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“El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

Como dije en la primera parte de este artículo, una cosmovisión se puede definir como la consonancia entre lo que conocemos, lo que somos y lo que hacemos. Si queremos tener una cosmovisión bíblica o cristiana, estas tres áreas de conocer, ser y hacer deben resonar con la Palabra de Dios; deben resonar con Cristo mismo. “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen”.

En este artículo me propongo señalar la segunda de tres doctrinas falsas que se nos presentan como verdades en este sistema en el que vivimos, y veremos cómo responde una cosmovisión cristiana ante estos ataques. Creer una o la otra tendrá implicaciones grandes para nuestro andar cristiano.

II. Control vs. Mayordomía

Según la perspectiva de este mundo, el hombre vive sujeto a los caprichos de los dioses, o a las fluctuaciones de la energía, o a las acciones de  espíritus y demonios,  a la suerte o la casualidad, y la más reciente, a las fuerzas de la Naturaleza (la vengativa Madre Tierra). En cualquiera de estas, todas vigentes en nuestro mundo actualmente, el hombre no tiene el control total, sino que es solo víctima de las circunstancias. Sin embargo, dado que esa sensación de falta de control lo atormenta, busca obtenerlo de alguna manera. En este sentido ha habido diversas respuestas a lo largo de la historia.

En algunas cultura lo fue y lo sigue siendo la magia, un medio sobrenatural para controlar todo aquello que de otra forma parece aleatorio. Los amuletos mágicos y protectores, los encantamientos, los rituales, entre otros, son todos medios para controlar las fuerzas invisibles, llámense espiritus, demonios, o la naturaleza misma. En algunos casos tienen que colocarse voluntariamente al servicio de estas fuerzas, ofrecer algún tipo de sacrificio, en constante temor ante la posibilidad de perder su poder. La alquimia buscó mezclar la ciencia con la magia, nuevamente, en un afán por obtener el control del mundo físico a través de procesos que no obedecen a la razón ni a la ciencia. Un intento por sentirse en dominio de aquello que de otra forma parece aleatorio o incontrolable. Y en el presente, los científicos pretenden utilizar todos sus recursos para controlar aspectos de la vida solo con el solo fin de poder decir que los han dominado. El peor enemigo, y el más caprichoso, temido a nivel mundial, al cual se le rinden sacrificios de todo tipo, y al que todos quieren controlar o al menos apaciguar, es la Madre Naturaleza y su hijo ilegítimo, el “calentamiento global”.

Estas tendencias no se han quedado fuera de la Iglesia. ¿Cuántas personas no ven a Dios como un ser caprichoso, que juega con las circunstancias y con la historia de los hombres, cuyos motivos son incomprensibles, y que se encuentra tan distante que no podría entendernos jamás? En muchas Iglesias se le ofrecen sacrificios de dinero a este Dios (o debería decir, dios, en minúscula, pues no es el Dios de la Biblia), esperando calmar su ira y obtener su bendición aleatoria. Se venden amuletos de todo tipo, desde tarjetitas con versículos bíblicos (no para memorizar, sino para proteger de demonios y espíritus) hasta aguas, aceites, paños y todo tipo de materiales “benditos”. Y en las librerías “cristianas” puedes encontrar extensos manuales de neo-brujería bajo el encanto de las visiones, profecías y palabras de bendición que se asemejan más a los encantamientos y a la hechicería de antaño que a una cosmovisión bíblica de la vida. El cristiano debe sentarse a pensar y proceder con precaución ante estas tentaciones. Pero sobre todas las cosas, lo primero es dirigir la mirada a la Biblia y entender el mundo a través de Cristo.

Antes de hablar de nuestro papel, debemos recordar que Dios es soberano sobre la creación. Pero no es un Dios caprichoso y juguetón. Él tiene un plan perfecto para la historia del mundo que acabará en su gloria, en la bendición eterna de sus hijos y en la eliminación final de la muerte y del pecado y todos sus efectos; enemigos que se encuentran todos derrotados en la cruz de Cristo y esperan solamente ser erradicados. Los creyentes ya hemos recibido la bendición de Dios por medio de Cristo, en quien somos amados desde la eternidad y hasta la eternidad, por lo que no debemos estar ofreciendo sacrificios en busca del favor de Dios. Si estas en Cristo, no hay nada que podamos hacer para que Dios te ame más, su amor quedó demostrado en la cruz de manera perfecta y sublime. Tampoco debemos vivir en temor de espíritus y demonios derrotados, ni debemos pensar, ni siquiera por un momento, que nuestro Dios no tiene un plan perfecto en marcha, y que nosotros somos parte de ese plan, por lo cual podemos descansar confiados en su perfecta sabiduría, poder y bondad.

