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Lo que Satanás hizo en el huerto sigue siendo su esquema para engañar y lo ha sido por todas las generaciones. Es importante prestar especial atención a este engaño, ya que así podremos identificar y señalar con propiedad las mentiras que plantea hoy, y que en realidad, no ha cambiado mucho.

LA TENTACIÓN

Satanás empieza su proceso en Génesis 3, donde procura deshacer las distinciones que Dios había establecido:

I. “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” Cuestiona la Palabra de Dios, intentando romper disimuladamente la distinción entre palabra de Creador y palabra de criatura. La pregunta que Satanás plantea no es una pregunta sincera, sino una pregunta llena de malicia y planteada con el único propósito de poner en duda lo que el Creador había dicho. ¿Acaso no sigue siendo este su modo de operar? ¿No sigue poniendo en duda el contenido de la Palabra de Dios, la Biblia?

Me contaron de un artículo que sacaron los testigos de Jehová hace cuyo título era: Seis mitos del Cristianismo, y entre ellos mencionan el nacimiento virginal, la deidad de Cristo, la Trinidad, y el castigo eterno. ¿Acaso no están poniendo en duda la Palabra de Dios de forma abierta, con fábulas nacidas de corazones malvados que no quieren aceptar la autoridad de la Biblia?

II. “Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.” Satanás busca primero a la mujer, y ella se presta para conversar. El rol de Eva no era el de cabeza, sino el de ayuda idónea, pero ella no toma su rol, sino que se deja llevar y pretende ser la que manda. En lugar de buscar a su marido, toma la situación en sus propias manos. Aquí Satanás está negando la distinción entre hombre y mujer.

III. “No moriréis” Ahora Satanás niega abiertamente la Palabra de Dios, y no sólo eso, sino que niega el castigo por desobedecer. Con estas palabras deshace la distinción entre Palabra de Dios y palabra de criatura. Eva tiene ahora dos opciones: creer lo que le fue comunicado, posiblemente por Adán, acerca de lo que Dios había dicho, o creer esta “nueva revelación” que Satanás le está dando.

Una de las mentiras más antiguas que Satanás ha sembrado en los corazones de la humanidad es la idea de que Dios no castiga. Que el infierno no existe, porque si Dios es bueno y es amor, ¿cómo podría haber creado un lugar de sufrimiento eterno? Estos cuestionamientos no son menos que un eco de aquellas palabras en el huerto: “No moriréis”. Dios es un Dios justo que juzga con justicia. No debemos olvidar que si bien es cierto que Dios es amor, también es cierto que es tres veces Santo, y que nunca su amor pasa por encima de su santidad ni viceversa. Para salvarnos del castigo eterno, primero tuvo que satisfacer su justicia con la muerte de su propio hijo. Nunca quitó el castigo, sino que lo impuso sobre el Cordero que fue propiciación por nuestros pecados.

IV. “Serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” La parte con menos sentido lógico de la tentación fue la que caló más profundamente en el corazón de Eva. ¿Acaso no tenían ya sus ojos abiertos? ¿Acaso no podían ver lo que había a su alrededor? ¿Cómo que serán abiertos nuestros ojos? “Sí, serán abiertos, podrán ver realmente, no lo puedo explicar, se abrirán sus ojos espirituales” ¿Qué quería decir con “y seréis como Dios”? ¿Acaso no habían sido creados a imagen de Dios? ¿No es cierto que de todas las criaturas ya tenían una posición privilegiada en Dios? “Sí, pero ahora serán como dioses, estarán iluminados, es un estado espiritual especial, diferente, tienen que vivirlo para entenderlo” y por último: “sabiendo el bien y el mal”. ¡Ah, qué bien! ¿Es que no conocían el bien ni el mal? ¡Claro que lo conocían! Lo bueno: no comer del árbol, lo malo: comer, desobedecer a Dios, y morir. “Sí, pero ahora podrán ver de verdad, ser pequeños dioses, iluminados, y entenderán los misterios, el secreto, cosas que ahorita no entienden, no lo puedo explicar, deja de cuestionar mis palabras con razonamientos lógicos y come del fruto que te ofrezco, sólo así entenderás”. Esta tentación no eran más que palabras vacías, y sin embargo se sigue escuchando el mismo susurro en cada secta, cada falsa religión, cada cultura, todas utilizan el mismo vocabulario: ojos abiertos, ser como dioses, conocer el bien y el mal.

