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El cuerpo

Todo esto sería muy difícil, desalentador, complicado y frustrante si Dios nos hubiese llamado en soledad. Pero algo maravilloso en todo esto es que hay muchos que participamos de este milagro, y conformamos unidos un solo cuerpo, la Iglesia. La Iglesia es un organismo extraordinario dejado por Dios en la tierra para cumplir sus propósitos. No voy a entrar en todos los detalles que se podrían decir en cuanto a la Iglesia, pero algo sí enseña la Biblia que resulta pertinente en este momento, y es el concepto de que somos, como Iglesia, el cuerpo de Cristo.

La metáfora del cuerpo siempre ha sido mi favorita para describir a la Iglesia, particularmente por las muchas implicaciones que tiene. Siendo un cuerpo, la Iglesia está conformada por muchos miembros, cada uno con una función muy particular y adecuada, funcionando unidos y muy ajustados, con el fin de crecer y edificarnos como cuerpo, en amor (Efesios 4).

Ahora, veamos algunas implicaciones de esto. En primer lugar, si has creído en Cristo, puedes considerarte un miembro de su cuerpo. Esto significa que dentro de este cuerpo, tú tienes una función que cumplir. Cristo se ha encargado de repartir dones a los hombres, de tal manera que puedes estar seguro de que no eres un miembro innecesario, sino que has recibido una tarea específica (o varias) que debes desempeñar en el cuerpo. Algunos de los dones mencionados en Efesios 4 son los de los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Los que han recibido estos dones, según el versículo 12, tienen una función muy específica: deben “capacitar a los santos para la obra del ministerio”. Ahora, lamentablemente, esta capacitación en muchas Iglesias se entiende como “transmitir información”. Pero, como ya vimos, si queremos llegar “a la estatura de la plenitud de Cristo” (énfasis mío) deben entrar en resonancia todas las áreas de mi vida. Ahora hablo a los que tienen estos dones: si realmente quieren capacitar a los santos para que lleguen a “la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, deben esforzarse por hacer más que simplemente “transmitir información”, deben procurar invertir en las vidas de los miembros, siendo ejemplos de cómo esa información transforma el carácter y se ve reflejada en las acciones. Esto será todo un desafío, pero debemos tomarlo en serio si queremos que los demás crezcan en todo, como dice el pasaje.

En segundo lugar, y basándonos en lo anterior, si eres miembro de este cuerpo, debes prestar mucha atención a los que que te están enseñando. Observa con detenimiento cómo lo que dicen desde el punto se ve en sus vidas, cómo Cristo ha afectado y está afectando cada área de su ser. Recuerda que tus pastores están buscando tu bienestar, “como quienes han de rendir cuentas por tu alma”, de modo que debes confiar en que el Señor los está usando para capacitarte a ti, para que puedas desempeñar tu ministerio, sea este cual sea. Claramente, los ministerios mencionados aquí no son todos los que existen, estos son solo los que capacitan a los demás. Pero en el cuerpo hay tantas funciones y ministerios como miembros. Tú creador ha puesto en ti un conjunto de factores que te hacen único en medio de su Iglesia. Tu personalidad, tus tendencias e inclinaciones, tus gustos, tu forma de pensar, tus habilidades, tus facilidades, incluso tus debilidades y tus flaquezas, son todas parte de la historia que Dios ha escrito para tu vida, y por lo tanto, de alguna manera, reconciliadas con Cristo, pueden guiarte hacia lo que Dios quiere que hagas. En ocasiones quisiéramos que la Biblia ofreciera una lista exhaustiva de dones y ministerios posibles, pero siendo nuestro Dios tan creativo como es, solo esa lista resultaría en una enciclopedia de cientos de volúmenes. Piensa en el contexto de tu Iglesia, en los dones que Dios te hada, y en cómo puedes ponerlos al servicio de los demás, y confía en que el Señor los usará para la edificación del cuerpo, y para su gloria. Este desafío también es grande, y puede tardarse muchos años, así que no te desanimes, hallarás tu lugar.

En tercer lugar, recuerda siempre quién es la cabeza de este cuerpo. Cristo es nuestro Señor y nuestro Salvador. Es muy importante tener esto siempre en mente. Como nuestro Señor, Él nos dice lo que debemos hacer. Él nos ha dado los dones y nos da algunas pautas para su uso, sean estos cuales sean. Debemos usarlos en amor: amor a Dios y amor al prójimo. Punto. No busques tu propia gloria ni tu propio beneficio. Busca siempre agradar a Dios antes que a los hombres. Y cuando falles, cuando no hagas aquello para lo que fuiste llamado, recuerdo que tu mismo Señor es también tu Salvador, y que Él ha pagado plenamente por todos tus pecados, que “no existe nada que puedas hacer para que te ame más, ni nada que puedas hacer para que te ame menos”. Y en esas ocasiones cuando caigas (porque vas a caer), su gracia es la que te sostiene desde la eternidad y hasta la eternidad. Él es tu Salvador.

Quiero parafrasear ahora las palabras del personaje principal de la película La invención de Hugo Cabret:

Me gusta pensar que somos una enorme máquina. Ya sabes, las máquinas nunca traen piezas de sobra. Tienen el número y tipo exacto de piezas que necesita. Así que, si somos una enorme máquina, yo debo estar aquí por alguna razón. Y eso quiere decir que tú también debes estar aquí por alguna razón… Quizá es por eso que las máquinas rotas me conmueven, porque no pueden hacer aquello para lo que fueron creadas… Quizá es igual con la gente… si pierdes tu propósito… es como si estuvieras roto.