El cristiano no debe entender el mundo como una amenaza caprichosa que debe controlar, sino como un don de Dios que debe utilizar para su gloria. Cuando Dios colocó al hombre en el huerto, le dio la misión de utilizar la tierra y todos sus recursos, como si fuese el amo de la creación. Pero siempre se nos recuerda a lo largo de la Biblia que “del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan”. Así que la posición del hombre no es la de amo y señor supremo de la creación, sino la de virrey o mayordomo de la creación, representando y honrando en todo lo que hace a su verdadero Rey y Señor. La ciencia propiamente dicha vio su nacimiento a partir de esta perspectiva. Los primeros científicos serios (los que no practicaban alquimia) fueron personas que pretendían conocer, entender y aprovechar el mundo que Dios había puesto en sus manos.

El cristiano debe procurar utilizar los recursos que Dios le ha dejado con sabiduría, sin destruirlos ni abusar de ellos. No por temor a encender la ira de la Madre Tierra, sino porque sabe que su Dios y creador lo ha colocado en una posición de autoridad responsable sobre las demás criaturas. El cristiano cuida la creación, no contamina, recicla, reutiliza, hace uso de un buen juicio en cuanto al manejo del agua, de los alimentos, del cuidado de su casa, de su comunidad, de su país y del planeta, no por amor a la naturaleza, sino por amor al Creador, y porque reconoce su rol de responsabilidad sobre lo creado.

En el sistema del mundo, el conocimiento es uno de los ídolos que más claramente se adora, especialmente en los sistemas educativos. Es uno de los medios más eficientes para obtener el control del entorno (El conocimiento es poder). El hombre debe dominar la mayor cantidad de conocimiento, y su avance en la vida será proporcional con la cantidad o calidad de títulos que obtenga (Siendo el hombre el centro del universo, todos sus esfuerzos van dirigidos a su propia satisfacción, pero este punto lo veremos en más detalle en la tercera parte del artículo). En este sentido, el trabajo se convierte en un medio para alcanzar posiciones, fama, dinero y bienestar. Ya no es importante si a la persona le gusta o no lo que hace, o si es buena o mala en ello.

Bajo esta perspectiva, se pierde el sentido de la vocación (o llamado) que Dios quiere que llevemos a cabo para honrarle. El cristiano debe tener un sentido de llamado, que es el medio por el cual pone a funcionar los dones que ha recibido, sus gustos e inclinaciones, sus habilidades y capacidades, para aprovechar los recursos del mundo que le rodea, y llevar así gloria a su Creador. En este sentido, los dones que tenemos son parte de nuestra mayordomía, y debemos usarlos para la gloria de Dios y para el bien de los demás. Somos creados para buenas obras, preparadas por Dios de antemano para que andemos en ellas. De este sentir debe nacer nuestro llamado, vocación, oficio o trabajo en el mundo.

Es necesario que te arrepientas de ser tú el amo y señor de tu vida, y que reconozcas al verdadero Señor. Entonces podrás dejar de buscar tener el control y descansar en paz en las manos de Aquel que no solo está en control de todas las cosas, sino que te ama de tal manera que lo ha hecho todo para que las circunstancias de este mundo obren para tu bien. Esa confianza solo nace de un corazón que se humilla ante su incapacidad total y reconoce cuánto necesita de Cristo. Jesús obedeció su llamado como Profeta, dando a conocer al Padre y el amor del Padre en toda su gloria; como Sacerdote, se ofreció en sacrificio a Sí mismo en la cruz, en rescate por todos los que crean y confíen en Él; y como Rey, venció a Satanás, al pecado y a la muerte, de modo que no tienes absolutamente nada qué temer. No hay fuerza alguna en este mundo que no esté sujeta bajo su poder absoluto, pues su nombre es sobre todo nombre, y si descansas en su obra y sacrificio, podrás vivir confiado, y esa confianza te dará la libertad para honrar a tu Creador en todo tu pensamiento, tus acciones y tu ser.

