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“El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

Como dije en la primera parte de este artículo, una cosmovisión se puede definir como la consonancia entre lo que conocemos, lo que somos y lo que hacemos. Si queremos tener una cosmovisión bíblica o cristiana, estas tres áreas de conocer, ser y hacer deben resonar con la Palabra de Dios; deben resonar con Cristo mismo. “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen”.

En este artículo me propongo señalar la segunda de tres doctrinas falsas que se nos presentan como verdades en este sistema en el que vivimos, y veremos cómo responde una cosmovisión cristiana ante estos ataques. Creer una o la otra tendrá implicaciones grandes para nuestro andar cristiano.

II. Control vs. Mayordomía

Según la perspectiva de este mundo, el hombre vive sujeto a los caprichos de los dioses, o a las fluctuaciones de la energía, o a las acciones de  espíritus y demonios,  a la suerte o la casualidad, y la más reciente, a las fuerzas de la Naturaleza (la vengativa Madre Tierra). En cualquiera de estas, todas vigentes en nuestro mundo actualmente, el hombre no tiene el control total, sino que es solo víctima de las circunstancias. Sin embargo, dado que esa sensación de falta de control lo atormenta, busca obtenerlo de alguna manera. En este sentido ha habido diversas respuestas a lo largo de la historia.

En algunas cultura lo fue y lo sigue siendo la magia, un medio sobrenatural para controlar todo aquello que de otra forma parece aleatorio. Los amuletos mágicos y protectores, los encantamientos, los rituales, entre otros, son todos medios para controlar las fuerzas invisibles, llámense espiritus, demonios, o la naturaleza misma. En algunos casos tienen que colocarse voluntariamente al servicio de estas fuerzas, ofrecer algún tipo de sacrificio, en constante temor ante la posibilidad de perder su poder. La alquimia buscó mezclar la ciencia con la magia, nuevamente, en un afán por obtener el control del mundo físico a través de procesos que no obedecen a la razón ni a la ciencia. Un intento por sentirse en dominio de aquello que de otra forma parece aleatorio o incontrolable. Y en el presente, los científicos pretenden utilizar todos sus recursos para controlar aspectos de la vida solo con el solo fin de poder decir que los han dominado. El peor enemigo, y el más caprichoso, temido a nivel mundial, al cual se le rinden sacrificios de todo tipo, y al que todos quieren controlar o al menos apaciguar, es la Madre Naturaleza y su hijo ilegítimo, el “calentamiento global”.

Estas tendencias no se han quedado fuera de la Iglesia. ¿Cuántas personas no ven a Dios como un ser caprichoso, que juega con las circunstancias y con la historia de los hombres, cuyos motivos son incomprensibles, y que se encuentra tan distante que no podría entendernos jamás? En muchas Iglesias se le ofrecen sacrificios de dinero a este Dios (o debería decir, dios, en minúscula, pues no es el Dios de la Biblia), esperando calmar su ira y obtener su bendición aleatoria. Se venden amuletos de todo tipo, desde tarjetitas con versículos bíblicos (no para memorizar, sino para proteger de demonios y espíritus) hasta aguas, aceites, paños y todo tipo de materiales “benditos”. Y en las librerías “cristianas” puedes encontrar extensos manuales de neo-brujería bajo el encanto de las visiones, profecías y palabras de bendición que se asemejan más a los encantamientos y a la hechicería de antaño que a una cosmovisión bíblica de la vida. El cristiano debe sentarse a pensar y proceder con precaución ante estas tentaciones. Pero sobre todas las cosas, lo primero es dirigir la mirada a la Biblia y entender el mundo a través de Cristo.

Antes de hablar de nuestro papel, debemos recordar que Dios es soberano sobre la creación. Pero no es un Dios caprichoso y juguetón. Él tiene un plan perfecto para la historia del mundo que acabará en su gloria, en la bendición eterna de sus hijos y en la eliminación final de la muerte y del pecado y todos sus efectos; enemigos que se encuentran todos derrotados en la cruz de Cristo y esperan solamente ser erradicados. Los creyentes ya hemos recibido la bendición de Dios por medio de Cristo, en quien somos amados desde la eternidad y hasta la eternidad, por lo que no debemos estar ofreciendo sacrificios en busca del favor de Dios. Si estas en Cristo, no hay nada que podamos hacer para que Dios te ame más, su amor quedó demostrado en la cruz de manera perfecta y sublime. Tampoco debemos vivir en temor de espíritus y demonios derrotados, ni debemos pensar, ni siquiera por un momento, que nuestro Dios no tiene un plan perfecto en marcha, y que nosotros somos parte de ese plan, por lo cual podemos descansar confiados en su perfecta sabiduría, poder y bondad.