Da temor pensar en cómo estas tonterías se han introducido incluso en la iglesia cristiana de hoy, dando nacimiento a un pseudo-cristianismo plagado de misticismo y rituales que distan poco deotras religiones paganas. Debemos enfocarnos en lo que realmente enseña la Palabra de Dios, y colocar eso como base para nuestro andar cristiano. No nos dejemos engañar por las mentiras disfrazadas que Satanás ha plantado, y no nos dejemos llevar por los falsos maestros de nuevas corrientes que en el nombre de Dios y con la Biblia en la mano, niegan abiertamente las verdades reveladas por Dios a través de los siglos.

El resultado de la tentación todos lo conocemos. Eva comió del fruto y le dio a su marido para que también comiera.  El versículo 6 da a entender que Adán no estaba lejos de Eva cuando ocurrió la tentación. Y es cierto que sus ojos fueron abiertos, pero no para iluminación y alcanzar una posición honrosa, sino para vergüenza. Conocieron su debilidad, su condición indefensa, su separación de Dios, su desnudez. Por eso, después de haberse hecho unos tristes delantales con hojas, al oír la voz de Dios, se esconden.

UNA ESPERANZA

En este proceso Dios busca restablecer lo que Satanás se había encargado de dañar en los corazones de Adán y Eva.

Dios empieza por llamar a Adán, no a Eva, pues el encargado de cuidar el huerto y protegerlo de la serpiente era él. Llama al hombre y le pide cuentas. Este se encontraba escondido y al escuchar a Dios pone en evidencia su nueva condición: “tuve miedo, estaba desnudo, y me escondí.” Dios, como dándole la oportunidad de reconocer su fallo y arrepentirse de su pecado, le pregunta (como si no supiera): ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mandé no comieses? Pero Adán  es rápido en quitarse del centro de atención y echa la culpa a otro. Y digo a otro, porque aunque pareciera en primera instancia que está culpando a Eva, en realidad está culpando a Dios por lo que sucedió: “la mujer que me diste“.

Ahora Dios se vuelve a la mujer y le pide cuentas. Pero Eva, siguiendo el ejemplo de su marido, busca echar la culpa a su nuevo amigo que la había traicionado y la había engañado.

Entonces, ante la falta de arrepentimiento en ambas sus criaturas, Dios empieza a pronunciar sus castigos, todos símbolos de la muerte que habían entrado a la humanidad. Empieza por la serpiente, Satanás, a quien proféticamente condena a arrastrase y comer polvo el resto de sus días. Desde el principio Satanás ha sabido que está destinado al fracaso y a la derrota. Luego rompe la relación que se había hecho entre la mujer y la serpiente, declarándolos enemigos por siempre. Y termina ofreciendo una promesa de esperanza: uno de la simiente de la mujer vendría, y aunque sería herido en el calcañar por la serpiente, al final este le aplastaría la cabeza.

A la mujer le multiplica sus dolores de parto, y restablece su relación con su marido, sometiéndola a él. Que el marido se enseñoree de su mujer se cumple en todas las parejas, el problema es que muchos varones se enseñorean de sus mujeres utilizando como medios la agresión y la violencia física. El marido cristiano debe saber ser cabeza de su hogar, pero utilizando como medios la justicia, la santidad, y el amor, sin abusar de su mujer, sino tratándola como Cristo a su iglesia, velando por su bienestar en cada decisión, procurando su crecimiento espiritual, y estando siempre dispuesto a dar su vida por amor a ella. Esto hará más fácil para la mujer negar su propio orgullo y echarse en los brazos de un marido que realmente la ama y que está dispuesto a cuidar de ella con su propia vida.

Al hombre lo castigó en su trabajo. No es que el trabajo sea el castigo, sino que el castigo recayó sobre el trabajo que ya debía llevar a cabo. Seguiría labrando la tierra, pero ahora lo haría con sudor, y la tierra no siempre produciría frutos buenos. Y finalmente, la muerte sería su destino final, “porque polvo eres, y al polvo volverás”.

