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El milagro

El hombre fue creado para ser el representante de Dios en la tierra, su imagen. Pero prefirió darle la espalda a Dios. Sin embargo, Dios, en su infinita sabiduría, en el consejo eterno de su voluntad, tenía un plan trazado que truncaría todos los efectos del pecado y de la muerte. Desde Génesis tres, cuando el hombre y la mujer cayeron, Dios les hizo una promesa en la cual se sostiene el pueblo de Dios: prometió que enviaría a un descendiente de la mujer que sería herido por la serpiente, pero que a su vez este le atinaría un golpe mortal en la cabeza. Jesús de Nazaret es ese descendiente.

Este Jesús era hijo de hombre, pero también era el Hijo de Dios. Siendo hombre, llevó a cabo la representación perfecta que solo él podría realizar. Obedeció a agradó al Padre en todo, sin caer en ningún tipo de tentación, viviendo completamente bajo su voluntad y glorificándole en todo. En ese sentido, vivió nuestra vida, la vida que jamás habríamos logrado vivir, que ni siquiera habríamos querido. Pero no sólo hizo esto, sino que también, siendo completamente inocente recibió sobre Sí el castigo que su pueblo pecador merecía. En aquella cruz, el inocente murió nuestra muerte. Pero morir no fue lo último que hizo. Después de tres días resucitó, y después de haber sido visto por sus discípulos durante cuarenta días después de su muerte, regresó al cielo, donde ha ocupado un lugar de suprema autoridad sobre toda la creación durante toda la historia de la humanidad.

Cuando el Espíritu de Dios ilumina nuestras mentes por medio del evangelio y abre nuestros ojos a la luz de Cristo, de modo que depositamos nuestra fe y confianza en Él para nuestra salvación, entonces somos objetos de un milagro sorprendente. Somos hechos verdaderamente nuevas criaturas, re-creados en Cristo Jesús. Se da un cambio en nuestro interior, y pasamos de ser árboles malos, capaces de dar únicamente frutos malos, a ser árboles regenerados, capaces de producir frutos que glorifiquen a su Creador. Todo esto solo mediante la obra de Cristo. El castigo que pendía sobre nosotros, Cristo lo sufrió, llevando sobre sus hombros todos nuestros pecados, de modo que cuando, por gracia, por medio de la fe, depositamos toda nuestra confianza en Él, somos declarados justos. Es decir, que aquella vida de justicia que Él llevó durante su tiempo en la tierra es puesta a nuestro nombre, de modo que Dios nos ve como hijos justos a sus ojos, no por lo que nosotros hayamos hecho, sino por lo que hizo Cristo en nuestro lugar; y nuestro pecado queda en el olvido, pues nuestro Salvador ya sufrió el castigo por este. Con este milagro de la nueva creación, recibimos una esperanza de gloria. Ahora sí, aquella gloria para la que fuimos creados: glorificar a Dios y gozarnos con Él por la eternidad.

Como puedes ver, el centro de esta historia, el héroe verdadero, el que merece toda nuestra honra y gloria, es Jesucristo, Dios hecho hombre. En Él todo cobra sentido. Él ha venido a reconciliar todo lo que estaba roto: nuestra relación con nuestro Creador, nuestras relaciones entre los seres humanos y nuestra relación con el mundo creado. Todo lo reconcilia consigo mismo, de modo que nada tiene sentido fuera de Él. Cristo es el por qué y el para qué; Él es el que hace que todos esos aspectos de nuestra vida, que de otra forma son inconexos e incongruentes, tengan algún sentido. Porque todo lo que existe, ha existido y existirá, fue creado por medio de Él y para Él.

Colosenses 1:19 es muy claro al enfatizar qué es lo que Cristo reconcilia consigo mismo: todas las cosas. Y por si queda alguna duda, afirma que se trata de todo lo que está en la tierra y todo lo que está en los cielos. Entonces, si todo ha sido reconciliado con Él, el mandato de 2 Corintios 10:5 cobra un sentido especial, particularmente para los hijos de Dios. Dice que debemos poner “todo pensamiento en cautiverio a la obediencia a Cristo”. Es decir, que de ahora en adelante, nuestro punto de partida para analizar y entender cualquier situación será Cristo. Él es ahora nuestro punto de referencia. Es un cambio de cosmovisión. Verás, antes, todo lo filtrábamos a través del yo, yo era la medida de todas las cosas, buscando en todo momento agradarme a mí mismo. Pero ahora, la medida de todas las cosas es Cristo, y así debe ser en mi mente. Esto significa que mis pensamientos, acciones y actitudes van a estar sujetas a Cristo, porque Él está re-creandome a su imagen. Al menos esa debe ser nuestra meta ahora. “Nos negamos a nosotros mismos, tomamos nuestra cruz cada día y le seguimos”.

Esta parte es la más difícil, creo (pero sería imposible de no ser por la obra del Espíritu Santo en nosotros). De ahora en adelante, debemos abandonar nuestra antigua manera de pensar, nuestra antigua manera de entender el mundo. Ya no nos guiamos por los parámetros del mundo. Aquellos anhelos, logros, conocimientos, relaciones, habilidades e incluso la fama que queríamos obtener, deben quedar sujetos a Cristo, para que en todo lo que hacemos, en cada uno de esos campos, sea glorificado el Padre y no nosotros. Es decir, si he de lograr algo en esta vida, que sea para la gloria de Dios. Cualquier conocimiento que adquiera debe ser filtrado y sujeto a Cristo. Las habilidades que tengo, debo usarlas sin duda, pero con el fin de mostrar amor al prójimo y ser de bendición dentro y fuera de la Iglesia. Y es posible que en el camino sea reconocido y obtenga fama, pero lo ideal sería que esa fama delante de los hombres pierda valor comparada con el Reino de los Cielos, del cual soy parte ahora, y cuyo alcance sobrepasa cualquier logro que consiga en este mundo. Así, todo, desde lo más trivial como la ropa que uso o la comida que ingiero, hasta lo más complejo como la carrera que escojo o la persona con la que decido casarme, todo queda sujeto a Cristo, gira en torno a Él, es suyo como yo soy suyo, y debe desembocar en la gloria de Dios.

Para lograr esto, la Palabra de Dios cobra suma importancia. Cómo podemos entender realmente el mundo que Dios ha creado si ignoramos el manual que nos dejó el Creador. Cristo mismo afirmó y validó en repetidas ocasiones la Escritura. Así que, si Él es nuestra máxima autoridad, y Él afirma que la Palabra de Dios debe cumplirse, entonces debemos ajustarnos a estos parámetros. La Palabra de Dios ofrece, ya sea de forma directa o por implicación, guías para cada área de nuestra vida, y un fundamento para cada decisión que tomamos. Si queremos agradar al Padre realmente, debemos saber qué es lo que le agrada, claro está.