El cristiano no debe entender el mundo como una amenaza caprichosa que debe controlar, sino como un don de Dios que debe utilizar para su gloria. Cuando Dios colocó al hombre en el huerto, le dio la misión de utilizar la tierra y todos sus recursos, como si fuese el amo de la creación. Pero siempre se nos recuerda a lo largo de la Biblia que “del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan”. Así que la posición del hombre no es la de amo y señor supremo de la creación, sino la de virrey o mayordomo de la creación, representando y honrando en todo lo que hace a su verdadero Rey y Señor. La ciencia propiamente dicha vio su nacimiento a partir de esta perspectiva. Los primeros científicos serios (los que no practicaban alquimia) fueron personas que pretendían conocer, entender y aprovechar el mundo que Dios había puesto en sus manos.

El cristiano debe procurar utilizar los recursos que Dios le ha dejado con sabiduría, sin destruirlos ni abusar de ellos. No por temor a encender la ira de la Madre Tierra, sino porque sabe que su Dios y creador lo ha colocado en una posición de autoridad responsable sobre las demás criaturas. El cristiano cuida la creación, no contamina, recicla, reutiliza, hace uso de un buen juicio en cuanto al manejo del agua, de los alimentos, del cuidado de su casa, de su comunidad, de su país y del planeta, no por amor a la naturaleza, sino por amor al Creador, y porque reconoce su rol de responsabilidad sobre lo creado.

En el sistema del mundo, el conocimiento es uno de los ídolos que más claramente se adora, especialmente en los sistemas educativos. Es uno de los medios más eficientes para obtener el control del entorno (El conocimiento es poder). El hombre debe dominar la mayor cantidad de conocimiento, y su avance en la vida será proporcional con la cantidad o calidad de títulos que obtenga (Siendo el hombre el centro del universo, todos sus esfuerzos van dirigidos a su propia satisfacción, pero este punto lo veremos en más detalle en la tercera parte del artículo). En este sentido, el trabajo se convierte en un medio para alcanzar posiciones, fama, dinero y bienestar. Ya no es importante si a la persona le gusta o no lo que hace, o si es buena o mala en ello.

Bajo esta perspectiva, se pierde el sentido de la vocación (o llamado) que Dios quiere que llevemos a cabo para honrarle. El cristiano debe tener un sentido de llamado, que es el medio por el cual pone a funcionar los dones que ha recibido, sus gustos e inclinaciones, sus habilidades y capacidades, para aprovechar los recursos del mundo que le rodea, y llevar así gloria a su Creador. En este sentido, los dones que tenemos son parte de nuestra mayordomía, y debemos usarlos para la gloria de Dios y para el bien de los demás. Somos creados para buenas obras, preparadas por Dios de antemano para que andemos en ellas. De este sentir debe nacer nuestro llamado, vocación, oficio o trabajo en el mundo.

Es necesario que te arrepientas de ser tú el amo y señor de tu vida, y que reconozcas al verdadero Señor. Entonces podrás dejar de buscar tener el control y descansar en paz en las manos de Aquel que no solo está en control de todas las cosas, sino que te ama de tal manera que lo ha hecho todo para que las circunstancias de este mundo obren para tu bien. Esa confianza solo nace de un corazón que se humilla ante su incapacidad total y reconoce cuánto necesita de Cristo. Jesús obedeció su llamado como Profeta, dando a conocer al Padre y el amor del Padre en toda su gloria; como Sacerdote, se ofreció en sacrificio a Sí mismo en la cruz, en rescate por todos los que crean y confíen en Él; y como Rey, venció a Satanás, al pecado y a la muerte, de modo que no tienes absolutamente nada qué temer. No hay fuerza alguna en este mundo que no esté sujeta bajo su poder absoluto, pues su nombre es sobre todo nombre, y si descansas en su obra y sacrificio, podrás vivir confiado, y esa confianza te dará la libertad para honrar a tu Creador en todo tu pensamiento, tus acciones y tu ser.

Deuteronomio 6:4-15 dice:
Escucha, oh Israel, el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es. Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas. Y sucederá que cuando el SEÑOR tu Dios te traiga a la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, una tierra con grandes y espléndidas ciudades que tú no edificaste, y casas llenas de toda buena cosa que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivos que tú no plantaste, y comas y te sacies; entonces ten cuidado, no sea que te olvides del SEÑOR que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. Temerás sólo al SEÑOR tu Dios; y a El adorarás, y jurarás por su nombre. No seguiréis a otros dioses, a ninguno de los dioses de los pueblos que os rodean, porque el SEÑOR tu Dios, que está en medio de ti, es Dios celoso.

En las escuelas, colegios y universidades se nos vende la idea de que la educación es imparcial. Sin embargo, si hablamos en términos bíblicos, no existe tal cosa como la imparcialidad. Según la Biblia. solo existen dos posiciones, dos formas de ver del mundo: con Dios o sin Dios; adorando al Creador o adorando a la criatura; a favor de Cristo o en su contra. Jesús mismo dijo:

“El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

Es decir, o tomas el camino angosto, o tomas el ancho. O amas a Jesús o lo aborreces.

