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Sobre Toda Cosa Guardada

Publicado: septiembre 19, 2010 en Notas de Sermones
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(Estas son las notas que tomé durante una conferencia bíblica a la que asistí este fin de semana: No quise cambiar mucho la redacción para no escribir nada que no fuera dicho por el conferencista (Su nombre es Bill Yarbrough), así que si en ocasiones parece que las cosas no están bien redactadas, es porque son mis notas casi tal cual las tomé durante su charla. Espero que sean de bendición para los lectores.)

Proverbios 4.23 dice “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.”

Una prioridad en nuestra vida cristiana debe ser, de entre todas las cosas valiosas que guardamos, debemos guardar nuestro corazón, porque todo mana de ahí. Todo en la vida nace del corazón. Tener éxito en la vida matrimonial parte del corazón; empezar una nueva congregación nace y depende del corazón; un buen liderazgo proviene del corazón. Todo, absolutamente todo parte del corazón. De hecho, nuestra vida como creyentes empezó cuando Dios agarró nuestro corazón en Cristo.

Dos peticiones deben estar siempre presentes en nuestras oraciones:

Primero, debemos pedirle a Dios que nos haga amantes de la gente. Esto puede ser en ocasiones fácil, y en ocasiones difícil. Y es que no queremos simplemente soportar a la gente, sino amarlos de corazón. Debemos ser capaces de abrazar a nuestros enemigos en oración,  de corazón. Que Dios nos haga amantes de la gente.

Segundo, debemos pedirle que nos ayude a morir como personas humildes. Debemos entender que todo lo que tenemos es un regalo, que no hay nada que tengamos que hayamos recibido. A pesar de saber esto, nos es muy fácil ser orgullosos, y presumir de lo que tenemos, como si lo hubiéramos ganado con nuestro propio esfuerzo. Como líderes nos gusta legislar, mandar, que los demás hagan nuestra voluntad; pero no nos gusta lavar los pies de los demás. Que Dios nos ayude a ser personas humildes.

Cuando pensamos en que del corazón mana la vida, debemos entender que todo nace de ahí. Nuestra adoración como cristianos nace del corazón. Un tema de mucha disputa entre las iglesias, y específicamente entre las generaciones dentro de las iglesias, es el de la adoración. Se pregunta con frecuencia, ¿cuál es la adoración que es importante? En realidad es un asunto del corazón. Al igual que todo lo demás: el servicio, la vida en el hogar, la plantación de iglesias, el trabajo en equipo, todo nace del corazón.

Debemos estar conscientes de nuestro corazón. La vida entera depende de esto. Si buscáramos en nuestras Biblias, en las concordancias, la palabra “corazón”, encontraríamos cientos de referencias. Deuteronomio 6.5 dice “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón…” . San Augustín dijo una vez: “Ama a Dios y haz lo que tú quieras”. Algunos pensarán que esta cita promueve el libertinaje, sin embargo, si uno ama a Dios realmente, puede hacer lo que quiera, pues no querrá hacer nada que vaya en contra de ese amor. Si nuestro corazón está conectado a Dios, podemos hacer lo que queramos, pues nuestro corazón querrá hacer su voluntad. “Él es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.” “No tendrá temor de malas noticias, pues su corazón está confiado…”. También, “Engañoso es el corazón.” Y es que si desconocemos las escrituras, vivimos engañados, pues nuestro corazón es “perverso, y ¿quién lo conocerá?”. “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”. “De la abundancia del corazón habla la boca.” “Porque del corazón salen los malos pensamientos…”. Esta maldad de nuestro corazón no cambia por nuestra fuerza, sino por la obra de Dios en nosotros.

“Nuestra sabiduría consiste casi completamente de dos partes: primero, el conocimiento de Dios, y segundo, el conocimiento de nosotros mismos. Pero como estos están tan conectados entre sí, es difícil saber cuál de los dos precede y da origen al otro.” En su palabra Dios se ha rebelado, pero también nos ha rebelado a nosotros mismos. Podemos conocerle a él, pero también podemos conocernos mejor a nosotros mismos. Y es que nuestro concepto de Dios está muy relacionado con nosotros mismos. Un ejemplo: cuando yo peco, pienso en Dios como aquel que todo lo perdona, cuyo perdón es infinito, y soy rápido para apreciar y recurrir a ese perdón. Pero cuando mi hermano peca, pienso en Dios como aquel que condena todo pecado, que de ninguna manera tendrá por inocente al culpable, y soy rápido para juzgar, condenar y ejecutar a mi hermano.

Algo que debemos aprender, y tener siempre muy presente, respecto al conocimiento que debemos tener de nosotros mismos, es que somos peores de lo que podemos imaginar. Dicho con amor: Tú eres peor de lo que puedes imaginar. La buena noticia es que Dios justifica a los pecadores. El que me salvó es el mismo que me sostiene, no por lo que yo soy, sino por lo que Él es.

No debemos ser superficiales

Ser superficial es ser poco profundo, que no deja ver todo lo que hay, que aparenta ser real o genuino, de poca sustancia. Como seres humanos sentimos que es mucho más seguro ser superficiales. Sin embargo, la obra de Dios se da a un nivel nada superficial, él va cambiándonos profunda y continuamente. Debemos practicar lo más importante: entregarnos de corazón. Debemos pedirle a Dios que en nuestra relación con él y con los demás nos permita ir más profundo.

