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El milagro

El hombre fue creado para ser el representante de Dios en la tierra, su imagen. Pero prefirió darle la espalda a Dios. Sin embargo, Dios, en su infinita sabiduría, en el consejo eterno de su voluntad, tenía un plan trazado que truncaría todos los efectos del pecado y de la muerte. Desde Génesis tres, cuando el hombre y la mujer cayeron, Dios les hizo una promesa en la cual se sostiene el pueblo de Dios: prometió que enviaría a un descendiente de la mujer que sería herido por la serpiente, pero que a su vez este le atinaría un golpe mortal en la cabeza. Jesús de Nazaret es ese descendiente.

Este Jesús era hijo de hombre, pero también era el Hijo de Dios. Siendo hombre, llevó a cabo la representación perfecta que solo él podría realizar. Obedeció a agradó al Padre en todo, sin caer en ningún tipo de tentación, viviendo completamente bajo su voluntad y glorificándole en todo. En ese sentido, vivió nuestra vida, la vida que jamás habríamos logrado vivir, que ni siquiera habríamos querido. Pero no sólo hizo esto, sino que también, siendo completamente inocente recibió sobre Sí el castigo que su pueblo pecador merecía. En aquella cruz, el inocente murió nuestra muerte. Pero morir no fue lo último que hizo. Después de tres días resucitó, y después de haber sido visto por sus discípulos durante cuarenta días después de su muerte, regresó al cielo, donde ha ocupado un lugar de suprema autoridad sobre toda la creación durante toda la historia de la humanidad.

Cuando el Espíritu de Dios ilumina nuestras mentes por medio del evangelio y abre nuestros ojos a la luz de Cristo, de modo que depositamos nuestra fe y confianza en Él para nuestra salvación, entonces somos objetos de un milagro sorprendente. Somos hechos verdaderamente nuevas criaturas, re-creados en Cristo Jesús. Se da un cambio en nuestro interior, y pasamos de ser árboles malos, capaces de dar únicamente frutos malos, a ser árboles regenerados, capaces de producir frutos que glorifiquen a su Creador. Todo esto solo mediante la obra de Cristo. El castigo que pendía sobre nosotros, Cristo lo sufrió, llevando sobre sus hombros todos nuestros pecados, de modo que cuando, por gracia, por medio de la fe, depositamos toda nuestra confianza en Él, somos declarados justos. Es decir, que aquella vida de justicia que Él llevó durante su tiempo en la tierra es puesta a nuestro nombre, de modo que Dios nos ve como hijos justos a sus ojos, no por lo que nosotros hayamos hecho, sino por lo que hizo Cristo en nuestro lugar; y nuestro pecado queda en el olvido, pues nuestro Salvador ya sufrió el castigo por este. Con este milagro de la nueva creación, recibimos una esperanza de gloria. Ahora sí, aquella gloria para la que fuimos creados: glorificar a Dios y gozarnos con Él por la eternidad.

Como puedes ver, el centro de esta historia, el héroe verdadero, el que merece toda nuestra honra y gloria, es Jesucristo, Dios hecho hombre. En Él todo cobra sentido. Él ha venido a reconciliar todo lo que estaba roto: nuestra relación con nuestro Creador, nuestras relaciones entre los seres humanos y nuestra relación con el mundo creado. Todo lo reconcilia consigo mismo, de modo que nada tiene sentido fuera de Él. Cristo es el por qué y el para qué; Él es el que hace que todos esos aspectos de nuestra vida, que de otra forma son inconexos e incongruentes, tengan algún sentido. Porque todo lo que existe, ha existido y existirá, fue creado por medio de Él y para Él.

Colosenses 1:19 es muy claro al enfatizar qué es lo que Cristo reconcilia consigo mismo: todas las cosas. Y por si queda alguna duda, afirma que se trata de todo lo que está en la tierra y todo lo que está en los cielos. Entonces, si todo ha sido reconciliado con Él, el mandato de 2 Corintios 10:5 cobra un sentido especial, particularmente para los hijos de Dios. Dice que debemos poner “todo pensamiento en cautiverio a la obediencia a Cristo”. Es decir, que de ahora en adelante, nuestro punto de partida para analizar y entender cualquier situación será Cristo. Él es ahora nuestro punto de referencia. Es un cambio de cosmovisión. Verás, antes, todo lo filtrábamos a través del yo, yo era la medida de todas las cosas, buscando en todo momento agradarme a mí mismo. Pero ahora, la medida de todas las cosas es Cristo, y así debe ser en mi mente. Esto significa que mis pensamientos, acciones y actitudes van a estar sujetas a Cristo, porque Él está re-creandome a su imagen. Al menos esa debe ser nuestra meta ahora. “Nos negamos a nosotros mismos, tomamos nuestra cruz cada día y le seguimos”.