Consideremos por un momento quién nos está educando. ¿Quién nos educó a nosotros y quién educa a nuestros hijos? ¿Se trata de un sistema que está a favor de Dios o está en su contra? No hay término medio. En este sistema en el que vivimos (que no se limita a la educación), nos vemos expuestos constantemente a los dioses falsos de los pueblos que nos rodean, y si queremos protegernos y a nuestros hijos de alguna manera, debemos esforzarnos conscientemente. Este sistema nos enseña a ser nosotros nuestros propios dioses. Nuestros hijos son “programados” así en el colegio o escuela, y nosotros en casa tenemos el deber de “reprogramarlos”. Esta no es una tarea sencilla pues los ídolos de las naciones están a todo nuestro alrededor y ya nos hemos inclinado ante algunos de ellos sin siquiera darnos cuenta.

El único recurso que tenemos es la Palabra de Dios. Debemos utilizarla como filtro, para identificar y desechar todas esas enseñanzas falsas que recibimos todo el tiempo. Y es algo que debemos hacer a nivel personal, a nivel familiar y como Iglesia o pueblo de Dios. Los versículos del 6 al 9 hablan de la importancia de la Biblia en la vida de la familia. Dice así:

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”.

LUCHA DE COSMOVISIONES

Una cosmovisión se puede definir como la consonancia entre lo que conocemos y creemos que es verdad, lo que somos y lo que hacemos. De modo que si queremos tener una cosmovisión bíblica, esto significa que las tres áreas de conocer, ser y hacer deben resonar con la Palabra de Dios. En otras palabras, si queremos tener una cosmovisión cristiana, debemos resonar con Cristo mismo en todo lo que pensamos, hacemos y somos.

En este artículo me propongo señalar tres doctrinas falsas que se nos presentan como verdades en este sistema en el que vivimos, y veremos qué tiene que decir la Biblia al respecto. Son tres enseñanzas que, aunque son obvias, tienen implicaciones para el andar cristiano que no siempre consideramos.

I. Casualidad vs. Soberanía

El sistema de este mundo nos enseña que el mundo llegó a existir por pura casualidad. Sin embargo, sabemos por la Biblia que el mundo fue creado por Dios. Entonces, nuestro punto de partida es: el Dios de la Biblia existe o no existe. A modo de paréntesis, en este punto hay que ser particularmente cuidadosos, pues podemos incluso imaginar un Dios diferente del de la Biblia y pensar que creemos en Dios, cuando en realidad se trata de una imagen fabricada por nosotros mismos. Es necesario acudir a su Palabra para saber quién es, no a lo que dicen los hombres acerca de él. Cierro el paréntesis.

Cuando hablamos de los orígenes del mundo (creación o casualidad) es inevitable hablar del papel de la ciencia. Pero no es mi intención profundizar mucho en ese tema ahora. Baste decir que la ciencia propiamente dicha tiene como punto de partida aquello que se puede demostrar empíricamente, es decir, a través de los sentidos. El problema es que hay científicos que afirman que la verdad solo se puede determinar por medio de la investigación empírica (idolatría de la ciencia). Sin embargo, este argumento no se puede demostrar empíricamente, por lo que queda descalificado por sí mismo, y podemos concluir que sí existen verdades que no se pueden demostrar empíricamente. Este es el caso de los orígenes del mundo, pues no se pueden repetir en un laboratorio, ni se pueden observar. Para eso, Dios nos ha dado a conocer en su Palabra aquello que los sentidos no nos pueden confirmar. Él nos ha dicho que fue Él mismo quien creó todo lo que existe de la nada por el poder de su Palabra, por el poder del Verbo.

En el campo de lo moral, dado que esto tampoco se puede demostrar empíricamente, el sistema del mundo abraza una moralidad relativa. Los hombres afirman que, como en este mar de casualidades todo cambia constantemente, entonces la moral cambia también, de modo que lo que ayer era visto como algo malo, hoy puede ser alabado como una excelente virtud. Sin embargo, en este caso, Dios también nos ha dado a conocer lo que es correcto y lo que no lo es. Y es que en el sentido estricto de la palabra, la moral sí es relativa, pues se determina en relación con Dios mismo. Ante su perfección y santidad, y bajo su veredicto, existe lo bueno y lo malo, lo santo y lo inmundo, lo correcto y lo incorrecto, y como Dios nunca cambia, estas verdades tampoco lo harán.

