A FAVOR O EN CONTRA I

Publicado: julio 21, 2013 en Artículos, Cosmovisión
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Deuteronomio 6:4-15 dice:
Escucha, oh Israel, el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es. Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas. Y sucederá que cuando el SEÑOR tu Dios te traiga a la tierra que juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob que te daría, una tierra con grandes y espléndidas ciudades que tú no edificaste, y casas llenas de toda buena cosa que tú no llenaste, y cisternas cavadas que tú no cavaste, viñas y olivos que tú no plantaste, y comas y te sacies; entonces ten cuidado, no sea que te olvides del SEÑOR que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. Temerás sólo al SEÑOR tu Dios; y a El adorarás, y jurarás por su nombre. No seguiréis a otros dioses, a ninguno de los dioses de los pueblos que os rodean, porque el SEÑOR tu Dios, que está en medio de ti, es Dios celoso.

En las escuelas, colegios y universidades se nos vende la idea de que la educación es imparcial. Sin embargo, si hablamos en términos bíblicos, no existe tal cosa como la imparcialidad. Según la Biblia. solo existen dos posiciones, dos formas de ver del mundo: con Dios o sin Dios; adorando al Creador o adorando a la criatura; a favor de Cristo o en su contra. Jesús mismo dijo:

“El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

Es decir, o tomas el camino angosto, o tomas el ancho. O amas a Jesús o lo aborreces.

Consideremos por un momento quién nos está educando. ¿Quién nos educó a nosotros y quién educa a nuestros hijos? ¿Se trata de un sistema que está a favor de Dios o está en su contra? No hay término medio. En este sistema en el que vivimos (que no se limita a la educación), nos vemos expuestos constantemente a los dioses falsos de los pueblos que nos rodean, y si queremos protegernos y a nuestros hijos de alguna manera, debemos esforzarnos conscientemente. Este sistema nos enseña a ser nosotros nuestros propios dioses. Nuestros hijos son “programados” así en el colegio o escuela, y nosotros en casa tenemos el deber de “reprogramarlos”. Esta no es una tarea sencilla pues los ídolos de las naciones están a todo nuestro alrededor y ya nos hemos inclinado ante algunos de ellos sin siquiera darnos cuenta.

El único recurso que tenemos es la Palabra de Dios. Debemos utilizarla como filtro, para identificar y desechar todas esas enseñanzas falsas que recibimos todo el tiempo. Y es algo que debemos hacer a nivel personal, a nivel familiar y como Iglesia o pueblo de Dios. Los versículos del 6 al 9 hablan de la importancia de la Biblia en la vida de la familia. Dice así:

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas”.

LUCHA DE COSMOVISIONES

Una cosmovisión se puede definir como la consonancia entre lo que conocemos y creemos que es verdad, lo que somos y lo que hacemos. De modo que si queremos tener una cosmovisión bíblica, esto significa que las tres áreas de conocer, ser y hacer deben resonar con la Palabra de Dios. En otras palabras, si queremos tener una cosmovisión cristiana, debemos resonar con Cristo mismo en todo lo que pensamos, hacemos y somos.

En este artículo me propongo señalar tres doctrinas falsas que se nos presentan como verdades en este sistema en el que vivimos, y veremos qué tiene que decir la Biblia al respecto. Son tres enseñanzas que, aunque son obvias, tienen implicaciones para el andar cristiano que no siempre consideramos.

I. Casualidad vs. Soberanía

El sistema de este mundo nos enseña que el mundo llegó a existir por pura casualidad. Sin embargo, sabemos por la Biblia que el mundo fue creado por Dios. Entonces, nuestro punto de partida es: el Dios de la Biblia existe o no existe. A modo de paréntesis, en este punto hay que ser particularmente cuidadosos, pues podemos incluso imaginar un Dios diferente del de la Biblia y pensar que creemos en Dios, cuando en realidad se trata de una imagen fabricada por nosotros mismos. Es necesario acudir a su Palabra para saber quién es, no a lo que dicen los hombres acerca de él. Cierro el paréntesis.

