia cristiana de hoy, dando nacimiento a un pseudo-cristianismo plagado de misticismo y rituales que distan poco deotras religiones paganas. Debemos enfocarnos en lo que realmente enseña la Palabra de Dios, y colocar eso como base para nuestro andar cristiano. No nos dejemos engañar por las mentiras disfrazadas que Satanás ha plantado, y no nos dejemos llevar por los falsos maestros de nuevas corrientes que en el nombre de Dios y con la Biblia en la mano, niegan abiertamente las verdades reveladas por Dios a través de los siglos.

El resultado de la tentación todos lo conocemos. Eva comió del fruto y le dio a su marido para que también comiera.  El versículo 6 da a entender que Adán no estaba lejos de Eva cuando ocurrió la tentación. Y es cierto que sus ojos fueron abiertos, pero no para iluminación y alcanzar una posición honrosa, sino para vergüenza. Conocieron su debilidad, su condición indefensa, su separación de Dios, su desnudez. Por eso, después de haberse hecho unos tristes delantales con hojas, al oír la voz de Dios, se esconden.

UNA ESPERANZA

En este proceso Dios busca restablecer lo que Satanás se había encargado de dañar en los corazones de Adán y Eva.

Dios empieza por llamar a Adán, no a Eva, pues el encargado de cuidar el huerto y protegerlo de la serpiente era él. Llama al hombre y le pide cuentas. Este se encontraba escondido y al escuchar a Dios pone en evidencia su nueva condición: “tuve miedo, estaba desnudo, y me escondí.” Dios, como dándole la oportunidad de reconocer su fallo y arrepentirse de su pecado, le pregunta (como si no supiera): ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mandé no comieses? Pero Adán  es rápido en quitarse del centro de atención y echa la culpa a otro. Y digo a otro, porque aunque pareciera en primera instancia que está culpando a Eva, en realidad está culpando a Dios por lo que sucedió: “la mujer que me diste“.

Ahora Dios se vuelve a la mujer y le pide cuentas. Pero Eva, siguiendo el ejemplo de su marido, busca echar la culpa a su nuevo amigo que la había traicionado y la había engañado.

Entonces, ante la falta de arrepentimiento en ambas sus criaturas, Dios empieza a pronunciar sus castigos, todos símbolos de la muerte que habían entrado a la humanidad. Empieza por la serpiente, Satanás, a quien proféticamente condena a arrastrase y comer polvo el resto de sus días. Desde el principio Satanás ha sabido que está destinado al fracaso y a la derrota. Luego rompe la relación que se había hecho entre la mujer y la serpiente, declarándolos enemigos por siempre. Y termina ofreciendo una promesa de esperanza: uno de la simiente de la mujer vendría, y aunque sería herido en el calcañar por la serpiente, al final este le aplastaría la cabeza.

A la mujer le multiplica sus dolores de parto, y restablece su relación con su marido, sometiéndola a él. Que el marido se enseñoree de su mujer se cumple en todas las parejas, el problema es que muchos varones se enseñorean de sus mujeres utilizando como medios la agresión y la violencia física. El marido cristiano debe saber ser cabeza de su hogar, pero utilizando como medios la justicia, la santidad, y el amor, sin abusar de su mujer, sino tratándola como Cristo a su iglesia, velando por su bienestar en cada decisión, procurando su crecimiento espiritual, y estando siempre dispuesto a dar su vida por amor a ella. Esto hará más fácil para la mujer negar su propio orgullo y echarse en los brazos de un marido que realmente la ama y que está dispuesto a cuidar de ella con su propia vida.

Al hombre lo castigó en su trabajo. No es que el trabajo sea el castigo, sino que el castigo recayó sobre el trabajo que ya debía llevar a cabo. Seguiría labrando la tierra, pero ahora lo haría con sudor, y la tierra no siempre produciría frutos buenos. Y finalmente, la muerte sería su destino final, “porque polvo eres, y al polvo volverás”.