Ahora, en este sistema antibíblico, el hombre se encuentra a merced de las fuerzas de la naturaleza, la suerte, el destino, o algún concepto de un Dios que no interfiere mucho en la vida de las personas (un Dios que no es el Dios de la Biblia). En este ya mencionado mar de casualidades, el hombre busca con todas sus fuerzas obtener el control de alguna manera, ser el dueño de su destino, señorear su propia vida, ser su propio dios (nótese la relación directa con Génesis 3). Sin embargo, hay tantos factores en el mundo que no se pueden controlar, que el hombre termina frustrado y desanimado, enojado y resentido, sin propósito y vacío. Sin embargo, el cristiano sabe y descansa en que el soberano Dios está en control de absolutamente todo lo que ocurre. La historia de la humanidad no es una historia de casualidades, sino que se trata de la historia de Dios, y podemos confiar en que Él la llevará conforme a su propósito. Podemos tomar el ejemplo de José en este punto. Si José, al ser vendido por sus hermanos, tentado por la mujer de Potifar, encarcelado injustamente y olvidado por el copero del rey, se hubiese olvidado de que Dios estaba en control, lo habríamos visto reclamar mil veces, frustrarse y enojarse con las circunstancias aparentemente aleatorias, maldecir los caprichos de los dioses. Pero Él sabe que Dios está en control, y al final de la historia reconoce la mano soberana de Dios al utilizarlo a él para llevar salvación a Egipto y a su propio pueblo. Esa misma confianza debería caracterizar al creyente. Los hombres no están a merced del Universo impersonal o caprichoso, sino que todo está bajo el dominio de Dios. Los que hemos creído somos bendecidos desde la eternidad y hasta la eternidad en Cristo. Los que no han creído, están bajo la ira de Dios. Pero ninguno se escapa de su dominio.

Si no has creído en Cristo como único y suficiente Salvador, entonces sí debes temer, pero no a un mundo de casualidades aleatorias, sino al Dios que te creó y cuya ira pende sobre ti por no confiar en su Hijo. El envió a Jesús a tomar el lugar de los suyos en la cruz, a sufrir la ira que merecían todos aquellos que creen en Él. Además vivió una vida agradable al Padre en todo como tú jamás podrías hacerlo. Su mensaje es sencillo pero profundo: arrepiéntete de tu pecado, de tu deseo de ser tú el amo y señor de tu propia vida, y cree en Jesucristo, el Mesías, el Salvador, confía en su vida, muerte y resurrección, y descansa en su obra para ser salvo. “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”.

El cuerpo

Todo esto sería muy difícil, desalentador, complicado y frustrante si Dios nos hubiese llamado en soledad. Pero algo maravilloso en todo esto es que hay muchos que participamos de este milagro, y conformamos unidos un solo cuerpo, la Iglesia. La Iglesia es un organismo extraordinario dejado por Dios en la tierra para cumplir sus propósitos. No voy a entrar en todos los detalles que se podrían decir en cuanto a la Iglesia, pero algo sí enseña la Biblia que resulta pertinente en este momento, y es el concepto de que somos, como Iglesia, el cuerpo de Cristo.

La metáfora del cuerpo siempre ha sido mi favorita para describir a la Iglesia, particularmente por las muchas implicaciones que tiene. Siendo un cuerpo, la Iglesia está conformada por muchos miembros, cada uno con una función muy particular y adecuada, funcionando unidos y muy ajustados, con el fin de crecer y edificarnos como cuerpo, en amor (Efesios 4).

Ahora, veamos algunas implicaciones de esto. En primer lugar, si has creído en Cristo, puedes considerarte un miembro de su cuerpo. Esto significa que dentro de este cuerpo, tú tienes una función que cumplir. Cristo se ha encargado de repartir dones a los hombres, de tal manera que puedes estar seguro de que no eres un miembro innecesario, sino que has recibido una tarea específica (o varias) que debes desempeñar en el cuerpo. Algunos de los dones mencionados en Efesios 4 son los de los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Los que han recibido estos dones, según el versículo 12, tienen una función muy específica: deben “capacitar a los santos para la obra del ministerio”. Ahora, lamentablemente, esta capacitación en muchas Iglesias se entiende como “transmitir información”. Pero, como ya vimos, si queremos llegar “a la estatura de la plenitud de Cristo” (énfasis mío) deben entrar en resonancia todas las áreas de mi vida. Ahora hablo a los que tienen estos dones: si realmente quieren capacitar a los santos para que lleguen a “la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, deben esforzarse por hacer más que simplemente “transmitir información”, deben procurar invertir en las vidas de los miembros, siendo ejemplos de cómo esa información transforma el carácter y se ve reflejada en las acciones. Esto será todo un desafío, pero debemos tomarlo en serio si queremos que los demás crezcan en todo, como dice el pasaje.