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El cuerpo

Todo esto sería muy difícil, desalentador, complicado y frustrante si Dios nos hubiese llamado en soledad. Pero algo maravilloso en todo esto es que hay muchos que participamos de este milagro, y conformamos unidos un solo cuerpo, la Iglesia. La Iglesia es un organismo extraordinario dejado por Dios en la tierra para cumplir sus propósitos. No voy a entrar en todos los detalles que se podrían decir en cuanto a la Iglesia, pero algo sí enseña la Biblia que resulta pertinente en este momento, y es el concepto de que somos, como Iglesia, el cuerpo de Cristo.

La metáfora del cuerpo siempre ha sido mi favorita para describir a la Iglesia, particularmente por las muchas implicaciones que tiene. Siendo un cuerpo, la Iglesia está conformada por muchos miembros, cada uno con una función muy particular y adecuada, funcionando unidos y muy ajustados, con el fin de crecer y edificarnos como cuerpo, en amor (Efesios 4).

Ahora, veamos algunas implicaciones de esto. En primer lugar, si has creído en Cristo, puedes considerarte un miembro de su cuerpo. Esto significa que dentro de este cuerpo, tú tienes una función que cumplir. Cristo se ha encargado de repartir dones a los hombres, de tal manera que puedes estar seguro de que no eres un miembro innecesario, sino que has recibido una tarea específica (o varias) que debes desempeñar en el cuerpo. Algunos de los dones mencionados en Efesios 4 son los de los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Los que han recibido estos dones, según el versículo 12, tienen una función muy específica: deben “capacitar a los santos para la obra del ministerio”. Ahora, lamentablemente, esta capacitación en muchas Iglesias se entiende como “transmitir información”. Pero, como ya vimos, si queremos llegar “a la estatura de la plenitud de Cristo” (énfasis mío) deben entrar en resonancia todas las áreas de mi vida. Ahora hablo a los que tienen estos dones: si realmente quieren capacitar a los santos para que lleguen a “la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, deben esforzarse por hacer más que simplemente “transmitir información”, deben procurar invertir en las vidas de los miembros, siendo ejemplos de cómo esa información transforma el carácter y se ve reflejada en las acciones. Esto será todo un desafío, pero debemos tomarlo en serio si queremos que los demás crezcan en todo, como dice el pasaje.

En segundo lugar, y basándonos en lo anterior, si eres miembro de este cuerpo, debes prestar mucha atención a los que que te están enseñando. Observa con detenimiento cómo lo que dicen desde el punto se ve en sus vidas, cómo Cristo ha afectado y está afectando cada área de su ser. Recuerda que tus pastores están buscando tu bienestar, “como quienes han de rendir cuentas por tu alma”, de modo que debes confiar en que el Señor los está usando para capacitarte a ti, para que puedas desempeñar tu ministerio, sea este cual sea. Claramente, los ministerios mencionados aquí no son todos los que existen, estos son solo los que capacitan a los demás. Pero en el cuerpo hay tantas funciones y ministerios como miembros. Tú creador ha puesto en ti un conjunto de factores que te hacen único en medio de su Iglesia. Tu personalidad, tus tendencias e inclinaciones, tus gustos, tu forma de pensar, tus habilidades, tus facilidades, incluso tus debilidades y tus flaquezas, son todas parte de la historia que Dios ha escrito para tu vida, y por lo tanto, de alguna manera, reconciliadas con Cristo, pueden guiarte hacia lo que Dios quiere que hagas. En ocasiones quisiéramos que la Biblia ofreciera una lista exhaustiva de dones y ministerios posibles, pero siendo nuestro Dios tan creativo como es, solo esa lista resultaría en una enciclopedia de cientos de volúmenes. Piensa en el contexto de tu Iglesia, en los dones que Dios te hada, y en cómo puedes ponerlos al servicio de los demás, y confía en que el Señor los usará para la edificación del cuerpo, y para su gloria. Este desafío también es grande, y puede tardarse muchos años, así que no te desanimes, hallarás tu lugar.