Aunque Hugo no reconoce en ningún momento quién fue el inventor de esta “enorme máquina”, nosotros conocemos al Diseñador. Y aunque la Iglesia es más que una máquina inerte y programada, se cumple que no tiene “piezas de sobra”. Tiene exactamente los miembros que necesita, y cada uno está ahí por alguna razón. Todos llegamos como piezas rotas, que en la caída perdimos nuestro propósito. Pero Cristo nos ha reparado, nos ha reconciliado con nuestro Creador, y por ende nos ha reconciliado con nosotros mismos, con nuestro prójimo y con su creación entera, de modo que ahora podemos vivir de acuerdo al llamado que hemos recibido. Y es que nuestra verdadera identidad no estaba en nosotros, sino en Cristo. Todo este tiempo ha estado en Cristo.

Cuando te pregunten quién eres, ya tienes parte de la respuesta. Sabes que eres una criatura de Dios, creada por Él de manera muy particular y con un solo propósito, el de disfrutar de Él para siempre y glorificarle con todo lo que eres. Sabes que eres objeto de un milagro, pues Cristo te ha reconciliado por medio de su sangre con el Padre. En este sentido, eres hijo de Dios. Adoptado en el Espíritu de Cristo que habita en ti. Y este mismo te capacita para que cada día puedas cumplir más y más tu propósito. Y sabes también que Cristo mismo te ha dado un lugar en su cuerpo, su Iglesia. Un lugar con una función particular, y quiere que te dediques a cultivar tus dones y utilizarlos para Él, en amor. Tu pasado, tu presente y tu futura están asegurados en las manos de aquél que te escogió desde antes de la fundación del mundo para su gloria. Sólo en Él hallarás la completa y genuina realización personal.

ABRAHAM

Publicado: diciembre 20, 2011 en Estudios Bíblicos, Génesis
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AUTOR, DADOR Y CONSUMADOR

Ahora veremos la historia de Abraham, en una serie de cuatro artículos. Empezando por el pacto establecido por Dios con Abraham, pasando por su importancia como cabeza de pacto, sus debilidades y sus fortalezas.

Génesis 12:1-3

Si vemos el contexto de la historia, en el capítulo 11 de Génesis, en el versículo 31, hacia el final, se nos dice que el padre de Abram había salido de Ur de los Caldeos e iba en dirección a Canaán, sin embargo se detuvo en Harán. Esta porción pareciera indicar que el padre de Abram, Taré, también había sido llamado.

Cuando Dios llama a Abram, lo saca de una tierra pagana, donde el nombre de Jehová no era conocido, se le llama en otra parte “casa de idolatría”. Notemos primeramente que Abram no es el que busca a Dios, sino que es Dios quien viene a Abram y lo llama. Al llamarlo le promete tres cosas:

1. Una tierra.

2. Descendencia.

3. Que en él, todas las familias (pueblos) de la tierra serían benditas.

Tras escuchar las promesas de Dios, lo que Abram hace es actuar en conformidad a lo que se le dijo. Ahora, entremos  un poco en la cabeza de Abraham.

Sabemos que Abram estaba mayor, pero más que eso, su propia esposa era una mujer mayor, y encima de eso era estéril. Si Abram se hubiese detenido a observar todas esas circunstancias, lo que Dios le estaba diciendo habría sonado ilógico, sin sentido, una locura. En ese caso se habría quedado cómodamente donde estaba. Pero no lo hizo. ¿Qué ocurrió en el corazón de Abram que le hizo tomar la decisión de dejar a todos los suyos y salir de aquella tierra hacia un lugar que él mismo no podía identificar aún?

Para Abram la decisión no fue una locura, ni ilógica ni insensata. Abram estaba de hecho actuando con plena confianza en que lo que hacía era lo más sensato. ¿Por qué salir de la tierra en la que vivía, dirigirse hacia una tierra desconocida, esperar tener un hijo con su mujer estéril, y una descendencia tal que alcanzaría a bendecir a todas las familias de la tierra era lo más sensato y lógico para hacer? ¡Por que el que le prometió todo aquello y quien lo estaba llamando era Dios! El proceso fue así:

1. Primer razonamiento: Mi esposa y yo estamos mayores y ella es estéril. Tener hijos no es una posibilidad. Aquí en Harán estamos cómodos.

2. Promesa de Dios: Te daré una tierra que te mostraré, te daré una gran descendencia, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.

3. Segundo razonamiento: Dios dijo que me daría una descendencia y una tierra, y que en mí serán benditas todas las familias de la tierra. Como él es Dios Soberano, Todopoderoso, Inmutable, y Verdadero, puedo confiar en sus promesas, las doy por un hecho.

4. Confianza activa: Me voy.

Notan el proceso: primero Abram recibe una promesa, un conocimiento por parte de Dios, información que antes no tenía. Luego hace uso de razón en torno a lo que conoce, y aunque no es lo más lógico ante los ojos humanos, su pensamiento es moldeado por la palabra de Dios. Finalmente, actúa con plena confianza y sale de su tierra seguro de que recibirá lo que se le ha prometido.

Esto es fe: conocimiento de Dios seguido por un razonamiento que gira en torno a ese a conocimiento, lo cual desemboca en una confianza activa. La verdadera fe siempre termina en obras. “La fe sin obras es muerta”.

Sabemos, por Filipenses 1:29, que ni siquiera la fe con la que actuó Abram provenía de sí mismo, sino que todo fue un don de Dios.