Hace un rato usé la palabra cosmovisión. Básicamente significa la manera en que veo o entiendo el mundo. Ahora, la forma en que entiendo el mundo no es solo lo que pienso o creo con respecto al mundo. Lo que realmente creo se verá manifestado en mi carácter y en mi forma de actuar. Ahora, muchos cristianos fallamos en esta parte (y creo que seguiremos fallando de este lado del cielo). Para poner un ejemplo muy sencillo, la cosmovisión bíblica dicta que debo amar al prójimo como a mí mismo. Esto lo saben muchos cristianos, pero conocer esta verdad no significa que esta sea su cosmovisión. Para que esto se cumpla en mí, no solo debo saber que debo amar al prójimo, sino que también debo amar al prójimo realmente, de modo que mi forma de actuar para con el prójimo, cómo hablo con él, cómo le sirvo, como me expreso de él, todo debe mostrar ese amor que se supone que tengo por él. Entonces, como verán, no se trata solo de afirmar una verdad, se trata de mi conocimiento, mi corazón y mi cuerpo resonando en la misma frecuencia, eso es cosmovisión. Y cuando esa resonancia se da en torno a lo que Cristo enseña, eso es cosmovisión cristiana o bíblica. Como dije, de este lado del cielo, alcanzar ese tipo de resonancia nos resulta imposible a causa del pecado que sigue asomando la cabeza. Cada vez que nos percatamos de una falta de resonancia con la voluntad de Dios (pecado) debemos reaccionar en arrepentimiento y fe. Arrepentimiento para reconocer nuestra falta de perfección ante la santidad de Dios, y fe para confiar en la obra de Cristo como lo único que evita que seamos consumidos por la ira de Dios, como lo único que nos acerca a Él como Padre. Y también confiamos en que su Espíritu que hoy habita en nosotros, está haciendo una obra continua que no quedará inconclusa, haciendo que nuestro conocimiento de la Palabra sea asimilado en nuestro ser tan profundamente que todo lo que hagamos honre ese al autor de esa Palabra. En ese sentido, el Espíritu de Cristo está haciendo un milagro en nosotros todos los días. (Continúa…)

“¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí?” Estas preguntas resuenan en lo más profundo del corazón de cada ser humano. Todos nos hemos hecho estas preguntas o alguna versión de ellas, y si no es este tu caso, amado lector, quizá sea un buen momento para pensarlo. Existe en nuestro interior un deseo por sentirnos importantes. “Tiene que haber algo más”. Queremos realizarnos como individuos, y buscamos con todas nuestras fuerzas, a lo largo de nuestra, hallar nuestro lugar en el mundo. Anhelamos ser parte de un propósito mayor que nosotros mismos. Anhelamos gloria.

Si eres cristiano, posiblemente tienes problemas para reconocer esta verdad, y quizá te sientas culpable porque sabes en tu mente que toda la gloria le pertenece a Dios. Pero déjame hacerte una propuesta, plantearte algo que quizá sea revolucionario en tu interior. Es posible (y estoy convencido de que así es) que ese anhelo de gloria que te invade no sea algo malo en sí mismo. Quizá, y solo quizá, lo que necesitas es encontrar el lugar adecuado donde colocarlo. No niego que toda la gloria le pertenezca a Dios, y hacerlo sería blasfemar su nombre. Entonces, ¿qué estoy diciendo? Te invito a dar una mirada a algunas verdades profundas que se encuentran encerradas en las páginas de la Biblia, y que te ayudarán a contestar esas preguntas tan importantes que motivan este artículo.

¿Quién eres? ¿Para qué estás aquí?

Debo admitir que no existe una sola respuesta para estas preguntas. Y no pretendo que las respuestas que voy a ofrecer sean todo lo que hay. Estoy seguro de que son ciertas, pero sus implicaciones son tantas como cristianos hay en la tierra. Te corresponde, amigo, profundizar en ellas, y vivir de modo que honres estas verdades que se desprenden de la auto-revelación de Dios. ¿Cómo se verá esto en tu vida? No lo sé, pero me emociona la sola idea de que vayas a descubrir tu lugar, sea este cual sea.

Debo detenerme aquí un momento, y hacer, por así decirlo, un pequeño paréntesis. Hay un factor que estoy dando por sentado al escribir este artículo, y es el hecho de que, al igual que yo, crees que la Biblia es la revelación propia de Dios, y que por lo tanto es toda verdad inerrante. No pretendo, por lo tanto, convencerte de la naturaleza de las Escrituras. Si crees que la Biblia contiene elementos de verdad, pero que no es totalmente infalible, entonces lo que tengo que decirte tendrá poco valor para ti. Lo bueno es que la verdad no deja de ser verdad porque la creas o no, y por lo tanto, estos principios que veremos aplican de alguna manera a ti, ya sea que lo creas o no. Cierro el paréntesis.

El origen

Para comprender bien quién eres, lo primero que necesitas es comprender de donde vienes. Por lo tanto, lo primero y fundamental, el primer paso, la primera verdad que debes comprender y abrazar, e incluso celebrar, es el hecho de que eres una criatura. El primer versículo del primer capítulo de Génesis (de seguro te lo sabes de memoria y lo estás repasando en tu mente en este momento) establece dos realidades. Para los que no se lo saben, ese profundo versículo dice que “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Las dos realidades a las que me refiero no son el cielo y la tierra, sino Dios y todo lo demás.

Dios es el Creador de todo lo que existe, y todo lo que existe aparte del Creador es criatura. Dios, como Creador, hace lo que bien le parece. Él lo hace todo como Él quiere. Otorga a cada obra de sus manos una forma y una función que no se contradicen, todo según su voluntad. Y según su voluntad pone límites y reglas, decide, ordena, manda y gobierna, simplemente porque tiene el derecho de hacerlo. Él es el Creador. ¿Alguna vez te has preguntado por qué los árboles producen hojas verdes y no celestes, o por qué el cielo es azul y no turquesa? Estoy seguro de que habrá alguna explicación científica para eso, pero siendo que Dios creó incluso las leyes científicas, debemos reconocer que al final la razón es porque Dios así lo quiso.

Por otro lado, ¿has visto alguna vez un árbol de limones que se rebele y procure con todas sus fuerzas dar naranjas? Claro que no. Esto se debe a que cuando Dios creó cada especie de árbol, de planta y de animal, los creó para que se reprodujeran según su especie. De modo que, no importa lo que digan los grandes pensadores detrás de las películas de Madagascar, una jirafa jamás podrá enamorarse de un hipopotamo, simplemente porque no fueron creados así. Pregunto, ¿cuándo es más feliz el pez, cuando nada libremente en el océano, o cuando yace tendido dentro de una red bajo el sol? ¿Cuándo cumple su propósito la luna, cuando ilumina la noche, o cuando asoma su cabeza durante el día, opacada por el resplandor del sol?