En tercer lugar, recuerda siempre quién es la cabeza de este cuerpo. Cristo es nuestro Señor y nuestro Salvador. Es muy importante tener esto siempre en mente. Como nuestro Señor, Él nos dice lo que debemos hacer. Él nos ha dado los dones y nos da algunas pautas para su uso, sean estos cuales sean. Debemos usarlos en amor: amor a Dios y amor al prójimo. Punto. No busques tu propia gloria ni tu propio beneficio. Busca siempre agradar a Dios antes que a los hombres. Y cuando falles, cuando no hagas aquello para lo que fuiste llamado, recuerdo que tu mismo Señor es también tu Salvador, y que Él ha pagado plenamente por todos tus pecados, que “no existe nada que puedas hacer para que te ame más, ni nada que puedas hacer para que te ame menos”. Y en esas ocasiones cuando caigas (porque vas a caer), su gracia es la que te sostiene desde la eternidad y hasta la eternidad. Él es tu Salvador.

Quiero parafrasear ahora las palabras del personaje principal de la película La invención de Hugo Cabret:

Me gusta pensar que somos una enorme máquina. Ya sabes, las máquinas nunca traen piezas de sobra. Tienen el número y tipo exacto de piezas que necesita. Así que, si somos una enorme máquina, yo debo estar aquí por alguna razón. Y eso quiere decir que tú también debes estar aquí por alguna razón… Quizá es por eso que las máquinas rotas me conmueven, porque no pueden hacer aquello para lo que fueron creadas… Quizá es igual con la gente… si pierdes tu propósito… es como si estuvieras roto.

Aunque Hugo no reconoce en ningún momento quién fue el inventor de esta “enorme máquina”, nosotros conocemos al Diseñador. Y aunque la Iglesia es más que una máquina inerte y programada, se cumple que no tiene “piezas de sobra”. Tiene exactamente los miembros que necesita, y cada uno está ahí por alguna razón. Todos llegamos como piezas rotas, que en la caída perdimos nuestro propósito. Pero Cristo nos ha reparado, nos ha reconciliado con nuestro Creador, y por ende nos ha reconciliado con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con su creación entera, de modo que ahora podemos vivir de acuerdo al llamado que hemos recibido. Y es que nuestra verdadera identidad no estaba en nosotros, sino en Cristo. Todo este tiempo ha estado en Cristo.

Cuando te pregunten quién eres, ya tienes parte de la respuesta. Sabes que eres una criatura de Dios, creada por Él de manera muy particular y con un solo propósito, el de disfrutar de Él para siempre y glorificarle con todo lo que eres. Sabes que eres objeto de un milagro, pues Cristo te ha reconciliado por medio de su sangre con el Padre. En este sentido, eres hijo de Dios. Adoptado en el Espíritu de Cristo que habita en ti. Y este mismo te capacita para que cada día puedas cumplir más y más tu propósito. Y sabes también que Cristo mismo te ha dado un lugar en su cuerpo, su Iglesia. Un lugar con una función particular, y quiere que te dediques a cultivar tus dones y utilizarlos para Él, en amor. Tu pasado, tu presente y tu futura están asegurados en las manos de aquél que te escogió desde antes de la fundación del mundo para su gloria. Sólo en Él hallarás la completa y genuina realización personal.

Sobre Toda Cosa Guardada

Publicado: septiembre 19, 2010 en Notas de Sermones
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(Estas son las notas que tomé durante una conferencia bíblica a la que asistí este fin de semana: No quise cambiar mucho la redacción para no escribir nada que no fuera dicho por el conferencista (Su nombre es Bill Yarbrough), así que si en ocasiones parece que las cosas no están bien redactadas, es porque son mis notas casi tal cual las tomé durante su charla. Espero que sean de bendición para los lectores.)

Proverbios 4.23 dice “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.”