En nuestro caso no fue tan diferente como en el caso de Abram. Al igual que él, fuimos llamados de una tierra de esclavitud al pecado, casa de idolatría, donde estábamos completamente sujetos al castigo de la ira de Dios. (Porque la paga del pecado es muerte). Pero estando ahí, nos vino una pieza de información que no conocíamos: Somos pecadores, nada de lo que hacemos puede agradar a Dios porque  está manchado por nuestra propia maldad, y debido a esa maldad estoy sujeto a muerte, al castigo de Dios. Pero de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Cristo, quien tomó mi lugar y sufrió el castigo que me tocaba a mí, muriendo en la cruz, derramando su sangre para que mis pecados no sean tomados en cuenta más. Entonces razonamos: por mis propias fuerzas no puedo agradar a Dios, todo lo que hago está manchado por mi pecado; pero hay perdón en Cristo, debo confiar en él como el único medio que tengo para ser reconciliado con Dios. Entonces creo en Cristo. Y al igual que con Abram, nada de esto provino de mí, sino que Dios lo hizo posible.

Génesis 15: El voto

Dios le confirma su promesa a Abram mediante un rito. Este ritual era bastante común en los tiempos de Abram. Las dos partes que están negociando pasan en medio de animales partidos como diciendo: “que esto y peor me pase si yo no cumplo con mi parte del trato.”

En la narración vemos que Abraham prepara los animales para realizar el ritual. Pero Dios comienza a tardarse. Abram hasta tiene que empezar a espantar las aves de rapiña que quieren comerse los animales muertos. Entonces ocurre algo maravilloso. Dios hace que Abraham se quede dormido. Y mientras él duerme, Dios pasa por en medio de los animales, en forma de fuego y humo, como diciendo: “que esto o peor me pase si no se cumple este pacto.”

Génesis 17: La señal

En este capítulo Dios establece una señal con Abraham, una señal del pacto. Esta señal sería una muestra de su propio compromiso por todas las generaciones por venir de cumplir con el pacto establecido. (Ver Gálatas 3:6-9, 29)

A lo largo de toda esta historia podemos resaltar que el actor principal no es Abraham, sino Dios mismo. Y como descendientes que somos de Abraham, debemos confiar en este pacto que abarca incluso nuestras familias. No que todos en nuestra familia vayan a ser salvos, pero todos gozarán de las bendiciones de ser hijos del pacto de Dios con nosotros. La promesa sigue siendo la misma, y Dios sigue siendo el mismo, y nosotros somos el cumplimiento de esa promesa, la bendición de Dios derramada en todas las familias de la tierra. Ese es el don de su Espíritu Santo en la iglesia universal.

 

TRASFONDO DE LOS PACTOS DIVINOS:

¿QUÉ ES UN PACTO?

Un pacto es un vínculo de sangre administrado soberanamente. Al decir que es un vínculo de sangre, es lo mismo que decir de vida o muerte.

Vínculo

El pacto siempre establece una relación entre dos partes. Es un vínculo o una unión. En el caso del pacto divino, siempre es establecido mediante una declaración verbal. Dios mismo declara la base de su relación con su creación, comprometiéndose por gracia con sus criaturas mediante un pacto que él mismo establece. En estos casos, las dos partes del pacto son el Creador y algún representante de sus criaturas.

Voto

El voto puede ser verbal o un acto simbólico, como ofrecer un regalo, compartir comida, levantar un monumento, rociar la sangre de algún sacrificio, ofrecer un sacrificio, o dividir animales. En el caso del pacto entre Dios y Abraham, en el siguiente artículo, este último es el voto que Dios escoge para establecer su pacto con el padre de la fe, aunque lo hace con un giro notable. Por medio del pacto, ambas partes quedan comprometidas una con la otra.

De Sangre (En Sangre)

El pacto divino tiene implicaciones de vida o muerte. De hecho, el lenguaje utilizado en el Nuevo Testamento es literalmente “cortar un pacto”, incluso a veces aparece sólo “cortar” y se sobreentiende que se refiere a un pacto. Se entiende, entonces, que conlleva una relación directa con la sangre.

El pacto divino continúa vigente aún más allá de las personas que se encontraban vivas en el momento del corte. (Dt. 7:9) Una vez establecida la relación, nada sino el derramamiento de sangre puede librar las obligaciones incurridas en el caso de que se viole el pacto. En otras palabras, en caso de que el pacto sea roto por alguna de las partes, solo el derramamiento de sangre podrá  remediarlo.

De esta manera, la muerte aparece de dos formas en un pacto: Al principio, de manera simbólica, anticipando una posible violación. Luego, cuando una parte ha violado el pacto experimenta la muerte como consecuencia del compromiso hecho. En el caso del pacto hecho entre Dios y la humanidad, los hombres rompimos el pacto, y debíamos pagar con nuestras vidas. Es en este contexto que la sustitución de Cristo se vuelve esencial, pues murió en lugar de los que violaron el pacto.

En otras palabras, el hombre rompió el pacto, y como consecuencia debía morir. Cristo tomó sobre sí la maldición del pacto, y murió en lugar del pecador. Por esto Cristo habla del nuevo pacto establecido en su sangre.

Administrado Soberanamente

El pacto establecido por Dios en la Escritura tiene un carácter soberano. Quiere decir que es unilateral, Dios lo administra, y por ende no se puede negociar, ni regatear, ni contraer. El Dios soberano dicta las condiciones del pacto.