Entonces, como estoy seguro de que te habrás dado cuenta ya, siendo que no eres el Creador, tu estado innegable e ineludible es aquel de criatura. ¿Pero, acaso hay deshonra alguna en reconocer esto? De ninguna manera. El ser humano, al igual que un árbol, un pez, la luna y el sol, también es una criatura de Dios. Pero, no es cualquier criatura, no es simplemente un animal más. Génesis 1:27 nos recuerda algo maravilloso, algo que hoy en día se pierde entre las páginas de El Origen de las Especies. Se trata del hecho de que “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó”. De entre todas las criaturas que llenan este universo, solo una recibió una posición especial al ser creada a imagen de Dios. No fue el mono, el chimpancé, ni la babosa. Fue el ser humano, el hombre, creado en dos formatos, varón y hembra, ambos a su imagen. Y junto con ellos toda su descendencia después de ellos, hasta llegar a ti y a mí. ¿Qué significa esto? Entre muchas cosas, significa que somos los únicos, en el cielo y en la tierra, creados para tener una relación íntima con nuestro Creador. Fuimos creados para disfrutar de la compañía del Señor, para gozarnos en Él, y así llevar gloria a su nombre. Fuimos creados para tenerle como lo más valioso, y el que a la vez le da valor a nuestra vida. Al igual que el pez está completo cuando está en el agua, así también el hombre está completo solo cuando glorifica a su Creador, gozando de Él. Para eso fuiste creado.

En otras palabras, sí existe un estado mayor de existencia, un estado que nuestro corazón anhela con todas sus fuerzas, y no es algo que podamos encontrar en la creación, ni mucho menos en nosotros mismos. Es un estado de gloria, pero no de nuestra gloria. Para decirlo de forma correcta, nuestra mayor gloria, nuestra posición de mayor honra, eso que nuestro corazón tanto anhela, es hacer aquello para lo que fuimos creados, esto es, glorificar a Aquel que merece toda la honra.

Lamentablemente nuestro origen no termina ahí. Génesis, capítulo 3, nos narra la trágica historia de cómo nuestros padres, nuestros representantes ante Dios, decidieron no rendirle gloria a su Creador, sino que, engañados por el padre de mentiras, prefirieron buscar gloria para sí mismos en rebelión contra Dios. Quisieron encontrar satisfacción en lo creado, en un árbol, y sentarse así en el trono de su propio corazón. Quisieron ser sus propios dioses. No hicieron aquello para lo que fueron creados, y en su caída, caímos todos. Imagina que el hombre es como un arquero, y que en su aljaba tiene una flecha que dispara hacia aquello que le es más valioso. Adán tensó su arco, apuntó, y disparó hacia un blanco que no era la gloria de Dios. No atinó a honrarle, y con esa flecha perdida su arco se rompió. Así entró el pecado al mundo. Y hoy, todos los seres humanos nacemos con arcos rotos, incapaces de alcanzar la gloria de Dios (Romanos 3:23). Nuestras flechas siempre van dirigidas hacia aspectos de la creación. Nuestro tesoro, aquello que más amamos, lo que valoramos por sobre todas las cosas, nunca es Dios. Anhelamos tener dinero, fama, lo último en tecnología, fuerza, juventud, conocimiento, estudios, relaciones armoniosas, ser admirados, alabados, reconocidos, todo fuera de la persona de Dios; y en última instancia, en el fondo, cada ídolo que nos fabricamos, no es más que un intento lamentable por hallar satisfacción en algo que no es Dios, hallar satisfacción en nosotros mismos. La adoración del yo.

A pesar de que somos criaturas caídas, no dejamos de ser criaturas hechas a imagen de Dios. Esto significa que, aunque no queramos reconocerlo, aunque nos cueste verlo, todos los seres humanos reflejamos, de una u otra manera, y de forma muy imperfecta, aquella gloria que una vez nos dio valor, la gloria de Dios. Seguimos reflejando en nuestros cuerpos el diseño particular y la infinita creatividad de nuestro Creador. Cada uno creado de forma muy distinta; con gustos, inclinaciones, deseos, anhelos y fortalezas que reflejan el diseño muy particular de Dios. De modo que no puedes mirar a tu alrededor sin ver destellos, por pequeños que sean, de la gloria de tu Creador. Pues Él imprimió en nosotros su imagen de forma imborrable. Y aunque ahora esté dañada, rota y borrosa, seguimos intentando amar, aunque de manera imperfecta, buscamos una justicia imperfecta, creamos obras maravillosas, piezas musicales, obras de arte, máquinas y sistemas, procurando quizá el bien de los demás, buscamos la paz y la armonía, pero todo, sin excepción, surge manchado por el pecado que contamina cada fibra de nuestro ser.

Con razón nos sentimos rotos, incompletos e insatisfechos. Gastamos nuestra energía, nuestros recursos y nuestra vida entera buscando satisfacción donde nunca la encontraremos. El mundo nos ofrece realización, y luchamos por alcanzarla en este nuestro pequeño reino sin trascendencia, sin valor real, sin propósito más allá de la gloria propia. Incapaces de pensar diferente, atrapados por nuestros deseos que nos devoran, muertos en nuestra imperfección, sin esperanza y sin Dios. En nuestra condición caída, somos completa e irrefutablemente incapaces de agradar a nuestro Creador y merecedores de su castigo, sujetos de su ira, porque la paga del pecado es muerte. ¿Puede el hombre recuperar ese estado del que cayó? ¿Puede acaso el hombre lograr agradar a Dios y recobrar su condición original? ¿Puede el hombre regresar a esa relación de perfecta comunión con su Hacedor? ¿Qué se necesita para que pasemos de ser criaturas caídas, muertos en delitos y pecados, a ser llamados hijos de Dios? Déjame cambiar la pregunta: “¿Qué se necesitaría para que un león se interesara en comer pasto?” La respuesta a ambas preguntas es la misma: se necesita un milagro.

Nosotros no queremos agradar a Dios más de lo que un león quiere comer pasto. Se trata de nuestra naturaleza. No solo no podemos agradar a Dios, sino que ni siquiera queremos hacerlo. No está en nuestra naturaleza caída buscar a Dios. A tal grado nos ha contaminado el pecado, que no nos es posible tan siquiera pretender buscar a Dios. Como dije: necesitamos un milagro. (Continúa…)

Propósitos  para ejercer nuestros dones (vv. 11-16)

En los versículos 11 y 12 vemos algunos ejemplos de dones. Pablo menciona apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Sabemos que estos no son los únicos dones que existen. Pero son mencionados aquí para notar su función muy específica. Y es que, aunque muchas veces son los dones más conocidos y sobresalientes, no son ellos los que llevan a cabo el ministerio de la iglesia. Ellos son los encargados de equipar a los demás para que lo hagan. Su don es capacitar al resto de la iglesia para que lleven a cabo la obra del ministerio. Los buenos maestros ayudarán a los creyentes a encontrar su forma particular de beneficiar o bendecir al resto de la iglesia

El fin de todo esto, según el versículo 13, es que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de personas maduras, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Esta es nuestra meta, y aunque suene imposible, no lo es, porque recordemos que quien lo hace posible es Dios, y él está sobre todos, por todos y en todos (v.6).

Si queremos aprender a usar nuestros dones de manera que seamos de bendición para los hermanos, y de manera que llevamos gloria a nuestro Padre, debemos prestar mucha atención a lo que nos enseñan nuestros maestros. Ellos procuran enseñarnos sana doctrina para que no seamos inestables, como niños que son fáciles de convencer o de engañar. Quieren que seamos capaces de identificar falsas enseñanzas. Además quieren que sigamos la verdad, o que hablemos y  actuemos de acuerdo a la verdad, es decir, la Palabra de Dios. Seguir la verdad no es simplemente conocerla, sino vivirla en todas las dimensiones de nuestra vida. Ahora, en este mundo relativista muchas veces nos veremos tentados a respetar las mentiras que creen los demás, pero la verdad es una, y está expresamente escrita en la Biblia; no hay otras verdades. No puede haber más de una verdad, porque si fuera así, entonces nada sería verdad.