Una prioridad en nuestra vida cristiana debe ser, de entre todas las cosas valiosas que guardamos, debemos guardar nuestro corazón, porque todo mana de ahí. Todo en la vida nace del corazón. Tener éxito en la vida matrimonial parte del corazón; empezar una nueva congregación nace y depende del corazón; un buen liderazgo proviene del corazón. Todo, absolutamente todo parte del corazón. De hecho, nuestra vida como creyentes empezó cuando Dios agarró nuestro corazón en Cristo.

Dos peticiones deben estar siempre presentes en nuestras oraciones:

Primero, debemos pedirle a Dios que nos haga amantes de la gente. Esto puede ser en ocasiones fácil, y en ocasiones difícil. Y es que no queremos simplemente soportar a la gente, sino amarlos de corazón. Debemos ser capaces de abrazar a nuestros enemigos en oración,  de corazón. Que Dios nos haga amantes de la gente.

Segundo, debemos pedirle que nos ayude a morir como personas humildes. Debemos entender que todo lo que tenemos es un regalo, que no hay nada que tengamos que hayamos recibido. A pesar de saber esto, nos es muy fácil ser orgullosos, y presumir de lo que tenemos, como si lo hubiéramos ganado con nuestro propio esfuerzo. Como líderes nos gusta legislar, mandar, que los demás hagan nuestra voluntad; pero no nos gusta lavar los pies de los demás. Que Dios nos ayude a ser personas humildes.

Cuando pensamos en que del corazón mana la vida, debemos entender que todo nace de ahí. Nuestra adoración como cristianos nace del corazón. Un tema de mucha disputa entre las iglesias, y específicamente entre las generaciones dentro de las iglesias, es el de la adoración. Se pregunta con frecuencia, ¿cuál es la adoración que es importante? En realidad es un asunto del corazón. Al igual que todo lo demás: el servicio, la vida en el hogar, la plantación de iglesias, el trabajo en equipo, todo nace del corazón.

Debemos estar conscientes de nuestro corazón. La vida entera depende de esto. Si buscáramos en nuestras Biblias, en las concordancias, la palabra “corazón”, encontraríamos cientos de referencias. Deuteronomio 6.5 dice “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón…” . San Augustín dijo una vez: “Ama a Dios y haz lo que tú quieras”. Algunos pensarán que esta cita promueve el libertinaje, sin embargo, si uno ama a Dios realmente, puede hacer lo que quiera, pues no querrá hacer nada que vaya en contra de ese amor. Si nuestro corazón está conectado a Dios, podemos hacer lo que queramos, pues nuestro corazón querrá hacer su voluntad. “Él es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.” “No tendrá temor de malas noticias, pues su corazón está confiado…”. También, “Engañoso es el corazón.” Y es que si desconocemos las escrituras, vivimos engañados, pues nuestro corazón es “perverso, y ¿quién lo conocerá?”. “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”. “De la abundancia del corazón habla la boca.” “Porque del corazón salen los malos pensamientos…”. Esta maldad de nuestro corazón no cambia por nuestra fuerza, sino por la obra de Dios en nosotros.

“Nuestra sabiduría consiste casi completamente de dos partes: primero, el conocimiento de Dios, y segundo, el conocimiento de nosotros mismos. Pero como estos están tan conectados entre sí, es difícil saber cuál de los dos precede y da origen al otro.” En su palabra Dios se ha rebelado, pero también nos ha rebelado a nosotros mismos. Podemos conocerle a él, pero también podemos conocernos mejor a nosotros mismos. Y es que nuestro concepto de Dios está muy relacionado con nosotros mismos. Un ejemplo: cuando yo peco, pienso en Dios como aquel que todo lo perdona, cuyo perdón es infinito, y soy rápido para apreciar y recurrir a ese perdón. Pero cuando mi hermano peca, pienso en Dios como aquel que condena todo pecado, que de ninguna manera tendrá por inocente al culpable, y soy rápido para juzgar, condenar y ejecutar a mi hermano.

Algo que debemos aprender, y tener siempre muy presente, respecto al conocimiento que debemos tener de nosotros mismos, es que somos peores de lo que podemos imaginar. Dicho con amor: Tú eres peor de lo que puedes imaginar. La buena noticia es que Dios justifica a los pecadores. El que me salvó es el mismo que me sostiene, no por lo que yo soy, sino por lo que Él es.