Esta parte es la más difícil, creo (pero sería imposible de no ser por la obra del Espíritu Santo en nosotros). De ahora en adelante, debemos abandonar nuestra antigua manera de pensar, nuestra antigua manera de entender el mundo. Ya no nos guiamos por los parámetros del mundo. Aquellos anhelos, logros, conocimientos, relaciones, habilidades e incluso la fama que queríamos obtener, deben quedar sujetos a Cristo, para que en todo lo que hacemos, en cada uno de esos campos, sea glorificado el Padre y no nosotros. Es decir, si he de lograr algo en esta vida, que sea para la gloria de Dios. Cualquier conocimiento que adquiera debe ser filtrado y sujeto a Cristo. Las habilidades que tengo, debo usarlas sin duda, pero con el fin de mostrar amor al prójimo y ser de bendición dentro y fuera de la Iglesia. Y es posible que en el camino sea reconocido y obtenga fama, pero lo ideal sería que esa fama delante de los hombres pierda valor comparada con el Reino de los Cielos, del cual soy parte ahora, y cuyo alcance sobrepasa cualquier logro que consiga en este mundo. Así, todo, desde lo más trivial como la ropa que uso o la comida que ingiero, hasta lo más complejo como la carrera que escojo o la persona con la que decido casarme, todo queda sujeto a Cristo, gira en torno a Él, es suyo como yo soy suyo, y debe desembocar en la gloria de Dios.

Para lograr esto, la Palabra de Dios cobra suma importancia. Cómo podemos entender realmente el mundo que Dios ha creado si ignoramos el manual que nos dejó el Creador. Cristo mismo afirmó y validó en repetidas ocasiones la Escritura. Así que, si Él es nuestra máxima autoridad, y Él afirma que la Palabra de Dios debe cumplirse, entonces debemos ajustarnos a estos parámetros. La Palabra de Dios ofrece, ya sea de forma directa o por implicación, guías para cada área de nuestra vida, y un fundamento para cada decisión que tomamos. Si queremos agradar al Padre realmente, debemos saber qué es lo que le agrada, claro está.

Hace un rato usé la palabra cosmovisión. Básicamente significa la manera en que veo o entiendo el mundo. Ahora, la forma en que entiendo el mundo no es solo lo que pienso o creo con respecto al mundo. Lo que realmente creo se verá manifestado en mi carácter y en mi forma de actuar. Ahora, muchos cristianos fallamos en esta parte (y creo que seguiremos fallando de este lado del cielo). Para poner un ejemplo muy sencillo, la cosmovisión bíblica dicta que debo amar al prójimo como a mí mismo. Esto lo saben muchos cristianos, pero conocer esta verdad no significa que esta sea su cosmovisión. Para que esto se cumpla en mí, no solo debo saber que debo amar al prójimo, sino que también debo amar al prójimo realmente, de modo que mi forma de actuar para con el prójimo, cómo hablo con él, cómo le sirvo, como me expreso de él, todo debe mostrar ese amor que se supone que tengo por él. Entonces, como verán, no se trata solo de afirmar una verdad, se trata de mi conocimiento, mi corazón y mi cuerpo resonando en la misma frecuencia, eso es cosmovisión. Y cuando esa resonancia se da en torno a lo que Cristo enseña, eso es cosmovisión cristiana o bíblica. Como dije, de este lado del cielo, alcanzar ese tipo de resonancia nos resulta imposible a causa del pecado que sigue asomando la cabeza. Cada vez que nos percatamos de una falta de resonancia con la voluntad de Dios (pecado) debemos reaccionar en arrepentimiento y fe. Arrepentimiento para reconocer nuestra falta de perfección ante la santidad de Dios, y fe para confiar en la obra de Cristo como lo único que evita que seamos consumidos por la ira de Dios, como lo único que nos acerca a Él como Padre. Y también confiamos en que su Espíritu que hoy habita en nosotros, está haciendo una obra continua que no quedará inconclusa, haciendo que nuestro conocimiento de la Palabra sea asimilado en nuestro ser tan profundamente que todo lo que hagamos honre ese al autor de esa Palabra. En ese sentido, el Espíritu de Cristo está haciendo un milagro en nosotros todos los días. (Continúa…)

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Sobre Toda Cosa Guardada

Publicado: septiembre 19, 2010 en Notas de Sermones
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(Estas son las notas que tomé durante una conferencia bíblica a la que asistí este fin de semana: No quise cambiar mucho la redacción para no escribir nada que no fuera dicho por el conferencista (Su nombre es Bill Yarbrough), así que si en ocasiones parece que las cosas no están bien redactadas, es porque son mis notas casi tal cual las tomé durante su charla. Espero que sean de bendición para los lectores.)