Es importante aclarar que no se trata de discutir con todos y andar buscando cómo maltratar a los demás. Pues sabemos que, si no fuera por la gracia de Dios, nosotros estarías en la misma posición que ellos. Por eso es de suma importancia hablarla en amor. Siempre el amor hacia los demás debe ser lo que dé sazón a nuestras palabras cuando hablemos la verdad.

Finalmente, esta verdad que hablamos en amor, sirve para crecer en todo. Es decir que la verdad del evangelio afecta y transforma todo, todas las áreas de nuestra vida, y hace que crezcamos en cada una de ellas. Cristo es el centro de ese crecimiento, la cabeza que dirige cada parte de su cuerpo, que nos dirige a cada uno de nosotros.

La metáfora del cuerpo es una  de mis favoritas para referirnos a la Iglesia de Cristo. La idea es que el cuerpo esté bien concertado, al igual que en un concierto en que cada instrumento, aunque emite un sonido muy propio y particular, siempre armoniza con los demás. De igual manera cada miembro de este cuerpo, llevando a cabo su función propia, siempre armoniza con los demás miembros, porque todos buscan la gloria de Dios. Su gloria es la que  da tono a nuestra ofrenda de servicio.

Funcionamos en unidad, ajustados y ayudándonos unos a otros. Cada uno desempeñando su actividad propia, procurando ser de bendición para el resto del cuerpo. Todos recibiendo el crecimiento de Cristo, que es la cabeza, porque sólo Él, que por amor se entregó por nosotros, puede ayudarnos a crecer en amor unos para con otros. Que toda la gloria sea para Él.

Para pensar:

¿Sabes cuál es tu actividad propia como miembro de la Iglesia? ¿La estás usando para edificar el resto del cuerpo?

¿Estás escuchando a esos hombres que Dios ha puesto en tu camino para enseñarte? Si eres maestro, ¿estás buscando que los que te escuchan aprendan a glorificar a Dios con sus dones?

Si estás sirviendo en tu iglesia, ¿lo haces porque estás agradecido con Dios y te deleitas en servirle, o lo haces por obligación, porque sientes que debes pagar una deuda? en otras palabras, ¿le estás sirviendo en amor?

¿Eres consciente de la necesidad que tienes de Cristo, no solo para ser salvo, sino para toda tu vida? Él te dice lo que debes hacer, y esa ofrenda nace de un corazón agradecido por lo que Él hizo por ti. Pero aún cuando no logremos hacer lo que nos corresponde con la motivación adecuada, o lo hagamos de manera imperfecta, pecando, sabemos que Cristo en su cruz perdonó incluso esa maldad. Por eso, no debemos quitar nuestros ojos de Él, el autor, dador y consumador de nuestra fe.

Contexto para ejercer nuestros dones (vv.4-9)

El concepto que sobresale a lo largo de estos versículos es el de la unidad. Lo repite al decir que somos un cuerpo, con un Espíritu, movidos por una esperanza, guiados por un Señor, unidos en un bautismo, sirviendo a un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.

La idea de ser un cuerpo es la metáfora perfecta para la iglesia, en la cual los diferentes miembros, cada uno con una función particular, forman un solo organismo, con un mismo Espíritu que está presente en todos. Hay quienes dicen que los discípulos tuvieron un privilegio mayor porque anduvieron cara a cara con el Señor, y aunque definitivamente debe haber sido una experiencia sin igual, la iglesia tiene un privilegio aún mayor: nosotros tenemos el mismísimo Espíritu de Cristo en nosotros, obrando directamente en nuestros corazones, y transformándonos a la imagen de Cristo. Ese es un privilegio mucho mayor que el que tuvieron los primeros discípulos. Ellos anduvieron con el Señor, nosotros tenemos su Espíritu dentro.

Compartimos también la esperanza de gloria. Sabemos que el reino de los cielos se ha acercado, pero en nuestro cuerpo natural afectado por el pecado, no podemos disfrutar de la perfección gloriosa en total armonía con Dios que nos depara el futuro. Esperamos juntos el regreso de nuestro Señor Jesucristo, el rey y cabeza de la iglesia. Ese fin nos une.

Igualmente tenemos una misma fe, la fe en la obra de Cristo. Es decir, todos descansamos en su justicia imputada al creer, y confiamos en que él pagó el precio por nosotros y ya no tenemos que buscar ganarnos el favor de Dios. Además confiamos en sus promesas y reposamos en sus enseñanzas, sabiendo que son la guía perfecta para nuestra vida. Una sola doctrina.

En Cristo hemos sido bautizados con un solo bautismo, de esta manera hechos todos iguales, en el sentido de que no hay un estatus superior, ni una clase alta ni baja dentro de la iglesia. Tampoco existen posiciones sexistas, ni puestos de mayor gloria u honra. En Él ya no hay esclavo ni libre, no hay hombre y mujer, sino que todos somos iguales en Cristo. Es el principio de la paridad, según el cual, aunque existen diversidad de oficios y dones dentro de la iglesia, cada uno con un rol diferente, particular a la forma en que ha sido creado, esto no quiere decir que uno sea superior a otro, pues todos son necesarios para la obra del ministerio de la iglesia.

Y sobre todas las cosas tenemos a un Dios y Padre de todos que es uno solo. Él es unidad perfecta. Podemos ver cómo, en la Divinidad, tres personas distintas, con funciones distintas, habitan en uno solo con perfecta armonía y amor. Él es nuestro ejemplo, y como una familia somos llamados a actuar en unidad a pesar de, o más bien, con la ventaja de la diversidad.

Todos somos receptores de la gracia (una misma), pero cada uno de una manera distinta, o digamos más bien, en una medida distinta. Esto me remite a la parábola de los talentos, en la cual vemos que cada siervo recibe una medida distinta de talentos, los cuales debían usar y hacer crecer cada uno según lo que recibió, y al final dar cuentas a su Señor. Pero el que los repartió como quiso fue Dios.

Finalmente, los versículos del 8 al 9 nos hablan de Cristo, quien habiendo vencido fue exaltado sobre todos como rey victorioso y envió a su Espíritu a dar dones a los suyos, y a capacitarlos para la expansión del reino. Sin embargo, Jesús no fue exaltado sin antes haberse humillado a las profundidades de la tierra. Y esto no quiere decir que descendió a los infiernos (aunque sabemos que así fue por otros pasajes) sino que se humilló hasta tomar forma humana. En otras palabras, el Creador se hizo criatura. Esta es la clase de servició que los creyentes debemos imitar. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a humillarnos, y cuánto estamos dispuestos a dejar ir para cumplir la obra del ministerio particular que Dios ha puesto en nuestras manos? Cristo lo dejó todo por cumplir la tarea que Dios había puesto en sus manos.