En el versículo 21 se hace como un preámbulo de lo que sería necesario para restablecer la relación entre el hombre y su Creador, a saber, el derramamiento de sangre. Para cubrir la debilidad del pecado del hombre, su desnudez, Dios derrama la sangre de animales y con sus pieles viste al hombre y a su mujer. Desde ese momento se ve claramente que el autor, dador y consumador de la salvación de sus hijos sería el mismo Dios, y que él mismo proveería los medios necesarios para redimirlos. Ningún delantal hecho de hojas secas por manos humanas es suficiente para cubrir la desnudez del pecado del hombre; se necesita la intervención directa de Dios, quien derramando sangre inocente del Cordero inmolado en propiciación por los pecados, viste a sus hijos con túnicas nuevas, hechas de Su propia mano.

El resultado final del pecado fue la separación de Dios de sus criaturas. Él los saca del huerto del Edén, que era el santuario santo donde comían del árbol de la vida y caminaban con Dios, y les cierra la entrada poniendo un ángel y una espada encendida. El que quisiera entrar tendría que ser degollado e incinerado. Y es que el pecado manchó de tal manera al hombre, que la única manera de presentarse ante Dios sería que no quedara nada de él. Como aquel animal que era ofrecido en holocausto sobre el altar, como sustituto de algún pecador, a la entrada del tabernáculo, que debía ser degollado, su sangre derramada, desollado, lavado, y finalmente completamente incinerado.

Seamos conscientes de la gravedad que implica nuestro pecado delante de Dios, y sólo así entenderemos el verdadero significado de la muerte de Cristo en la cruz, quien se ofreció totalmente como sustituto y recibió sobre sí toda la ira del castigo, para darnos vestiduras santas y asegurarnos entrada a la presencia de Dios donde comemos del árbol de la vida eterna y andamos con Él.

Vimos en la entrada anterior cómo Dios santificó su creación estableciendo distinciones, diferencias entre todo lo que había creado. Todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y debajo de ella, está separado, distinguido, ordenado por la propia mano de Dios. Y dice Génesis 1.31, que Dios miró todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. La creación estaba ordenada, en perfecta paz y armonía. No había conflicto en el mundo, a pesar de las grandes diferencias. Cabe destacar aquí que la idea diabólica de que el conflicto precede a la paz es completamente antibíblica. El conflicto no estaba antes de que hubiera paz. Dios creó este mundo en perfecta paz, en armonía y en relaciones perfectas. Y las diferencias que existían en el principio no eran razón para que surgieran conflictos, como lo son hoy en día. Entonces, cabe preguntarse ¿De dónde, pues, nacen los conflictos? Si no vienen de las diferencias, como muchos hemos pensado y argumentado a lo largo de la vida, cayendo incluso en decir que es normal que dentro de las iglesias haya discusiones y pleitos, porque todos somos diferentes y esto simplemente produce conflictos; entonces, ¿de dónde salieron? ¿Quién los ocasionó?

Si observamos las historias de la creación existentes entre distintas tribus y culturas antiguas, vemos que difieren grandemente de la historia bíblica en un punto específico que es de vital importancia para la correcta comprensión del plan de Dios para la humanidad. En esas historias antiguas cuentan, básicamente, que el mundo estaba en caos, que había desorden y las criaturas luchaban entre ellas constantemente, había conflictos incluso entre los dioses que intentaban controlar los elementos de acuerdo a sus caprichos personales. Entonces, en medio de todo ese caos, a algún dios se le ocurre crear, quizá para obedecer otro capricho, a una criatura inocente y ajena a todo aquello. Entonces se excusa al hombre colocándolo después del conflicto. Sin embargo, Dios no intenta ocultar la verdad en Su Palabra. Él revela que el conflicto, el dolor, el caos, todos son producto de la caída del hombre.

Las diferencias no son las que producen conflicto. Nunca usemos las diferencias como excusa. La raíz del problema es otra.

GÉNESIS 1.27

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó.”