Cuando hablamos de los orígenes del mundo (creación o casualidad) es inevitable hablar del papel de la ciencia. Pero no es mi intención profundizar mucho en ese tema ahora. Baste decir que la ciencia propiamente dicha tiene como punto de partida aquello que se puede demostrar empíricamente, es decir, a través de los sentidos. El problema es que hay científicos que afirman que la verdad solo se puede determinar por medio de la investigación empírica (idolatría de la ciencia). Sin embargo, este argumento no se puede demostrar empíricamente, por lo que queda descalificado por sí mismo, y podemos concluir que sí existen verdades que no se pueden demostrar empíricamente. Este es el caso de los orígenes del mundo, pues no se pueden repetir en un laboratorio, ni se pueden observar. Para eso, Dios nos ha dado a conocer en su Palabra aquello que los sentidos no nos pueden confirmar. Él nos ha dicho que fue Él mismo quien creó todo lo que existe de la nada por el poder de su Palabra, por el poder del Verbo.

En el campo de lo moral, dado que esto tampoco se puede demostrar empíricamente, el sistema del mundo abraza una moralidad relativa. Los hombres afirman que, como en este mar de casualidades todo cambia constantemente, entonces la moral cambia también, de modo que lo que ayer era visto como algo malo, hoy puede ser alabado como una excelente virtud. Sin embargo, en este caso, Dios también nos ha dado a conocer lo que es correcto y lo que no lo es. Y es que en el sentido estricto de la palabra, la moral sí es relativa, pues se determina en relación con Dios mismo. Ante su perfección y santidad, y bajo su veredicto, existe lo bueno y lo malo, lo santo y lo inmundo, lo correcto y lo incorrecto, y como Dios nunca cambia, estas verdades tampoco lo harán.

Ahora, en este sistema antibíblico, el hombre se encuentra a merced de las fuerzas de la naturaleza, la suerte, el destino, o algún concepto de un Dios que no interfiere mucho en la vida de las personas (un Dios que no es el Dios de la Biblia). En este ya mencionado mar de casualidades, el hombre busca con todas sus fuerzas obtener el control de alguna manera, ser el dueño de su destino, señorear su propia vida, ser su propio dios (nótese la relación directa con Génesis 3). Sin embargo, hay tantos factores en el mundo que no se pueden controlar, que el hombre termina frustrado y desanimado, enojado y resentido, sin propósito y vacío. Sin embargo, el cristiano sabe y descansa en que el soberano Dios está en control de absolutamente todo lo que ocurre. La historia de la humanidad no es una historia de casualidades, sino que se trata de la historia de Dios, y podemos confiar en que Él la llevará conforme a su propósito. Podemos tomar el ejemplo de José en este punto. Si José, al ser vendido por sus hermanos, tentado por la mujer de Potifar, encarcelado injustamente y olvidado por el copero del rey, se hubiese olvidado de que Dios estaba en control, lo habríamos visto reclamar mil veces, frustrarse y enojarse con las circunstancias aparentemente aleatorias, maldecir los caprichos de los dioses. Pero Él sabe que Dios está en control, y al final de la historia reconoce la mano soberana de Dios al utilizarlo a él para llevar salvación a Egipto y a su propio pueblo. Esa misma confianza debería caracterizar al creyente. Los hombres no están a merced del Universo impersonal o caprichoso, sino que todo está bajo el dominio de Dios. Los que hemos creído somos bendecidos desde la eternidad y hasta la eternidad en Cristo. Los que no han creído, están bajo la ira de Dios. Pero ninguno se escapa de su dominio.

Si no has creído en Cristo como único y suficiente Salvador, entonces sí debes temer, pero no a un mundo de casualidades aleatorias, sino al Dios que te creó y cuya ira pende sobre ti por no confiar en su Hijo. El envió a Jesús a tomar el lugar de los suyos en la cruz, a sufrir la ira que merecían todos aquellos que creen en Él. Además vivió una vida agradable al Padre en todo como tú jamás podrías hacerlo. Su mensaje es sencillo pero profundo: arrepiéntete de tu pecado, de tu deseo de ser tú el amo y señor de tu propia vida, y cree en Jesucristo, el Mesías, el Salvador, confía en su vida, muerte y resurrección, y descansa en su obra para ser salvo. “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”.

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