No debemos ser superficiales

Ser superficial es ser poco profundo, que no deja ver todo lo que hay, que aparenta ser real o genuino, de poca sustancia. Como seres humanos sentimos que es mucho más seguro ser superficiales. Sin embargo, la obra de Dios se da a un nivel nada superficial, él va cambiándonos profunda y continuamente. Debemos practicar lo más importante: entregarnos de corazón. Debemos pedirle a Dios que en nuestra relación con él y con los demás nos permita ir más profundo.

Algo positivo que tenemos las iglesias cristianas es el discipulado. Aprendemos versículos, escuchamos historias, hablamos de doctrina, enfatizamos cosas como la obediencia, la fidelidad, la formación de carácter, la ofrenda, el tiempo devocional, entre otras. Sin embargo, hemos sido pobres en cuanto a hacer un discipulado emocional de arrepentimiento, de aceptar corrección, de madurar emocional y espiritualmente.

Una persona emocionalmente inmadura:

  • Usa las obras para esconderse de los demás. Pasa tan ocupado haciendo y haciendo que no dedica tiempo a las personas. Deja de lado a su familia y amigos.
  • Pasa tan ocupado que no rinde cuentas a nadie. Pasa solo y le es fácil pecar sin hacerse responsable ante nadie.
  • Ignora, niega o cubre relaciones dolorosas. Todos somos el resultado de nuestra historia, y todos nos hemos relacionado con muchas personas. En medio de tanta gente, pueden surgir relaciones que realmente son dolorosas, relaciones que nos han herido, relaciones que han dejado una marca amarga en nosotros.
  • No acepta su pasado. Dios ha estado en control de todo lo que nos ocurre. Nuestra historia es más bien la historia de su obra en nosotros. Debemos aprender a aceptar lo que hemos hecho, lo que hemos vivido, y ser genuinos en ello.
  • No habla con los que le ofenden. Prefiere no confrontar a los que le han hecho mal. Guarda todo su rencor.
  • Solo trabaja por trabajar, pero no le nace del corazón. Sus obras no nacen de una verdadera adoración.

Una persona emocionalmente madura:

  • Reconoce que es peor de lo que piensa.
  • Reconoce lo que es y lo que no es. Acepta sus fortalezas y sus limitaciones con sinceridad.
  • Puede nombrar, reconocer y enfrentar sus sentimientos.
  • Puede iniciar relaciones con otros y mantenerlas. Es muy sencillo empezar una relación con alguien cuando se conocen poco, pero es más difícil mantener esa relación después de años, cuando se conocer los defectos, se han vivido errores, se ven las fallas, y demás. El maduro es capaz de abrir las llagas y ser honesto con lo que sucede.
  • Desarrolla la capacidad de dar a conocer sus sentimientos con palabras y expresiones.
  • Pide lo que necesita o quiere de manera clara.
  • Evalúa sus fortalezas y sus debilidades.
  • Aprende a llorar y lamentarse de manera correcta.

¿Que podemos hacer para ir más profundo?

El cristianismo es una fe del corazón, no es solo doctrina, escritura, cultos… aunque esto es importante.

“Confesaos vuestras ofensas (pecados) unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.” Santiago 5.16

Debemos buscar a alguien con quien podamos platicar. Si somos líderes, debemos buscar a un consiervo con quien podamos hablar de nuestras luchas, de nuestras debilidades, de nuestros pecados. Debemos aprender también a ministrar desde nuestra vulnerabilidad. Hay tres cosas que son claves para lograr esto:

Primero, la clave es la gracia de Dios que nos sostiene. Nada que hagas puede hacer que Dios te ame más, y nada que hagas puede hacer que Dios te ame menos. Dios te ama cuando estás bien y te ama cuando estás mal. Este punto es fundamental. Dependemos de la obra de otro, Cristo. Él está comprometido con nosotros, aún más que nosotros mismos.

Pensemos en la iglesia de Corintios por un momento. ¿Cuáles problemas enfrentaba esa iglesia? Divisiones, contiendas, idolatría, adulterio, orgullo, vanidad, irreverencia durante la cena del Señor, abusos, y muchas cosas más. Sin embargo, si vemos la introducción de Pablo en su primer carta a esta iglesia tan imperfecta, él dice a la iglesia de Dios que está en Corinto, “a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.” A pesar de todos nuestros pecados, a pesar de todas nuestras imperfecciones, somos la iglesia de Cristo, somos llamados a ser apartados para Dios, son santificados en Cristo, Él es nuestro Señor y Dios es nuestro Padre.