¿Por qué Moisés consideró importante hacer mención de esta distinción de manera tan específica? Recordemos que el libro de Génesis fue escrito cerca del 1400 a.C., esto es alrededor de 1600 después de la creación. El pueblo de Israel estaba dirigiéndose a la tierra prometida, venían de un pueblo pagano, Egipto, y se dirigían a otro en el cual ellos constituirían el medio por el cual Dios los juzgaría por su idolatría y corrupción. En medio de estas culturas paganas se movía una corriente que parece acompañar todo culto y toda cultura que da su espalda a Dios: el homosexualismo.  Desde el gran Imperio Romano, hasta las culturas más desconocidas nativas americanas, se ha descubierto que gran parte, sino todas ellas, han practicado la homosexualidad. No es de extrañarse que Moisés considere esta distinción digna de ser destacada en medio de pueblos que posiblemente practicaban tal descarrío. Aprendamos a ver las distinciones que Dios estableció, y a honrarlas y glorificarlas en medio de un mundo que se dedica con ahínco a destruirlas.

EN EL PRINCIPIO Génesis 2

“Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra”

Repasemos brevemente las distinciones más importantes que hemos visto hasta ahora.

I. Distinción entre todas las criaturas: Dios separó todo lo que creó, dándole una función y una forma específica de acuerdo a Su soberana voluntad.

II. Distinción entre el hombre y las otras criaturas: Dios separó al hombre del resto de la creación, haciéndolo a Su imagen y dándole responsabilidad y dominio sobre todo lo creado.

III. Distinción entre hombre y mujer: en un mundo que se dedica a corromper las distinciones, es de especial importancia ver que Dios creó al hombre y a la mujer distintos. Estudiaremos esto más a fondo adelante.

IV. Distinción entre el Creador y sus criaturas: Todas las distinciones hechas por Dios señalan a un Creador por encima de la creación; un Dios Todopoderoso y separado del mundo creado; un Dios Santo.

Cuando Dios creó al hombre, estableció un pacto con él en el huerto de Edén. Dice el versículo 15 que lo tomó y lo puso en el huerto para que hiciera dos cosas: labrar y guardar. Entonces, el trabajo, como muchos piensan, no es resultado de la caída del hombre. El hombre desde su creación ha tenido que trabajar. Dios le mandó labrar el huerto, debía meter su mano y dar cuidado a la fracción de tierra que Dios le había obsequiado. Pero además debía guardarlo. La idea de guardar en el hebreo da a entender un cuidado, o una guardia casi militar. ¿Por qué Dios daría esta orden al hombre? Sencillamente porque había un enemigo al asecho. Ya desde ese momento Adán sabía que debía mantenerse alerta porque existía un peligro real, un enemigo que buscaría la oportunidad para atacar.

Entonces Dios da una última orden al hombre: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” Ese árbol en medio del huerto estaba ahí para que el hombre recordara que esa creación no era suya. Así el hombre, cada vez que viera el árbol, recordaría que había un Dios Creador, quien era el verdadero dueño de todo cuánto existía, y que él no era más que un mayordomo al servicio de ese Dios. Sin ese árbol, posiblemente el hombre se habría olvidado de Dios, y habría creído que ese mundo era suyo. La misma idea se encierra en el mandamiento de guardar el séptimo día. El hombre debía recordar que el tiempo no era suyo sino de Dios, y que su vida no le pertenecía. Sin el último día, el hombre habría continuado trabajando y ambicionando cada vez más y más. Hoy en día, es valioso recordar estas dos verdades, para que no nos encontremos atrapados en la rutina y esforzándonos por acumular más y más para nosotros mismos. Este mundo que Dios nos dio, no es nuestro; nuestro trabajo, y el fruto que obtengamos de él, tampoco nos pertenecen; y nuestra vida, el tiempo que disfrutemos aquí en la tierra, tampoco es nuestro. Dios es el gran Señor y Creador de todo lo que hay, y le debemos todo lo que tenemos a Él. Estas dos, el árbol y el sábado, fueron las señales del primer pacto con Adán.

Siempre los pactos que Dios ha establecido en la historia han implicado a un pueblo que es representado por una cabeza. En el caso de Abraham, el pueblo de Israel, en el caso de Aarón, todos los sacerdotes, en el caso de David, los reyes de la tribu de Judá, En el caso de Adán, él era la cabeza de toda la humanidad.