En segundo lugar, y basándonos en lo anterior, si eres miembro de este cuerpo, debes prestar mucha atención a los que que te están enseñando. Observa con detenimiento cómo lo que dicen desde el punto se ve en sus vidas, cómo Cristo ha afectado y está afectando cada área de su ser. Recuerda que tus pastores están buscando tu bienestar, “como quienes han de rendir cuentas por tu alma”, de modo que debes confiar en que el Señor los está usando para capacitarte a ti, para que puedas desempeñar tu ministerio, sea este cual sea. Claramente, los ministerios mencionados aquí no son todos los que existen, estos son solo los que capacitan a los demás. Pero en el cuerpo hay tantas funciones y ministerios como miembros. Tú creador ha puesto en ti un conjunto de factores que te hacen único en medio de su Iglesia. Tu personalidad, tus tendencias e inclinaciones, tus gustos, tu forma de pensar, tus habilidades, tus facilidades, incluso tus debilidades y tus flaquezas, son todas parte de la historia que Dios ha escrito para tu vida, y por lo tanto, de alguna manera, reconciliadas con Cristo, pueden guiarte hacia lo que Dios quiere que hagas. En ocasiones quisiéramos que la Biblia ofreciera una lista exhaustiva de dones y ministerios posibles, pero siendo nuestro Dios tan creativo como es, solo esa lista resultaría en una enciclopedia de cientos de volúmenes. Piensa en el contexto de tu Iglesia, en los dones que Dios te hada, y en cómo puedes ponerlos al servicio de los demás, y confía en que el Señor los usará para la edificación del cuerpo, y para su gloria. Este desafío también es grande, y puede tardarse muchos años, así que no te desanimes, hallarás tu lugar.

En tercer lugar, recuerda siempre quién es la cabeza de este cuerpo. Cristo es nuestro Señor y nuestro Salvador. Es muy importante tener esto siempre en mente. Como nuestro Señor, Él nos dice lo que debemos hacer. Él nos ha dado los dones y nos da algunas pautas para su uso, sean estos cuales sean. Debemos usarlos en amor: amor a Dios y amor al prójimo. Punto. No busques tu propia gloria ni tu propio beneficio. Busca siempre agradar a Dios antes que a los hombres. Y cuando falles, cuando no hagas aquello para lo que fuiste llamado, recuerdo que tu mismo Señor es también tu Salvador, y que Él ha pagado plenamente por todos tus pecados, que “no existe nada que puedas hacer para que te ame más, ni nada que puedas hacer para que te ame menos”. Y en esas ocasiones cuando caigas (porque vas a caer), su gracia es la que te sostiene desde la eternidad y hasta la eternidad. Él es tu Salvador.

Quiero parafrasear ahora las palabras del personaje principal de la película La invención de Hugo Cabret:

Me gusta pensar que somos una enorme máquina. Ya sabes, las máquinas nunca traen piezas de sobra. Tienen el número y tipo exacto de piezas que necesita. Así que, si somos una enorme máquina, yo debo estar aquí por alguna razón. Y eso quiere decir que tú también debes estar aquí por alguna razón… Quizá es por eso que las máquinas rotas me conmueven, porque no pueden hacer aquello para lo que fueron creadas… Quizá es igual con la gente… si pierdes tu propósito… es como si estuvieras roto.

Aunque Hugo no reconoce en ningún momento quién fue el inventor de esta “enorme máquina”, nosotros conocemos al Diseñador. Y aunque la Iglesia es más que una máquina inerte y programada, se cumple que no tiene “piezas de sobra”. Tiene exactamente los miembros que necesita, y cada uno está ahí por alguna razón. Todos llegamos como piezas rotas, que en la caída perdimos nuestro propósito. Pero Cristo nos ha reparado, nos ha reconciliado con nuestro Creador, y por ende nos ha reconciliado con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con su creación entera, de modo que ahora podemos vivir de acuerdo al llamado que hemos recibido. Y es que nuestra verdadera identidad no estaba en nosotros, sino en Cristo. Todo este tiempo ha estado en Cristo.

Cuando te pregunten quién eres, ya tienes parte de la respuesta. Sabes que eres una criatura de Dios, creada por Él de manera muy particular y con un solo propósito, el de disfrutar de Él para siempre y glorificarle con todo lo que eres. Sabes que eres objeto de un milagro, pues Cristo te ha reconciliado por medio de su sangre con el Padre. En este sentido, eres hijo de Dios. Adoptado en el Espíritu de Cristo que habita en ti. Y este mismo te capacita para que cada día puedas cumplir más y más tu propósito. Y sabes también que Cristo mismo te ha dado un lugar en su cuerpo, su Iglesia. Un lugar con una función particular, y quiere que te dediques a cultivar tus dones y utilizarlos para Él, en amor. Tu pasado, tu presente y tu futura están asegurados en las manos de aquél que te escogió desde antes de la fundación del mundo para su gloria. Sólo en Él hallarás la completa y genuina realización personal.

El milagro

El hombre fue creado para ser el representante de Dios en la tierra, su imagen. Pero prefirió darle la espalda a Dios. Sin embargo, Dios, en su infinita sabiduría, en el consejo eterno de su voluntad, tenía un plan trazado que truncaría todos los efectos del pecado y de la muerte. Desde Génesis tres, cuando el hombre y la mujer cayeron, Dios les hizo una promesa en la cual se sostiene el pueblo de Dios: prometió que enviaría a un descendiente de la mujer que sería herido por la serpiente, pero que a su vez este le atinaría un golpe mortal en la cabeza. Jesús de Nazaret es ese descendiente.