Proverbios 4.23 dice “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.”

Una prioridad en nuestra vida cristiana debe ser, de entre todas las cosas valiosas que guardamos, debemos guardar nuestro corazón, porque todo mana de ahí. Todo en la vida nace del corazón. Tener éxito en la vida matrimonial parte del corazón; empezar una nueva congregación nace y depende del corazón; un buen liderazgo proviene del corazón. Todo, absolutamente todo parte del corazón. De hecho, nuestra vida como creyentes empezó cuando Dios agarró nuestro corazón en Cristo.

Dos peticiones deben estar siempre presentes en nuestras oraciones:

Primero, debemos pedirle a Dios que nos haga amantes de la gente. Esto puede ser en ocasiones fácil, y en ocasiones difícil. Y es que no queremos simplemente soportar a la gente, sino amarlos de corazón. Debemos ser capaces de abrazar a nuestros enemigos en oración,  de corazón. Que Dios nos haga amantes de la gente.

Segundo, debemos pedirle que nos ayude a morir como personas humildes. Debemos entender que todo lo que tenemos es un regalo, que no hay nada que tengamos que hayamos recibido. A pesar de saber esto, nos es muy fácil ser orgullosos, y presumir de lo que tenemos, como si lo hubiéramos ganado con nuestro propio esfuerzo. Como líderes nos gusta legislar, mandar, que los demás hagan nuestra voluntad; pero no nos gusta lavar los pies de los demás. Que Dios nos ayude a ser personas humildes.

Cuando pensamos en que del corazón mana la vida, debemos entender que todo nace de ahí. Nuestra adoración como cristianos nace del corazón. Un tema de mucha disputa entre las iglesias, y específicamente entre las generaciones dentro de las iglesias, es el de la adoración. Se pregunta con frecuencia, ¿cuál es la adoración que es importante? En realidad es un asunto del corazón. Al igual que todo lo demás: el servicio, la vida en el hogar, la plantación de iglesias, el trabajo en equipo, todo nace del corazón.

Debemos estar conscientes de nuestro corazón. La vida entera depende de esto. Si buscáramos en nuestras Biblias, en las concordancias, la palabra “corazón”, encontraríamos cientos de referencias. Deuteronomio 6.5 dice “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón…” . San Augustín dijo una vez: “Ama a Dios y haz lo que tú quieras”. Algunos pensarán que esta cita promueve el libertinaje, sin embargo, si uno ama a Dios realmente, puede hacer lo que quiera, pues no querrá hacer nada que vaya en contra de ese amor. Si nuestro corazón está conectado a Dios, podemos hacer lo que queramos, pues nuestro corazón querrá hacer su voluntad. “Él es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.” “No tendrá temor de malas noticias, pues su corazón está confiado…”. También, “Engañoso es el corazón.” Y es que si desconocemos las escrituras, vivimos engañados, pues nuestro corazón es “perverso, y ¿quién lo conocerá?”. “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”. “De la abundancia del corazón habla la boca.” “Porque del corazón salen los malos pensamientos…”. Esta maldad de nuestro corazón no cambia por nuestra fuerza, sino por la obra de Dios en nosotros.

“Nuestra sabiduría consiste casi completamente de dos partes: primero, el conocimiento de Dios, y segundo, el conocimiento de nosotros mismos. Pero como estos están tan conectados entre sí, es difícil saber cuál de los dos precede y da origen al otro.” En su palabra Dios se ha rebelado, pero también nos ha rebelado a nosotros mismos. Podemos conocerle a él, pero también podemos conocernos mejor a nosotros mismos. Y es que nuestro concepto de Dios está muy relacionado con nosotros mismos. Un ejemplo: cuando yo peco, pienso en Dios como aquel que todo lo perdona, cuyo perdón es infinito, y soy rápido para apreciar y recurrir a ese perdón. Pero cuando mi hermano peca, pienso en Dios como aquel que condena todo pecado, que de ninguna manera tendrá por inocente al culpable, y soy rápido para juzgar, condenar y ejecutar a mi hermano.

Algo que debemos aprender, y tener siempre muy presente, respecto al conocimiento que debemos tener de nosotros mismos, es que somos peores de lo que podemos imaginar. Dicho con amor: Tú eres peor de lo que puedes imaginar. La buena noticia es que Dios justifica a los pecadores. El que me salvó es el mismo que me sostiene, no por lo que yo soy, sino por lo que Él es.