Hay quienes tienen problemas para aceptar esta verdad. Dicen en sus corazones “¿por qué se me juzga a mí por algo que yo no hice? Yo no escogí ser parte de ese pacto con Adán. Si él cayó, fue problema suyo, no mío. ¿por qué tengo que llevar yo una herencia de pecado que no pedí?” Hermanos, Dios siempre ha trabajado de esa manera, y si alguno desearía no ser parte de ese pacto con Adán, de igual manera se estaría oponiendo al pacto que nos ha redimido en Cristo Jesús. Al igual que Adán fue cabeza de la humanidad, ahora Jesús es en el mismo sentido la Cabeza del Pacto de Gracia con la Iglesia. Porque como por un hombre entro la muerte al mundo, así también por un hombre, Cristo, entra la vida y el perdón de pecados para con los escogidos de Dios. Si el pacto con Adán no nos afectara a todos, tampoco nos afectaría el pacto con Jesús, Cabeza de la Iglesia. Todo estaba en el plan de Dios desde el principio, para alabanza de Su gloria.

Recordemos que en todo esto, la mujer todavía no existía. El hombre recibe la tarea de nombrar a toda criatura que Dios le trajo, y lo hace pero no encuentra entre ellas ninguna criatura que este a su nivel. Es entonces cuando Dios crea a la mujer de la costilla del hombre. La mujer fue creada de la misma esencia del hombre, compartían la misma naturaleza. Por eso, el hombre al verla declara, “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona,porque del varón fue tomada.” La mujer también fue creada con una función distinta a la del hombre. Ella habría de ser ayuda idónea para él. Nótese que la misión que Dios le da al hombre, se la da antes de que siquiera existiera la mujer. Del hombre era la responsabilidad de labrar y guardar el huerto; de la mujer era la responsabilidad de brindar ayuda al hombre, que no podría lograrlo en soledad. “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.” En ese momento, el hombre no era superior a la mujer ni viceversa; simplemente tenían funciones diferentes. Al igual que un árbol de pera sólo produciría peras, y uno de manzanas daría sólo manzanas, el hombre era responsable de la creación ante Dios, esa era su función, y la mujer debía ser ayuda para el hombre, esa era su función.

La comprensión de esta distinción y su correcta asimilación en nuestros corazones, debe producir en nosotros el rechazo por dos corrientes mundanas, una de las cuales ya mencioné. Primero, el homosexualismo pierde cabida, ya que el hombre no puede cumplir la función de la mujer, ni la mujer la función del hombre. Entonces no se satisfará la necesidad de ayuda idónea de un hombre por otro hombre, ni la necesidad de una cabeza de una mujer por otra mujer. “Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer“. En esa sola frase se encierra toda la idea de la familia que Dios tenía en mente.

El otro movimiento que cae es el del feminismo; la idea de que la mujer, ya que es igual al hombre, puede cumplir con las mismas funciones que el hombre. Pregunto: ¿Por qué querría la mujer llevar sobre sí doble responsabilidad? Ya es responsable de su función como ayuda idónea, y ahora quiere llevar la responsabilidad del hombre también. El hombre es responsable ante Dios por “labrar” y “guardar” su casa, y la mujer debe procurar ser su ayuda en esa labor pesada que le corresponde a su marido, y hacerla más fácil para él. Ahora, debemos también ser conscientes de que los hombres, especialmente en nuestras culturas latinoamericanas, brillan por su ausencia en los hogares, y esto ha obligado a muchas mujeres a tomar sobre sí la responsabilidad que no les toca. En parte es culpa de los hombres, que somos lentos para actuar como cabezas, y que no tomamos la tarea que nos toca, el que ahora la mujer no sólo tenga que, sino que quiera llevar toda la carga familiar sobre sus hombros. Todo esto no es más que otro resultado de la caída del hombre.

En la próxima entrada veremos la caída de Adán y Eva al incumplir las que eran sus responsabilidades. Satanás se mete y ataca cada una de las distinciones que hemos mencionado antes y aliado con el hombre y la mujer dañan lo que Dios había creado. Pero al final, Dios deja una luz de esperanza que señala a Jesucristo.