En el versículo 21 se hace como un preámbulo de lo que sería necesario para restablecer la relación entre el hombre y su Creador, a saber, el derramamiento de sangre. Para cubrir la debilidad del pecado del hombre, su desnudez, Dios derrama la sangre de animales y con sus pieles viste al hombre y a su mujer. Desde ese momento se ve claramente que el autor, dador y consumador de la salvación de sus hijos sería el mismo Dios, y que él mismo proveería los medios necesarios para redimirlos. Ningún delantal hecho de hojas secas por manos humanas es suficiente para cubrir la desnudez del pecado del hombre; se necesita la intervención directa de Dios, quien derramando sangre inocente del Cordero inmolado en propiciación por los pecados, viste a sus hijos con túnicas nuevas, hechas de Su propia mano.

El resultado final del pecado fue la separación de Dios de sus criaturas. Él los saca del huerto del Edén, que era el santuario santo donde comían del árbol de la vida y caminaban con Dios, y les cierra la entrada poniendo un ángel y una espada encendida. El que quisiera entrar tendría que ser degollado e incinerado. Y es que el pecado manchó de tal manera al hombre, que la única manera de presentarse ante Dios sería que no quedara nada de él. Como aquel animal que era ofrecido en holocausto sobre el altar, como sustituto de algún pecador, a la entrada del tabernáculo, que debía ser degollado, su sangre derramada, desollado, lavado, y finalmente completamente incinerado.

Seamos conscientes de la gravedad que implica nuestro pecado delante de Dios, y sólo así entenderemos el verdadero significado de la muerte de Cristo en la cruz, quien se ofreció totalmente como sustituto y recibió sobre sí toda la ira del castigo, para darnos vestiduras santas y asegurarnos entrada a la presencia de Dios donde comemos del árbol de la vida eterna y andamos con Él.

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Vimos en la entrada anterior cómo Dios santificó su creación estableciendo distinciones, diferencias entre todo lo que había creado. Todo cuanto hay en el cielo, en la tierra y debajo de ella, está separado, distinguido, ordenado por la propia mano de Dios. Y dice Génesis 1.31, que Dios miró todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. La creación estaba ordenada, en perfecta paz y armonía. No había conflicto en el mundo, a pesar de las grandes diferencias. Cabe destacar aquí que la idea diabólica de que el conflicto precede a la paz es completamente antibíblica. El conflicto no estaba antes de que hubiera paz. Dios creó este mundo en perfecta paz, en armonía y en relaciones perfectas. Y las diferencias que existían en el principio no eran razón para que surgieran conflictos, como lo son hoy en día. Entonces, cabe preguntarse ¿De dónde, pues, nacen los conflictos? Si no vienen de las diferencias, como muchos hemos pensado y argumentado a lo largo de la vida, cayendo incluso en decir que es normal que dentro de las iglesias haya discusiones y pleitos, porque todos somos diferentes y esto simplemente produce conflictos; entonces, ¿de dónde salieron? ¿Quién los ocasionó?

Si observamos las historias de la creación existentes entre distintas tribus y culturas antiguas, vemos que difieren grandemente de la historia bíblica en un punto específico que es de vital importancia para la correcta comprensión del plan de Dios para la humanidad. En esas historias antiguas cuentan, básicamente, que el mundo estaba en caos, que había desorden y las criaturas luchaban entre ellas constantemente, había conflictos incluso entre los dioses que intentaban controlar los elementos de acuerdo a sus caprichos personales. Entonces, en medio de todo ese caos, a algún dios se le ocurre crear, quizá para obedecer otro capricho, a una criatura inocente y ajena a todo aquello. Entonces se excusa al hombre colocándolo después del conflicto. Sin embargo, Dios no intenta ocultar la verdad en Su Palabra. Él revela que el conflicto, el dolor, el caos, todos son producto de la caída del hombre.

Las diferencias no son las que producen conflicto. Nunca usemos las diferencias como excusa. La raíz del problema es otra.

GÉNESIS 1.27

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó.”