No debemos ser superficiales

Ser superficial es ser poco profundo, que no deja ver todo lo que hay, que aparenta ser real o genuino, de poca sustancia. Como seres humanos sentimos que es mucho más seguro ser superficiales. Sin embargo, la obra de Dios se da a un nivel nada superficial, él va cambiándonos profunda y continuamente. Debemos practicar lo más importante: entregarnos de corazón. Debemos pedirle a Dios que en nuestra relación con él y con los demás nos permita ir más profundo.

Algo positivo que tenemos las iglesias cristianas es el discipulado. Aprendemos versículos, escuchamos historias, hablamos de doctrina, enfatizamos cosas como la obediencia, la fidelidad, la formación de carácter, la ofrenda, el tiempo devocional, entre otras. Sin embargo, hemos sido pobres en cuanto a hacer un discipulado emocional de arrepentimiento, de aceptar corrección, de madurar emocional y espiritualmente.

Una persona emocionalmente inmadura:

  • Usa las obras para esconderse de los demás. Pasa tan ocupado haciendo y haciendo que no dedica tiempo a las personas. Deja de lado a su familia y amigos.
  • Pasa tan ocupado que no rinde cuentas a nadie. Pasa solo y le es fácil pecar sin hacerse responsable ante nadie.
  • Ignora, niega o cubre relaciones dolorosas. Todos somos el resultado de nuestra historia, y todos nos hemos relacionado con muchas personas. En medio de tanta gente, pueden surgir relaciones que realmente son dolorosas, relaciones que nos han herido, relaciones que han dejado una marca amarga en nosotros.
  • No acepta su pasado. Dios ha estado en control de todo lo que nos ocurre. Nuestra historia es más bien la historia de su obra en nosotros. Debemos aprender a aceptar lo que hemos hecho, lo que hemos vivido, y ser genuinos en ello.
  • No habla con los que le ofenden. Prefiere no confrontar a los que le han hecho mal. Guarda todo su rencor.
  • Solo trabaja por trabajar, pero no le nace del corazón. Sus obras no nacen de una verdadera adoración.

Una persona emocionalmente madura:

  • Reconoce que es peor de lo que piensa.
  • Reconoce lo que es y lo que no es. Acepta sus fortalezas y sus limitaciones con sinceridad.
  • Puede nombrar, reconocer y enfrentar sus sentimientos.
  • Puede iniciar relaciones con otros y mantenerlas. Es muy sencillo empezar una relación con alguien cuando se conocen poco, pero es más difícil mantener esa relación después de años, cuando se conocer los defectos, se han vivido errores, se ven las fallas, y demás. El maduro es capaz de abrir las llagas y ser honesto con lo que sucede.
  • Desarrolla la capacidad de dar a conocer sus sentimientos con palabras y expresiones.
  • Pide lo que necesita o quiere de manera clara.
  • Evalúa sus fortalezas y sus debilidades.
  • Aprende a llorar y lamentarse de manera correcta.

¿Que podemos hacer para ir más profundo?

El cristianismo es una fe del corazón, no es solo doctrina, escritura, cultos… aunque esto es importante.

“Confesaos vuestras ofensas (pecados) unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.” Santiago 5.16

Debemos buscar a alguien con quien podamos platicar. Si somos líderes, debemos buscar a un consiervo con quien podamos hablar de nuestras luchas, de nuestras debilidades, de nuestros pecados. Debemos aprender también a ministrar desde nuestra vulnerabilidad. Hay tres cosas que son claves para lograr esto:

Primero, la clave es la gracia de Dios que nos sostiene. Nada que hagas puede hacer que Dios te ame más, y nada que hagas puede hacer que Dios te ame menos. Dios te ama cuando estás bien y te ama cuando estás mal. Este punto es fundamental. Dependemos de la obra de otro, Cristo. Él está comprometido con nosotros, aún más que nosotros mismos.

Pensemos en la iglesia de Corintios por un momento. ¿Cuáles problemas enfrentaba esa iglesia? Divisiones, contiendas, idolatría, adulterio, orgullo, vanidad, irreverencia durante la cena del Señor, abusos, y muchas cosas más. Sin embargo, si vemos la introducción de Pablo en su primer carta a esta iglesia tan imperfecta, él dice a la iglesia de Dios que está en Corinto, “a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.” A pesar de todos nuestros pecados, a pesar de todas nuestras imperfecciones, somos la iglesia de Cristo, somos llamados a ser apartados para Dios, son santificados en Cristo, Él es nuestro Señor y Dios es nuestro Padre.