Este fragmento contiene un resumen basado en el libro “The Christ of the Covenants” por O. Palmer Robertson.

LA GRACIA

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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¿Alguna vez les ha sucedido que Dios les dice exactamente lo que necesitaban estuchar, ya sea por medio de Su Palabra, o por la predicación de algún hermano, o por la exposición de algún invitado especial? Estoy seguro de que sí les ha sucedido. Bueno, en esta ocasión me tocó a mí recibir de Dios un par de golpes en la cara para despertar.

Bueno, no es difícil darse cuenta de que llevo bastante tiempo sin escribir en el blog. Si no me creen, pueden fijarse en la última entrada, que fue publicada en Noviembre (creo) del año pasado. Y ya estamos en Marzo. Pues bien, usaré este medio para confesar la razón, y la vez compartir cómo Dios me ha redargüido hoy.

Caí. Durante el último año o más he caído en la tentación de creer que puedo y debo hacer algo para ganarme el favor de Dios. Creo que a todos nos ha sucedido, y nos sucede continuamente. Queremos, por nuestros propios medios, ganarnos el favor de Dios. Ahora, yo sé que la salvación es por gracia. Por supuesto, no me atrevería a afirmar lo contrario. Sé que para acercarme a Cristo, el Espíritu Santo tiene que conquistarme y darme la fe, y sólo por su obra recibo de Dios el don de la salvación. No es por obras para que nadie se gloríe. Está claro.

El problema no se centra en la fe salvadora, y cómo esta nos introduce al reino de Jesucristo. El problema fue que, después de saber que era salvo, me vi expuesto ante una realidad que no lograba asimilar: sigo siendo pecador. Algunos dirán, claro, uno no es perfeccionado inmediatamente, entra en el proceso de santificación, y avanza poco a poco. Sí. Eso lo sabía. Pero el problema era que lejos de avanzar, veía en mí mismo un retroceso. Lejos de quedar libre del pecado, me encontraba cada vez más enredado en él. Y esa maldad que siempre presente en mí, me llevó a pensar que quizá no era digno de llevar a cabo las obras a las cuales Dios me ha llamado. No dudé de mi salvación, dudé de mi utilidad para el reino. Pensé que para Dios iba a ser difícil utilizarme en el estado en que me encontraba. Y me hundí.

Llevaba bastante tiempo en esta lucha, y cada vez era más difícil, más intensa. Y cada vez era más secreta. Creía que no debía admitir mi lucha, que podría ser de mal testimonio, y que no estaría glorificando al Padre. ¡Cuán engañoso es el corazón! Incluso mi llamado al pastorado se vio nublado por mi duda y mi reproche. Llegué a pensar que quizá Dios me había desechado. Que lo que alguna vez puso en mi corazón, lo había retirado por motivo de mi maldad. ¿Cómo podría un pecador como yo guiar a otros a Cristo, si yo mismo no soy capaz de seguirlo. Y me hundí más.

He intentado luchar contra mis pecados con mis propias fuerzas. Pero hace poco encontré en los salmos un pasaje que habló a mi corazón, y hoy cobró sentido total. El Salmo 44:6 dice “Pues no confío en mi arco, ni mi espada puede salvarme.” Hoy, en una conferencia bíblica que se estaba celebrando en nuestra iglesia, el hermano conferencista estuvo hablando de la gracia. Y hubo especialmente un pasaje que llamó mi atención y trajo lágrimas a mis ojos. Ahora me pregunto cómo pude pasar por alto algo tan sencillo, básico, y clave para la vida cristiana. El pasaje se encuentra en Colosenses 2:6, y dice, “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él.”

Pregunto: ¿Cómo recibimos al Señor Jesucristo? ¿Hubo algo que pudimos hacer para recibirle? ¿Teníamos algo que ofrecer? No. Sabemos que la salvación la recibimos por gracia. Y de esa misma manera debemos andar. Cuando vimos a Cristo por primera vez, vimos todas nuestras faltas, nuestros pecados, nuestras debilidades, que por el amor de Dios fueron puestas sobre su Hijo, de tal manera que sufrió el castigo justo que nosotros merecíamos, para que por su sacrificio fuésemos libres de condenación, y en su resurrección obtuviéramos vida. Pero la gracia no se queda ahí. Como dijo el predicador, la historia completa del hombre, desde el Génesis hasta el final, es la historia de la gracia de Dios.

De la misma manera andad en él. Así como recibimos la salvación por gracia. Así también debemos vivir conscientes de que no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más. Y mejor aún, no hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos. Esta realidad golpeó mi corazón y lo hizo pedazos. Ninguna cosa creada me puede separar del amor de Dios, en Cristo Jesús; ni siquiera yo. Y es que Dios nunca me ha amado por causa de mí mismo, sino por causa de Sí mismo. Yo no tengo nada especial que ofrecer, si ofreciera algo estaría completamente manchado por mi propia iniquidad. Solo puedo dar pecado, maldad, corrupción, suciedad. Dios me ama por causa de Sí mismo, y porque hubo uno que sí pudo hacer lo que yo jamás habría podido hacer. Y cuando Dios me ve, en mis delitos y pecados, haciendo lo que no quiero, y no haciendo lo que quiero, Él ve a Jesucristo en mí, y Su justicia en mí.