Este Jesús era hijo de hombre, pero también era el Hijo de Dios. Siendo hombre, llevó a cabo la representación perfecta que solo él podría realizar. Obedeció a agradó al Padre en todo, sin caer en ningún tipo de tentación, viviendo completamente bajo su voluntad y glorificándole en todo. En ese sentido, vivió nuestra vida, la vida que jamás habríamos logrado vivir, que ni siquiera habríamos querido. Pero no sólo hizo esto, sino que también, siendo completamente inocente recibió sobre Sí el castigo que su pueblo pecador merecía. En aquella cruz, el inocente murió nuestra muerte. Pero morir no fue lo último que hizo. Después de tres días resucitó, y después de haber sido visto por sus discípulos durante cuarenta días después de su muerte, regresó al cielo, donde ha ocupado un lugar de suprema autoridad sobre toda la creación durante toda la historia de la humanidad.

Cuando el Espíritu de Dios ilumina nuestras mentes por medio del evangelio y abre nuestros ojos a la luz de Cristo, de modo que depositamos nuestra fe y confianza en Él para nuestra salvación, entonces somos objetos de un milagro sorprendente. Somos hechos verdaderamente nuevas criaturas, re-creados en Cristo Jesús. Se da un cambio en nuestro interior, y pasamos de ser árboles malos, capaces de dar únicamente frutos malos, a ser árboles regenerados, capaces de producir frutos que glorifiquen a su Creador. Todo esto solo mediante la obra de Cristo. El castigo que pendía sobre nosotros, Cristo lo sufrió, llevando sobre sus hombros todos nuestros pecados, de modo que cuando, por gracia, por medio de la fe, depositamos toda nuestra confianza en Él, somos declarados justos. Es decir, que aquella vida de justicia que Él llevó durante su tiempo en la tierra es puesta a nuestro nombre, de modo que Dios nos ve como hijos justos a sus ojos, no por lo que nosotros hayamos hecho, sino por lo que hizo Cristo en nuestro lugar; y nuestro pecado queda en el olvido, pues nuestro Salvador ya sufrió el castigo por este. Con este milagro de la nueva creación, recibimos una esperanza de gloria. Ahora sí, aquella gloria para la que fuimos creados: glorificar a Dios y gozarnos con Él por la eternidad.

Como puedes ver, el centro de esta historia, el héroe verdadero, el que merece toda nuestra honra y gloria, es Jesucristo, Dios hecho hombre. En Él todo cobra sentido. Él ha venido a reconciliar todo lo que estaba roto: nuestra relación con nuestro Creador, nuestras relaciones entre los seres humanos y nuestra relación con el mundo creado. Todo lo reconcilia consigo mismo, de modo que nada tiene sentido fuera de Él. Cristo es el por qué y el para qué; Él es el que hace que todos esos aspectos de nuestra vida, que de otra forma son inconexos e incongruentes, tengan algún sentido. Porque todo lo que existe, ha existido y existirá, fue creado por medio de Él y para Él.

Colosenses 1:19 es muy claro al enfatizar qué es lo que Cristo reconcilia consigo mismo: todas las cosas. Y por si queda alguna duda, afirma que se trata de todo lo que está en la tierra y todo lo que está en los cielos. Entonces, si todo ha sido reconciliado con Él, el mandato de 2 Corintios 10:5 cobra un sentido especial, particularmente para los hijos de Dios. Dice que debemos poner “todo pensamiento en cautiverio a la obediencia a Cristo”. Es decir, que de ahora en adelante, nuestro punto de partida para analizar y entender cualquier situación será Cristo. Él es ahora nuestro punto de referencia. Es un cambio de cosmovisión. Verás, antes, todo lo filtrábamos a través del yo, yo era la medida de todas las cosas, buscando en todo momento agradarme a mí mismo. Pero ahora, la medida de todas las cosas es Cristo, y así debe ser en mi mente. Esto significa que mis pensamientos, acciones y actitudes van a estar sujetas a Cristo, porque Él está re-creandome a su imagen. Al menos esa debe ser nuestra meta ahora. “Nos negamos a nosotros mismos, tomamos nuestra cruz cada día y le seguimos”.

Esta parte es la más difícil, creo (pero sería imposible de no ser por la obra del Espíritu Santo en nosotros). De ahora en adelante, debemos abandonar nuestra antigua manera de pensar, nuestra antigua manera de entender el mundo. Ya no nos guiamos por los parámetros del mundo. Aquellos anhelos, logros, conocimientos, relaciones, habilidades e incluso la fama que queríamos obtener, deben quedar sujetos a Cristo, para que en todo lo que hacemos, en cada uno de esos campos, sea glorificado el Padre y no nosotros. Es decir, si he de lograr algo en esta vida, que sea para la gloria de Dios. Cualquier conocimiento que adquiera debe ser filtrado y sujeto a Cristo. Las habilidades que tengo, debo usarlas sin duda, pero con el fin de mostrar amor al prójimo y ser de bendición dentro y fuera de la Iglesia. Y es posible que en el camino sea reconocido y obtenga fama, pero lo ideal sería que esa fama delante de los hombres pierda valor comparada con el Reino de los Cielos, del cual soy parte ahora, y cuyo alcance sobrepasa cualquier logro que consiga en este mundo. Así, todo, desde lo más trivial como la ropa que uso o la comida que ingiero, hasta lo más complejo como la carrera que escojo o la persona con la que decido casarme, todo queda sujeto a Cristo, gira en torno a Él, es suyo como yo soy suyo, y debe desembocar en la gloria de Dios.