En segundo lugar, debemos considerar las promesas de Dios. Ahora, no se trata de las promesas equivocadas. Dios no nos promete prosperidad económica, como muchos predican hoy en día. Tampoco promete sanarnos físicamente, aunque lo puede hacer, y lo ha hecho. Pero sí promete que la buena obra que empezó en ti y en mí, la perfeccionará. Su promesa es la que me define, no mi pecado. “Fiel es Dios que nos confirmará.” Él hará mis caminos derechos, hasta el final. El celo de Jehová de los Ejércitos hará esto. Estamos bañados en su promesa.

En tercer lugar, debemos conocernos a nosotros mismos. ¿Cómo conoceré el gran perdón de Dios si no reconozco mi gran pecado? Conforme avanzamos en la vida cristiana, hay dos conocimientos que se oponen y crecen juntamente. Conforme más avanzo en mi vida, más conozco acerca de mí mismo, de mi maldad, de mi pecado, de mi miseria, de mi imperfección, de mi necesidad de Dios, de mi indignidad. Y conforme crezco en ese conocimiento, al mismo tiempo conozco más acerca de Dios, de su santidad, de su gracia, de su amor, de su misericordia, de su fidelidad, de su gloria. Y el abismo entre estos dos conocimientos hace que la cruz de Cristo se vea cada vez más y más grande. Porque es solo por medio de su sacrificio en la cruz, que una persona tan vil como yo puede acercarse a alguien tan santo como Dios.

LA GRACIA

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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¿Alguna vez les ha sucedido que Dios les dice exactamente lo que necesitaban estuchar, ya sea por medio de Su Palabra, o por la predicación de algún hermano, o por la exposición de algún invitado especial? Estoy seguro de que sí les ha sucedido. Bueno, en esta ocasión me tocó a mí recibir de Dios un par de golpes en la cara para despertar.

Bueno, no es difícil darse cuenta de que llevo bastante tiempo sin escribir en el blog. Si no me creen, pueden fijarse en la última entrada, que fue publicada en Noviembre (creo) del año pasado. Y ya estamos en Marzo. Pues bien, usaré este medio para confesar la razón, y la vez compartir cómo Dios me ha redargüido hoy.

Caí. Durante el último año o más he caído en la tentación de creer que puedo y debo hacer algo para ganarme el favor de Dios. Creo que a todos nos ha sucedido, y nos sucede continuamente. Queremos, por nuestros propios medios, ganarnos el favor de Dios. Ahora, yo sé que la salvación es por gracia. Por supuesto, no me atrevería a afirmar lo contrario. Sé que para acercarme a Cristo, el Espíritu Santo tiene que conquistarme y darme la fe, y sólo por su obra recibo de Dios el don de la salvación. No es por obras para que nadie se gloríe. Está claro.

El problema no se centra en la fe salvadora, y cómo esta nos introduce al reino de Jesucristo. El problema fue que, después de saber que era salvo, me vi expuesto ante una realidad que no lograba asimilar: sigo siendo pecador. Algunos dirán, claro, uno no es perfeccionado inmediatamente, entra en el proceso de santificación, y avanza poco a poco. Sí. Eso lo sabía. Pero el problema era que lejos de avanzar, veía en mí mismo un retroceso. Lejos de quedar libre del pecado, me encontraba cada vez más enredado en él. Y esa maldad que siempre presente en mí, me llevó a pensar que quizá no era digno de llevar a cabo las obras a las cuales Dios me ha llamado. No dudé de mi salvación, dudé de mi utilidad para el reino. Pensé que para Dios iba a ser difícil utilizarme en el estado en que me encontraba. Y me hundí.

Llevaba bastante tiempo en esta lucha, y cada vez era más difícil, más intensa. Y cada vez era más secreta. Creía que no debía admitir mi lucha, que podría ser de mal testimonio, y que no estaría glorificando al Padre. ¡Cuán engañoso es el corazón! Incluso mi llamado al pastorado se vio nublado por mi duda y mi reproche. Llegué a pensar que quizá Dios me había desechado. Que lo que alguna vez puso en mi corazón, lo había retirado por motivo de mi maldad. ¿Cómo podría un pecador como yo guiar a otros a Cristo, si yo mismo no soy capaz de seguirlo. Y me hundí más.