Me quito la máscara. Soy un pecador de primera, y el peor de los peores. Mi maldad no tiene comparación, y la vergüenza que he traído sobre mí es grande. Pero nunca se ha tratado de mí. La gloria no tiene porque ser mía. Que Dios se glorifique en mis debilidades. Que cuando la gente vea a este pecador, dirija su mirada al Dios de amor que envió a Su Hijo para salvarlo. No soy mejor que nadie. No más hipocresía y falsa santidad. En mi corazón no hay bondad, ni generosidad, sino egoísmo y vanagloria. Soy pecador, y no tengo nada de qué estar orgulloso en mí mismo. Digo ahora junto con Pablo, “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.” Porque en Cristo Jesús mis caretas no valen nada.

No hace mucho le confesé a un alumno mi lucha. Resulta que llevaba cierto tiempo aconsejándolo, pero siempre había temido decirle que yo pasaba por lo mismo. Bueno, hace poco se lo dije, y hubo un cambio en nuestra relación. Ahora no me ve solo como un consejero ajeno a su situación, sino como alguien que lucha con lo mismo, y que sabe exactamente por lo que está pasando. Y ahora juntos podemos dirigir nuestra mirada a Cristo, sabiendo que no es por nuestra cara bonita que hemos sido llamados, sino por la sola gracia de Dios, y por la sola y perfecta obra de Jesucristo, MÁS NADA. Que la gloria sea siempre y toda Suya.

Lo que Satanás hizo en el huerto sigue siendo su esquema para engañar y lo ha sido por todas las generaciones. Es importante prestar especial atención a este engaño, ya que así podremos identificar y señalar con propiedad las mentiras que plantea hoy, y que en realidad, no ha cambiado mucho.

LA TENTACIÓN

Satanás empieza su proceso en Génesis 3, donde procura deshacer las distinciones que Dios había establecido:

I. “¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” Cuestiona la Palabra de Dios, intentando romper disimuladamente la distinción entre palabra de Creador y palabra de criatura. La pregunta que Satanás plantea no es una pregunta sincera, sino una pregunta llena de malicia y planteada con el único propósito de poner en duda lo que el Creador había dicho. ¿Acaso no sigue siendo este su modo de operar? ¿No sigue poniendo en duda el contenido de la Palabra de Dios, la Biblia?

Me contaron de un artículo que sacaron los testigos de Jehová hace cuyo título era: Seis mitos del Cristianismo, y entre ellos mencionan el nacimiento virginal, la deidad de Cristo, la Trinidad, y el castigo eterno. ¿Acaso no están poniendo en duda la Palabra de Dios de forma abierta, con fábulas nacidas de corazones malvados que no quieren aceptar la autoridad de la Biblia?

II. “Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.” Satanás busca primero a la mujer, y ella se presta para conversar. El rol de Eva no era el de cabeza, sino el de ayuda idónea, pero ella no toma su rol, sino que se deja llevar y pretende ser la que manda. En lugar de buscar a su marido, toma la situación en sus propias manos. Aquí Satanás está negando la distinción entre hombre y mujer.

III. “No moriréis” Ahora Satanás niega abiertamente la Palabra de Dios, y no sólo eso, sino que niega el castigo por desobedecer. Con estas palabras deshace la distinción entre Palabra de Dios y palabra de criatura. Eva tiene ahora dos opciones: creer lo que le fue comunicado, posiblemente por Adán, acerca de lo que Dios había dicho, o creer esta “nueva revelación” que Satanás le está dando.

Una de las mentiras más antiguas que Satanás ha sembrado en los corazones de la humanidad es la idea de que Dios no castiga. Que el infierno no existe, porque si Dios es bueno y es amor, ¿cómo podría haber creado un lugar de sufrimiento eterno? Estos cuestionamientos no son menos que un eco de aquellas palabras en el huerto: “No moriréis”. Dios es un Dios justo que juzga con justicia. No debemos olvidar que si bien es cierto que Dios es amor, también es cierto que es tres veces Santo, y que nunca su amor pasa por encima de su santidad ni viceversa. Para salvarnos del castigo eterno, primero tuvo que satisfacer su justicia con la muerte de su propio hijo. Nunca quitó el castigo, sino que lo impuso sobre el Cordero que fue propiciación por nuestros pecados.

IV. “Serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” La parte con menos sentido lógico de la tentación fue la que caló más profundamente en el corazón de Eva. ¿Acaso no tenían ya sus ojos abiertos? ¿Acaso no podían ver lo que había a su alrededor? ¿Cómo que serán abiertos nuestros ojos? “Sí, serán abiertos, podrán ver realmente, no lo puedo explicar, se abrirán sus ojos espirituales” ¿Qué quería decir con “y seréis como Dios”? ¿Acaso no habían sido creados a imagen de Dios? ¿No es cierto que de todas las criaturas ya tenían una posición privilegiada en Dios? “Sí, pero ahora serán como dioses, estarán iluminados, es un estado espiritual especial, diferente, tienen que vivirlo para entenderlo” y por último: “sabiendo el bien y el mal”. ¡Ah, qué bien! ¿Es que no conocían el bien ni el mal? ¡Claro que lo conocían! Lo bueno: no comer del árbol, lo malo: comer, desobedecer a Dios, y morir. “Sí, pero ahora podrán ver de verdad, ser pequeños dioses, iluminados, y entenderán los misterios, el secreto, cosas que ahorita no entienden, no lo puedo explicar, deja de cuestionar mis palabras con razonamientos lógicos y come del fruto que te ofrezco, sólo así entenderás”. Esta tentación no eran más que palabras vacías, y sin embargo se sigue escuchando el mismo susurro en cada secta, cada falsa religión, cada cultura, todas utilizan el mismo vocabulario: ojos abiertos, ser como dioses, conocer el bien y el mal.