Para lograr esto, la Palabra de Dios cobra suma importancia. Cómo podemos entender realmente el mundo que Dios ha creado si ignoramos el manual que nos dejó el Creador. Cristo mismo afirmó y validó en repetidas ocasiones la Escritura. Así que, si Él es nuestra máxima autoridad, y Él afirma que la Palabra de Dios debe cumplirse, entonces debemos ajustarnos a estos parámetros. La Palabra de Dios ofrece, ya sea de forma directa o por implicación, guías para cada área de nuestra vida, y un fundamento para cada decisión que tomamos. Si queremos agradar al Padre realmente, debemos saber qué es lo que le agrada, claro está.

Hace un rato usé la palabra cosmovisión. Básicamente significa la manera en que veo o entiendo el mundo. Ahora, la forma en que entiendo el mundo no es solo lo que pienso o creo con respecto al mundo. Lo que realmente creo se verá manifestado en mi carácter y en mi forma de actuar. Ahora, muchos cristianos fallamos en esta parte (y creo que seguiremos fallando de este lado del cielo). Para poner un ejemplo muy sencillo, la cosmovisión bíblica dicta que debo amar al prójimo como a mí mismo. Esto lo saben muchos cristianos, pero conocer esta verdad no significa que esta sea su cosmovisión. Para que esto se cumpla en mí, no solo debo saber que debo amar al prójimo, sino que también debo amar al prójimo realmente, de modo que mi forma de actuar para con el prójimo, cómo hablo con él, cómo le sirvo, como me expreso de él, todo debe mostrar ese amor que se supone que tengo por él. Entonces, como verán, no se trata solo de afirmar una verdad, se trata de mi conocimiento, mi corazón y mi cuerpo resonando en la misma frecuencia, eso es cosmovisión. Y cuando esa resonancia se da en torno a lo que Cristo enseña, eso es cosmovisión cristiana o bíblica. Como dije, de este lado del cielo, alcanzar ese tipo de resonancia nos resulta imposible a causa del pecado que sigue asomando la cabeza. Cada vez que nos percatamos de una falta de resonancia con la voluntad de Dios (pecado) debemos reaccionar en arrepentimiento y fe. Arrepentimiento para reconocer nuestra falta de perfección ante la santidad de Dios, y fe para confiar en la obra de Cristo como lo único que evita que seamos consumidos por la ira de Dios, como lo único que nos acerca a Él como Padre. Y también confiamos en que su Espíritu que hoy habita en nosotros, está haciendo una obra continua que no quedará inconclusa, haciendo que nuestro conocimiento de la Palabra sea asimilado en nuestro ser tan profundamente que todo lo que hagamos honre ese al autor de esa Palabra. En ese sentido, el Espíritu de Cristo está haciendo un milagro en nosotros todos los días. (Continúa…)

ABRAHAM

Publicado: diciembre 20, 2011 en Estudios Bíblicos, Génesis
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AUTOR, DADOR Y CONSUMADOR

Ahora veremos la historia de Abraham, en una serie de cuatro artículos. Empezando por el pacto establecido por Dios con Abraham, pasando por su importancia como cabeza de pacto, sus debilidades y sus fortalezas.

Génesis 12:1-3

Si vemos el contexto de la historia, en el capítulo 11 de Génesis, en el versículo 31, hacia el final, se nos dice que el padre de Abram había salido de Ur de los Caldeos e iba en dirección a Canaán, sin embargo se detuvo en Harán. Esta porción pareciera indicar que el padre de Abram, Taré, también había sido llamado.

Cuando Dios llama a Abram, lo saca de una tierra pagana, donde el nombre de Jehová no era conocido, se le llama en otra parte “casa de idolatría”. Notemos primeramente que Abram no es el que busca a Dios, sino que es Dios quien viene a Abram y lo llama. Al llamarlo le promete tres cosas:

1. Una tierra.

2. Descendencia.

3. Que en él, todas las familias (pueblos) de la tierra serían benditas.

Tras escuchar las promesas de Dios, lo que Abram hace es actuar en conformidad a lo que se le dijo. Ahora, entremos  un poco en la cabeza de Abraham.