He intentado luchar contra mis pecados con mis propias fuerzas. Pero hace poco encontré en los salmos un pasaje que habló a mi corazón, y hoy cobró sentido total. El Salmo 44:6 dice “Pues no confío en mi arco, ni mi espada puede salvarme.” Hoy, en una conferencia bíblica que se estaba celebrando en nuestra iglesia, el hermano conferencista estuvo hablando de la gracia. Y hubo especialmente un pasaje que llamó mi atención y trajo lágrimas a mis ojos. Ahora me pregunto cómo pude pasar por alto algo tan sencillo, básico, y clave para la vida cristiana. El pasaje se encuentra en Colosenses 2:6, y dice, “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él.”

Pregunto: ¿Cómo recibimos al Señor Jesucristo? ¿Hubo algo que pudimos hacer para recibirle? ¿Teníamos algo que ofrecer? No. Sabemos que la salvación la recibimos por gracia. Y de esa misma manera debemos andar. Cuando vimos a Cristo por primera vez, vimos todas nuestras faltas, nuestros pecados, nuestras debilidades, que por el amor de Dios fueron puestas sobre su Hijo, de tal manera que sufrió el castigo justo que nosotros merecíamos, para que por su sacrificio fuésemos libres de condenación, y en su resurrección obtuviéramos vida. Pero la gracia no se queda ahí. Como dijo el predicador, la historia completa del hombre, desde el Génesis hasta el final, es la historia de la gracia de Dios.

De la misma manera andad en él. Así como recibimos la salvación por gracia. Así también debemos vivir conscientes de que no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más. Y mejor aún, no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos. Esta realidad golpeó mi corazón y lo hizo pedazos. Ninguna cosa creada me puede separar del amor de Dios, en Cristo Jesús; ni siquiera yo. Y es que Dios nunca me ha amado por causa de mí mismo, sino por causa de Sí mismo. Yo no tengo nada especial que ofrecer, si ofreciera algo estaría completamente manchado por mi propia iniquidad. Solo puedo dar pecado, maldad, corrupción, suciedad. Dios me ama por causa de Sí mismo, y porque hubo uno que sí pudo hacer lo que yo jamás habría podido hacer. Y cuando Dios me ve, en mis delitos y pecados, haciendo lo que no quiero, y no haciendo lo que quiero, Él ve a Jesucristo en mí, y Su justicia en mí.

Me quito la máscara. Soy un pecador de primera, y el peor de los peores. Mi maldad no tiene comparación, y la vergüenza que he traído sobre mí es grande. Pero nunca se ha tratado de mí. La gloria no tiene porque ser mía. Que Dios se glorifique en mis debilidades. Que cuando la gente vea a este pecador, dirija su mirada al Dios de amor que envió a Su Hijo para salvarlo. No soy mejor que nadie. No más hipocresía y falsa santidad. En mi corazón no hay bondad, ni generosidad, sino egoísmo y vanagloria. Soy pecador, y no tengo nada de qué estar orgulloso en mí mismo. Digo ahora junto con Pablo, “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.” Porque en Cristo Jesús mis caretas no valen nada.

No hace mucho le confesé a un alumno mi lucha. Resulta que llevaba cierto tiempo aconsejándolo, pero siempre había temido decirle que yo pasaba por lo mismo. Bueno, hace poco se lo dije, y hubo un cambio en nuestra relación. Ahora no me ve solo como un consejero ajeno a su situación, sino como alguien que lucha con lo mismo, y que sabe exactamente por lo que está pasando. Y ahora juntos podemos dirigir nuestra mirada a Cristo, sabiendo que no es por nuestra cara bonita que hemos sido llamados, sino por la sola gracia de Dios, y por la sola y perfecta obra de Jesucristo, MÁS NADA. Que la gloria sea siempre y toda Suya.

Lo que Satanás hizo en el huerto sigue siendo su esquema para engañar y lo ha sido por todas las generaciones. Es importante prestar especial atención a este engaño, ya que así podremos identificar y señalar con propiedad las mentiras que plantea hoy, y que en realidad, no ha cambiado mucho.

LA TENTACIÓN

Satanás empieza su proceso en Génesis 3, donde procura deshacer las distinciones que Dios había establecido:

I. “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” Cuestiona la Palabra de Dios, intentando romper disimuladamente la distinción entre palabra de Creador y palabra de criatura. La pregunta que Satanás plantea no es una pregunta sincera, sino una pregunta llena de malicia y planteada con el único propósito de poner en duda lo que el Creador había dicho. ¿Acaso no sigue siendo este su modo de operar? ¿No sigue poniendo en duda el contenido de la Palabra de Dios, la Biblia?