Cuando hablamos de dones espirituales, o de servir en la iglesia, o de edificar a los hermanos, usualmente pensamos en el pastor, el predicador, el que levanta las ofrendas, los que tocan instrumentos o cantan, el que dirige, o el que enseña en alguna clase. Pensamos que estos son los únicos dones que existen, y que si no los tenemos entonces no podemos servir en la iglesia, somos inútiles.

Efesios 4:16 nos dice que cada miembro del cuerpo de Cristo, que es la iglesia, tiene una “actividad propia” que debe usar para ayudar a otros. Dios nos ha dado una personalidad, gustos, inclinaciones, habilidades e incluso debilidades que nos hacen únicos en el reino, y que, por decirlo así, nos colocan en una posición muy particular, casi insustituible, en la dinámica de la iglesia. Ahora, los dones no se ejercen sólo los domingos. Si esa es nuestra visión de la iglesia y el reino, está muy limitada. Nuestros dones los usamos cada día, en el trabajo, en los estudios, en la comunidad y en la familia. Y debemos usarlos para hacer avanzar el reino de Dios en la tierra.

El siguiente artículo está basado en Efesios 4 del 1 al 16.

Actitud al ejercer nuestros dones (vv.1-4)

En primer lugar Pablo nos llama a andar o vivir de una manera que sea digna de nuestro llamado. Debemos conducirnos de manera santa y sin mancha delante del él, reconociendo que fuimos creados en Cristo Jesús para buenas obras, obras que Dios mismo preparó desde antes para que andemos en ellas. Este llamado, aunque tiene las mismas características generales para todos los creyentes, a su vez es muy particular para cada quién. Se puede pensar en la palabra vocación cuando la usamos para referirnos al trabajo que desempeñamos. Es la misma idea, cada uno tiene un llamado a una función particular en el reino. Pero ese llamado lo debemos atender de manera digna. Debemos conducirnos bajo ciertas cualidades:

Humildad.

No somos autosuficientes. Si cada uno de nosotros tiene dones particulares, esto quiere decir que nadie tiene todos los dones. Y si todos los dones han sido dados para la edificación del cuerpo, quiere decir que cada uno de nosotros necesita de los demás para crecer. Necesitamos primeramente de Dios, de la obra de Cristo, y de su Espíritu Santo en nosotros. Pero también necesitamos de los demás miembros del cuerpo. Imaginen que una muela intentara realizar todas las funciones del cuerpo. La sola idea es completamente ridícula. Así es el cristiano que no reconoce la necesidad que tiene de ser edificado por sus hermanos.

También debemos reconocer que los dones que sí tenemos no nos pertenecen, sino que son parte de la obra de Dios en nosotros y a través de nosotros. De la misma manera que sería incorrecto presumir de un regalo que se nos ha dado, así tampoco debemos presumir de nuestras habilidades y capacidades, pues al fin y al cabo, son exactamente eso: dones (regalos), muestras de la gracia de Dios en nosotros. Si alguno debe recibir la gloria es él.

Mansedumbre.

Debemos estar dispuestos a servir a los demás como si fueran superiores a nosotros. Ponerlos en primer lugar, poner sus intereses antes de los nuestros, y sobre todo ser amables y tratarlos bien a todos. Algunos dones, como el de exhortar, puede usarse para lastimar a los demás. De hecho, cualquier don, usado para otro fin que no sea la gloria de Dios y la edificación de los hermanos, resulta hiriente para los demás. Así que cuando usemos nuestros dones, velemos porque sea para buscar el bien de los demás siempre.

Paciencia.

Aquí debemos reconocer que tanto nosotros como todos nuestros hermanos en Cristo, estamos en un proceso de perfeccionamiento y santificación continuo que no llegará a su fin sino hasta que seamos glorificados con Cristo. Hasta entonces, podemos estar seguros de que nos vamos a equivocar, que vamos a caer, que vamos a herir a otros, que nuestras debilidades a veces van a verse mucho más claramente que nuestras fortalezas, y por eso necesito aprender a ser paciente con todos a mi alrededor, al igual que ellos deberán ser pacientes conmigo. Debemos vernos a través de Cristo, y reconocer la obra de su Espíritu en cada uno. Él ha prometido que cuando comenzó la buena obra en nosotros, no lo hizo para dejarnos a medio camino, sino que la perfeccionará hasta el fin.

Soportándonos.

Ser de soporte para los demás es la otra cara de la misma moneda. Por un lado, con mis fortalezas puedo edificar a los demás, y ellos con las suyas me edifican a mí. Pero por otro lado, necesito que me sostengan en mis debilidades, que me sirvan de apoyo y me ayuden a hacer aquello que yo definitivamente no puedo hacer. No se trata de soportarnos en el sentido de aguantarnos unos a otros aunque nos caigamos mal, sino de servir de soporte en los puntos débiles los unos de los otros.

Paz.

Por último, debemos buscar siempre la unidad del Espíritu. Cuando buscamos nuestros propios fines, o queremos defender nuestra propia causa, o queremos que todos tengan nuestras prioridades y quieran seguir nuestros planes, entonces mantener la unidad se torna difícil. Pero los hijos de Dios, los verdaderos creyentes, sólo deben tener una finalidad, una meta, un propósito: llevar gloria a Dios por medio del avance de su reino. Si todos estamos de acuerdo en este fin último, entonces todo lo que hagamos, planeemos, pensemos, decidamos, y a hagamos lo podemos hacer juntos. Aunque haya diferencias de estrategias, de enfoques, de ministerios, de planes, podemos realizarlos cada quien buscando el mismo fin según su “actividad propia” y siendo de apoyo y soporte para los demás que buscan lo mismo.

Sobre Toda Cosa Guardada

Publicado: septiembre 19, 2010 en Notas de Sermones
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(Estas son las notas que tomé durante una conferencia bíblica a la que asistí este fin de semana: No quise cambiar mucho la redacción para no escribir nada que no fuera dicho por el conferencista (Su nombre es Bill Yarbrough), así que si en ocasiones parece que las cosas no están bien redactadas, es porque son mis notas casi tal cual las tomé durante su charla. Espero que sean de bendición para los lectores.)

Proverbios 4.23 dice “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.”

Una prioridad en nuestra vida cristiana debe ser, de entre todas las cosas valiosas que guardamos, debemos guardar nuestro corazón, porque todo mana de ahí. Todo en la vida nace del corazón. Tener éxito en la vida matrimonial parte del corazón; empezar una nueva congregación nace y depende del corazón; un buen liderazgo proviene del corazón. Todo, absolutamente todo parte del corazón. De hecho, nuestra vida como creyentes empezó cuando Dios agarró nuestro corazón en Cristo.

Dos peticiones deben estar siempre presentes en nuestras oraciones:

Primero, debemos pedirle a Dios que nos haga amantes de la gente. Esto puede ser en ocasiones fácil, y en ocasiones difícil. Y es que no queremos simplemente soportar a la gente, sino amarlos de corazón. Debemos ser capaces de abrazar a nuestros enemigos en oración,  de corazón. Que Dios nos haga amantes de la gente.