En segundo lugar, debemos considerar las promesas de Dios. Ahora, no se trata de las promesas equivocadas. Dios no nos promete prosperidad económica, como muchos predican hoy en día. Tampoco promete sanarnos físicamente, aunque lo puede hacer, y lo ha hecho. Pero sí promete que la buena obra que empezó en ti y en mí, la perfeccionará. Su promesa es la que me define, no mi pecado. “Fiel es Dios que nos confirmará.” Él hará mis caminos derechos, hasta el final. El celo de Jehová de los Ejércitos hará esto. Estamos bañados en su promesa.

En tercer lugar, debemos conocernos a nosotros mismos. ¿Cómo conoceré el gran perdón de Dios si no reconozco mi gran pecado? Conforme avanzamos en la vida cristiana, hay dos conocimientos que se oponen y crecen juntamente. Conforme más avanzo en mi vida, más conozco acerca de mí mismo, de mi maldad, de mi pecado, de mi miseria, de mi imperfección, de mi necesidad de Dios, de mi indignidad. Y conforme crezco en ese conocimiento, al mismo tiempo conozco más acerca de Dios, de su santidad, de su gracia, de su amor, de su misericordia, de su fidelidad, de su gloria. Y el abismo entre estos dos conocimientos hace que la cruz de Cristo se vea cada vez más y más grande. Porque es solo por medio de su sacrificio en la cruz, que una persona tan vil como yo puede acercarse a alguien tan santo como Dios.

LA GRACIA

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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¿Alguna vez les ha sucedido que Dios les dice exactamente lo que necesitaban estuchar, ya sea por medio de Su Palabra, o por la predicación de algún hermano, o por la exposición de algún invitado especial? Estoy seguro de que sí les ha sucedido. Bueno, en esta ocasión me tocó a mí recibir de Dios un par de golpes en la cara para despertar.

Bueno, no es difícil darse cuenta de que llevo bastante tiempo sin escribir en el blog. Si no me creen, pueden fijarse en la última entrada, que fue publicada en Noviembre (creo) del año pasado. Y ya estamos en Marzo. Pues bien, usaré este medio para confesar la razón, y la vez compartir cómo Dios me ha redargüido hoy.

Caí. Durante el último año o más he caído en la tentación de creer que puedo y debo hacer algo para ganarme el favor de Dios. Creo que a todos nos ha sucedido, y nos sucede continuamente. Queremos, por nuestros propios medios, ganarnos el favor de Dios. Ahora, yo sé que la salvación es por gracia. Por supuesto, no me atrevería a afirmar lo contrario. Sé que para acercarme a Cristo, el Espíritu Santo tiene que conquistarme y darme la fe, y sólo por su obra recibo de Dios el don de la salvación. No es por obras para que nadie se gloríe. Está claro.

El problema no se centra en la fe salvadora, y cómo esta nos introduce al reino de Jesucristo. El problema fue que, después de saber que era salvo, me vi expuesto ante una realidad que no lograba asimilar: sigo siendo pecador. Algunos dirán, claro, uno no es perfeccionado inmediatamente, entra en el proceso de santificación, y avanza poco a poco. Sí. Eso lo sabía. Pero el problema era que lejos de avanzar, veía en mí mismo un retroceso. Lejos de quedar libre del pecado, me encontraba cada vez más enredado en él. Y esa maldad que siempre presente en mí, me llevó a pensar que quizá no era digno de llevar a cabo las obras a las cuales Dios me ha llamado. No dudé de mi salvación, dudé de mi utilidad para el reino. Pensé que para Dios iba a ser difícil utilizarme en el estado en que me encontraba. Y me hundí.