Me contaron de un artículo que sacaron los testigos de Jehová hace cuyo título era: Seis mitos del Cristianismo, y entre ellos mencionan el nacimiento virginal, la deidad de Cristo, la Trinidad, y el castigo eterno. ¿Acaso no están poniendo en duda la Palabra de Dios de forma abierta, con fábulas nacidas de corazones malvados que no quieren aceptar la autoridad de la Biblia?

II. “Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.” Satanás busca primero a la mujer, y ella se presta para conversar. El rol de Eva no era el de cabeza, sino el de ayuda idónea, pero ella no toma su rol, sino que se deja llevar y pretende ser la que manda. En lugar de buscar a su marido, toma la situación en sus propias manos. Aquí Satanás está negando la distinción entre hombre y mujer.

III. “No moriréis” Ahora Satanás niega abiertamente la Palabra de Dios, y no sólo eso, sino que niega el castigo por desobedecer. Con estas palabras deshace la distinción entre Palabra de Dios y palabra de criatura. Eva tiene ahora dos opciones: creer lo que le fue comunicado, posiblemente por Adán, acerca de lo que Dios había dicho, o creer esta “nueva revelación” que Satanás le está dando.

Una de las mentiras más antiguas que Satanás ha sembrado en los corazones de la humanidad es la idea de que Dios no castiga. Que el infierno no existe, porque si Dios es bueno y es amor, ¿cómo podría haber creado un lugar de sufrimiento eterno? Estos cuestionamientos no son menos que un eco de aquellas palabras en el huerto: “No moriréis”. Dios es un Dios justo que juzga con justicia. No debemos olvidar que si bien es cierto que Dios es amor, también es cierto que es tres veces Santo, y que nunca su amor pasa por encima de su santidad ni viceversa. Para salvarnos del castigo eterno, primero tuvo que satisfacer su justicia con la muerte de su propio hijo. Nunca quitó el castigo, sino que lo impuso sobre el Cordero que fue propiciación por nuestros pecados.

IV. “Serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” La parte con menos sentido lógico de la tentación fue la que caló más profundamente en el corazón de Eva. ¿Acaso no tenían ya sus ojos abiertos? ¿Acaso no podían ver lo que había a su alrededor? ¿Cómo que serán abiertos nuestros ojos? “Sí, serán abiertos, podrán ver realmente, no lo puedo explicar, se abrirán sus ojos espirituales” ¿Qué quería decir con “y seréis como Dios”? ¿Acaso no habían sido creados a imagen de Dios? ¿No es cierto que de todas las criaturas ya tenían una posición privilegiada en Dios? “Sí, pero ahora serán como dioses, estarán iluminados, es un estado espiritual especial, diferente, tienen que vivirlo para entenderlo” y por último: “sabiendo el bien y el mal”. ¡Ah, qué bien! ¿Es que no conocían el bien ni el mal? ¡Claro que lo conocían! Lo bueno: no comer del árbol, lo malo: comer, desobedecer a Dios, y morir. “Sí, pero ahora podrán ver de verdad, ser pequeños dioses, iluminados, y entenderán los misterios, el secreto, cosas que ahorita no entienden, no lo puedo explicar, deja de cuestionar mis palabras con razonamientos lógicos y come del fruto que te ofrezco, sólo así entenderás”. Esta tentación no eran más que palabras vacías, y sin embargo se sigue escuchando el mismo susurro en cada secta, cada falsa religión, cada cultura, todas utilizan el mismo vocabulario: ojos abiertos, ser como dioses, conocer el bien y el mal.

Da temor pensar en cómo estas tonterías se han introducido incluso en la iglesia cristiana de hoy, dando nacimiento a un pseudo-cristianismo plagado de misticismo y rituales que distan poco deotras religiones paganas. Debemos enfocarnos en lo que realmente enseña la Palabra de Dios, y colocar eso como base para nuestro andar cristiano. No nos dejemos engañar por las mentiras disfrazadas que Satanás ha plantado, y no nos dejemos llevar por los falsos maestros de nuevas corrientes que en el nombre de Dios y con la Biblia en la mano, niegan abiertamente las verdades reveladas por Dios a través de los siglos.

El resultado de la tentación todos lo conocemos. Eva comió del fruto y le dio a su marido para que también comiera.  El versículo 6 da a entender que Adán no estaba lejos de Eva cuando ocurrió la tentación. Y es cierto que sus ojos fueron abiertos, pero no para iluminación y alcanzar una posición honrosa, sino para vergüenza. Conocieron su debilidad, su condición indefensa, su separación de Dios, su desnudez. Por eso, después de haberse hecho unos tristes delantales con hojas, al oír la voz de Dios, se esconden.

UNA ESPERANZA

En este proceso Dios busca restablecer lo que Satanás se había encargado de dañar en los corazones de Adán y Eva.