Segundo, debemos pedirle que nos ayude a morir como personas humildes. Debemos entender que todo lo que tenemos es un regalo, que no hay nada que tengamos que hayamos recibido. A pesar de saber esto, nos es muy fácil ser orgullosos, y presumir de lo que tenemos, como si lo hubiéramos ganado con nuestro propio esfuerzo. Como líderes nos gusta legislar, mandar, que los demás hagan nuestra voluntad; pero no nos gusta lavar los pies de los demás. Que Dios nos ayude a ser personas humildes.

Cuando pensamos en que del corazón mana la vida, debemos entender que todo nace de ahí. Nuestra adoración como cristianos nace del corazón. Un tema de mucha disputa entre las iglesias, y específicamente entre las generaciones dentro de las iglesias, es el de la adoración. Se pregunta con frecuencia, ¿cuál es la adoración que es importante? En realidad es un asunto del corazón. Al igual que todo lo demás: el servicio, la vida en el hogar, la plantación de iglesias, el trabajo en equipo, todo nace del corazón.

Debemos estar conscientes de nuestro corazón. La vida entera depende de esto. Si buscáramos en nuestras Biblias, en las concordancias, la palabra “corazón”, encontraríamos cientos de referencias. Deuteronomio 6.5 dice “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón…” . San Augustín dijo una vez: “Ama a Dios y haz lo que tú quieras”. Algunos pensarán que esta cita promueve el libertinaje, sin embargo, si uno ama a Dios realmente, puede hacer lo que quiera, pues no querrá hacer nada que vaya en contra de ese amor. Si nuestro corazón está conectado a Dios, podemos hacer lo que queramos, pues nuestro corazón querrá hacer su voluntad. “Él es quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.” “No tendrá temor de malas noticias, pues su corazón está confiado…”. También, “Engañoso es el corazón.” Y es que si desconocemos las escrituras, vivimos engañados, pues nuestro corazón es “perverso, y ¿quién lo conocerá?”. “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón”. “De la abundancia del corazón habla la boca.” “Porque del corazón salen los malos pensamientos…”. Esta maldad de nuestro corazón no cambia por nuestra fuerza, sino por la obra de Dios en nosotros.

“Nuestra sabiduría consiste casi completamente de dos partes: primero, el conocimiento de Dios, y segundo, el conocimiento de nosotros mismos. Pero como estos están tan conectados entre sí, es difícil saber cuál de los dos precede y da origen al otro.” En su palabra Dios se ha rebelado, pero también nos ha rebelado a nosotros mismos. Podemos conocerle a él, pero también podemos conocernos mejor a nosotros mismos. Y es que nuestro concepto de Dios está muy relacionado con nosotros mismos. Un ejemplo: cuando yo peco, pienso en Dios como aquel que todo lo perdona, cuyo perdón es infinito, y soy rápido para apreciar y recurrir a ese perdón. Pero cuando mi hermano peca, pienso en Dios como aquel que condena todo pecado, que de ninguna manera tendrá por inocente al culpable, y soy rápido para juzgar, condenar y ejecutar a mi hermano.

Algo que debemos aprender, y tener siempre muy presente, respecto al conocimiento que debemos tener de nosotros mismos, es que somos peores de lo que podemos imaginar. Dicho con amor: Tú eres peor de lo que puedes imaginar. La buena noticia es que Dios justifica a los pecadores. El que me salvó es el mismo que me sostiene, no por lo que yo soy, sino por lo que Él es.

No debemos ser superficiales

Ser superficial es ser poco profundo, que no deja ver todo lo que hay, que aparenta ser real o genuino, de poca sustancia. Como seres humanos sentimos que es mucho más seguro ser superficiales. Sin embargo, la obra de Dios se da a un nivel nada superficial, él va cambiándonos profunda y continuamente. Debemos practicar lo más importante: entregarnos de corazón. Debemos pedirle a Dios que en nuestra relación con él y con los demás nos permita ir más profundo.

Algo positivo que tenemos las iglesias cristianas es el discipulado. Aprendemos versículos, escuchamos historias, hablamos de doctrina, enfatizamos cosas como la obediencia, la fidelidad, la formación de carácter, la ofrenda, el tiempo devocional, entre otras. Sin embargo, hemos sido pobres en cuanto a hacer un discipulado emocional de arrepentimiento, de aceptar corrección, de madurar emocional y espiritualmente.

Una persona emocionalmente inmadura:

  • Usa las obras para esconderse de los demás. Pasa tan ocupado haciendo y haciendo que no dedica tiempo a las personas. Deja de lado a su familia y amigos.
  • Pasa tan ocupado que no rinde cuentas a nadie. Pasa solo y le es fácil pecar sin hacerse responsable ante nadie.
  • Ignora, niega o cubre relaciones dolorosas. Todos somos el resultado de nuestra historia, y todos nos hemos relacionado con muchas personas. En medio de tanta gente, pueden surgir relaciones que realmente son dolorosas, relaciones que nos han herido, relaciones que han dejado una marca amarga en nosotros.
  • No acepta su pasado. Dios ha estado en control de todo lo que nos ocurre. Nuestra historia es más bien la historia de su obra en nosotros. Debemos aprender a aceptar lo que hemos hecho, lo que hemos vivido, y ser genuinos en ello.
  • No habla con los que le ofenden. Prefiere no confrontar a los que le han hecho mal. Guarda todo su rencor.
  • Solo trabaja por trabajar, pero no le nace del corazón. Sus obras no nacen de una verdadera adoración.

Una persona emocionalmente madura:

  • Reconoce que es peor de lo que piensa.
  • Reconoce lo que es y lo que no es. Acepta sus fortalezas y sus limitaciones con sinceridad.
  • Puede nombrar, reconocer y enfrentar sus sentimientos.
  • Puede iniciar relaciones con otros y mantenerlas. Es muy sencillo empezar una relación con alguien cuando se conocen poco, pero es más difícil mantener esa relación después de años, cuando se conocer los defectos, se han vivido errores, se ven las fallas, y demás. El maduro es capaz de abrir las llagas y ser honesto con lo que sucede.
  • Desarrolla la capacidad de dar a conocer sus sentimientos con palabras y expresiones.
  • Pide lo que necesita o quiere de manera clara.
  • Evalúa sus fortalezas y sus debilidades.
  • Aprende a llorar y lamentarse de manera correcta.

¿Que podemos hacer para ir más profundo?

El cristianismo es una fe del corazón, no es solo doctrina, escritura, cultos… aunque esto es importante.

“Confesaos vuestras ofensas (pecados) unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.” Santiago 5.16

Debemos buscar a alguien con quien podamos platicar. Si somos líderes, debemos buscar a un consiervo con quien podamos hablar de nuestras luchas, de nuestras debilidades, de nuestros pecados. Debemos aprender también a ministrar desde nuestra vulnerabilidad. Hay tres cosas que son claves para lograr esto:

Primero, la clave es la gracia de Dios que nos sostiene. Nada que hagas puede hacer que Dios te ame más, y nada que hagas puede hacer que Dios te ame menos. Dios te ama cuando estás bien y te ama cuando estás mal. Este punto es fundamental. Dependemos de la obra de otro, Cristo. Él está comprometido con nosotros, aún más que nosotros mismos.