Llevaba bastante tiempo en esta lucha, y cada vez era más difícil, más intensa. Y cada vez era más secreta. Creía que no debía admitir mi lucha, que podría ser de mal testimonio, y que no estaría glorificando al Padre. ¡Cuán engañoso es el corazón! Incluso mi llamado al pastorado se vio nublado por mi duda y mi reproche. Llegué a pensar que quizá Dios me había desechado. Que lo que alguna vez puso en mi corazón, lo había retirado por motivo de mi maldad. ¿Cómo podría un pecador como yo guiar a otros a Cristo, si yo mismo no soy capaz de seguirlo. Y me hundí más.

He intentado luchar contra mis pecados con mis propias fuerzas. Pero hace poco encontré en los salmos un pasaje que habló a mi corazón, y hoy cobró sentido total. El Salmo 44:6 dice “Pues no confío en mi arco, ni mi espada puede salvarme.” Hoy, en una conferencia bíblica que se estaba celebrando en nuestra iglesia, el hermano conferencista estuvo hablando de la gracia. Y hubo especialmente un pasaje que llamó mi atención y trajo lágrimas a mis ojos. Ahora me pregunto cómo pude pasar por alto algo tan sencillo, básico, y clave para la vida cristiana. El pasaje se encuentra en Colosenses 2:6, y dice, “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él.”

Pregunto: ¿Cómo recibimos al Señor Jesucristo? ¿Hubo algo que pudimos hacer para recibirle? ¿Teníamos algo que ofrecer? No. Sabemos que la salvación la recibimos por gracia. Y de esa misma manera debemos andar. Cuando vimos a Cristo por primera vez, vimos todas nuestras faltas, nuestros pecados, nuestras debilidades, que por el amor de Dios fueron puestas sobre su Hijo, de tal manera que sufrió el castigo justo que nosotros merecíamos, para que por su sacrificio fuésemos libres de condenación, y en su resurrección obtuviéramos vida. Pero la gracia no se queda ahí. Como dijo el predicador, la historia completa del hombre, desde el Génesis hasta el final, es la historia de la gracia de Dios.

De la misma manera andad en él. Así como recibimos la salvación por gracia. Así también debemos vivir conscientes de que no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más. Y mejor aún, no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos. Esta realidad golpeó mi corazón y lo hizo pedazos. Ninguna cosa creada me puede separar del amor de Dios, en Cristo Jesús; ni siquiera yo. Y es que Dios nunca me ha amado por causa de mí mismo, sino por causa de Sí mismo. Yo no tengo nada especial que ofrecer, si ofreciera algo estaría completamente manchado por mi propia iniquidad. Solo puedo dar pecado, maldad, corrupción, suciedad. Dios me ama por causa de Sí mismo, y porque hubo uno que sí pudo hacer lo que yo jamás habría podido hacer. Y cuando Dios me ve, en mis delitos y pecados, haciendo lo que no quiero, y no haciendo lo que quiero, Él ve a Jesucristo en mí, y Su justicia en mí.

Me quito la máscara. Soy un pecador de primera, y el peor de los peores. Mi maldad no tiene comparación, y la vergüenza que he traído sobre mí es grande. Pero nunca se ha tratado de mí. La gloria no tiene porque ser mía. Que Dios se glorifique en mis debilidades. Que cuando la gente vea a este pecador, dirija su mirada al Dios de amor que envió a Su Hijo para salvarlo. No soy mejor que nadie. No más hipocresía y falsa santidad. En mi corazón no hay bondad, ni generosidad, sino egoísmo y vanagloria. Soy pecador, y no tengo nada de qué estar orgulloso en mí mismo. Digo ahora junto con Pablo, “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.” Porque en Cristo Jesús mis caretas no valen nada.

No hace mucho le confesé a un alumno mi lucha. Resulta que llevaba cierto tiempo aconsejándolo, pero siempre había temido decirle que yo pasaba por lo mismo. Bueno, hace poco se lo dije, y hubo un cambio en nuestra relación. Ahora no me ve solo como un consejero ajeno a su situación, sino como alguien que lucha con lo mismo, y que sabe exactamente por lo que está pasando. Y ahora juntos podemos dirigir nuestra mirada a Cristo, sabiendo que no es por nuestra cara bonita que hemos sido llamados, sino por la sola gracia de Dios, y por la sola y perfecta obra de Jesucristo, MÁS NADA. Que la gloria sea siempre y toda Suya.