Dios empieza por llamar a Adán, no a Eva, pues el encargado de cuidar el huerto y protegerlo de la serpiente era él. Llama al hombre y le pide cuentas. Este se encontraba escondido y al escuchar a Dios pone en evidencia su nueva condición: “tuve miedo, estaba desnudo, y me escondí.” Dios, como dándole la oportunidad de reconocer su fallo y arrepentirse de su pecado, le pregunta (como si no supiera): ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mandé no comieses? Pero Adán  es rápido en quitarse del centro de atención y echa la culpa a otro. Y digo a otro, porque aunque pareciera en primera instancia que está culpando a Eva, en realidad está culpando a Dios por lo que sucedió: “la mujer que me diste“.

Ahora Dios se vuelve a la mujer y le pide cuentas. Pero Eva, siguiendo el ejemplo de su marido, busca echar la culpa a su nuevo amigo que la había traicionado y la había engañado.

Entonces, ante la falta de arrepentimiento en ambas sus criaturas, Dios empieza a pronunciar sus castigos, todos símbolos de la muerte que habían entrado a la humanidad. Empieza por la serpiente, Satanás, a quien proféticamente condena a arrastrase y comer polvo el resto de sus días. Desde el principio Satanás ha sabido que está destinado al fracaso y a la derrota. Luego rompe la relación que se había hecho entre la mujer y la serpiente, declarándolos enemigos por siempre. Y termina ofreciendo una promesa de esperanza: uno de la simiente de la mujer vendría, y aunque sería herido en el calcañar por la serpiente, al final este le aplastaría la cabeza.

A la mujer le multiplica sus dolores de parto, y restablece su relación con su marido, sometiéndola a él. Que el marido se enseñoree de su mujer se cumple en todas las parejas, el problema es que muchos varones se enseñorean de sus mujeres utilizando como medios la agresión y la violencia física. El marido cristiano debe saber ser cabeza de su hogar, pero utilizando como medios la justicia, la santidad, y el amor, sin abusar de su mujer, sino tratándola como Cristo a su iglesia, velando por su bienestar en cada decisión, procurando su crecimiento espiritual, y estando siempre dispuesto a dar su vida por amor a ella. Esto hará más fácil para la mujer negar su propio orgullo y echarse en los brazos de un marido que realmente la ama y que está dispuesto a cuidar de ella con su propia vida.

Al hombre lo castigó en su trabajo. No es que el trabajo sea el castigo, sino que el castigo recayó sobre el trabajo que ya debía llevar a cabo. Seguiría labrando la tierra, pero ahora lo haría con sudor, y la tierra no siempre produciría frutos buenos. Y finalmente, la muerte sería su destino final, “porque polvo eres, y al polvo volverás”.

En el versículo 21 se hace como un preámbulo de lo que sería necesario para restablecer la relación entre el hombre y su Creador, a saber, el derramamiento de sangre. Para cubrir la debilidad del pecado del hombre, su desnudez, Dios derrama la sangre de animales y con sus pieles viste al hombre y a su mujer. Desde ese momento se ve claramente que el autor, dador y consumador de la salvación de sus hijos sería el mismo Dios, y que él mismo proveería los medios necesarios para redimirlos. Ningún delantal hecho de hojas secas por manos humanas es suficiente para cubrir la desnudez del pecado del hombre; se necesita la intervención directa de Dios, quien derramando sangre inocente del Cordero inmolado en propiciación por los pecados, viste a sus hijos con túnicas nuevas, hechas de Su propia mano.

El resultado final del pecado fue la separación de Dios de sus criaturas. Él los saca del huerto del Edén, que era el santuario santo donde comían del árbol de la vida y caminaban con Dios, y les cierra la entrada poniendo un ángel y una espada encendida. El que quisiera entrar tendría que ser degollado e incinerado. Y es que el pecado manchó de tal manera al hombre, que la única manera de presentarse ante Dios sería que no quedara nada de él. Como aquel animal que era ofrecido en holocausto sobre el altar, como sustituto de algún pecador, a la entrada del tabernáculo, que debía ser degollado, su sangre derramada, desollado, lavado, y finalmente completamente incinerado.

Seamos conscientes de la gravedad que implica nuestro pecado delante de Dios, y sólo así entenderemos el verdadero significado de la muerte de Cristo en la cruz, quien se ofreció totalmente como sustituto y recibió sobre sí toda la ira del castigo, para darnos vestiduras santas y asegurarnos entrada a la presencia de Dios donde comemos del árbol de la vida eterna y andamos con Él.