Da temor pensar en cómo estas tonterías se han introducido incluso en la iglesia cristiana de hoy, dando nacimiento a un pseudo-cristianismo plagado de misticismo y rituales que distan poco deotras religiones paganas. Debemos enfocarnos en lo que realmente enseña la Palabra de Dios, y colocar eso como base para nuestro andar cristiano. No nos dejemos engañar por las mentiras disfrazadas que Satanás ha plantado, y no nos dejemos llevar por los falsos maestros de nuevas corrientes que en el nombre de Dios y con la Biblia en la mano, niegan abiertamente las verdades reveladas por Dios a través de los siglos.

El resultado de la tentación todos lo conocemos. Eva comió del fruto y le dio a su marido para que también comiera.  El versículo 6 da a entender que Adán no estaba lejos de Eva cuando ocurrió la tentación. Y es cierto que sus ojos fueron abiertos, pero no para iluminación y alcanzar una posición honrosa, sino para vergüenza. Conocieron su debilidad, su condición indefensa, su separación de Dios, su desnudez. Por eso, después de haberse hecho unos tristes delantales con hojas, al oír la voz de Dios, se esconden.

UNA ESPERANZA

En este proceso Dios busca restablecer lo que Satanás se había encargado de dañar en los corazones de Adán y Eva.

Dios empieza por llamar a Adán, no a Eva, pues el encargado de cuidar el huerto y protegerlo de la serpiente era él. Llama al hombre y le pide cuentas. Este se encontraba escondido y al escuchar a Dios pone en evidencia su nueva condición: “tuve miedo, estaba desnudo, y me escondí.” Dios, como dándole la oportunidad de reconocer su fallo y arrepentirse de su pecado, le pregunta (como si no supiera): ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mandé no comieses? Pero Adán  es rápido en quitarse del centro de atención y echa la culpa a otro. Y digo a otro, porque aunque pareciera en primera instancia que está culpando a Eva, en realidad está culpando a Dios por lo que sucedió: “la mujer que me diste“.

Ahora Dios se vuelve a la mujer y le pide cuentas. Pero Eva, siguiendo el ejemplo de su marido, busca echar la culpa a su nuevo amigo que la había traicionado y la había engañado.

Entonces, ante la falta de arrepentimiento en ambas sus criaturas, Dios empieza a pronunciar sus castigos, todos símbolos de la muerte que habían entrado a la humanidad. Empieza por la serpiente, Satanás, a quien proféticamente condena a arrastrase y comer polvo el resto de sus días. Desde el principio Satanás ha sabido que está destinado al fracaso y a la derrota. Luego rompe la relación que se había hecho entre la mujer y la serpiente, declarándolos enemigos por siempre. Y termina ofreciendo una promesa de esperanza: uno de la simiente de la mujer vendría, y aunque sería herido en el calcañar por la serpiente, al final este le aplastaría la cabeza.

A la mujer le multiplica sus dolores de parto, y restablece su relación con su marido, sometiéndola a él. Que el marido se enseñoree de su mujer se cumple en todas las parejas, el problema es que muchos varones se enseñorean de sus mujeres utilizando como medios la agresión y la violencia física. El marido cristiano debe saber ser cabeza de su hogar, pero utilizando como medios la justicia, la santidad, y el amor, sin abusar de su mujer, sino tratándola como Cristo a su iglesia, velando por su bienestar en cada decisión, procurando su crecimiento espiritual, y estando siempre dispuesto a dar su vida por amor a ella. Esto hará más fácil para la mujer negar su propio orgullo y echarse en los brazos de un marido que realmente la ama y que está dispuesto a cuidar de ella con su propia vida.

Al hombre lo castigó en su trabajo. No es que el trabajo sea el castigo, sino que el castigo recayó sobre el trabajo que ya debía llevar a cabo. Seguiría labrando la tierra, pero ahora lo haría con sudor, y la tierra no siempre produciría frutos buenos. Y finalmente, la muerte sería su destino final, “porque polvo eres, y al polvo volverás”.

En el versículo 21 se hace como un preámbulo de lo que sería necesario para restablecer la relación entre el hombre y su Creador, a saber, el derramamiento de sangre. Para cubrir la debilidad del pecado del hombre, su desnudez, Dios derrama la sangre de animales y con sus pieles viste al hombre y a su mujer. Desde ese momento se ve claramente que el autor, dador y consumador de la salvación de sus hijos sería el mismo Dios, y que él mismo proveería los medios necesarios para redimirlos. Ningún delantal hecho de hojas secas por manos humanas es suficiente para cubrir la desnudez del pecado del hombre; se necesita la intervención directa de Dios, quien derramando sangre inocente del Cordero inmolado en propiciación por los pecados, viste a sus hijos con túnicas nuevas, hechas de Su propia mano.

El resultado final del pecado fue la separación de Dios de sus criaturas. Él los saca del huerto del Edén, que era el santuario santo donde comían del árbol de la vida y caminaban con Dios, y les cierra la entrada poniendo un ángel y una espada encendida. El que quisiera entrar tendría que ser degollado e incinerado. Y es que el pecado manchó de tal manera al hombre, que la única manera de presentarse ante Dios sería que no quedara nada de él. Como aquel animal que era ofrecido en holocausto sobre el altar, como sustituto de algún pecador, a la entrada del tabernáculo, que debía ser degollado, su sangre derramada, desollado, lavado, y finalmente completamente incinerado.