Pensemos en la iglesia de Corintios por un momento. ¿Cuáles problemas enfrentaba esa iglesia? Divisiones, contiendas, idolatría, adulterio, orgullo, vanidad, irreverencia durante la cena del Señor, abusos, y muchas cosas más. Sin embargo, si vemos la introducción de Pablo en su primer carta a esta iglesia tan imperfecta, él dice a la iglesia de Dios que está en Corinto, “a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.” A pesar de todos nuestros pecados, a pesar de todas nuestras imperfecciones, somos la iglesia de Cristo, somos llamados a ser apartados para Dios, son santificados en Cristo, Él es nuestro Señor y Dios es nuestro Padre.

En segundo lugar, debemos considerar las promesas de Dios. Ahora, no se trata de las promesas equivocadas. Dios no nos promete prosperidad económica, como muchos predican hoy en día. Tampoco promete sanarnos físicamente, aunque lo puede hacer, y lo ha hecho. Pero sí promete que la buena obra que empezó en ti y en mí, la perfeccionará. Su promesa es la que me define, no mi pecado. “Fiel es Dios que nos confirmará.” Él hará mis caminos derechos, hasta el final. El celo de Jehová de los Ejércitos hará esto. Estamos bañados en su promesa.

En tercer lugar, debemos conocernos a nosotros mismos. ¿Cómo conoceré el gran perdón de Dios si no reconozco mi gran pecado? Conforme avanzamos en la vida cristiana, hay dos conocimientos que se oponen y crecen juntamente. Conforme más avanzo en mi vida, más conozco acerca de mí mismo, de mi maldad, de mi pecado, de mi miseria, de mi imperfección, de mi necesidad de Dios, de mi indignidad. Y conforme crezco en ese conocimiento, al mismo tiempo conozco más acerca de Dios, de su santidad, de su gracia, de su amor, de su misericordia, de su fidelidad, de su gloria. Y el abismo entre estos dos conocimientos hace que la cruz de Cristo se vea cada vez más y más grande. Porque es solo por medio de su sacrificio en la cruz, que una persona tan vil como yo puede acercarse a alguien tan santo como Dios.

LA SUPERIORIDAD DEL HIJO

Publicado: julio 30, 2010 en Hebreos
Etiquetas:

Hebreos, capítulo 1, versículos del 1 al 4

INTRODUCCIÓN:

¿Cuál es el significado de la vida? ¿De dónde vengo y hacia dónde voy? ¿Cómo se cuál es la verdad? ¿Cómo puedo conocer a Dios? Estas preguntas pueden sonar profundas y muy filosóficas, pero son preguntas que todos nos hemos hecho en algún punto en nuestra vida. Sin embargo, si siendo cristianos seguimos haciéndonos estas preguntas, es porque no hemos comprendido bien el evangelio. Todas estas preguntas tienen una sola respuesta: El Hijo.

I. EL HIJO: EL CENTRO DE LA REVELACIÓN

1. Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, 2. en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.

En el griego, el orden es un poco diferente y denota un contraste claro: Primero dice, “Muchas veces y de muchas maneras en el pasado habló Dios a los padres por los profetas. Pero (este pero denota contraste), estos últimos días ha hablado a nosotros por el Hijo.”

Dios. En primer lugar debemos identificar al sujeto, esto es, Dios. Él es el dador del mensaje, el origen. En el antiguo testamento Dios utilizó diferentes métodos para comunicarse, y lo hizo varias veces a lo largo de la historia. Utilizó sueños, visiones, su voz directa, ángeles…

En otro tiempo. La palabra griega “πάλαι”, traducida en la Reina-Valera 1960 como “En otro tiempo”, significa básicamente “hace mucho” o “en tiempos pasados”

A los padres por los profetas. Los profetas hablaron utilizando la historia, los salmos, los proverbios y, por supuesto, las profecías. Todo esto era lo que había sido dado a Israel.

En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo. Debe notarse aquí que el mensaje hablado por los profetas, tiene su continuación en el mensaje dado por el Hijo. Es decir, es un mismo mensaje, con un mismo autor, u origen. Jesús dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” Mt. 5.17. Él vino a poner el punto final a la revelación de Dios. Lo Antiguo fue consumado en lo Nuevo.

En estos postreros días. Esto es, los días del cumplimiento de las profecías.

Nos ha hablado. El tiempo utilizado en el griego es el aoristo, el cual es un tiempo pasado. Así, el texto no dice “nos está hablando” ni “nos sigue hablando” ni “nos habla”, sino que lo deja en el pasado: “nos habló”. El autor reconoce que ahora la revelación está completa. Como lo dice F.F. Bruce, “la revelación es un progreso hasta llegar a Cristo, pero no hay progreso más allá de él.”

Por el Hijo.  Literalmente dice “en el Hijo”.

Aplicaciones:

Pastores y maestros, no debemos tener miedo de enseñar pasajes del Antiguo Testamento. El reto es y siempre será reconocer a Cristo en medio de todas esas historias en él contenidas. La obra de Cristo se señala desde Génesis 3, y después de allí se señala su obra a lo largo de todos los libros.

Hermanos y hermanas, no menospreciemos ningún libro del Antiguo Testamento, todos son el mensaje de Dios para nosotros. Empecemos a leer la Biblia completa. Es un reto, pero queremos conocer todo el mensaje de Dios. Así que tratemos de ver a Cristo a lo largo de toda la Biblia.

No busquen agregar nada más, ni presten atención a los que dicen tener nuevas revelaciones y sueños y visiones, como si Dios tuviera algo que agregar, como si hubiera olvidado algo.

II. EL HIJO: EL CENTRO DE LA CREACIÓN

2. … nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo;

Heredero de todo. Un hijo hereda por derecho todo lo que el padre le haya designado. Al ser Jesús el único Hijo, es heredero de todo lo que le pertenece al Padre, esto es, todas las cosas. En fin, todas las cosas son para él.

Por quien asimismo hizo el universo. La idea de que Dios hizo el universo por su Hijo es una idea difícil de captar. La palabra universo (αἰῶνας en griego) significa no sólo el universo como todo lo que existe, sino también todas las edades. La eternidad, el tiempo, el mundo, todo lo que ha sucedido, lo que está sucediendo, y lo que sucederá, Dios lo creo todo por el Hijo. No es sin razón que su nombre marque la historia de la humanidad. Además, este versículo señala su participación directa en la creación de todo. Juan 1.3 dice “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” Colosenses 1.16, 17 dice “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.”

Aplicaciones:

Hermanos y hermanas, a un nivel muy personal, Cristo es el centro de nuestro universo y de nuestra historia. Como creyentes debemos estar conscientes de esto, no se trata de nosotros sino de Cristo. En cada etapa de nuestra vida debemos reconocer a Cristo como el centro, entiendo que todo lo que tiene que ver con nosotros fue creado para él.

Padres, enseñen a sus hijos a ver a Cristo, su obra y su palabra, como el centro; que sea este conocimiento lo que desde pequeños guíe sus vidas.