Esta es la primera de lo que pretendo será una serie de escritos basados en en libro de Génesis. Espero que sean de bendeción para todos los lectores.

Como muchos saben, Génesis significa principio u orígenes. De hecho, el primer verso de este libro dice eso exáctamente: En el principio… Tampoco es casualidad que sea el primer libro que aparece en nuestras Biblias.

Este libro fue escrito por Moisés junto con los otros libros que forman el Pentateuco o la Ley. Esta demás decir que no fue escrito en el principio del mundo, sino que se escribió unos mil seiscientos años después de la creación. Quizá nos sirva un poco entender cómo era el mundo durante esa época.

En ese entonces las religiones eran todas idólatras, politeístas, que adoraban a reyes que seconsideraban semidioses, y adoraban animales. Todas esas religiones estaban marcadas por una pronunciada inmoralidad sexual. Dentro de esos movimientos se creía que debían darles a sus dioses para que ellos les bendijeran. La salvación se ganaba mediante complacensia; era como un sistema de trueque. Tenían los dioses de la fertilidad, de las cosechas, que pedían sacrificios y ofrendas para derramar sus bendiciones sobre la tierra. Eran dioses egoístas y caprichosos, entre ellos estaban BaalAstarot.

Básicamente existían dos tipos de religión. La religión pagana que se conoce gracias a la historia, y la religión cristiana que es revelada. La religión pagana fue un invento, una creación de los hombres, con algunos vestigios de verdad. La religión cristiana se reconoce por medio de un libro, el cual es revelado por aquel único que estaba en el principio y nos puede contar lo que sucedió, es decir, Dios mismo.

Hoy día existe una evolución de ese paganismo, en el que no usan ya el nombre de Baal ni deAstarot, sino que han reemplazado a esos dioses por uno a quien llaman Dios, y lo confunden con el Dios de la Biblia (incluso utilizan la Biblia para predicarlo), pero es muy diferente del Dios deAbraham, Isaac y Jacob. Es un dios caprichoso y egoísta, que pide ofrendas, ofreciendo trueque por la salvación. El paganismo sigue vigente y se propaga, pero ahora con Biblia en mano. Y muchos, creyendo que son cristianos, van en pos de falsos profetas y maestros de este dios, ungidos apóstoles que dedican sus predicaciones a promover el intercambio con aquel dios inventado, tergiversando las palabras del Dios verdadero y confundiendo y engañando incluso a los escogidos.

El Génesis es un libro histórico también. Como cristianos, debemos aproximarnos al Génesis (y a la Biblia en general) para conocer la historia. En contraste con esto, la religión pagana sólo quiere vivir y SENTIR el momento, sin interés por la historia. Es un movimiento místico, que se enfoca en las EMOCIONES sin importar el cómo ni el porqué. Pero la religión bíblica es histórica. Es cierto que Dios nos hace sentir, pero lo que produce en nosotros tiene contenido. No son simples emociones vacías y sin razón. No es éxtasis, ni pérdida del control, ni perdida del conocimiento, ni balbuceos, ni mareos, ni caídas… podría seguir… Dios nos relata en Su Palabra quién es Él y qué ha hecho, y trae una experiencia muy diferente. El cambio en nuestras vidas no se basa en una emoción pasajera, sino en lo que Dios ha hecho. Es una historia real, registrada y dada a conocer por el propio autor.

Algunos se podrían pregunta: ¿Por qué Dios no empezó Su libro con la revelación de Jesucristo? ¿Por qué pasar por la molestia de contarnos todo lo anterior antes de hablarnos del Redentor? Bueno, porque es necesario conocer primero al Creador para poder conocerle luego comoRecreador. Es necesario comprender cómo estaba el mundo “en el principio” para comprender donde está ahora. Nuestra religión es histórica, nuestro Dios es un Dios que actuó, actúa y seguirá actuando en la historia, con y a través de personas reales, que va más allá de una experiencia momentánea, sino que se desenvuelve y se revela a lo largo de toda la historia de la humanidad, desde el principio y hasta el fin. Este será nuestro enfoque al estudiar el libro de Génesis.