Seamos conscientes de la gravedad que implica nuestro pecado delante de Dios, y sólo así entenderemos el verdadero significado de la muerte de Cristo en la cruz, quien se ofreció totalmente como sustituto y recibió sobre sí toda la ira del castigo, para darnos vestiduras santas y asegurarnos entrada a la presencia de Dios donde comemos del árbol de la vida eterna y andamos con Él.

REMANENTE

Publicado: julio 28, 2010 en Reflexión
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ESTA ENTRADA ESTÁ DEDICADA A ALGUNOS DE MIS ALUMNOS DE DÉCIMO (AHORA UNDÉCIMO). AQUELLOS QUE SE HAN LEVANTADO EN SU CLASE, COMO UNO CONTRA EL MUNDO. QUE DIOS LES PERMITA PERSEVERAR HASTA EL FIN. NO ESTAMOS SOLOS.

Siempre hemos sido pocos. Desde el principio, en Génesis, observamos a Dios obrando a través de una minoría. Vemos a los hijos de Adán y Eva, Caín y Set, con sus descendencias. Vemos el registro de los muchos hijos de Caín, el cual termina en venganza y pecado; y por el otro lado vemos el de los hijos de Set, que son sólo nueve hasta llegar a Noé, el único hombre justo en la tierra. En ese momento la descendencia de Caín se había multiplicado en gran manera, y su hijos poblaban la tierra, una generación perversa que no conocía de Dios.

Después del diluvio, la tierra es repoblada y nuevamente los hombres se alejan de Dios. Y entonces, de casa de idolatría, Dios llama a Abraham y lo hace cabeza del pacto. Un pacto con él y su descendencia. La línea sigue siendo estrecha, y son pocos los que entran en el pacto. Incluso más adelante, cuando el pueblo de Israel crece y se multiplica, son algunos los que reconocen a Dios como su Dios y no todos. Hasta el punto en que, en época de los reyes, se dividen en aquellos que honran el pacto con David, el reino de Judá, y el resto de Israel que se volcó y siguió a un rey que no pertenecía al pacto.

Así ha continuado la historia desde siempre. Dios ha trabajado con unos pocos. Fueron pocos los que se levantaron contra las falacias de la iglesia católica y dieron paso al evangelio puro. Y después de ahí han sido pocos los que ha procurado mantenerse dentro de ese evangelio.

Al crecer, me emocionaba grandemente cuanto escuchaba de campañas evangelísticasconcurridas, iglesias enormes que alvergaban miles de creyentes, y movimientos cristianos que crecían desconmedidamente. Sin embargo, al pasar el tiempo, para nadie es secreto que son pocos los que prevalecen. Cuando las emociones pasan y los ánimos se enfrían, muchos regresan al lugar de donde salieron, porque la planta no echó raíz profunda y el sol la seco. Ahora temo cuando escucho de una iglesia que procura alcanzar miles de personas; me pregunto qué clase de cristianismo vivirán aquellos que se mueven entre las multitudes, sin una relación personal con otros hermanos ni con un líder que les ayude a crecer.

El mismo Jesús, cuando estuvo aquí en la tierra, trabajó con un número bastante reducido. Tenía a Sus tres discípulos cercanos, quienes le acompañaron en la transfiguración; luego estaban los doce; después los que creían en Él pero no estaban fuertemente involucrados; y por último la multitud, aquellos que cautivados por sus maravillas y emocionados por algo nuevo, tomaron palmas y le alabaron cuando entraba a Jerusalén, y pocos días después gritaban ante Pilato”¡crucifíquenle!”. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. Incluso dentro de la iglesia cristiana podemos ver que existen muchos que dan la espalda al evangelio bíblico y abrazan al dios Misticismo y a la diosa Prosperidad.

En ocasiones este pensamiento puede desanimarnos. Podemos, como Elías, pensar que estamos completamente solos y declarar “sólo yo he quedado”. Pero, hermanos, no nos dejemos engañar, habemos muchos (en comparación con uno) que no hemos doblado nuestras rodillas ante los dioses de este mundo, por la gracia de Dios. Y es que sólo por Su gracia podemos permanecer firmes, porque Él nos da tanto el querer como el hacer por Su buena voluntad. Y aunque realmente estuviéramos solos, Su gracia en nosotros ha de ser suficiente para seguir adelante y perseverar hasta el fin. Porque mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo.

Dios me ha permitido ver claramente que existen muchos hermanos en Cristo que se están esforzando diariamente por conocer y dar a conocer el verdadero evangelio. Realmente no estamos solos. Hagamos de esta nuestra causa y tratemos de conocer ese evangelio que de alguna manera se ha perdido entre tantas denominaciones, muchas de las cuales lejos de ser cristianas dan muestras más claras de neo-paganismo y misticismo. Abracemos ahora nuestro llamado a ser fieles para con Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable. Brillemos en este mundo oscuro y vivamos el verdadero evangelio de Jesucristo.

Egipto, Canaán, Babilonia, Roma… En medio de todos estos pueblos paganos, Dios ha levantado a Su pueblo y le ha permitido manifestarse para Su gloria. Tenemos nuestro propio Egipto hoy, nuestra Babilonia personal, en el colegio, en la universidad, en el trabajo, en la comunidad, en nuestra familia, y en la misma iglesia. Ahora es el tiempo de que el remanente de Dios, aquellos que creemos, Su pueblo de pacto, nos levantemos como uno contra el mundo.