Jóvenes, al estudiar, al escoger una profesión, al trabajar, debemos buscar glorificar a Cristo como el centro de nuestras vidas. Podemos olvidarnos de él y perder el sentido de la vida, o podemos procurar vivir para Él.

En el diario vivir, desde el amanecer hasta el anochecer, debemos encontrar el gozo y la satisfacción en glorificar a Cristo y honrar su palabra. En la U, en el trabajo, en la casa, mientras se hacen los quehaceres, mientras se disfruta de la pensión; con cada palabra que decimos, con cada acción, con cada pensamiento. “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”. Que en nuestra vida todo sea de él, por él, y para él.

III. EL HIJO: LA IMAGEN DE DIOS

3. el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia,

Resplandor. Esta palabra implica más que la luna que refleja la luz del sol, no es esto, sino el mismo brillo del sol. Nosotros no podemos ver el sol porque nos cegaría. De igual forma no podríamos ver a Dios, pero Cristo es, por así decirlo, la parte visible de Dios. Es como los rayos del sol que lo iluminan todo.

De su gloria. La gloria de Dios, su perfección, su majestad, su santa voluntad, todo esto está visible en la persona y la obra del Hijo.

Imagen misma. La palabra en el griego es “χαρακτήρ”, que significa impronta. Una impronta es como una impresión o una huella exacta, como el rostro del cesar en la moneda; es una reproducción precisa del original. Así que podemos decir que el Hijo, en su ser, es completamente lo mismo que el Padre. Pero existen por separado, como el sello y la impresión. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14.9)

De su sustancia. “ὑπόστασις” significa ser. Es decir que el hijo es la copia perfecta de la naturaleza de Dios.

Aplicaciones:

Hermanos y hermanas, si queremos conocer realmente a Dios, debemos procurar conocer a su Hijo. Para conocer el carácter de Dios, debemos ver el carácter de Cristo, su Hijo. No podemos sacar a Cristo de la ecuación, como lo hacen los judíos que siguen esperando al Mesías, o los testigos de Jehová que niegan la divinidad de Cristo, o los católicos que se enfocan en sus obras, y dejan de lado la obra perfecta de Cristo; todos ellos se engañan creyendo conocer a Dios. Lo que se tiene es un conocimiento vago, fragmentado, mutilado, imperfecto. No podemos no considerar a Cristo y pensar que así conoceremos a Dios. “Nadie viene al Padre si no por mí”.

IV. EL HIJO: EL SUSTENTADOR DE TODO

3. y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder,

Sustenta todas las cosas.  La palabra en el griego es el verbo “φέρω”, que significa llevar. No sólo es el Hijo el Creador y Heredero de todo, sino que por su palabra lo sostiene todo. Pero esto tiene un sentido más amplio. La palabra “φέρω” en el griego implica movimiento, en este caso, hacia adelante. No es solo estar ahí quieto, sujetando todo, sino que hace que todo avance, hace que todo avance hacia el término que Dios ha establecido.

Con/Por la palabra de su poder. Su palabra tiene el poder de hacer que todo siga el rumbo establecido. El Hijo gobierna el universo sólo con su palabra.

Hermanos y hermanas, muchas veces el mundo parece estar en caos. Las noticias nos perturban y podemos vernos tentados a pensar que Dios ha perdido el control. Pero todo está siendo llevado por él hacia el fin que él quiere, aunque nosotros no lo entendamos. Podemos estar seguros de que nada se escapa de su control.

Lo que ocurre en la congregación, en medio de las bendiciones y los momentos difíciles, todo está siendo llevado por Cristo hacia el fin que él quiere, y podemos descansar en que su voluntad es agradable y perfecta.

En nuestra vida personal, cualquier enfermedad, cualquier pérdida de un ser querido, cualquier circunstancia difícil, cualquier accidente, todo está siendo llevado por Cristo hacia el fin que Él quiere. Aún cuando parece que ha venido tormenta tras tormenta, el Hijo ha estado en medio de todo, y lo ha estado controlando todo. “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Este pasaje no implica solo su presencia, sino su actividad y su sustento constantes a todo nuestro alrededor, y siempre para su gloria.

V. EL HIJO: REDENTOR Y REY

3. habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas,

Habiendo efectuado por medio de sí mismo. Toda esta expresión en el griego es un solo verbo: “ποιέω” . Se encuentra conjugado en voz media, lo cual, en el idioma original, implica la participación directa del sujeto. El verbo lleva la idea de producir o crear algo. En el AT el sumo sacerdote debía ofrecer sacrificios para el perdón de los pecados del pueblo. Pero primero debía ofrecer sacrificio para el perdón de su propio pecado. Cristo, como el verdadero Sumo Sacerdote, se ofreció a sí mismo como sacrificio para el perdón de los pecados de su pueblo. Él hizo la obra completa, fue, al mismo tiempo, el sacrificio y el Sumo Sacerdote. Él se proveyó a sí mismo como sacrificio final por los pecados de su iglesia. Al igual que la revelación requería ser dada de varias formas y varias veces, debido a que estaba incompleta, así también los sacrificios debían ofrecerse varias veces, porque no eran sacrificios perfectos. El Hijo es la revelación completa, y también es el sacrificio perfecto por nuestros pecados. Después de él no hay más revelación, y después de él ya no hay necesidad de más sacrificios.

Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. No debemos entender esto literalmente, pues Dios no tiene diestra por cuanto no tiene cuerpo. La idea es que Dios le concedió un gran honor al Hijo: Ahora el Hijo tiene autoridad sobre todos los poderes espirituales “en los lugares celestiales”. Él es ahora el Rey absoluto. Filipenses 2. 5-11 nos describe esa posición que Cristo ha recibido del Padre. Los versículos del 9 al 11 terminan diciendo: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”

En resumen:

Cristo es la revelación perfecta de Dios. El es el cumplimiento de todo lo dicho en el Antiguo Testamento, y el punto final. Prestemos atención a este mensaje completo de Dios.

Cristo es el centro de la creación, el Creador y Heredero de todo. Y nosotros, la iglesia, de manera muy especial le pertenecemos a Él. Como su cuerpo, procuremos andar para Él.

Cristo es la imagen de Dios. La iglesia que no predica a Cristo, no predica a Dios. No se puede conocer a Dios sin Cristo.

Cristo es el que sostiene todo. Él llevará a su iglesia hasta dónde Él quiere, y sabemos que todo lo que permite en las vidas de sus hijos será para su gloria. No debemos temer nunca.

Cristo es el Redentor y Rey. Conozcamos a Cristo como nuestro Salvador y Señor. Por haber llevado a cabo la purificación de nuestros pecados, Dios le dio el nombre más alto. Nosotros, su iglesia, hemos de reconocer ese nombre y vivir para glorificarlo. Así como fue enaltecido hasta la posición más privilegiada, así también nosotros debemos darle el primer lugar en nuestras vidas. Existimos por él, en él, y para él. Él es nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Escuchemos a Cristo, vivamos para él, conozcámosle, confiemos en él, y glorifiquémosle.

¿Cuál es el significado de la vida? Cristo. Él dijo: “yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”