¿Por qué Moisés consideró importante hacer mención de esta distinción de manera tan específica? Recordemos que el libro de Génesis fue escrito cerca del 1400 a.C., esto es alrededor de 1600 después de la creación. El pueblo de Israel estaba dirigiéndose a la tierra prometida, venían de un pueblo pagano, Egipto, y se dirigían a otro en el cual ellos constituirían el medio por el cual Dios los juzgaría por su idolatría y corrupción. En medio de estas culturas paganas se movía una corriente que parece acompañar todo culto y toda cultura que da su espalda a Dios: el homosexualismo.  Desde el gran Imperio Romano, hasta las culturas más desconocidas nativas americanas, se ha descubierto que gran parte, sino todas ellas, han practicado la homosexualidad. No es de extrañarse que Moisés considere esta distinción digna de ser destacada en medio de pueblos que posiblemente practicaban tal descarrío. Aprendamos a ver las distinciones que Dios estableció, y a honrarlas y glorificarlas en medio de un mundo que se dedica con ahínco a destruirlas.

EN EL PRINCIPIO Génesis 2

“Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra”

Repasemos brevemente las distinciones más importantes que hemos visto hasta ahora.

I. Distinción entre todas las criaturas: Dios separó todo lo que creó, dándole una función y una forma específica de acuerdo a Su soberana voluntad.

II. Distinción entre el hombre y las otras criaturas: Dios separó al hombre del resto de la creación, haciéndolo a Su imagen y dándole responsabilidad y dominio sobre todo lo creado.

III. Distinción entre hombre y mujer: en un mundo que se dedica a corromper las distinciones, es de especial importancia ver que Dios creó al hombre y a la mujer distintos. Estudiaremos esto más a fondo adelante.

IV. Distinción entre el Creador y sus criaturas: Todas las distinciones hechas por Dios señalan a un Creador por encima de la creación; un Dios Todopoderoso y separado del mundo creado; un Dios Santo.

Cuando Dios creó al hombre, estableció un pacto con él en el huerto de Edén. Dice el versículo 15 que lo tomó y lo puso en el huerto para que hiciera dos cosas: labrar y guardar. Entonces, el trabajo, como muchos piensan, no es resultado de la caída del hombre. El hombre desde su creación ha tenido que trabajar. Dios le mandó labrar el huerto, debía meter su mano y dar cuidado a la fracción de tierra que Dios le había obsequiado. Pero además debía guardarlo. La idea de guardar en el hebreo da a entender un cuidado, o una guardia casi militar. ¿Por qué Dios daría esta orden al hombre? Sencillamente porque había un enemigo al asecho. Ya desde ese momento Adán sabía que debía mantenerse alerta porque existía un peligro real, un enemigo que buscaría la oportunidad para atacar.

Entonces Dios da una última orden al hombre: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.” Ese árbol en medio del huerto estaba ahí para que el hombre recordara que esa creación no era suya. Así el hombre, cada vez que viera el árbol, recordaría que había un Dios Creador, quien era el verdadero dueño de todo cuánto existía, y que él no era más que un mayordomo al servicio de ese Dios. Sin ese árbol, posiblemente el hombre se habría olvidado de Dios, y habría creído que ese mundo era suyo. La misma idea se encierra en el mandamiento de guardar el séptimo día. El hombre debía recordar que el tiempo no era suyo sino de Dios, y que su vida no le pertenecía. Sin el último día, el hombre habría continuado trabajando y ambicionando cada vez más y más. Hoy en día, es valioso recordar estas dos verdades, para que no nos encontremos atrapados en la rutina y esforzándonos por acumular más y más para nosotros mismos. Este mundo que Dios nos dio, no es nuestro; nuestro trabajo, y el fruto que obtengamos de él, tampoco nos pertenecen; y nuestra vida, el tiempo que disfrutemos aquí en la tierra, tampoco es nuestro. Dios es el gran Señor y Creador de todo lo que hay, y le debemos todo lo que tenemos a Él. Estas dos, el árbol y el sábado, fueron las señales del primer pacto con Adán.

Siempre los pactos que Dios ha establecido en la historia han implicado a un pueblo que es representado por una cabeza. En el caso de Abraham, el pueblo de Israel, en el caso de Aarón, todos los sacerdotes, en el caso de David, los reyes de la tribu de Judá, En el caso de Adán, él era la cabeza de toda la humanidad.