Algo positivo que tenemos las iglesias cristianas es el discipulado. Aprendemos versículos, escuchamos historias, hablamos de doctrina, enfatizamos cosas como la obediencia, la fidelidad, la formación de carácter, la ofrenda, el tiempo devocional, entre otras. Sin embargo, hemos sido pobres en cuanto a hacer un discipulado emocional de arrepentimiento, de aceptar corrección, de madurar emocional y espiritualmente.

Una persona emocionalmente inmadura:

  • Usa las obras para esconderse de los demás. Pasa tan ocupado haciendo y haciendo que no dedica tiempo a las personas. Deja de lado a su familia y amigos.
  • Pasa tan ocupado que no rinde cuentas a nadie. Pasa solo y le es fácil pecar sin hacerse responsable ante nadie.
  • Ignora, niega o cubre relaciones dolorosas. Todos somos el resultado de nuestra historia, y todos nos hemos relacionado con muchas personas. En medio de tanta gente, pueden surgir relaciones que realmente son dolorosas, relaciones que nos han herido, relaciones que han dejado una marca amarga en nosotros.
  • No acepta su pasado. Dios ha estado en control de todo lo que nos ocurre. Nuestra historia es más bien la historia de su obra en nosotros. Debemos aprender a aceptar lo que hemos hecho, lo que hemos vivido, y ser genuinos en ello.
  • No habla con los que le ofenden. Prefiere no confrontar a los que le han hecho mal. Guarda todo su rencor.
  • Solo trabaja por trabajar, pero no le nace del corazón. Sus obras no nacen de una verdadera adoración.

Una persona emocionalmente madura:

  • Reconoce que es peor de lo que piensa.
  • Reconoce lo que es y lo que no es. Acepta sus fortalezas y sus limitaciones con sinceridad.
  • Puede nombrar, reconocer y enfrentar sus sentimientos.
  • Puede iniciar relaciones con otros y mantenerlas. Es muy sencillo empezar una relación con alguien cuando se conocen poco, pero es más difícil mantener esa relación después de años, cuando se conocer los defectos, se han vivido errores, se ven las fallas, y demás. El maduro es capaz de abrir las llagas y ser honesto con lo que sucede.
  • Desarrolla la capacidad de dar a conocer sus sentimientos con palabras y expresiones.
  • Pide lo que necesita o quiere de manera clara.
  • Evalúa sus fortalezas y sus debilidades.
  • Aprende a llorar y lamentarse de manera correcta.

¿Que podemos hacer para ir más profundo?

El cristianismo es una fe del corazón, no es solo doctrina, escritura, cultos… aunque esto es importante.

“Confesaos vuestras ofensas (pecados) unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.” Santiago 5.16

Debemos buscar a alguien con quien podamos platicar. Si somos líderes, debemos buscar a un consiervo con quien podamos hablar de nuestras luchas, de nuestras debilidades, de nuestros pecados. Debemos aprender también a ministrar desde nuestra vulnerabilidad. Hay tres cosas que son claves para lograr esto:

Primero, la clave es la gracia de Dios que nos sostiene. Nada que hagas puede hacer que Dios te ame más, y nada que hagas puede hacer que Dios te ame menos. Dios te ama cuando estás bien y te ama cuando estás mal. Este punto es fundamental. Dependemos de la obra de otro, Cristo. Él está comprometido con nosotros, aún más que nosotros mismos.

Pensemos en la iglesia de Corintios por un momento. ¿Cuáles problemas enfrentaba esa iglesia? Divisiones, contiendas, idolatría, adulterio, orgullo, vanidad, irreverencia durante la cena del Señor, abusos, y muchas cosas más. Sin embargo, si vemos la introducción de Pablo en su primer carta a esta iglesia tan imperfecta, él dice a la iglesia de Dios que está en Corinto, “a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.” A pesar de todos nuestros pecados, a pesar de todas nuestras imperfecciones, somos la iglesia de Cristo, somos llamados a ser apartados para Dios, son santificados en Cristo, Él es nuestro Señor y Dios es nuestro Padre.

En segundo lugar, debemos considerar las promesas de Dios. Ahora, no se trata de las promesas equivocadas. Dios no nos promete prosperidad económica, como muchos predican hoy en día. Tampoco promete sanarnos físicamente, aunque lo puede hacer, y lo ha hecho. Pero sí promete que la buena obra que empezó en ti y en mí, la perfeccionará. Su promesa es la que me define, no mi pecado. “Fiel es Dios que nos confirmará.” Él hará mis caminos derechos, hasta el final. El celo de Jehová de los Ejércitos hará esto. Estamos bañados en su promesa.

En tercer lugar, debemos conocernos a nosotros mismos. ¿Cómo conoceré el gran perdón de Dios si no reconozco mi gran pecado? Conforme avanzamos en la vida cristiana, hay dos conocimientos que se oponen y crecen juntamente. Conforme más avanzo en mi vida, más conozco acerca de mí mismo, de mi maldad, de mi pecado, de mi miseria, de mi imperfección, de mi necesidad de Dios, de mi indignidad. Y conforme crezco en ese conocimiento, al mismo tiempo conozco más acerca de Dios, de su santidad, de su gracia, de su amor, de su misericordia, de su fidelidad, de su gloria. Y el abismo entre estos dos conocimientos hace que la cruz de Cristo se vea cada vez más y más grande. Porque es solo por medio de su sacrificio en la cruz, que una persona tan vil como yo puede acercarse a alguien tan santo como Dios.