SOBERANO

Publicado: julio 28, 2010 en Testimonio
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El concepto básico para todo creyente debe ser la soberanía de Dios. Soberanía quiere decir “control total”. Dios tiene el control total del mundo que Él creó. Si no fuera soberano, no podríamos confiar en sus promesas, no podríamos creer que es capaz de salvarnos, no podríamos creer que dirige nuestras vidas hacia Su término, no podríamos creer que cada aspecto de nuestra vida está bajo Su control, y que Él obra en ella a pesar de nosotros mismos. Como dije antes, el actor principal en esta historia no soy yo, es Dios.

Regresemos un poco en el tiempo. Cuando estaba en el colegio conocí a un joven, William Green, fue compañero mío en sétimo y octavo años, luego se fue por un tiempo y regresó en en décimo para terminar el colegio ahí. Durante los primeros años de colegio me llamó la atención que Él era cristiano, pero no estaba metido mucho en las corrientes nuevas de la época. Era como si hubiera estado atrapado en el tiempo, muy conservador y serio en ese sentido. Lo único que sabía de él es que era estadounidense pero se había criado aquí en Costa Rica por lo que hablaba muy buen español; sus padres eran misioneros. Tuvimos una bonita amistad, la cual básicamente acabó cuando acabó el colegio. Fue a mi casa varias veces, y su padre, don Guillermo Green, lo fue a recoger un par de veces. Después de la graduación no lo vi por algunos años.

Después del colegio fui a la Universidad de Costa Rica a estudiar lo que había deseado los últimos años: Ingeniería en Sistemas. Era una buena carrera, con un futuro asegurado, un alto mercado y un buen salario (bastante bueno). Entré a la Universidad sin mucho esfuerzo y estudié generales. Luego empecé mis cursos de carrera, y avancé sin mayor dificultad. No tenía problemas en ninguna materia, comprendía y me gustaba lo que estaba estudiando. Sin embargo, algo no me permitía estar tranquilo. Me sentía fuera de lugar, como si no estuviera haciendo lo que debía hacer. Llegué a la conclusión de que de alguna forma no estaba siguiendo mi llamado. Había entrado a la carrera de Ingeniería por que me daría buen dinero. Hoy me avergüenza pensar que esa fue mi motivación.

Dios no me dejó tranquilo hasta que hablé con mis padres, quienes en ese momento me estaban pagando la universidad, y les dije que sentía que debía salir de allí y dedicarme a la música. Era lo único en lo que podía pensar en ese momento. Ellos entendieron mis motivos y me dieron luz verde.

Tomar esta decisión habría sido más fácil si me hubiese estado costando la carrera, o si por alguna razón externa hubiera tenido que renunciar a ella. Pero fue en su totalidad una prueba de fe. No sabía exactamente dónde terminaría, pero entendía que era lo que debía hacer. Con gran temor y pasos inseguros, como caminando con los ojos vendados, avancé confiando en que Dios no me soltaría la mano.

Fue así como entré a la Universidad Evangélica de las Américas (UNELA) a estudiar Enseñanza de la Música. Este tiempo fue un pequeño paréntesis mientras Dios acomodaba las cosas para algo más, algo mejor. Llevé únicamente como diez cursos de música, y entonces sucedió algo maravilloso.

Por motivos que no comprendo aún, UNELA no tenía reconocida la carrera que yo estaba estudiando, por lo que decidí congelarla y dedicarme a estudiar otra cosa. El último cuatrimestre del 2006 no matriculé nada y empecé a prepararme para estudiar Enseñanza del Inglés en la Universidad Estatal a Distancia. Iniciaría mis estudios en el 2007.

En Diciembre del 2006, una hermana de la iglesia me avisó de una vacante en la escuela donde ella trabajaba para un profesor de música. No me entusiasmaba mucho la idea, pero le dije que me interesaba y poco después recibí una llamada de la directora de esa institución. Su nombre era Aletha Green, esposa de don Guillermo Green, padre de William, mi ex compañero del colegio. La sorpresa fue mutua. Inmediatamente concertamos una cita para una entrevista de trabajo el día 11 de Diciembre a las 10 de la mañana. Ese día fue entrevistado para trabajar como profesor de música, pero también se me comunicó la posibilidad de enseñar inglés, la carrera que empezaría a estudiar al año siguiente. Una semana después recibí la llamada que cambió mi vida. Había sido aceptado para desempeñar ambos puestos.

Fue así como Dios acomodó todas las piezas en el rompecabezas de mi vida, y acabé trabajando en el Centro Educativo Cristiano Reformado. Uno de los lugares que cambió mi vida para siempre.

En esta institución se movía una palabra que me ha intrigado desde la primera vez que la escuché: cosmovisión. Para estos cristianos la religión iba mucho más allá de eso. Ser cristiano para ellos representaba una forma completa de ver el mundo. Esta palabra, y lo que he aprendido acerca de ella, es la razón principal de este blog. Quiero, a través de mis ensayos, dejar a los lectores una herencia en cuanto a cómo podemos ver el mundo utilizando los lentes de la Biblia. Empiezo este camino con muchas preguntas sin respuestas, y quizá acabe con más preguntas. Pero, confiando en el Dios soberano que nos ha dejado Su Palabra como única guía y perfecta, pretendo presentar aquí cuestiones de interés para aquellos jóvenes que, al igual que yo, han llegado a reconocer que la mejor manera de agradar a Dios es aprendiendo a ver el mundo como Él lo ve.