Sabemos que Abram estaba mayor, pero más que eso, su propia esposa era una mujer mayor, y encima de eso era estéril. Si Abram se hubiese detenido a observar todas esas circunstancias, lo que Dios le estaba diciendo habría sonado ilógico, sin sentido, una locura. En ese caso se habría quedado cómodamente donde estaba. Pero no lo hizo. ¿Qué ocurrió en el corazón de Abram que le hizo tomar la decisión de dejar a todos los suyos y salir de aquella tierra hacia un lugar que él mismo no podía identificar aún?

Para Abram la decisión no fue una locura, ni ilógica ni insensata. Abram estaba de hecho actuando con plena confianza en que lo que hacía era lo más sensato. ¿Por qué salir de la tierra en la que vivía, dirigirse hacia una tierra desconocida, esperar tener un hijo con su mujer estéril, y una descendencia tal que alcanzaría a bendecir a todas las familias de la tierra era lo más sensato y lógico para hacer? ¡Por que el que le prometió todo aquello y quien lo estaba llamando era Dios! El proceso fue así:

1. Primer razonamiento: Mi esposa y yo estamos mayores y ella es estéril. Tener hijos no es una posibilidad. Aquí en Harán estamos cómodos.

2. Promesa de Dios: Te daré una tierra que te mostraré, te daré una gran descendencia, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.

3. Segundo razonamiento: Dios dijo que me daría una descendencia y una tierra, y que en mí serán benditas todas las familias de la tierra. Como él es Dios Soberano, Todopoderoso, Inmutable, y Verdadero, puedo confiar en sus promesas, las doy por un hecho.

4. Confianza activa: Me voy.

Notan el proceso: primero Abram recibe una promesa, un conocimiento por parte de Dios, información que antes no tenía. Luego hace uso de razón en torno a lo que conoce, y aunque no es lo más lógico ante los ojos humanos, su pensamiento es moldeado por la palabra de Dios. Finalmente, actúa con plena confianza y sale de su tierra seguro de que recibirá lo que se le ha prometido.

Esto es fe: conocimiento de Dios seguido por un razonamiento que gira en torno a ese a conocimiento, lo cual desemboca en una confianza activa. La verdadera fe siempre termina en obras. “La fe sin obras es muerta”.

Sabemos, por Filipenses 1:29, que ni siquiera la fe con la que actuó Abram provenía de sí mismo, sino que todo fue un don de Dios.

En nuestro caso no fue tan diferente como en el caso de Abram. Al igual que él, fuimos llamados de una tierra de esclavitud al pecado, casa de idolatría, donde estábamos completamente sujetos al castigo de la ira de Dios. (Porque la paga del pecado es muerte). Pero estando ahí, nos vino una pieza de información que no conocíamos: Somos pecadores, nada de lo que hacemos puede agradar a Dios porque  está manchado por nuestra propia maldad, y debido a esa maldad estoy sujeto a muerte, al castigo de Dios. Pero de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Cristo, quien tomó mi lugar y sufrió el castigo que me tocaba a mí, muriendo en la cruz, derramando su sangre para que mis pecados no sean tomados en cuenta más. Entonces razonamos: por mis propias fuerzas no puedo agradar a Dios, todo lo que hago está manchado por mi pecado; pero hay perdón en Cristo, debo confiar en él como el único medio que tengo para ser reconciliado con Dios. Entonces creo en Cristo. Y al igual que con Abram, nada de esto provino de mí, sino que Dios lo hizo posible.

Génesis 15: El voto

Dios le confirma su promesa a Abram mediante un rito. Este ritual era bastante común en los tiempos de Abram. Las dos partes que están negociando pasan en medio de animales partidos como diciendo: “que esto y peor me pase si yo no cumplo con mi parte del trato.”

En la narración vemos que Abraham prepara los animales para realizar el ritual. Pero Dios comienza a tardarse. Abram hasta tiene que empezar a espantar las aves de rapiña que quieren comerse los animales muertos. Entonces ocurre algo maravilloso. Dios hace que Abraham se quede dormido. Y mientras él duerme, Dios pasa por en medio de los animales, en forma de fuego y humo, como diciendo: “que esto o peor me pase si no se cumple este pacto.”

Génesis 17: La señal

En este capítulo Dios establece una señal con Abraham, una señal del pacto. Esta señal sería una muestra de su propio compromiso por todas las generaciones por venir de cumplir con el pacto establecido. (Ver Gálatas 3:6-9, 29)

A lo largo de toda esta historia podemos resaltar que el actor principal no es Abraham, sino Dios mismo. Y como descendientes que somos de Abraham, debemos confiar en este pacto que abarca incluso nuestras familias. No que todos en nuestra familia vayan a ser salvos, pero todos gozarán de las bendiciones de ser hijos del pacto de Dios con nosotros. La promesa sigue siendo la misma, y Dios sigue siendo el mismo, y nosotros somos el cumplimiento de esa promesa, la bendición de Dios derramada en todas las familias de la tierra. Ese es el don de su Espíritu Santo en la iglesia universal.