Hay quienes tienen problemas para aceptar esta verdad. Dicen en sus corazones “¿por qué se me juzga a mí por algo que yo no hice? Yo no escogí ser parte de ese pacto con Adán. Si él cayó, fue problema suyo, no mío. ¿por qué tengo que llevar yo una herencia de pecado que no pedí?” Hermanos, Dios siempre ha trabajado de esa manera, y si alguno desearía no ser parte de ese pacto con Adán, de igual manera se estaría oponiendo al pacto que nos ha redimido en Cristo Jesús. Al igual que Adán fue cabeza de la humanidad, ahora Jesús es en el mismo sentido la Cabeza del Pacto de Gracia con la Iglesia. Porque como por un hombre entro la muerte al mundo, así también por un hombre, Cristo, entra la vida y el perdón de pecados para con los escogidos de Dios. Si el pacto con Adán no nos afectara a todos, tampoco nos afectaría el pacto con Jesús, Cabeza de la Iglesia. Todo estaba en el plan de Dios desde el principio, para alabanza de Su gloria.

Recordemos que en todo esto, la mujer todavía no existía. El hombre recibe la tarea de nombrar a toda criatura que Dios le trajo, y lo hace pero no encuentra entre ellas ninguna criatura que este a su nivel. Es entonces cuando Dios crea a la mujer de la costilla del hombre. La mujer fue creada de la misma esencia del hombre, compartían la misma naturaleza. Por eso, el hombre al verla declara, “Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona,porque del varón fue tomada.” La mujer también fue creada con una función distinta a la del hombre. Ella habría de ser ayuda idónea para él. Nótese que la misión que Dios le da al hombre, se la da antes de que siquiera existiera la mujer. Del hombre era la responsabilidad de labrar y guardar el huerto; de la mujer era la responsabilidad de brindar ayuda al hombre, que no podría lograrlo en soledad. “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.” En ese momento, el hombre no era superior a la mujer ni viceversa; simplemente tenían funciones diferentes. Al igual que un árbol de pera sólo produciría peras, y uno de manzanas daría sólo manzanas, el hombre era responsable de la creación ante Dios, esa era su función, y la mujer debía ser ayuda para el hombre, esa era su función.

La comprensión de esta distinción y su correcta asimilación en nuestros corazones, debe producir en nosotros el rechazo por dos corrientes mundanas, una de las cuales ya mencioné. Primero, el homosexualismo pierde cabida, ya que el hombre no puede cumplir la función de la mujer, ni la mujer la función del hombre. Entonces no se satisfará la necesidad de ayuda idónea de un hombre por otro hombre, ni la necesidad de una cabeza de una mujer por otra mujer. “Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer“. En esa sola frase se encierra toda la idea de la familia que Dios tenía en mente.

El otro movimiento que cae es el del feminismo; la idea de que la mujer, ya que es igual al hombre, puede cumplir con las mismas funciones que el hombre. Pregunto: ¿Por qué querría la mujer llevar sobre sí doble responsabilidad? Ya es responsable de su función como ayuda idónea, y ahora quiere llevar la responsabilidad del hombre también. El hombre es responsable ante Dios por “labrar” y “guardar” su casa, y la mujer debe procurar ser su ayuda en esa labor pesada que le corresponde a su marido, y hacerla más fácil para él. Ahora, debemos también ser conscientes de que los hombres, especialmente en nuestras culturas latinoamericanas, brillan por su ausencia en los hogares, y esto ha obligado a muchas mujeres a tomar sobre sí la responsabilidad que no les toca. En parte es culpa de los hombres, que somos lentos para actuar como cabezas, y que no tomamos la tarea que nos toca, el que ahora la mujer no sólo tenga que, sino que quiera llevar toda la carga familiar sobre sus hombros. Todo esto no es más que otro resultado de la caída del hombre.

En la próxima entrada veremos la caída de Adán y Eva al incumplir las que eran sus responsabilidades. Satanás se mete y ataca cada una de las distinciones que hemos mencionado antes y aliado con el hombre y la mujer dañan lo que Dios había creado. Pero al final, Dios deja una luz de esperanza que señala a Jesucristo.